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Para un mal vecino, esponjillas de alambre

Por: claudiamaruiz

Cualquiera creería que vivir en un chalet privado, rodeado de una cerca de madera fuera del alcance de los ojos curiosos es como vivir en el reino de los cielos, pero no. Vivo en un espacio tan pequeño como uno que de niña recreé en las entrañas de un pupitre que cualquier día me brindó sus cimientos dándome permiso para sentarme atrás suyo en un aula de clases de un colegio de religiosas. Hablo de esos pupitres que eran rectangulares, con tapa y con fondo de ataúd para poner los cuadernos, los libros, la bolsita de colores, la arepa con huevo y el termo con la aguapanelaconleche.
 
A nadie le he contado que debajo de esa tapa alguna vez construí un mundo imaginario. Era la época de Elemental. Cuando la inocencia elemental iba tornándose cruda y mordaz. Cuando inevitablemente la inocencia ve correr lentamente la cortina de hierro. En aquella época la jornada escolar era de mañana y tarde y cada vez que salía para la casa rezaba para que quienes hacían la limpieza no destruyeran mi palacio escondido, construido en miniatura bajo las paredes de ese pupitre. Ese espacio tenía camita, cortina y hasta botiquín con enfermería. Era el hogar deseado, mi abrigo, mi refugio y mi escape.

Allí imaginariamente iba cada vez que en el tablero escribía la hermana Nefasta frases bíblicas, cada vez que la rectora pasaba midiendo el alto del ruedo del uniforme para asegurarse que mis rodillas no estuvieran expuestas a la intemperie. Solamente fui buena para el dibujo y para tocar la pandereta. Formé parte de la tuna del colegio pero mi rebeldía ya se veía venir como una mala premonición. Desde temprana edad revelé una pasiva y particular identidad pues me negaba a formar parte de la línea de “las pecadoras” dirigiéndose en fila recta hacia un bunker de madera con magistral diseño, rodeado de una cómplice oscuridad la cual permitía resolver conflictos interiores de humedades profundas, dilatadas por medio de susurros entre un receptor con sotana, crítico, asustador y punitivo, separados los dos por una tenebrosa ventanita para luego terminar todas arrodilladas, cada miércoles, por más de veinte minutos, en lo mismo…por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima hijuemadre culpa…

Quise cantar en la tuna y tocar la pandereta pero sin vestir capa de torero, pues desde pequeña he llorado por el dolor de los animales. Por eso terminé cantando en la ducha y la pandereta regresó a mi vida en forma de tambor, como instrumento ceremonial conductor para los que viajan al mundo de arriba y al mundo de abajo…allá donde residen los espíritus de los animales que nos acompañan, que nos guían, que nos alimentan.

Por eso hablo de mi chalet, del hogar interior que escondía mi pupitre y de las huellas que dejaron las confesiones obligadas prematuras. Las cuales no dejaron utilidad alguna para resolver mis conflictos exteriores pues los adultos seguían cometiendo pecados sin María concebida; como tampoco para resolver mis conflictos interiores pues sólo la almohada los conocía y con ella sola los resolvía por medio del llanto y la chupadera de dedo. Nadie escuchaba y nadie me paraba bolas pues era una chiquita despelucada dientona.

Toda mi vida crecí en casas alquiladas. Mi padre en vez de darnos la bendición daba las gracias a la libertad de no poseer propiedad y raíz. Decía que no había peor pesadilla que un mal vecino. Que poseer casa propia es de esclavos pues la historia ha revelado que los conflictos y las guerras han surgido por la avaricia, por el afán de poseer para luego asesinar, secuestrar o descuartizar todo lo que estorba. Pues quien posee quiere poseer más y cuidar de lo propio pero menos de lo vuestro o de lo nuestro.

