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Ttagal. Foto: Marcelino Torrecilla

Ttagal. Foto: Archivo personal Marcelino Torrecilla

El agal es ese cordón negro, grueso y redondo –del cual cuelga una especie de trenza–, que los árabes usan en sus cabezas. Esta prenda  sujeta la ghutrah, que es el extenso pañuelo acompañante.

Cuenta una leyenda que el primer agal lo inspiró el cabello de una mujer andaluza llamada Carmen. Eran los tiempos en que los árabes –también llamados moros o moriscos– dominaban el sur de España. El origen de la prenda comenzó donde hoy se encuentra Córdoba, la ciudad de las ruinas de Medina Azahara.

El agal nació en un dibujo que hizo un artista árabe de la época, a quien llamaban Hashim el virtuoso. Poco tiempo después, el dibujo se materializó en un aro con una frondosa trenza de color negro. La creación venía de selectas fibras que el artista consiguió, y se asemejaba al hermoso cabello de Carmen, la mujer que a él lo inspiraba.

El dibujo y el agal –escondidos por el artista en un cofre, en algún lugar de su villa– eran un regalo sorpresa que él tenía para su mujer, a quien había desposado dos días atrás. Para su infortunio, el hermoso idilio –que hasta ese momento transcurría sin contratiempos– lo interrumpió la expulsión de los árabes de España.

El día en que Hashim pensó entregarle el regalo a su esposa, el artista no pudo siquiera llegar a su casa. Lo llevaron al puerto de Dénia, sobre la costa valenciana, de donde salió expulsado junto a un buen número de sus coterráneos. Carmen se quedó esperándolo la noche de ese día, hasta que el sueño la venció, entre sollozos y lágrimas.

* * *

En el puerto de Mallorca, la conversación entre unos comerciantes andaluces giraba alrededor del destierro de los árabes de España. De todos los contertulios, era la voz de quien se hacía llamar José Antonio Hidalgo la más locuaz y vehemente:

«Andalucía, Andalucía –gritaba con frenesí–, siempre serás grande y poderosa, con o sin intromisiones de extranjeros».

La conversación llegó a un punto en el cual el tema de desterrados y reconquistas se desgastó, y todo el interés se concentró en la travesía que los andaluces iniciaban a Alicante.

Con atuendo y nombre prestado, Hashim el virtuoso pasaba desapercibido entre sus  “coterráneos”, quienes, al día siguiente de haber zarpado, ya lo llamaban: «Don José Antonio».

–¿Y qué lo lleva a Andalucía, don José Antonio? –le preguntó Pedro, un joven inquisitivo, de vivaces ojos, con quien el simulador había entablado amistad y cercanía.

La fuerza de un cabello de mujer –le respondió Hashim, sin titubear.

¿Perdón? –inquirió el joven, acentuando la vivacidad de su mirada.

Excúsame, Pedro, –le respondió Hashim, con marcada deferencia–. Es una forma de referirme a mi esposa Carmen, que dejé en Córdoba. Soy comerciante, viajo mucho, y la expulsión de los árabes me sorprendió lejos, mientras andaba por Mallorca y Cagliari. Regreso, amigo Pedro, por mi esposa y un regalo que quiero darle; ah, y también, –hablando al oído del joven– por un matrimonio que debo consumar.

Solo hubo silencio ante la inesperada revelación, y en ese punto –inconcluso–, por esa noche, el casual encuentro entre el joven comerciante y el ahora artista del disfraz, terminó en forma espontánea, justo como había comenzado.

* * *

Vizcaya –el barco en el que viajaba Hashim– atracó en el puerto de Alicante en una atmósfera de tensión y violencia. En ese momento las autoridades embarcaban un nuevo contingente de moros camino al destierro, con destino final, el norte de África.

Ya en suelo andaluz, Hashim, aferrado a su bien logrado camuflaje, continuaba su travesía de vuelta a Córdoba. Volvía a su antigua casa, con la esperanza de encontrar a Carmen, y regresar a ese día del arribo frustrado y de la entrega fallida. De ese momento a hoy, ya había pasado casi un año.

