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Hace algunas semanas ocurrió una tragedia de grandes proporciones en Daca, Bangladesh. 1.127 personas entre hombres y mujeres murieron aplastadas, asfixiadas o por golpes contundentes cuando un edificio en pésimo estado que albergaba muchas fábricas de confecciones, conocidas popularmente como maquilas, se derrumbó.
 
Allá quedaron entre toneladas de escombros miles de cuerpos de personas que trabajaban en largas jornadas sin descanso y por algunos dólares (El salario mínimo mensual allá ronda los 40 dólares estadounidenses). Los muertos trabajaban para empresas que proveen prendas de ropa a marcas mundialmente reconocidas como Zara, Calvin Klein, Benneton, entre muchas otras, las cuales cuentan con miles de almacenes alrededor del planeta exhibiendo sus ‘finos’ productos con precios altos, en algunos casos, inalcanzables para la gran mayoría de consumidores.
Podríamos decir que esto en nada nos toca y seguir nuestra vida normalmente. Una tragedia mortal en un país a más de 10.000 k.m. es una tragedia más. Pero sí tiene que ver. Y mucho. Se relaciona con palabra que ronda hace varios años las economías mundiales: La globalización.
En este caso, globalización significa ponerse un pantalón, una camisa o un par de zapatos y que se derrumbe un edificio en Bangladesh.
Basta mirar la tirilla del pantalón, camisa, falda, bolso, billetera, chaqueta o zapatos que tenemos puestos en este momento. ¿En qué país fue hecho? ¿China? ¿Vietnam? ¿Bangladesh? ¿Bolivia? ¿India? ¿Indonesia? ¿Pakistán? ¿Algún país centro americano?
Grandes marcas mundiales patrocinando salarios miserables y condicionales laborales inhumanas con tal de seguir aumentando su poder, su imagen y, en especial, sus ganancias.
Nada más se podría esperar de estas compañías multinacionales y su voraz apetito por grandes ganancias, a costa de que otros mueran, se enfermen o queden discapacitados de por vida.
-¿Cuánto es suficiente?, le pregunta el cineasta Michael Moore al dueño de Nike, Philip Hampson Knight, en el documental La Corporación, que describe con perfecto detalle el ‘alma’ de las grandes multinacionales.
-Si ya eres multimillonario, no te importaría ser sólo la mitad de multimillonario? ¿No le importaría a tu empresa ganar un poco menos de dinero?
Él no responde, y se limita a decir que no conoce Indonesia, país que tiene maquilas para manufacturar sus productos.
Costo de oportunidad, lo llamarían algunos economistas. Costo de oportunidad que permite que una prenda sea fabricada por centavos de dólar, para ser vendida por 100, 1000 dólares o más.
Y Colombia se unió a esta ‘moda’. Marcas colombianas que tradicionalmente etiquetaban con orgullo el «Hecho en Colombia» cayeron en esta avaricia de ahorrar costos para maximizar ganancias.
Sólo hay que ir a cualquier almacén de Arturo Calle, Totto, Armi, Gef, Vélez, Punto Blanco, entre otros y ver que muchas prendas ya tienen la etiqueta Hecho en China, Vietnam, Bangladesh, etc.
Y podría mencionar también grandes almacenes como Éxito, Carrefour, Falabella. Inundados de productos hechos en estos países.
Si al menos esto se reflejara en los precios finales de las prendas, se encontraría algún sentido en la forma como se busca ahorrar costos. Pero el objetivo no es ahorrar costos para bajar los precios de sus productos. El objetivo es ahorrar costos reduciéndolos al mínimo para sacar la máxima ganancia. Así esto signifique la quiebra de pequeños productores textiles y pérdidas de miles de empleos que siguen llevando al país por el camino incorrecto. Ya es más barato importar que producir localmente. Y los textiles es solo una de las industrias que vive este fenómeno.
¿Dónde queda la responsabilidad social? Nos preguntamos. Seguramente donando goticas o los cien pesos que sobran de las compras; saliendo en teletón o sembrando arbolitos ante los medios de comunicación con un gran mensaje que diga: «Cuida el planeta en el que vives»
¡Qué lejos estamos!

Sobre el autor de este blog:

LuisÉ Quintero
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