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Al mirar por el tragaluz de su baño –mientras hacia gárgaras– Lodovico quedó fascinado con lo que veía: se trataba de una hermosa mashrabiya, o ventana árabe, que miraba el frente de su casa, desde las alturas de un edificio contiguo.

Lodovico interrumpió su terapia. Apresurado salió a la calle y miró al cielo con su mano en forma de visera, para bloquear el inclemente sol. Así se quedó, extasiado por unos buenos segundos.

«Cómo pude haber ignorado esta joya todo este tiempo», exclamó.

Mashrabiya: el fondo de un tragaluz

Mashrabiya: el fondo de un tragaluz

Lodovico Berti era un ingeniero italiano que había llegado a los Emiratos Árabes Unidos en pleno auge de la bonaza petrolera. Como experto en excavaciones, su trabajo lo realizaba en exteriores, en pleno desierto, cuyo polvo –tres años después de haber llegado al Medio Oriente– comenzaba  a afectar su  garganta con insoportables picazones.

«Haga gárgaras de sal, don Lodovico», fue la única recomendación que le dio su médico, la cual siguió y le permitió mirar hacia su (hasta esa mañana) ignorado tragaluz. Descubrió el encanto de la mashrabiya, cuya belleza, a través de la claraboya,  aumentaba en la noche, al revelar detalles que la luz del día no permitía apreciar. De todo este despliegue artístico, el italiano quedó, ese día, prendado por el resto de su vida.

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Un tiempo después de la reveladora experiencia, el ingeniero Berti renunció a su bien remunerado trabajo en una compañía de petróleos en Abu Dhabi. Se inició luego como artesano de mashrabiyas y puertas árabes, entusiasmado también, por su vena artística que tenía raíces en su natal Florencia.

Sin muchas aspiraciones económicas, ni responsabilidades familiares, Lodovico estaba seguro de tener el  conocimiento necesario para salir adelante en el arte de construir mashrabiyas.

Con el dinero de la liquidación de su trabajo, menguado por viejas deudas y gastos inesperados, inició el ingeniero una vida casi de indigente con escasas ganancias que apenas le alcanzaban para subsistir. Con las puertas árabes le iba más o menos bien, pero construir mashrabiyas requería algo más que talento y conocimiento.

La labor de artesanía exigía un gran fuelle físico para manejar una pesada carpintería de celosía, que incluía maderas y metales, que sus manos de pianista no podían ejecutar. Un día, simplemente se rindió, pero el sueño de hacer mashrabiyas aún persistía, y se aferró a la idea de que, si sus manos no podían hacerlas, sí podían dibujarlas.

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Un tiempo después, Lodovico Berti descubriría que no era el del artesano  el talento que él poseía, sino el de un excelso dibujante. Lo anterior lo evidenciarían sus finos trazos de minuciosos y complejos entramados que el riguroso arte de elaborar mashrabiyas exigía.

Por todo un mes el ahora greñudo ingeniero tuvo una vida de ermitaño encerrado en un improvisado taller en las afueras de Abu Dhabi. El artista  daba rienda suelta a lo que ahora se convertía en su mayor deleite: dibujar mashrabiyas a placer.

Del dibujo pasó al diseño y de ahí a la fabricación, que era ejecutada por artesanos profesionales, a quienes él escrupulosamente escogía. Los artesanos lograban las más alabadas mashrabiyas que el Golfo Arábigo haya visto. Los diseños de Lodovico Berti eran irrepetibles, dado los elaborados patrones de sus entramados, plasmados inicialmente en un dibujo.

Ventana llena de cielos

Las ventanas se visten de cielos

Las mashrabiyas diseñadas por Lodovico Berti poseían elementos mágicos que nadie podía reproducir. Su fama en el Medio Oriente se esparcía rápidamente entre reyes y jeques, quienes querían  tener en sus palacios mashrabiyas con el efecto Berti. Un lustro después, la gran mayoría de palacios de la realeza del Golfo Arábigo mostraban elaboradas ventanas diseñadas por el ahora reconocido artista.

Su obra más reconocida fue una ventana en honor a un príncipe emiratí. Para esta realización, como en sus inicios, Lodovico se encerró en su viejo taller por un mes. Al terminarla, el artista quedo extasiado en frente a  su recién nacida creación: «Así debe ser la ventana al cielo», pensó, y fue este el nombre que le dio a la obra que más lo conmovió en su vida.

Desafortunadamente, el lienzo con el dibujo desapareció del taller, que no contaba con ninguna seguridad. La obra no se materializó en ese momento y los marcos de las ventanas del palacio del príncipe mostraban un melancólico vacío.

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Los jeques del emirato, sin embargo, abrigaron la esperanza de dar con los ladrones que sustrajeron el valioso dibujo y llenar los tristes espacios. Hasta ese momento, La ventana al cielo solo la había visto  Lodovico, su artesano de cabecera y el ladrón que la hurtó. De la obra no se supo nada más por un buen tiempo.

Después de incansables pesquisas las autoridades dieron con el  lienzo, que había terminado en una tienda de antigüedades en la ciudad de Amán, capital de Jordania. La preciada imagen regresó a Abu Dhabi y se materializó en la más bella mashrabiya que palacio alguno haya lucido.

Los últimos años de su vida, Lodovico Berti  los pasó en su viejo taller, trabajando con la misma disciplina de siempre, y con los achaques propios de su edad. Aún activo y con los pinceles en la mano, el gran artista murió una soleada mañana de un día de Noviembre.Tenía noventa años.

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En el camino a su última morada, su cuerpo recorrió el distrito de los palacios reales en el emirato de Abu Dhabi, y sus  mashrabiyas le hicieron una calle de honor. Si el destino final de Lodovico Berti era el cielo, la ventana ya la tenía bien dibujada.

Marcelino Torrecilla N. (matorrecc@gmail.com)

Abu Dhabi (EAU)  octubre de 2015

Fotos

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Docente universitario en el area de la enseñanza de idiomas (Inglés y Español) y sus usos en contextos multiculturales. Contando historias de un Medio Oriente (ir)real. Residente en los Emiratos Árabes Unidos

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