Hoy tocaba la puerta de su antigua casa. Esta vez caracterizaba a un dicharachero albañil, quien miraba el exterior de una arrasada villa, que mostraba la huella del odio y la intransigencia. Días previos, una turba de antimoros la había atacado en repetidas ocasiones y sin piedad alguna. En la casa había muchas cosas que reparar, aunque el propósito del artista era encontrar a Carmen, y recuperar el dibujo y el agal.

Rebuznos de bestias y un penetrante olor a café, que borboteaba en un tiznado perol, indicaban que la casa la habitaba alguien. Estaba tranquilo de que nadie lo reconociera, porque –a la usanza beduina–  cubría su rostro, el tiempo que vivió en Córdoba, y además era reservado y discreto. La puerta estaba entreabierta, como si alguien lo estuviera esperando. Se detuvo, la empujó con timidez, pero no se atrevió a dar un paso.

Buenos días –levantó su voz desde el umbral–. Me llamo José Antonio Hidalgo y soy albañil. Trabajo en mampostería y soy ingenioso para reparar cosas, y además cuento chistes e historias que agradan a chicos y grandes.

Su entrada recibió un silencio que duró solo unos pocos segundos.

Siga, don José Antonio, –gritó una voz que retumbó desde una de las habitaciones contiguas a un inmenso patio–, que ha llegado usted como caído del cielo. Aquí hay mucho que componer y espíritus por alegrar.

La voz era la de Manuel García, un campesino de Valencia, de 70 años, voluminoso en talla, de baja estatura y de un carácter festivo. Por mandato real, se le había adjudicado la villa, una de las tantas a lo largo y ancho de Andalucía, que se les había despojado a los moros.

Pues inicio contándole, don José Antonio, que esta casa perteneció a unos árabes, no sé cuántos, y ahora es de mi propiedad, por orden del rey.

–¿Y sabe usted a dónde fueron los antiguos moradores? –le preguntó Hashim, con un tono de espontánea curiosidad.

¡No sé, ni me interesa! –respondió Manuel–. Solo sé que debieron haber sido detestables como todos los moros, usted sabe.

– ¿Todos? –replicó Hashim.

Sí, todos, todos –respondió Manuel contrariado–. ¿O es que no me cree?

Verá usted –continuó Hashim–, yo anduve unos años por Castilla, donde los moros no son muchos, y viven en armonía con los lugareños de esa parte del reino.

Ay, don José Antonio, déjese de tonterías –le interrumpió Manuel–. Moro es moro, aquí y en todas partes, muchos o pocos. Mire, usted me ha caído en gracia y se ve como un andaluz puro. Más bien pongámonos a trabajar, y de paso me cuenta uno de sus chistes, que hace rato no oigo uno bueno.

Ahora con libertad de movimiento, Hashim se dirigió al patio, donde él esperaba estuviera aún su dibujo y su agal. Le llamó la atención unas pilas de arena esparcidas por todo el lugar, por lo cual le preguntó a Manuel.

Una de las primeras cosas que hice fue destruir todo indicio morisco en esta villa– explicaba Manuel–, y mi instinto me decía que algo debían haber escondido en el patio. Desenterré un viejo cofre con letras árabes sobre la tapa. No me tomé el trabajo de abrirlo, y la caja terminó en una hoguera; lo poco que quedó fue a dar al fondo del río.

Umm, ya veo– fue lo único que salió de los labios de Hashim, solo para indicarle a Manuel que seguía con atención su crudo relato. Era ese el cofre donde él había ocultado el dibujo y el agal que un día quiso entregarle a Carmen. Imágenes de ese momento comenzaron a multiplicarse en su mente. La sensibilidad del artista estuvo a punto de resquebrajarse, pero mantuvo su compostura.

¿Qué le pasa, José Antonio? –le preguntó Manuel–. ¡Que pareciera que estuviese usted en trance!

Nada, don Manuel. Es solo que la arena removida en el patio me recuerda con tristeza a los camposantos y a los muertos que quedan sin enterrar –respondió el artista–. Y tiene usted la razón, queremos una Andalucía sin intrusos, ni malsanos recuerdos.

–¡Ese es el José Antonio que quiero oír siempre! –gritó Manuel, con un aire de supremacía.

