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Profile image Publicado en: Un colombiano en Emiratos Árabes Unidos

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La costumbre árabe expresada en la máxima de: “…quien se come la lengua de una cabra, tiene que interpretar una canción”, la experimentó un cantor italiano llamado Massimo Fusco, cuando visitaba el Medio Oriente y Norte de África, en los años setenta. Aunque comerse la lengua lo hizo a regañadientes, la historia cuenta que, en la pieza que le tocó entonar, el italiano alcanzó un perfecto Do de pecho, que ni él mismo se lo podía creer.
Un sonoro aplauso retumbó en el recinto, acompañado de una atinada declaración.

“– Esa no debió haber sido una cabra cualquiera–” concluyó el sorprendido italiano, ante semejante ejecución.

Del recinto del banquete salió Massimo Fusco envuelto en un mar de duda y confusión, y estaba lejos de creer lo que había realizado. Su vida como cantor (aspirante a tenor) en Italia había prácticamente terminado unos meses antes de su viaje al extranjero, cuando su maestro de canto le dijo en forma categórica que desistiera de este arte, que su voz jamás alcanzaría un decente Do de pecho.

“– Dedíquese a otra cosa señor Fusco – le dijo el sabio profesor Caruso, con la franqueza con que hablan los viejos,  – a los serenateros en la vía  Santo Vitti les pagan muy bien; usted no nació para el Bel canto”.

“ – Lo sucedido en el banquete con los árabes fue la patraña de una necia fantasía, de esas que pululan en estas tierras de magia e ilusión–” lo repetía Massimo Fusco en voz alta, mientras caminaba raudo a su hotel, con su asombro aún palpitando.

Voz viva

Voces cantantes

Ya en su habitación, se le ocurrió de súbito interpretar una pieza clásica: O Sole Mío, y poner otra vez a prueba su voz. La ejecución fue de nuevo una muestra de virtuosismo y perfección del buen canto, con un robusto Do de pecho que nunca desfalleció y permaneció, con una sola toma de aire, en alturas tonales hasta hoy desconocidas por el viajero cantor.

El efecto de la lengua de cabra está todavía ahí, no sé por cuánto tiempo–  pensó, sobrecogido.
Muy a pesar de la nueva verificación, a Massimo Fusco todavía lo atormentaba la incredulidad y las cavilaciones.  Solo alguien neutral y conocedor del Bel canto lo podría sacar de la corrosiva duda.

Cuenta esta historia que Massimo Fusco, grabadora en mano, se encerró todo un día en el cuarto de un hotel en las afueras de Marrakech, en Marruecos, donde cantó y grabó Vesti La Giubba, pieza clásica de gran exigencia interpretativa.

Al día siguiente de la agotadora jornada, el confundido cantor se dirigió  a la oficina de correos con dos sobres que llevaban cada uno un casete. Uno iba dirigido a su antiguo profesor Domenico Caruso, y el otro a un amigo conocedor del Bel canto, en Milán, llamado Carlo Vitale. Ambos sobres contenían una breve carta que remataba diciendo:

¿qué opina usted, maestro de la interpretación que he hecho?
P.D. Respóndame, por favor, vía telegrama.

El primero en responder fue su antiguo profesor Caruso, crítico implacable de su carrera y trayectoria. El telegrama era escueto y directo.

Señor Fusco:
Dudo que la del casete sea su voz. Por favor, sea feliz y siga su vida de cantante de la noche, el Bel canto no lo extraña a usted para nada.
Domenico Caruso

El telegrama del amigo era esperanzador y con un certero remate.
Querido Massimo:
Tu voz es absolutamente irreconocible y ahora cantas como los dioses. ¡Felicitaciones! ¿Qué andas comiendo últimamente?
Carlo Vitale

2 casetes

El origen de la cabra del gran banquete árabe –incluyendo el poder mágico de su lengua–  era ahora lo único que le inquietaba a Massimo Fusco por saber, y el interés lo llevó a recorrer muchas bibliotecas en todo Medio Oriente, incluyendo la legendaria biblioteca de Alejandría, en el antiguo Egipto.

Un día cualquiera, mientras visitaba la biblioteca de Rabat, en Marruecos, el título de  un libro con una modesta pasta le llamó la atención: Las Cabras Cantoras de Assaka. El libro estaba catalogado bajo el género de leyenda ficción, y de autor desconocido.

Contaba esta historia que en el pueblo de Assaka, al sur de Marruecos, “existió algún tiempo atrás una especie de cabra con un balido muy especial y distintivo, que (antes que perturbar) tranquilizaba los espíritus de gente y  animales;  las virtuosas tonalidades que de sus hocicos salían,  atraían a multitudes que extasiadas las escuchaban en muda contemplación. A los primeros niños cantores de Assaka los nutrieron con la leche de las talentosas rumiantes, y cuando los niños alcanzaban su adultez, los alimentaban con la excelsas lenguas del celebrado animal, lo que dio origen a camadas de eximios tenores, a los que se le consideró como los más talentosos del mundo”.
La historia de Las Cabras Cantoras de Assaka corroboraba ahora su aseveración: “Esa no debió haber sido una cabra cualquiera”.

El brote de virtuosismo de Massimo Fusco fue noticia de gran revuelo, lo que trajo al Medio Oriente,  un gran número de tenores de todo el mundo, que aspiraban igualmente a probar las mieles de la increíble vivencia. Lenguas de cabra atiborraron ollas y calderos en casas y restaurantes de la región, sin embargo, en ninguno de los cantores se materializó el ansiado milagro, ni tampoco en los que lo intentaron tiempo después.

En una inmensa carpa árabe, aquella calurosa tarde en un banquete, Massimo Fusco tuvo la fortuna de comerse una lengua de cabra de la estirpe de Assaka, y luego ejecutar un altivo y envidiable Do de pecho. El italiano se comió la última lengua que quedaba.

Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)

Abu Dhabi mayo de 2017

Nota aclaratoria: El Caruso de la historia no era el afamado Enrico. El de este relato se llamaba Domenico Caruso, como firma en su telegrama a Massimo.

Completa esta historia mi publicación número 100.Gracias a EL TIEMPO y a los amables lectores por estos cinco años de entregas.

Foto de tenores: www.16minutos.com

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PERFIL
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Docente universitario en el area de la enseñanza de idiomas (Inglés y Español) y sus usos en contextos multiculturales. Descubriendo el realismo mágico del Medio Oriente y su vecindad. Residente en los Emiratos Árabes Unidos

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13 Comentarios
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  1. seria interesante la ficción si no estuviera tan desfasada la fecha de caruso y su respuesta a su alumno pues en los setenta caruso llevaba 50 casi de muerto y los casettes apenas estaban naciendo como mejora de la grabadora de carretes .Los cuentos aunque sean eso…cuentos deben ser coherentes con su momento historico

  2. continuum24

    Su publicación de la hecatombe, Marcelino, la 100, es la primera suya que yo leo. Me pareció tan sutilmente graciosa y tan bien articulada la anécdota, que estoy seguro que en otro momento seguiré leyendo las otras 99. Usted ha hablado no en lengua de ángeles sino de cabras.

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