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25 de septiembre, el comienzo

La aventura del Festival Cuna de Acordeones, en Villanueva comienza desde la llegada al aeropuerto de Valledupar. Un taxista dice que hasta el pueblo guajiro la carrera vale 60 mil pesos, directo. La otra alternativa es tomar un taxi colectivo, que está entre 7 y 10. Y topamos con uno que cobra siete y en el que va un pasajero más, pero que trae consigo un trasteo acomodado mágicamente en el baúl del taxi.

El taxista y el pasajero hablan de los pueblos cercanos, de esos que muchos cachacos reconocen como lugares mágicos de los cantos vallenatos: Urumita, El plan, Manaure, Maicao.

Y la carretera es oscura, tanto que, desde el puesto de atrás, las luces de los autos que vienen en contra parecen ser la única seña de por dónde va el camino. Llovizna. Y, cosa común con el Festival de Valledupar, dicen que en la inauguración del Festival Cuna de Acordeones, llueve siempre.

El comité de recepción
Llevamos la instrucción de buscar a Israel Romero, el presidente del Festival, en la plaza. “No hay pierde”, ha recalcado una persona de su nueva compañía –Discos Fuentes-. Israel estará en la plaza y allí nos acomodará en algún lugar para pasar los días del Festival. El taxi nos deja a una cuadra de la plaza, lo primero que extraño son las trincheras que he visto siempre en las esquinas, las tres veces anteriores que estuve en el pueblo. Miro a lo alto de la iglesia, también se ve vacía. Guardaba en la memoria, como una foto, la imagen de un soldado en el campanario. Algo ha cambiado en Villanueva.

Y en efecto, “El Pollo Isra” está en las oficinas bajo la tarima Escolástico Romero. Recibe a todos con una sonrisa y nos pone en manos de Amelia, una señora muy amable de ojos claros, que hace parte del “Comité de Recepción”, al que pertencen varias señoras del pueblo que, según Romero, trabajan siempre por amor al Festival.
Amelia, piensa unos minutos. “Ustedes son dos… son dos….” Y de pronto, le llega una iluminación: “Vamos a dejarlas en casa de Leo”.

Leo es Leonor Cabello. Una de las personas que, también por darle la mano al festival, ha dispuesto habitaciones en su casa para recibir a los visitantes. Amelia explica que así toca, porque no hay muchos hoteles. “Hemos hecho una campaña para que muchos nos alquilen sus casas para el Festival”, cuenta mientras caminamos las dos o tres cuadras que hay entre la plaza y la casa. Y añade que es muy difícil, porque todos los parientes dispersos en Colombia y Venezuela que tienen los villanueveros llegan al Festival. No importa donde estén, al Festival llegan. Ella misma, dice, tiene en su casa hospedadas 25 personas que llegaron.

La historia de los acordeones perdidos
Andrea Moreno (reportera gráfica) y yo tomamos un momento para comer algo y allí nos encontramos con dos personas del Festival. Por poner un tema les pregunto qué pasó con los acordeones perdidos de la edición número 25. Y me contestan que “aparecieron y el hombre ahora tiene casa por cárcel”. Devolviendo la película, empiezo a recordar que en aquella celebración, un año antes de que Israel Romero fuera presidente del Festival, el antiguo presidente recibió un lote de acordeones cuyo destino trazado era llegar a una escuela de música. Pero los acordeones se perdieron en el camino. “Unos, los había empeñado -dijo mi informante-. Otros, los había vendido. Y tocó recuperarlos volviéndolos a comprar”
-El ‘Vice’ estaba furioso –agregó- por eso también el caso se resolvió rápido.
Se refiere al vicepresidente de la República, Francisco Santos Calderón, que ha adoptado al Festival de Villanueva como una causa sagrada. Y el Cuna de Acordeones lo ha adoptado también, tanto que el año pasado le hizo un homenaje.

La inauguración
De vuelta a la plaza, apenas están en los discursos: el alcalde el municipio, Luis Erasmo Dangond; El Pollo Isra, el gobernador del departamento de La Guajira, Jorge Pérez Bernier, la delegada del Ministerio de Cultura. Todos celebran que el Festival ha llegado a su edición número 30, que ha agregado a sus competencias el quinto aire, la romanza y que esta vez la celebración es en homenaje a Rafael Escalona.

Y mientras tanto, el sótano bajo la tarima, se ha llenado de niños vestidos de uno de tres colores: amarillo, azul o rojo. Se trata de Los Niños del Vallenato del maestro Andrés ‘El Turco’ Gil. Ya los conozco a casi todos, de cara sobre todo, porque en diversas visitas a Valledupar, el maestro de los acordeoneros de las nuevas generacione, me ha contado las historias personales de varios.

Están, los tres hermanitos wayús: los dos niños y la niña Mariusalen. A pesar del uniforme, los tres mantienen parte de los trajes típicos de su etnia. Los niños van con las piernas descubiertas, la niña lleva su traje wayú y la carita adornada con líneas. El mayorcito sigue portando sobre la cabeza el emblema de embajador cultural de su raza. Ahora rodeado, donde se pudo acomodar, por una cinta roja que dice Huggies, el patrocinador oficial de Los Niños del Vallenato.

La cinta roja la llevan todos los demás: los hombrecitos en los sombreros; las niñas, en la cintura. Y mientras esperan la hora de subir al escenario juegan y hacen bromas. Incluso un pequeño de unos 12 ó 13 años, juega a arrullar a una niñita que no pasa de los 8 y posa para una foto.

