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Profile image Publicado en: Un colombiano en Emiratos Árabes Unidos

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El cierre de la puerta dejaba en el corredor un eco profundo, que era inusual en la rutina de inicio del día de la familia Sinclair. Todos los juguetes de los niños vecinos estaban en frente de las puertas, como de costumbre, pero aún así el eco persistía; no había suficiente espacio vacío que lo justificara, hasta que Ahmed, el portero del edificio, les dio la explicación.

Se quedaron solos en el primer piso, doctor Sinclair – le dijo con un tono ceremonioso–, todos sus vecinos se mudaron mientras ustedes estuvieron por fuera. Muchas puertas quedaron entreabiertas; el eco viene de dentro de los apartamentos, del vacío que deja la soledad.”
– ¿Y porqué los niños no se llevaron sus juguetes? – le preguntó el doctor con la inmediatez que aviva la curiosidad.
Se los dejaron a Alia, de pura generosidad, y dentro del apartamento del señor Eissa está la lámpara.
¿La de Aladino? – le preguntó el galeno.
En el Medio Oriente casi todas las lámparas son de Aladino, mi apreciado doctor– respondió el jordano con su usual tono de profesor de cátedra.

Alia, la hija invidente del doctor Sinclair,  siempre quiso tener esa lámpara–la del niño vecino, Abdul Kareem– porque había algo en ella que la intrigaba, o era solo la caprichosa preferencia de los niños por el juguete ajeno. Corrían los años 70; Alia tenia 10 años y  Abdul Kareem 11.

En el edificio Malabares solo quedaba la familia Sinclair, a quienes la tristeza de la soledad los hizo mudar un tiempo después, una tarde de un frío Noviembre.

A Ghassan Khoury –restaurador de juguetes de 75 años, de la ciudad de Trípoli– le dijeron que en el abandonado edificio Malabares, en la calle Kasti, había muchos juguetes que estaban a punto de ser tirados a la basura, antes de demoler la gigantesca y oscura estructura que afeaba esa bulliciosa zona turística en el corazón de Beirut.

El acceso al viejo edificio lo logró el juguetero, después de una larga negociación con un lunático portero que reclamaba la posesión sobre el inmueble, aduciendo que los propietarios le habían traspasado todos los derechos de propiedad.

“– Se fueron todos corriendo–” decía  con un tono de complacencia.
“–No me voy a llevar su edificio, solo vengo por unos viejos juguetes– fue el argumento del restaurador, suficiente para abrir una desmantelada y  chirriante puerta.
“–Le doy solo una hora– le advirtió el portero irritado–, que escasamente le alcanzará para el primer piso. Todas las puertas están sin llave.

Armado con dos  gigantescas cajas de cartón,  el juguetero y dos de sus empleados se dieron a la tarea de recolectar polvorientos juguetes que aún se encontraban en buen estado. Estaban en el apartamento donde el niño Abdul Kareem y su familia habían vivido, y allí se encontraba la lámpara, en un solitario rincón, atestada de polvo, y como si nunca hubiese tenido lustre alguno.

En algún punto del piso de una de las habitaciones–en medio del constante trajín de pisadas– se dejaba oír un sonido hueco que no pasó desapercibido para el buen observador Ghassan.
“–Hay una baldosa floja allí–” exclamó con sorpresa, señalando el punto exacto de la resonancia. Su curiosidad de niño grande debía ser satisfecha.

Con extremo cuidado, uno de sus empleados levantó el decorado baldosín, y del interior extrajo una amarillenta hoja de papel doblada con una esmerada simetría.
La breve y conmovedora carta la había escrito el niño Abdul Kareem a su amiga Alia Sinclair, con una tinta azul que comenzaba a descolorarse.

Hola Alia
Qué afortunado somos de tener esta lámpara con un genio tan generoso. Yo ya le pedí mi deseo, y pronto podrás ver, como alguna vez te los describí, todos esos bellos  paisajes de Oriente Medio. El  genio me dijo que los deseos se cumplirían solo cuando los dos los hayamos pedido. Ahí te dejé la lámpara y deberás pedir tu deseo cuando regreses de viaje. Gracias por ser tan buena amiga y siempre jugar conmigo, así estuviera yo en una silla de ruedas. Deja la lámpara y esta carta en el mismo lugar de siempre.
Abdul Kareem
P.D.
Nos robaron un deseo y sospecho de Ahmed, que creo que pidió el deseo de la soledad.

Semejante manifestación de afecto y convicción, ataron sentimentalmente al viejo juguetero al decrepito edificio y a los dos niños con impedimentos, que algún día lo habitaron. Su vivaz imaginación de niño viejo veía dos deseos de una lámpara de Aladino materializados en una realidad para celebrar. Su corazón se lo decía:  Hoy Alia Sinclair, con sus bellos ojos, admira y disfruta las rojizas dunas de un inmenso desierto, y Abdul Kareem corre como loco las calles de una bulliciosa ciudad en el Medio Oriente.

T punto final

En la misma calle del viejo edificio Malabares, el viejo Ghassan Khoury se hizo a un local, donde montó su juguetería, la cual llamo: Pequeños deseos en honor a los niños Alia y Abdul Kareem y a su entrañable amistad. La juguetería se especializó en: Restaurar lámparas de Aladino y cumplir deseos, como reza su publicidad.

T pequenos deseos

Una soleada mañana de un diciembre, la llegada a la juguetería de una joven pareja con sus tres pequeños hijos alegró el inicio del día para el viejo juguetero, que presentía que esa mañana  haría la venta de su vida. Su corazón se lo decía.

Continuará…..

Marcelino Torrecilla (matorrecc@gmail.com)

Abu Dhabi, Septiembre de 2017

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Docente universitario en el area de la enseñanza de idiomas (Inglés y Español) y sus usos en contextos multiculturales. Descubriendo el realismo mágico del Medio Oriente y su vecindad. Residente en los Emiratos Árabes Unidos

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4 Comentarios
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  1. Matorrec gracias por todas las historias de esos lugres de ensueño, imagino a todos tus personajes vestidos como los cuentos de las mil y una noche, creo que he leído todos sus relatos, hay gente que son como los ángeles, ayudan a otras sin darse cuenta, gracias nuevamente.

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