La vida de José Antonio Hidalgo –o Hashim el virtuoso– transcurriría por un buen tiempo de esa manera, como el albañil bonachón y amigo de todos. Iba de pueblo en pueblo reparando cosas, contando chistes, y preguntando por Carmen, la mujer del hermoso cabello negro, que una vez vivió en la casa de Manuel García. Nadie le daba noticias de ella.

Un día lo asaltó un estremecedor escenario: su disfraz de José Antonio Hidalgo estaba a punto de usurpar su verdadera identidad. Fue en ese momento que quiso dar marcha atrás a todo su juego de máscara y comedia. Parecía claudicar en su lucha y querer entregarse.

«¡Yo no soy ningún José Antonio Hidalgo, soy Hashim el virtuoso, y soy árabe hasta mi última célula!», comenzó a gritar como loco por todo el pueblo, pero nadie le prestaba atención.

Ay, don José Antonio, déjese de buscar problemas –le aconsejaba la gente  –, que usted de moro no tiene nada.

Ni siquiera su perorata bilingüe –en el idioma árabe y en un pulcro castellano–, que revelaba su verdadera identidad, convencía a los moradores de la veracidad de esta. De la gente siempre se oía el mismo lamento: ¡Ay, Don José Antonio!

Tiempo después, los lugareños lo vieron como un ser trastornado que requería ayuda. Decidieron, entonces, internarlo en un manicomio. Hashim se enfrascó en una inquebrantable rebeldía, y se rehusó a hablar más en castellano. De hecho, nunca lo volvió a usar y solo repetía unas retahílas de frases en árabe antiguo, sin que el más erudito de los traductores las pudiera entender.

Del manicomio se escapó una noche de lluvia y centellas, y el pueblo de Córdoba no volvió a saber nunca más de don José Antonio Hidalgo o de Hashim el virtuoso.

Al final, muchos no atinaron a descifrar la verdadera identidad de ese extraordinario personaje, que un día cualquiera desapareció de ese punto de la antigua Andalucía.

* * *

En su loca carrera, Hashim fue a dar a Castilla, en donde había oído la historia de una mujer de un hermoso cabello negro, que resultó ser Carmen. El reencuentro por fin se dio, pero se convirtieron en enamorados sin rumbo fijo, yendo de pueblo en pueblo.

Lejos de Córdoba y despojado de su falso atuendo, Hashim era un moro más, rechazado por todos. El destino final del azaroso romance fue Marraquech, un tranquilo pueblo al sur de Marruecos.

Ya en su nuevo hogar, el artista creó en forma calcada su historia de amor, cuyo capítulo final había quedado inconcluso.

Hizo el dibujo del agal, el que convirtió en un perfecto aro con una trenza de color negro. Puso su nueva obra en un cofre, que luego escondió en el patio de la casa. La sorpresa permanecía intacta, y estaba a punto de develarse.

Un radiante día de diciembre, Hashim venda los ojos de Carmen y la lleva al patio.

¿De qué se trata? –preguntó la hermosa mujer.

Ten paciencia– le respondió Hashim con una voz sosegada.

El galán camina hacia un rincón y saca el agal del cofre. Con sus manos temblando, lo pone sobre la cabeza de su mujer, y luego le quita la venda.

Esta era una sorpresa que un día te quise dar en Córdoba, y que había quedado pendiente. El agal simboliza tu cabello y nuestra unión, la que ni el tiempo ni la distancia pudieron romper.

¡Te amo, Carmen, te amo! –exclamó Hashim el virtuoso con inmenso desahogo.

Se abrazan y rompen en llanto. Lloran a placer de la dicha que la vida ahora les brinda en abundancia.

La fuerza de un cabello los buscó, los encontró, y los mantuvo unidos para siempre, en la apacible Marrakech, en algún punto del gran desierto marroquí.

Marcelino Torrecilla (matorrecc@gmail.com)

Abu Dhabi, EAU

La fuerza de un cabello de mujer (Ficción/Reedición)

Foto de agalghutrah: Archivo personal

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Docente universitario en el area de la enseñanza de idiomas (Inglés y Español) y sus usos en contextos multiculturales. Contando historias de un Medio Oriente (ir)real. Residente en los Emiratos Árabes Unidos

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