Ya entiendo a que se refería mi padre. La peor pesadilla que puede vivir un ser humano no es sólo nacer sin techo, es perder una vivienda propia (así sea un velero) por culpa de un divorcio (con hijos de por medio) o por manejos corruptos bancarios (contratos con letras diminutas ignoradas antes de firmar), o por estar ubicada en una zona en medio de un territorio donde se vive un conflicto armado (negado por el gobierno central) o por la obsesión de dos presidentes vecinos, quienes gracias a sus ideas de extrema derecha o de izquierda se convierten en la peor pesadilla de no sólo un barrio, de dos vecinos, sino de todo un continente.

Lidiar con un mal vecino es lo peor. Nos distrae, nos amarga y nos arruina la vida. Entonces es cuando nos vemos enfrentados a resolver una situación, o a evadirla y a seguir con la quejadera, o a elevar el vuelo de los que viven alquilando en libertad. Vivir un conflicto con un vecino permite darnos cuenta que tener propiedad sin tener paz interior y exterior es como estar muertos en vida o enfrentar la peor de las suertes.

Tengo dos vecinos que son una pesadilla. El de la izquierda vive en una casa común y corriente de dos pisos que por su fachada frontal podría decirse que es una maravilla tenerlo al lado. Pero resulta que no es así. El patio de atrás  lo tiene lleno de chatarra y de escombros acumulados. El vecino de la derecha vive en una caja de dominó, en un edificio de apartamentos de una sola habitación y con cuatro perritos, los cuales saca a caminar juiciosamente cada día para que depositen sus heces fecales en forma de tamal. Si, deja cada bollo envuelto en un pañito blanco húmedo ¡por toda la cuadra! Pero como es normal, todos los vecinos viven metidos en sus casas y a nadie le importa esto. A nadie le importa que tantos ratones, comadrejas y mapaches vivan en nuestra cuadra últimamente. Ni tampoco que la calle luzca detestable con tanta basura regada con bollos estéticamente envueltos.

La semana pasada todo llegó a su final. ¡Por fin! (mis amigos de Facebook saben de lo que hablo) Llevaba tres meses de vivir una insoportable invasión de ratas con sus ratoncitos en el interior de mi espacio. Supuestamente ya un experto había venido a tapar los huecos que encontró en el sótano pero estos bichos seguían entrando. En tres meses nueve roedores han caído en una súper súper trampa de baterías que me tocó comprar. Pero el ruido por las noches continuaba en la pieza de la lavandería. Este ruido me hacía soñar con tener a Uribe y a Chávez ahí encerrados enfrentando sus problemas filosóficos personales, cada uno armado con una bomba nuclear para acabar de una buena vez con todos los problemas que mundanamente los seres humanos y vecinos peleones atravesamos.

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Llegó el jueves y al abrir la puerta automática del garaje con cerca de techo descubierto, a plena luz del día y mirándome de frente, un bebé de una comadreja me esperaba. Por un instante no supe qué hacer ni que pensar, si gritar o si pasarle el carro por encima, si llevarme el chalet por delante o si agarrarme del pito y gritarle a todo el mundo que estoy harta de mi vecinoooooooooooo y su reblujooooooo. Pero no. Me bajé del carro luego de no sentir el brinquito en caso de haberlo arrollado. De pie estuve ahí un rato esperando que saliera el muy bribón. Y así sucedió. El comadrejito me mostró un huequito en la puritica esquina de la habitación de la lavandería que nadie, ni el más astuto cazador de huecos encontraría. Le agradecí a esta preciosura miniatura salvaje como no está escrito. Casi le hago un altar. Casi lo agarro a picos. Mentiras que ni lo toqué pues el muy macho dizque me abría la boquita amenazante. Lo dejé partir, lo dejé vivir. Que se vaya donde mi vecino, pues mi chalet ha quedado blindado, luego de sellar el último hueco con esponjilla de alambre y con la ayuda de Dios, las ánimas benditas y las del purgatorio, las de Venezuela y las de Colombia. ¡Ya no tendremos más invasión!

Me fui a dormir feliz.
 
