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El agal es ese cordón negro, grueso y circular –del cual cuelga una especie de trenza–, que los árabes usan en sus cabezas. Esta prenda tiene la función de sujetar la ghutrah, que es el extenso pañuelo acompañante.

Ttagal

Agal y ghutrah

Cuenta una  historia que el primer agal lo inspiró el cabello de una hermosa mujer andaluza llamada Carmen.Era la época en que los árabes (también llamados moros o moriscos) se encontraban esparcidos por gran parte del sur de España. El origen de la prenda comenzó en donde hoy se encuentra Córdoba, la segunda ciudad de Andalucía, después de la gran capital Sevilla.

El agal tuvo su primer soplo de vida en un dibujo realizado por un excelso artista árabe de la época, a quien llamaban Hashim el virtuoso. Poco tiempo después, el dibujo se materializó en un perfecto aro con una frondosa trenza de color azabache. La creación venía de las más finas fibras que el meticuloso artista encontró, y se asemejaba al hermoso cabello de Carmen, la mujer que a él lo inspiraba.

 

El dibujo y el agal –escondidos por el artista en un cofre, en algún lugar de su villa– eran un regalo sorpresa que él tenía para su mujer, a quien había desposado dos días atrás. Tristemente, el hermoso idilio –que hasta ese momento transcurría sin contratiempos– fue  interrumpido por la expulsión de los árabes de España.

De hecho, ese día –el día en que Hashim el virtuoso pensaba entregarle el regalo a su esposa– el artista no pudo  siquiera llegar a su casa. Fue llevado al puerto de Dénia, sobre la costa valenciana, de donde salió expulsado, junto a un buen número de sus coterráneos.

Carmen, desconsolada, se quedó esperándolo ese día, hasta que el rocío de una fresca madrugada la venció y al sueño sucumbió.

* * *

La_Expulsión_en_el_Puerto_de_Denia._Vicente_Mostre

En el puerto de Mallorca la conversación de unos comerciantes andaluces giraba alrededor del viaje que se aprestaban a emprender con destino a Alicante, ahora con los árabes casi totalmente desterrados. De todos los contertulios, era la voz de quien se hacia llamar José Antonio Hidalgo la más locuaz y vehemente:

«Andalucía, Andalucía –gritaba con frenesí–, siempre serás grande y poderosa, con o sin intromisiones de extranjeros».

La conversación llegó a un punto en el cual el tema de desterrados y reconquistas se desgastó, y todo comenzó a girar alrededor de la travesía que los andaluces se disponían a iniciar.

mallorca-copy

Con atuendo y nombre prestado, Hashim el virtuoso hacía un magistral papel, y pasaba  desapercibido entre sus ahora nuevos “coterráneos”, quienes, al día siguiente de haber zarpado, ya lo llamaban: «Don José Antonio».

¿Y qué lo lleva a Andalucía, don José Antonio?  –le preguntaba Pedro, un joven inquisitivo, de vivaces ojos, con quien, espontáneamente, el simulador había entablado amistad y cercanía.
–La fuerza de un cabello de mujer le respondió Hashim el virtuoso, sin  titubear.
¿Perdón? –inquirió el joven, acentuando la vivacidad de su mirada.
Excúsame, Pedro –le respondió Hashim el virtuoso, con marcada deferencia–. Es una forma de referirme a mi amada esposa Carmen, que dejé en Córdoba. Soy un comerciante, viajo mucho, y el destierro de los árabes me sorprendió lejos, mientras andaba por Mallorca y Cagliari. Regreso, amigo Pedro, por mi esposa y por un regalo que debo entregar; ah, y también, –hablando al oído del joven– por un matrimonio que debo consumar.

Solo hubo silencio ante la inesperada revelación y en ese punto –inconcluso–, por esa noche, la conversación entre el joven comerciante y el ahora artista del disfraz, terminaba en forma  espontánea, justo como había comenzado.

* * *

Vizcaya –el barco en el que viajaba Hashim el virtuoso– atracó en el puerto de Alicante en una atmósfera de tensión y violencia. En ese momento era embarcado un nuevo contingente de moros camino al destierro con destino al norte de África. Los altercados afloraban por la arbitraria decisión de las autoridades de obligar a los moros a pagar sus propios pasajes.

Ya en suelo andaluz, Hashim el virtuoso, aferrado a su bien logrado camuflaje, continuaba su viaje de vuelta a Córdoba. Volvía a su antigua casa, con la esperanza de encontrar a Carmen, y regresar a ese día del arribo frustrado y de la entrega fallida. De ese momento a hoy, ya había transcurrido casi un año.

Hoy tocaba la puerta de su antigua casa. Esta vez caracterizaba a un dicharachero albañil, quien miraba el exterior de una arrasada villa, que mostraba la huella del odio. Días previos, una turba de antimoros la había atacado en repetidas ocasiones y sin piedad alguna.

