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Foto: Profesor Gabriel Clavijo Martín

Gabriel Clavijo Martín

Docente de la Escuela Sociedad, Cultura y Creatividad, Programa de Derecho. Facultad Ciencia Política del Politécnico Grancolombiano

 

 

Es imposible no sentir nada frente a lo que sucede hoy en día en el país. Ese sería el razonamiento común, pero aquí la indiferencia es la norma, la regla fría y destructiva que nos condena al silencio, nos hace olvidar qué es lo que nos hace humanos: la solidaridad, la capacidad de sentir al otro y ver el mundo, no desde la orilla lejana de la comodidad pasajera, sino desde el entendimiento del otro como un complemento de sí mismo. ser insensible al sufrimiento ajeno, es precisamente lo que permite el olvido de nosotros mismos como seres dotados de humanidad.

Y es así como la indiferencia se convierte en algo mucho más destructivo que la furia o el odio. En algunas ocasiones, el enojo con algo o con alguien puede ayudar a construir. Hay espacio para la creación, para la originalidad, para la innovación, para la invención de algo que ayude a sus semejantes porque no soporta la injusticia que lo rodea, o porque el dolor que ve a su alrededor es demasiado y necesita aportar para detener esa situación. Puede denunciar, puede combatir, puede desarmar.

La indiferencia anestesia a las personas frente al dolor, a la angustia. La indiferencia no promueve alternativas, no genera reacciones, es estéril, no incita al cambio, la indiferencia no es creativa, no renueva, no invita, no es una respuesta. Con la indiferencia no se comienza nada, la indiferencia es la muerte de las cosas, de los sentimientos, es el final de todo. Por eso, la indiferencia es la mejor arma del agresor, del violento, del asesino, del demagogo, del corrupto, porque encubre al victimario, permite que destruya a sus víctimas.

La indiferencia es el castigo de nuestra incapacidad de sentir, de llorar con el otro, de vivir fuera de nuestra comodidad»

La indiferencia tiene hijos terribles y, tal vez, su hijo más horrendo es el miedo, que paraliza, que enajena, que nos hace olvidar que somos humanos por actitud y no por definición. Y en medio de todo esto se encuentran las víctimas, los olvidados, los invisibles, los relegados, y nosotros allí: estáticos, inservibles, siendo una presencia que no significa nada, que no brinda consuelo, que no es un apoyo, haciendo señalamientos de merecimientos absurdos: “Por algo sería”, “A nadie le pasa si no es por alguna razón”, “no estaría recogiendo café”, y las víctimas en su tragedia se cansan de gritar para que no las hagamos invisibles, que las veamos y escuchemos. Y al negar su sufrimiento, su humanidad, negamos y traicionamos la nuestra.

Entonces la indiferencia no es la “superioridad” y la protección frágil que nos da nuestra casa, nuestro trabajo, nuestra ciudad, nuestro dinero, nuestra clase social. La indiferencia es el castigo de nuestra incapacidad de sentir, de llorar con el otro, de vivir fuera de nuestra comodidad, la indiferencia es nuestra debilidad, es nuestra cobardía.

No podemos ser indiferentes a la muerte, la injusticia, al despojo, al dolor, al sufrimiento, a la mentira, al robo, a las lágrimas de un niño clamando por su madre asesinada. Porque es esa indiferencia, esa absurdez cómoda la que permite que el victimario, el perpetrador, el despojador, continúe en el marasmo de la oscuridad y la muerte.

La decisión es nuestra, es tener el valor y el coraje de decidir si queremos ser espectadores, muertos en vida que siguen permitiendo los hechos que nos llenan de vergüenza, o tomar la decisión de caminar erguidos y con orgullo para empezar a vivir y a sentir el amor y la humanidad que nos hace ser seres que construyen y luchan frente a la injusticia y la muerte.

@Poligran 

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