Casualmente al otro día regresaba de trabajar cuando de repente pillé al vecino de la derecha con la mano en la rajadura trasera de uno de sus cuatro perritos a punto de arrojar el tamal, que digo, el pañito húmedo a la acera. ¡FREEZE, son of a gun! No sé quien se asustó más, si él, sus cuatro perritos o yo. Le dije que iba a llamar a la policía, que estaba harta de recogerle sus finos desperdicios, que era un enfermo mental, que parara de ensuciar nuestro barrio, que iba a ir a la escuela donde él trabaja a denunciarlo, que estaba esperando ese momento por mucho tiempo para cogerlo con las manos en la caca…Y el simplemente, ahí parado, me decía, Ok, Ok, Ok y sus cuatro perros ni guau ni mu, ni miau…

Llamé a la policía (por la línea de no emergencia) y vinieron a los quince minutos. Nada que hacer. Tiene que ser uno de ellos que lo coja en el acto para poder hacer algo, de resto…a seguirle recogiendo su mierda. El policía me recomendó llamar a la sociedad protectora de animales y denunciarlo. ¿Se imaginan ustedes la denuncia? Que un enfermo mental saca a caminar sus cuatro perritos y les limpia el culito con unos finitos y elegantes pañitos húmedos que luego deja tirados por toda la cuadra…aggrrrr…

Y sí, todo esto que viví se juntó con el último post que escribí. El cual generó toda clase de reacciones por parte de los lectores como resultado de la carga emocional que mis letras contenían. Es que no es fácil ser emigrante y todera. En estas tierras lejanas le toca a una ser plomera, lavandera, cocinera, barrendera, contratista, jardinera, administradora de empresas, masajista, mamá, cazadora de ratas y mediadora con bebes de comadrejas. Es que no es justo que una tenga que vivir conflictos con vecinos tan cercanos y tan lejanos. No es justo que en mi país dos presidentes se tiren de las greñas, creando  más camorra y odio entre nosotros los de América del Sur contra los del Norte y viceversa. Para luego salir con un chorro de babas.
 
Ese post fue un grito desesperado de quienes estamos cansados de vivir rodeados de vecinos ineptos, desorganizados que sufren enfermedades mentales sin ser diagnosticados. Que mantienen su entorno en desorden pero sólo critican el del vecino. Que no quieren aceptar que tienen más problemas en su interior y que esta es la causa para tanta frustración que no deja progresar a los países ni el medio ambiente. Vecinos Presidentes, enfermeros o guardianes de colegios. Queremos vivir en paz, no queremos más guerra, ni vivir amenazados en una constante contaminación ambiental provocada por la industria armamentista. No queremos más división ni más crisis económicas, no queremos pagar los platos rotos las pequeñas empresas ni los ciudadanos que vivimos en las fronteras, barrios, cuadras, calles, chalets o cajas de dominó.

Algunos eligen el silencio y la humildad como manifestación de amor y agradecimiento. Otros no podemos quedarnos callados por más que encendamos velitas, recemos rosarios y dancemos en círculos de paz. Para algunos es el conocimiento que brinda la academia la respuesta al caos que vivimos. Para otros es la utilización de la violencia por medio del terrorismo y la delincuencia la forma de supervivencia. Para otros son las letras y la soledad de un chalet diminuto la forma de desahogo y desfogue para poder sanar tanta presión que enfrentamos quienes somos testigos de tantos conflictos entre vecinos inescrupulosos o Presidentes alborotados  en una cólera absurda los cuales terminan tirados en la cama enfermos…gracias a la divulgación de los medios de comunicación.
 
Así que gracias a Oralmo, Spaguetti, escéptico, GmasRoca, PORejemplo, giova13, herjose, PauloCesarBarbatti y rightjudge, (también el resto de los lectores que saben expresar opiniones positivas o negativas civilizadamente) por ser los maestros de temas tan variados que entre ustedes comparten y aportan a este blog. Por ser los pilares mediadores que le dan a este espacio la razón de ser…ah y por tolerar mis sinceras e inevitables emociones.
 
ruicla@gmail.com

Publicado en: El Tiempo

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