En la casa había muchas cosas que reparar, aunque el propósito del artista era encontrar a Carmen, y recuperar el agal, junto al dibujo. Rebuznos de bestias y un penetrante olor a café, que borboteaba en un viejo perol, indicaban que la casa estaba habitada. Estaba tranquilo de no ser reconocido por nadie, porque –a la usanza  beduina–por lo general cubría su rostro, el tiempo que vivió en Córdoba, y además era reservado y discreto.

La puerta estaba entreabierta, como si alguien lo estuviera esperando. Se detuvo, la empujó tímidamente, pero no se atrevió a entrar.

Buenos días –levantó su voz  desde el umbral–. Me llamo José Antonio Hidalgo y soy albañil, trabajo en mampostería y soy ingenioso para reparar cosas, y además cuento chistes e historias que agradan a chicos y grandes.

Su entrada recibió un silencio que duró solo unos pocos segundos.
–Siga, don José Antonio –gritó una voz que retumbó desde una de las habitaciones contiguas a un inmenso patio–, que ha llegao usted como caído del cielo. Aquí hay mucho que reparar y espíritus por alegrar.

La voz era la de Manuel García, un campesino venido desde Valencia, de 70 años de edad, voluminoso en talla, de baja estatura, y de un carácter festivo.Por mandato real, se le había adjudicado la villa, una de las tantas a lo largo y ancho de Andalucía, que se le había despojado a los moros.

Pues inicio contándole, don José Antonio, que esta casa perteneció a unos moriscos, no se cuántos, y ahora es de mi propiedad, por orden de su majestad.
¿Y sabe usted a dónde fueron los antiguos moradores? –le preguntó Hashim el virtuoso, con un tono de espontánea curiosidad.
– ¡No sé, ni me interesa en lo más mínimo! –respondió Manuel airado–. Solo sé que debieron haber sido detestables como todos los moros, usted sabe.
¿Todos? –replicó Hashim el virtuoso.
Sí, todos, absolutamente todos– respondió  Manuel de nuevo contrairado–. ¿O es que no me cree?

Verá usted –continuó Hashim el virtuoso con voz apacible–. Yo viví por muchos años en Castilla, donde los moros no son muchos, y viven en armonía con los lugareños de esa parte del reino.
Ay, don José Antonio, déjese de esas tonterías –le interrumpió Manuel–. Moro es moro, aquí y en todas partes, muchos o pocos. Mire, usted me ha caído en gracia, y se ve como un andaluz puro. Más bien pongámonos a trabajar, y de paso me cuenta uno de sus chistes, que hace rato no oigo uno bueno.

Ahora con libertad de movimiento, Hashim el virtuoso se dirigió al patio y al lugar donde, él esperaba, estuviera aún su agal y su dibujo. Le llamó la atención unas pequeñas pilas de arena removidas y esparcidas por todo el lugar, por lo cual preguntó al nuevo propietario.

Una de las primeras cosas que hice fue destruir todo indicio morisco en esta villa –explicaba Manuel–, y mi instinto me decía que algo debían haber escondido en el patio. Desenterré un cofre con caracteres en el idioma moro sobre la tapa. No me tomé el trabajo de abrirlo y la caja terminó en una hoguera; lo poco que quedó fue a dar al fondo del río.
Umm, ya veo –fue lo único que salió de los labios de Hashim el virtuoso, solo para indicarle a Manuel que seguía atentamente su cruda narración.

Era ese el cofre donde él había escondido el agal y el dibujo, que un día pretendió entregar a Carmen. Imágenes de ese día comenzaron a multiplicarse en su mente. La sensibilidad del artista estuvo a punto de resquebrajarse, pero mantuvo su compostura.

–¿Qué os pasa, José Antonio? –le preguntó Manuel–. ¡Que pareciera que estuvieseis en trance!
–Es solo que la arena removida en el patio, me recuerda con tristeza a los camposantos y a los muertos que quedan sin enterrar –respondió Hashim el virtuoso, con un tono de solemnidad–. Y tiene usted la razón, don Manuel, queremos una Andalucía sin ningún tipo de intrusos, ni de malsanos recuerdos.

¡Ese es el José Antonio que quiero oír siempre! –gritó Manuel, con un aire de  supremacía.

La vida de José Antonio Hidalgo Hashim el virtuoso transcurriría por un buen tiempo de esa manera, como el albañil bonachón y amigo de todos. Iba de pueblo en pueblo reparando cosas, contando chistes, y preguntado por Carmen, la mujer del hermoso cabello color azabache, que algún día vivió en la casa de Manuel García. Nadie le daba noticias de ella.

Un día cualquiera lo asaltó una estremecedora realidad: su disfraz de José Antonio Hidalgo había casi que totalmente usurpado su verdadera identidad. Fue en ese momento cuando quiso dar vuelta atrás a todo su juego de máscara y comedia. Parecía claudicar en su lucha y querer entregarse.

