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Dicen por ahí que si usted no tiene plata para pagar un psicólogo lo mejor que puede hacer es subirse a un taxi. Le saldrá más barato y estarán siempre dispuestos a escucharlo.
Y es que un taxista, gracias a su trabajo, tiene muchas historias que contar: el pasajero es una fuente inagotable de cuentos de amor, problemas económicos y demás casos de vida que nos ocurren a diario a todos.
A continuación contaré tres de las historias que me han marcado en mi labor como taxista capitalino; si usted, apreciado lector (a), se siente identificado (a) con alguna es porque ha tenido a un conductor de servicio público como cómplice.
1. De taxista a investigador privado
10 a.m. Sector de Salitre Plaza. Acabo de dejar un servicio en la Cámara de Comercio del sector. No he cerrado la puerta del vehículo cuando, intempestívamente, se sube una señora de unos 45 años que se tira al piso del carro y me pide seguir la camioneta de su esposo, pues sospecha que le es infiel con una empleada y quiere obtener la prueba reina para tomar la decisión de separarse.
El vehículo que sigo es de alto cilindraje. Es difícil no perderlo de vista porque mi carro apenas cuenta con 1000 cc. Finalmente, el sospechoso se detiene en una panaderia del barrio Modelia. La mujer que me contrató sigue escondida detrás de las sillas del taxi, ataviada con gafas oscuras para no ser descubierta.
Nos parqueamos cerca de la panadería mientras la pareja entra al establecimiento; aún no dan muestras de cariño. Pasan unos quince minutos. Desde nuestra posición, no podemos ver bien. Ante nuestras dificultades para obtener prueba alguna, la mujer me pide que entre a la panaderia y trate de tomar una foto sin ser descubierto. 
Yo desconfío un poco. Accedo a ir sólo si ella se baja del taxi y espera en otro sitio, no quiero que de pronto me roben el carro. Ella acepta. Entro raudo a la panadería y me ubico estratégicamente para tratar de tomar la foto, pero la pareja demora en delatar su amorío.
Tengo que pedir algo de comer para no despertar sospechas y lo único que hay es un pan viejo con el que casi me atoro (de hecho, me dio un ataque de tos que casi arruina la misión).
Después de casi media hora, los tortolitos deciden dar muestras de amor (¡por fin!). Se funden en un apasionado beso y lo registro con la cámara de mi celular. Él, de más o menos 60 años, y ella, una mujer de no más de 35 años (con falta de pedigree, valga decirlo), fueron pillados in fraganti.
Casi olvido pagar la cuenta producto de los nervios y de la emoción. De inmediato, salí disparado en búsqueda de la esposa engañada. Mi mirada confirmó sus sospechas. ¿Tiene la foto?, me preguntó. Respondí afirmativamente y me pidió que nos alejáramos del lugar.
Al llegar a su casa, le pasé la foto por BBM. Cuando la vio, rompió en llanto. Intenté consolarla. Me agradeció, me pagó más de lo que esperaba por el servicio y jamás la volví a ver.
2. Conociendo «La Piscina»
Si alguna de ustedes fuera mi pareja, jamás me creería esta historia que oculté durante mucho tiempo y que, solo hasta hoy, me atrevo a relatar.
Eran como las 5:00 p.m. de un jueves cualquiera de 2008. Me encontraba en el norte de Bogotá esperando carrera frente a un centro comercial, cuando, de pronto, me sacó la mano un hombre de rasgos orientales que hablaba poco español. Obviamente mi mandarín era, bueno, sigue siendo, nulo: nos comunicamos por señas. Era un ejecutivo coreano que deseaba conocer «lindas chicas» colombianas.
Empecé un recorrido por las calles de la ciudad para dar gusto a los deseos sexuales del turista oriental. El problema era el día y la hora: era muy difícil encontrar un sitio, de esos, abierto en aquel momento. ¿Cómo le explicaba al señor que era muy temprano para tales faenas? Ninguno de los sitios del norte estaba abierto. Tomé la decisión de irme para el complejo acuático de la 22 con Caracas, más conocido como «La Piscina».
