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Con la conquista del domingo, 18 escaños en Hesse, El AfD logró meterse en todos los parlamentos regionales de Alemania y contribuyó a la tragedia electoral de la CDU que forzó la salida de Ángela Merkel de la dirección del partido. Con miedo y una extraña sensación de vulnerabilidad la gente de a pie en Alemania y en Europa sigue votando a la extrema derecha. ¿Por què?

El mundo se enteró del malestar en la política alemana hace un año, en septiembre de 2017. Apenas veinte minutos después del cierre de las elecciones generales, Martin Schulz el líder del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), uno de los más tradicionales de Europa, aceptó públicamente su derrota más dura desde 1949. Apenas 150 escaños de 200 que lograron en las elecciones de 2013.

Diez minutos después, a las 19:30, el otro titular de la jornada empezó a circular en todos tickers de los noticieros: Un partido con apenas cuatro años de existencia, Alternativa para Alemania (AfD), se llevaba el 13% de los votos y por primera vez, desde el fin del nazismo, una formación de extrema derecha regresaba al Parlamento.

Entre asombro y vergüenza llegaron mil teorías y análisis a los medios de comunicación para entender el fenómeno y la debacle del SPD y del partido de la Canciller, la unión cristianodemócrata (CDU) -que hasta hoy ha perdido ya el 20% de sus escaños regionales-. Se dijo que “socializaron” su agenda política, que calcularon mal el impacto de la crisis de los refugiados, del terrorismo y que se alejaron de su base de electores. Sumémosle a eso el golpe violento del bréxit a la estabilidad de la UE.

Todo aquello habría zanjado una brecha en el espectro político que llenaron un antiguo socio de Merkel, El partido liberal (FDP), Los Verdes y la formación ultranacionalista AfD. Parecía ser apenas una coyuntura de factores externos y torpeza política de los grandes faros ideológicos del país, un diagnóstico no imposible de tratar.

Sin embargo hoy, un año después de las elecciones generales, las emociones de esos “votantes vergonzantes” del AfD no parecen cambiar. El domingo se llevaron el 13% de los escaños en el estado federado de Hesse (allí se ubica Frankfurt y el centro financiero alemán) y ahora tienen representación en todos los parlamentos regionales de Alemania. ¿Por qué?

  1. El origen del malestar

Hay que tener claro que fue la crisis económica de 2008 la que potenció a la derecha radical en Europa y desde entonces ésta se fue nutriendo de la indiferencia del establishment, de la flexibilización laboral y la precarización de la naturaleza y el acceso al bienestar en Europa. Mejor dicho: A la gente le cambió su proyecto de vida y la seguridad de su existencia.

  1. Después, los refugiados.

Luego vino la crisis migratoria de 2015, la más grande en Europa desde 1945, y la intensificación del terrorismo. Todos estos fenómenos se intersecan, potencian la crisis y el resentimiento, pero no son lo mismo. Mientras que la llegada de los refugiados alimentó el discurso de partidos radicales ya existentes, entonces más euroescépticos que nacionalistas, Las consecuencias de los planes de choque del modelo económico actual han sido profundas, se han venido cocinando largamente -¡desde los noventas!- y definen los deseos y las aspiraciones de la gente, sus opciones de vida.

¿Cómo se combinan estas dos para que que una creciente minoría vote a un partido que niega el holocausto? Al igual que esta minoría convencida, muchos también creímos el cuento de que el miedo a la extranjerización o la islamización de la sociedad es producto de la llegada de los migrantes, cuando el miedo al “fin” de la sociedad como la conocemos viene de antes. Mientras que el modelo económico además de generar riqueza y desarrollo ha generado segregación e inseguridad en los individuos, el paradigma liberal contemporáneo, por su parte, impulsa la reevaluación de los roles en la familia, en la escuela o en el trabajo. Sin estar listos, todos nos vemos abocados al cambio en múltiples niveles de la vida social.

Una hipótesis: inseguridad, angustia y vulnerabilidad.

Celebrar nuevas estructuras familiares, identidades de género, el cosmopolitismo y el interés por el medio ambiente; la imposición de lo “políticamente correcto”, es un desafío a los viejos hábitos ahora asociados a la ignorancia y denigrados en el debate público. El valor del trabajo de estos sectores populares no es reconocido y su estabilidad es ínfima. El obrero de clase media, otrora motor de la identidad de clase europea, tiene que capacitarse rápido para asumir otras funciones, mientras las mujeres deben ganar la maratón por formarse e integrarse al mercado laboral, en condiciones de desventaja. El malestar y la angustia en las sociedades de las democracias liberales son determinantes.

Es claro que la tensión de estos cambios genera, rechazo, frustración y resentimiento, como mínimo. Y si además la mitad de los políticos toman las decisiones en otro país (o sea la EU en Bruselas) y cada vez menos en las regiones o con la base, la idea fácil del “voto castigo” adquiere más rigor. Entonces la búsqueda de esa dignidad social perdida acrecienta la segregación y la discriminaciòn contra, obvio, los más débiles. Y como dijo recientemente Mario Candeias eso se traduce en clasismo, racismo o sexismo. Luego llega un “iluminado” ideológico (llamémoslo AfD) que recoge esas quejas y ofrece una alianza, maquillada de solidaridad, para recuperar el control y detener los cambios.

Es en ese contexto en el que muchos sacan la bandera, que ni sabían que tenían, y salen a “defender la nación” no sólo de los migrantes criminales sino de todos los que no nacimos en los límites de lo que representa ese trapo que sacuden con furia. Lo hacen porque se saben vulnerables: incapaces de adaptarse a los shocks y sin poder ascender socialmente. Decía el profe S.Schindler en 2014 “la gente tiene miedo porque el actual sistema económico, aparentemente le ayuda a los más débiles (los migrantes) y a los más ricos (migrantes o no), pero incrementa la vulnerabilidad de todos los demás”.

Las consecuencias.

Los nuevos “líderes” de la ultraderecha, a pesar de ser una minoría, han logrado mover el espectro político hacia la derecha radical y, de súbito, muchos funcionarios del gobierno asumen posiciones que en otro momento eran impensables, como la tácita legitimación de las agresiones a migrantes en Chemnitz del director de la inteligencia alemana. Y qué decir de los nuevos debates en el Bundestag, cada vez mas rastreros y agresivos. La polarización ha llegado para quedarse.

Si miramos al otro ganador de la jornada, Los Verdes, es posible ver una consecuencia interesante del terremoto político que empezó en septiembre del año pasado. Las grietas que crearon los electores desencantados prueban también que no todos seguimos ciegos y sordos de tantas fake news y que sabemos que la recuperación de la solidaridad y una comunidad nacional, no son lo mismo que un estado prusiano con fronteras, policía y banderas gigantes. Y lo más importante, que la clave del triunfo sobre la derecha está en el desarrollo igualitario y en una verdadera economía social de mercado.

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Periodista, politólogo y estudiante de doctorado en la Universidad Humboldt en Berlín. Miembro de la Global Studies Research Network.

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