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El problema de las barras bravas, incluso cuando no hay muertos de por medio, es un tema que nos pone a prueba, de cara a las facetas más despreciables de nuestra naturaleza. Nacen en su nombre todo tipo de reflexiones automáticas y artículos mediocres: qué vergüenza la gente que mata por una camiseta cuando este país se muere de hambre; qué horror que en un país transido por la violencia además sea el fútbol una causa de muerte; que los espectáculos de la irracionalidad solo dan vida a manifestaciones irracionales; que el fútbol para los hinchas; que los buenos somos más; que la mala educación, que la cultura ciudadana. Hasta Alfredo Molano aprovechó para echar en nombre de «los perritus» un cuñazo a los toritos. 

La violencia en todas sus formas es repudiable, pero cualquiera de los torpes acercamientos que se vienen haciendo desde hace años, sin tener en cuenta las circunstancias o las razones que dan vida a este fenómeno en nuestro país, abordando esta violencia como si fuera lo mismo que el conflicto político o el crimen organizado, solo tienden a recrudecer sus efectos y abrir la brecha que nos separa de la gente cuya vida transcurre sin rumbo, que nos recuerda con sus acciones que la vida, salvo que nos empeñemos en ello, no tiene ningún sentido. Nos alejamos de las barras bravas porque es lógico repudiar sus acciones, pero también porque buscamos negar lo que hay de nosotros en ellos, nuestra responsabilidad en la creación de una sociedad que contiene en su seno este tipo de manifestaciones horribles de irracionalidad.

Lo que pasa es que entendemos, pero al mismo tiempo no entendemos, porque es difícil sintonizarse con las necesidades de un grupo de gente que es capaz de matar a puñaladas a una persona por ser hincha de otro equipo. Menos entendemos al descubrir que también se matan entre hinchas del mismo equipo, por las razones que sea. La única salida real, en términos culturales, es hacer el esfuerzo de penetrar en el sinsentido y buscar aceptarlo, para acabar con él.

Lo primero es hacerse a la idea, por difícil que sea, de que no tiene nada que ver con el fútbol, en un sentido profundo. Claro que están relacionadas las barras y este espectáculo que como negocio nunca se ocupó de la violencia que se sustenta usándolo como excusa; pero si se suprimiera el fútbol, los miembros de las barras se harían hinchas del básquet, o el bádminton, o lo que sea que les diera un propósito. Porque una vez más, ese es el asunto: la gente que no siente que su vida tenga un propósito, actúa sin sentido, inventándose sobre la marcha excusas para hacer una u otra cosa. 

Ha pasado mil veces antes; pasa todos los días sin que nos inmutemos. Es cierto que todas las violencias son análogas en cierto punto, porque el vacío es la misma razón que todos los días da vida a un patriota enfurecido, a un guerrillero, un neonazi o a una iglesia cristiana que con devoción ciega se dedica a enriquecer al pastor que les promete salvación, sanación y vida eterna, como lo hiciera hace menos de mil años, la primera cruzada, que no fue más que la conformación, a gran escala, de una barra brava. No es la primera vez que nos cruzamos con la nada, pero es difícil aprender esa lección, porque nosotros no concebimos la nada, por eso le ponemos cualquier nombre y salimos a la calle a gritar consignas, como si el problema se solucionara así. Para variar, no hemos solucionado nada y lo que fue un virus ha sabido convertirse en un cáncer, una enfermedad del sistema.

Curiosamente, son los mismos que proclaman que la familia es el núcleo de la sociedad los que no comprenden que las barras bravas son familias hechas a la fuerza por gente con un pretexto en común. Separar las barras no es una opción viable, cuando se puede en cambio trabajar con ellas en conjunto, porque es el sentido de pertenencia a algo y el afecto compartido lo que los mantiene en pie. Pregúntenle a cualquier veterano de guerra y verán que considera a sus compañeros de armas como hermanos. A muchos les parece que la guerra se pelea por alguna razón, pero les ruego que revisen la historia con el corazón en la mano a ver si un equipo de fútbol no es exactamente lo mismo que el petróleo, o la salvación.


Es posible que no tarde alguien en darle un «nuevo propósito» a esta revolución sin ton ni son, la guerra de los miserables. Así pasó con el vacío de quienes se volvieron los voceros furibundos de la guerra uribista, que antes del caudillo no supieron por quién votar. Pero el verdadero sentido de la existencia humana debería ser la felicidad –que sistemáticamente les ha sido negada a los barras bravas en sus casas y sus barrios–, no la contienda política ni el activismo cultural o la vida en el deporte. Esas son solo formas más sanas de matar el tiempo.

De nada van a servir el liderazgo o los valores, el repudio en las redes sociales o las pancartas en los estadios, si no empezamos a comprender que la violencia de quienes son íntegramente infelices es un cáncer que nos deja sin excusas para eludir nuestra responsabilidad, que nos hace preguntarnos las verdaderas razones por las que se crea la sociedad y se construye todos los días. Hasta el momento en que las instituciones se decidan a darle a la gente una base sobre la cual valga la pena vivir la vida, ellos seguirán insistiendo en quitársela por cuenta de cualquier pendejada, llevándose al que se atraviese.


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Artista plástico sin diploma, actualmente ejerzo como: presentador de TV, crucigramista para periódicos en Barranquilla, organizador de fiestas, diseñador gráfico, columnista, profesor de dibujo, escritor de libretos y parte del equipo de El Pequeño Tirano.

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