Ya eran mas o menos las 8 p.m. y pensé que mi misión terminaría ahí. Sin embargo, el extranjero me pidió que lo acompañara al interior del recinto. Temía por su seguridad. Yo le dije que si quería protección lo mejor era que me contratara por horas. Se metió la mano al bolsillo y me pasó un billete de 100 dólares. ¿Cómo negarse?
Parqueamos el taxi y entramos al sitio (les juro que no lo conocía hasta ese momento). El ambiente era pesado, un tanto lúgubre para mi gusto, pero debo reconocer que sí recreé el ojo, ¡y bastante!
Nos sentamos en una mesa y él pidió una cerveza importada; a los dos minutos teníamos sentadas, a nuestro lado, a dos mujeres grandotas, llenas de escarcha y con poca ropa. 
Después de unos diez minutos, mi nuevo mejor amigo escogió una mujer blanca, operada y de ojos azules. (elección con la cual no estuve de acuerdo porque la morena estaba más grande y bonita, pero pues el que pagaba era él). Ella lo tomó de la mano y se lo llevó por un túnel lleno de luces de neón, me hizo señas para que no lo fuera a abandonar y para que lo esperara. La mujer morena se despidió de mí dándome un beso en la mejilla  (me tuve que limpiar con un pañito humedo para que después no me cascaran en la casa).
Yo me quedé sentado, tomándome mi bebida (un jugo, nada de alcohol) y disfrutando del show de striptease que presentaban en ese momento. De pronto, recibí una llamada: era mi esposa; entré en pánico y salí del lugar para contestar. Dije que me encontraba en la zona T esperando un cliente frente a una discoteca (ojalá mi ex no me esté leyendo).
Retorné al lugar y mi amigo oriental ya estaba saliendo. La mujer con la que contrató sus servicios sexuales venía riendo, me lo entregó y me dijo al oido: son los 100.000 pesos que más fácil me he ganado. Su amigo amarillo se demoró cinco minutos. A la próxima, venga usted solito, papi, y le hago un descuentico.
3. Síntomas de que vas a ‘motelear’
He identificado una serie de índicios que demuestran que una pareja quiere ir a un motel. Los constaté un día que recogí a una dupla muy dispareja. Se notaba que él era el jefe y ella, la empleada. Él era de avanzada edad y ella, muy joven (y como con ganas de sacarle plata al tipo). 
Estos fueron los síntomas que identifiqué: 
1. Se subieron al taxi y no mencionaron el destino de inmediato.
2. Se cruzaron miradas tímidas como diciendo: dile tú, no mejor dile tú.
3. Como no se ponían de acuerdo, decidieron dar la información a medias: aquí gire a la derecha, aquí izquierda, por aquí, por las maticas…

4. Como no se aguantaban las ganas, dieron demasiadas muestras de cariño. Subió la temperatura  y se empañaron los vidrios.
5. La mujer iba con gafas oscuras y leyendo una revista (la tomó al revés y no se percató).
6. La mujer se ensortijaba el cabello, demostrando sus nervios. Tal vez era la primera vez que iba para el matadero.
7. El señor compró mediecita de aguardiente y le pidió a la mujer que la escondiera en su bolso, pues en el motel les cobraban «descorche».
8. La mujer llevaba una bolsita de Copidrogas en la mano.

9. Al bajarse del vehículo, el señor pagó una generosa propina (lo que él no sabía es que en los moteles también dan propina por llevar parejitas), no sin antes lanzar una mirada por el espejo retrovisor como diciendo ‘usted no ha visto nada’.
Espero que hayan disfrutado las novelas sobre ruedas que acabo de relatar. A los que me preguntan que si me ha pasado lo del sencillo de Ricardo Arjona («Historia de taxi»), les digo que no…pero sigo esperando.

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Bogotano, santafereño y defensor de la changua. Cuento lo que veo a diario en mi ciudad.

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