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Era una noche de Noviembre desapacible en Salas, un pequeño pueblo asturiano emplazado a unos cincuenta kilómetros de Cangas de Narcea. Caía aguanieve y hacía un frío húmedo de montaña, de esos que perforan hasta el tuétano. A la una de la mañana, y desafiando al mal tiempo, una sombra abandonó el caserón en el que se había instalado unos meses atrás junto a otro compatriota. Había dejado su país a la edad de veintidós años, forzado por las circunstancias, por la grave crisis económica y por la falta de expectativas. Desde que aquel avión que le traía a Europa despegó, soñó con regresar. Las cosas no le marchaban mal en España pero sentía que algo le faltaba, que no podría permanecer demasiado tiempo lejos de su país y que todo habría ido rematadamente mal si moría lejos del lugar que le vio nacer.

La sombra atravesó a paso ligero las tranquilas calles del pueblo, cuyos poco más de mil habitantes descansaban en sus casas a esa hora de la madrugada. En la localidad había una sola cabina de teléfonos, una de ésas que Telefónica colocaba antes en todos los pueblos y ciudades de España. Una de ésas en las que se podría haber cambiado de ropa Superman si hubiera visitado alguna vez nuestro país. Hacía ya unos cuantos años que el paso del tiempo había castigado la de Salas, dejándola huérfana de techo y puerta. Pasaban los años y la cabina no se reparaba; ni siquiera se le ponía un techo para guarecerse de la lluvia en un día como aquél. Ni que decir tiene que no existía riesgo de cortarse porque carecía de cristales. Era un milagro que aquel aparato de teléfono se mantuviera en pie y diera línea tras insertar monedas o una de esas tarjetas con minutos que vendían para llamadas internacionales.

La sombra llegó hasta la cabina de teléfono. Por suerte, no la ocupaba nadie, ni una novia hablando con su novio en la distancia ni otro inmigrante como él, esclavo de la diferencia horaria. Aquella llamada era importante y no podía esperar al día siguiente. La sombra extrajo del bolsillo del pantalón una de las dos tarjetas de cincuenta minutos, por si aquello se alargaba, que había adquirido en el kiosco y la insertó en la ranura del teléfono. Marcó el prefijo del Uruguay y después el número de casa de sus padres. El aparato doy línea mientras el aguacero arreciaba y el frío se hacía más intenso. Al otro lado del hilo telefónico se escuchó la voz de su madre: “¿aló? – sí, mamá, soy yo, Pablo, ¿cómo andás?”

Tras un par de minutos de breve conversación él cambió el tono de voz y se puso serio: “mamá, te prometo que sho te llamo mañana con calma y te pongo al día de todo, pero ahora necesito que me hagas un favor”. Ella, como cualquier madre, imaginó que las cosas no marchaban bien, que España no era el paraíso soñado cuando su hijo dejó Uruguay y que seguramente malvivía y necesitaba ayuda para no verse en la calle, o para salir de ella si las circunstancias lo habían abocado a refugiarse allí. “Por supuesto hijo mío, dime de qué se trata y yo haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte” – contestó ella al instante. “¡Perfecto, mamá! Mirá, ¿tú podrías sintonizar la Radio Universal y acercar el transistor al auricular del teléfono? Juega Peñarol la final de la Copa Uruguay y no puedo perdérmelo…

Pablo me cuenta ésta y otras muchas anécdotas divertidas tras encontrarnos en las inmediaciones del estadio Centenario, el lugar donde el Peñarol de Montevideo juega sus partidos como local. Cuando su madre se recompuso del susto de pensar que su hijo había perdido totalmente el juicio, acercó el transistor al auricular del teléfono y lo dio por un caso imposible, dejándole que disfrutara con la victoria de su equipo, que se impuso por dos goles a uno al Defensor Sporting. Pablo celebró los goles como si estuviera en medio de la tribuna Amsterdam, la que ocupa la barra brava de Peñarol. Si algún vecino del pueblo se despertó con aquellos gritos de euforia, pensaría a buen seguro que se trataba de un sueño o que algún paisano se había vuelto loco por culpa de aquella climatología de mierda. Cuando el locutor uruguayo Alberto Kesman anunció el final del partido, Pablo comenzó a llorar desconsolado y se dio cuenta que su sitio no estaba en aquel pueblito asturiano que tan bien le había acogido. Que su sitio estaba en su Montevideo natal, y que más pronto que tarde tenía que regresar…

Pablo tiene una enfermedad crónica, como la diabetes o la hipertensión, una enfermedad que no tiene cura: es hincha de Peñarol. Las autoridades sanitarias del pequeño país sudamericano estiman que prácticamente uno de cada dos uruguayos la padecen. El único tratamiento posible es vivir en Montevideo y seguir al equipo todos los fines de semana, ya sea de local como de visitante, como una especie de tratamiento de diálisis. El paciente suele responder bien al tratamiento si el equipo carbonero, como se le conoce popularmente, gana, y tiende a agravarse su estado si pierde. En caso de que la derrota sea ante su eterno rival, el Nacional de Montevideo, la situación se puede tornar crítica. A Pablo le costó aceptar que lo suyo era una enfermedad y que como tal había que tratarla. Aún anduvo unos años más por Asturias y también por Barcelona. Tuvo tiempo de casarse, con la camiseta de Peñarol bajo la camisa y la corbata oficial del club, y también de separarse. Peñarol fue un condicionante, aunque asegura que no determinante, para explicar su divorcio. “Las tres cosas más importantes en mi vida son mi madre, mi hijo y Peñarol; y por favor, no me apuren con el orden” – me ilustra por las dudas…

Tras una larga travesía de siete años en el desierto, Pablo regresó finalmente a Montevideo, donde reside en la actualidad. Trabaja y ocupa su tiempo libre en su gran pasión. Colabora con la comisión de peñas del club y se encarga de coordinar las actividades de aquellas radicadas en el interior del país. Aparte de organizar la asistencia a partidos, impulsan campañas de recogida de material escolar, comida, ropa y otro tipo de enseres para personas necesitadas. Peñarol es una gran familia y tratan de que nadie se quede abandonado, de que todo aquel que necesita ayuda, la reciba. Admite que España le trató bien, pero que en su país es feliz. Y en lo que respecta a su enfermedad, como diría un galeno, se mantiene estable dentro de la gravedad…

Peñarol

 

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PERFIL
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Tras diez años ocupándome de otros menesteres, decidí dar un giro a mi vida y dedicar mi tiempo a viajar y escribir, las dos cosas que más disfruto. Que pueda hacer de esto un modo de vida está por ver, pero en el trayecto, que me quiten lo bailao, que decimos en España. Tras recorrer el Camino de Santiago a pie desde mi tierra, Aragón, me embarqué en una aventura que me llevó a descubrir Asia durante medio año, y ahora estoy haciendo lo propio en Suramérica. Con la excusa de la pelota como hilo argumental, intento hablar de personas y realidades en los países que visito. Confío en que quienes lean estas crónicas disfruten tanto como yo estoy haciendo protagonizándolas. Se me puede contactar a través de correo electrónico: letamendiontour@googlemail.com o, aquellos que lo usen, seguirme a través de Twitter: @letamendiontour

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