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El 27 de junio, me desperté y vi el titular triunfante de EL TIEMPO: “¡Adios a las FARC!” que coincidió con el final de un programa de tres semanas que estaba tomando sobre el proceso de paz en la Universidad de Los Andes. Con las FARC desmilitarizadas a nivel nacional, y un día más del curso, la visita a la zona veredal se materializó; una actividad que causó mucha expectativa entre los participantes del curso, todos extranjeros.

Esa mañana, los otros estudiantes y yo habíamos pasado 45 minutos viendo la transmisión de la ceremonia sin subtítulos, y aunque la mayoría no entendía todo el mensaje, sí se alcanzaba a percibir el sentimiento trascendental de lo que estaba sucediendo. Sólo más adelante mi di cuenta de que este día era uno como cualquier otro para muchos colombianos, pero para un grupo de extranjeros que aprendían sobre la paz, sabían que era realmente relevante para el futuro del país.

Más tarde ese día, dos representantes del Alto Comisionado para la Paz nos explicaron cómo funciona una zona veredal. Nos mostraron un diagrama bonito que lo hacía parecer como una granja feliz, aunque vigilante, con cielos azules, un sol sonriente, y supuestamente animales de granja. El campamento de la ONU se situaba fuera del círculo. Dentro de los anillos de seguridad estaba el campamento de las FARC y los contenedores de armas, y una pequeña área de recepción donde se permite el ingreso a los visitantes.

Esta imagen bonita se dobló por los bordes un poco cuando nuestra coordinadora, Simone, reiteró que de ninguna manera estábamos obligados a irnos y nos pidió que consultáramos a nuestros respectivos embajadores sobre la amenaza de seguridad potencial. Luego nos pasó un documento que debíamos firmar para renunciar ante cualquier tipo de responsabilidad por parte de Los Andes por nuestro bienestar. Este tipo de precauciones generó desconcierto en todos. Sin embargo,  nuestra otra coordinadora María Paula nos aseguró que todo estaría bien, pero que debíamos llevar repelente de mosquitos.

Con mucho sueño, abordamos el bus a Icononzo a las 5 de la mañana del jueves. Tomé la tonta decisión de no dormir en el bus, lo que exageró lo surrealista que se sentía todo el día.

Después de un largo viaje llegamos al campamento de la ONU y ocho hombres y mujeres sonrientes en uniforme nos recibieron. Supuse que todos eran empleados de la ONU, pero al presentarse, me di cuenta de que el color de su chaqueta correspondía al grupo al que representaban. Los civiles de la ONU se vestían en azul, las FARC en marrón y los militares colombianos en verde. Sin embargo, no había un orden jerárquico entre ellos, lo único que los diferenciaba era el color de sus chaquetas.

Uno de los representantes de la ONU nos dijo que en la Zona Transitoria de Antonio Nariño hay 295 miembros de las FARC, de los cuales 113 son mujeres y 10 son niños. Agregó que 20 mujeres quedaron embarazadas, entre ellas, María Marisela sentada a su izquierda, quien se sonrojó cuando este reconocimiento causó un murmullo.

Luego regresamos al bus y condujimos por aproximadamente una hora. El bus comenzó a tener dificultades con la carretera empinada, por lo que tuvimos que bajarnos y caminar. Finalmente, el letrero que dio la bienvenida al campo de las FARC se hacía nítido.

Unos 30 miembros de las FARC vinieron al área de recepción y más o menos 15 se sentaron, y sin pensarlo (yo creo) se congregaron en una formación de puntas de flecha, con un hombre de boina, el comandante, y la única mujer entre los sentados a la punta de la flecha. Los demás se reunieron alrededor de las periferias con curiosidad.

Forjamos nerviosamente un semicirculo desorganizado alrededor de ellos, inseguros de si era mejor estar más cerca o lejos. El silencio mientras la gente se acomodaba en su lugar hubiese sido tenso si no fuera por el sonido de una mamá que arrullaba a su bebé. De repente, un hombre de boina se levantó, y con una gran sonrisa, nos dio la bienvenida al campo en español y dijo que estaban agradecidos de recibirnos. Un estudiante de Los Andes transmitió su mensaje en inglés, y todo el mundo se relajó un poco.

La cosa más sorprendente que aprendí de inmediato fue que casi todos los excombatientes dijeron que deseaban permanecer allá indefinidamente o permanentemente. La zona transitoria no era sólo un lugar para la dejación de  armas, sino que era su nuevo hogar. Por el momento, la mayoría de los exguerrilleros viven en cambuches mientras que el gobierno construye un alojamiento más sofisticado, con 320 habitaciones que estarán listas en los próximos meses. La ONU y los militares eventualmente retirarán su supervisión y protección, pero las FARC pueden seguir viviendo allí.

Esto, comprensiblemente, llevó a alguien a preguntar cómo la comunidad local se sentía sobre el campamento de las FARC en su territorio. Un hombre aseguró que al inicio el ambiente estaba tenso, sobre todo porque la comunidad local pensaba que podría causar un decremento económico en la zona. Sin embargo, el efecto ha sido inverso: los visitantes interesados en la zona desmilitarizada han estimulado la economía local. También dijo que cuanto más visita la comunidad local, menos ansiosos se sienten por vivir en las afueras de una zona veredal transitoria.

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Por supuesto, este es el recuento de un solo hombre. Tendría que hablar con los vecinos para verificar que este es el sentimiento general. Sin embargo, puedo atestiguar que cerca de 60 empanadas que no hubieron sido consumidas en Icononzo ese día, fueron consumidas. Y pese a que sólo había pasado 2 días desde que las FARC se desmilitarizaron a nivel nacional, Antonio Nariño ya había recibido unos 40 visitantes. Le pregunté si alguna vez temió por su propia seguridad, y respondió que «estamos preparados para el peligro en la búsqueda de la paz».