YO NO SOY NINGÚN JOSÉ ANTONIO HIDALGO, SOY HASHIM EL VIRTUOSO Y SOY MORO HASTA MI ÚLTIMA CÉLULA…–, comenzó a gritar como loco por todo el pueblo, pero nadie le prestaba atención.
–Ay, don José Antonio, déjese de buscar una mala hora –le decía la gente a manera de consejo–, que usted de moro no tiene nada.

Ni siquiera su perorata bilingüe –en el idioma árabe y en un pulcro castellano–, que revelaba su verdadera identidad, convencía a los moradores de la certeza de la misma. De la gente siempre se oía el mismo lamento: ¡Ay, Don José Antonio!

Tiempo después los lugareños lo comenzaban a ver como un ser trastornado, que requería de inmediata ayuda. Decidieron, entonces, internarlo en un sanatorio, para que lo ayudaran a entrar en razón. Don José Antonio se enfrascó en una inquebrantable rebeldía, y se rehusó a hablar más en castellano. De hecho, nunca lo volvió a usar y solo repetía unas retahílas de frases en árabe antiguo, sin que el más erudito de los traductores las pudiera entender.

Del sanatorio se les escapó una noche de lluvia y centellas, y el pueblo de Córdoba no volvió a saber nunca más de don José Antonio Hidalgo o de Hashim el virtuoso. Al final, muchos no atinaron a descifrar la verdadera identidad de este extraordinario personaje, que un día cualquiera desapareció de ese punto de la antigua Andalucía.

* * *

En su loca carrera, Hashim el virtuoso fue a dar a Castilla en donde había oído la historia de una  mujer de un hermoso cabello color azabache, que resultó ser su Carmen. El reencuentro por fin se dio, pero se convirtieron en enamorados errantes, yendo de pueblo en pueblo. Lejos de Córdoba y despojado de su disfraz, Hashim el virtuoso era un moro más, rechazado  por  todos. El destino final del azaroso romance fue Marraquech, un tranquilo pueblo al sur de Marruecos.

Ya en su nuevo hogar, Hashim el virtuoso creó en forma calcada su historia de amor, cuyo capítulo final había quedado inconcluso. Hizo el dibujo del agal, el que convirtió en un perfecto aro con una frondosa trenza de color azabache. Puso su nueva obra en un cofre, que luego escondió en el patio. La sorpresa permanecía longevamente intacta, y a punto de develarse.

Un radiante día de diciembre, el artista venda los ojos de su mujer y la lleva al patio.

– ¿De qué se trata?preguntó Carmen intrigada.

– Ya vas a ver mujer, ya vas a verle respondió Hashim con voz apacible.

El artista camina hacia un rincón y saca el agal del cofre. Con sus manos temblando, lo pone sobre la cabeza de su mujer, y luego le quita la venda de los ojos.

–Esta era una sorpresa que un día te quise dar en Cordoba, y que había quedado pendiente. El agal simboliza tu cabello y nuestra  unión, la que ni el tiempo ni la distancia pudieron romper. 

¡Te amo, Carmen, te amo –, exclamó Hashim el virtuoso con inmenso desahogo.

Se abrazan y rompen en llanto. Lloran a placer de la  dicha que la vida ahora les brinda en abundancia.

La fuerza de un cabello los buscó, los encontró, y los mantuvo unidos para siempre, en la apacible Marrakech, en algún punto del gran desierto marroquí.

FIN

 

Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)

Abu Dhabi Abril de 2016

Foto: Árabe con agal: Personaó

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Docente universitario en el area de la enseñanza de idiomas (Inglés y Español) y sus usos en contextos multiculturales. Descubriendo el realismo mágico del Medio Oriente y su vecindad. Residente en los Emiratos Árabes Unidos

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23 Comentarios
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  1. Profesor, es un placer leer su blog. Especialmente cuando nos muestra esas historias fascinantes del mundo árabe que muchos tenemos en nuestro imaginario a través de las mil y una noches. El acercamiento que usted nos dá de la cultura y los valores de este pueblo por medio de sus gratas publicaciones hace que sea de los pocos blogs que son agradables para su lectura.

  2. Ante todo, gracias, felipe741422 por leer la historia. Recibo su generoso comentario con inmensa gratitud, religiosamente lo tomaré ( junto al resto de comentarios ) como mi píldora para la motivación y la inspiración.

  3. felipe741422

    Muy hermoso relato….es cultural, lírico e histórico mi buen bloguero y escritos así en una sociedad que lastimosamente hace venias al “ola ke ase” es una joya en medio de las arenas de ese insondable desierto conceptual y visual que es la web…excelente…nunca cambies ese tipo de redacción y llegarás lejos.

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