También está Juan David, el acordeonero ciego, al que El Turco Gil le tiene gran fe como músico, que lleva mas de un año aprendiendo y que al concursar, en abril pasado, en el Festival de Valledupar, fue comparado –analogía obligada- con el juglar Leandro Díaz.
Y al fin llega el turno de subir al escenario y poner a prueba la calidad no solo musical sino de la puesta en escena de la agrupación de ‘El Turco’. Vestido de ceremonioso blanco, Gil los dirige con señas, no solo como director de orquesta, sino les indica cuando dar la vuelta, cuando ir para atrás o hacia adelante. Y los niños son ya los dueños de la escena.

Terminada la presentación, los espera un refrigerio bajo la tarima: un pan con salchicha y un jugo de cajita. Lolita Acosta, que ahora se encarga de hacer la prensa, va cargando algún acordeón y anuncia que Los Niños estarán la semana entrante en Bogotá. Más allá está la madre de los wayús, siempre cargada de instrumentos pero feliz al ver que sus hijos forjan una carrera como artistas. Los niños se suben a un autobús de regreso a Valledupar, mientras en la tarima se presentan otros grupos.

Observando a Los Corraleros de Majagual
Mientras observamos a un grupo nuevo, mi compañera descubre que hay periodistas mexicanos en Villanueva. Ah, carajo, hemos llegado al punto de que no hay festival de acordeones sin regiomontanos. Los periodistas llegaron a Villanueva para seguir de cerca el desempeño de Marcos Jonyvan Sáenz, proveniente de Monterrey, que concursa en la categoría de aficionado.

Nos quedamos a ver a Los Corraleros de Magual, grupo al que pertenecen tres hijos de Alfredo Gutiérrez: Dino, Walfredo y Kike. Esa agrupación tiene magia, con las mismas canciones con las que se hizo famoso el tres veces rey vallenato, sus herederos pusieron a bailar a la gente, incluso sola. Y lo bonito de los Corraleros, para mí, es ver sus graciosas coreografías. Son contagiosas. Desde Guararé hasta Anhelos, pasando por Los sabanales y El Cañaguate, son una explosión de energía. Y creo que esa entrega en el escenario es también herencia de la dinastía Gutiérrez.

Lastimosamente, el cansancio no nos alcanzó para quedarnos a ver a Farid Ortiz. Lo vi una vez en Valledupar, sigue siendo para mí un artista con el que casi me siento en deuda. Otra vez será.

Escalona sí viene
Israel Romero tiene a toda su familia en la casa de un amigo. Allí terminamos en el desayuno y allí, El Pollo Isra, confirmó que Rafael Escalona sí viene al Festival. Alguien nos había dicho que el maestro estaba muy enfermo y no podía venir. Pero sí viene. “Viene con el Vice”, dice ‘El Pollo”.

Su llegada estaba programada para la inauguración, pero el Pollo explica que decidió aplazar un día el homenaje, porque no se trata solamente de darle un diploma al legendario Escalona, sino que haya una nutrida asistencia que lo ovacione y se ponga de pie, cuando él aparezca.

“Lo conozco desde pelaíto –me cuenta-. Escalona iba mucho a la casa a visitar a mi papá, Escolástico Romero. Y siempre lo vi. Nos estimamos mucho. Y ayer vi que llovía, que la asistencia un jueves de inauguración no iba a ser la misma que el viernes. Así que le dije que viniera más bien hoy. Es como que lo estoy cuidando”.

Y el panorama del comienzo
Las competencias, distribuidas en diversos escenarios de Villanueva, no comenzaron puntuales. En la tarima Escolástico Romero iba a empezar la ronda de piqueria y el retraso es de más de una hora. En la sombrita que dan los árboles, encuentro a Wilson Rodríguez, el mismo cajero que acompañó en el triunfo a Beto Jamaica en el Festival de Valledupar. Rodríguez acompaña a Hildemaro Bolaños, rey del año pasado, en su participación en el concurso “rey de reyes” que celebra Villanueva este año. Ensayan una puya deliciosa. Los vendedores itinerantes de sombreros y de comidas empiezan a tomar posiciones. Ya está el solado del campanario.

Y tomamos un mototaxi en busca de las eliminatorias de Primaveras del ayer, donde compiten acordeoneros mayores de 65 años. Y encontramos que el escenario era el pequeño patio de un colegio y todavía nadie se presentaba. Lo mismo pasaba en la placita La Fe, donde apenas empezaba a concursar el primer aspirante al reinado de acordeonero aficionado.

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PERFIL
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Mi nombre es Liliana Martínez Polo. Soy comunicadora social con énfasis en publicidad de la Universidad Javeriana y especialista en medios de comunicación de la Universidad de Los Andes. Desde 1998, trabajo en la redacción de Cultura de EL TIEMPO y descubrí mi afinidad con las historias vallenatas y la cultura alrededor. A lo largo de años de trabajo observando el vallenato y en general la cultura colombiana he asumido como compromiso la labor de destacarla, desde sus músicas regionales y, en últimas fechas, desde la gastronomía. Sin embargo, de todos los temas, el vallenato es mi favorito. Por lo mismo, comparto este espacio de observación y promoción de esta música con ustedes. .

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