En este punto sentí que había una fisura entre qué tan abiertas estaban las FARC en recibirnos, hacernos fotos, conocer sus nombres y hacer preguntas, y qué tan abiertas eran sus respuestas en realidad. Pero otro lado, también éramos cautelosos con la manera en la que hacíamos las preguntas y en la forma en la que interactuábamos. La barrera idiomática era sólo la primera pared en el diálogo.

Como parte del curso ya habíamos conocido a dos estudiantes de maestría de Los Andes que anteriormente habían sido miembros del ELN y de las AUC, respectivamente. La mujer que había dejado el ELN en 2004 nos dijo que sólo éramos el segundo grupo al que había admitido ser exguerrillera, y no creía que alguna vez fuera algo de lo que pudiera hablar abiertamente con todo el mundo. A pesar de esta reserva, su entendimiento de la vida en la guerra era muy reveladora, incluso a expensas de ella. No se sentía que alcanzaríamos este nivel de intimidad con las FARC.

Pero entonces un hombre con una camiseta de Bart Simpson sugirió que abandonáramos el arreglo de asientos de punta de flecha / semicírculo y habláramos de una manera más informal, uno a uno.

Charlé con Adrián, quien se presentó con su nombre de guerra, sobre cuáles eran sus esperanzas para el futuro de las FARC como partido político. Explicó que al principio intentaban lograr un cambio social a nivel local. Adrián, al igual que muchos otros miembros, puso un fuerte énfasis en la educación gratuita como elemento central de este cambio y en impedir que los jóvenes tomen las armas. Adrián se unió a las FARC hace 40 años y no ha visto a su familia desde entonces, cree que la mayoría de ellos ya han muerto.

Otro estudiante le preguntó si su estilo de vida comunitario haría difícil la reintegración en una sociedad capitalista. «Destruir el capitalismo es muy complejo, es un animal salvaje. Y una gran cantidad de tecnología lo apoya hoy en día. Destruye al hombre.» Eché una ojeada al exguerrillero que arreglaba cuidadosamente los llaveros de recuerdo que venden las FARC. Luego regresé rápidamente a Adrián.

Le pregunté cómo era su rutina diaria. Una adolescente con una chaqueta rosa, Mireya, que escuchaba tímidamente por las laterales, intervino con audacia: «A las 4.50am nos levantamos con el sonido de los pájaros». Ella entonces demostró el sonido que hacen  con sus manos. «A las 5.30am nos reunimos, bebemos tinto y distribuimos tareas; por ejemplo vigilar el lugar. A las seis y media nos ejercitamos, para que no engordemos.” Miró a Adrián sabiamente. «De 6.30am a 8.30am estudiamos. Estoy en el nivel de escuela secundaria. A las 9am desayunamos. Después del desayuno tenemos clases de comunicación. De 1pm a 3pm horas trabajamos en la comunidad. A las 4.30pm tenemos comida. A las 5pm leemos las noticias juntas y tenemos servicios. De 6.00pm – 8.00pm tenemos más tiempo de estudio. 8.30pm se apaga la luz y nos acostamos. »

Curiosamente, la rutina de las FARC en Antonio Nariño coincide casi perfectamente con la rutina que nos había descrito aquella semana Boris, un hombre que se desmovilizó de las FARC hace 15 años. Incluso había demostrado el mismo canto de ave con sus manos, y mencionó el tinto de las 5.30. Hubo algunas variaciones; Boris estaba reflexionando sobre su rutina diaria durante la guerra, por lo que las tareas incluían la limpieza y reparación de armas. Pero era casi minuto por minuto iguales.

Aunque Boris aseguró que la decisión de abandonar las FARC era racional, aún había un brillo en sus ojos mientras reflexionaba sobre el sentido de la camaradería, el mismo brillo que vi en los ojos de Mireya. «A pesar de que los niveles de educación son bajos, los guerrilleros son personas inteligentes, modestas, extraordinarias con una gran capacidad de pensar colectivamente. Por supuesto en cada grupo hay diversidad, pero la mayoría de ellos son seres humanos muy buenos”, dijo Boris.

Estaba tratando de medir lo que Boris nos había dicho mientras hablaba con los miembros de las FARC. Él resaltó la importancia de la autocrítica tanto por parte del gobierno, como de la guerrilla para un cambio real. Pese a esto,  en el corto tiempo que estuve en Antonio Nariño, no percibí esa autorreflexión por parte de los exguerrilleros, pero sí un sentimiento de  entusiasmo de este grupo para cooperar y asegurar que las víctimas permanezcan en el centro del acuerdo.

La única mujer que se sentó entre los hombres y que había permanecido en silencio a lo largo de la conversación, nos dijo: «no se trata de impunidad. Se trata de reconocer la importancia de la reconciliación en la construcción de una paz duradera. La reconciliación significa dar a la víctima la verdad sobre lo que sucedió. »

Mientras el día alcanzaba el crepúsculo, los niños pequeños en el borde del grupo empezaron llorar por el cansancio, un recordatorio útil para no idealizar toda la experiencia. Nos estrechamos la mano, nos despedimos, un estadounidense compró un llavero, y regresamos al bus.

Después de un paseo resbaladizo por la colina, lo que resultó en varias nalgas enlodadas, una avería en Icononzo, una espera de 4 horas por el lado de la carretera, un cambio de autobús, un pinchazo subsecuente, una espera de 45 minutos y un viaje de 3 ho0ras y media , estábamos en casa.

Por el momento, era «¡Adios a las FARC!», pero la dejación de sus armas llama una nueva era, para ellos y para Colombia.

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