La diferencia entre una paz negociada y la lograda por los fusiles (eliminando u obligando a rendirse hasta al último de los adversarios), es que la primera sería una paz estable y duradera, mientras que la segunda sería una paz apenas para un rato.

Una paz negociada permite el diálogo y la concertación, en la que los adversarios acuerdan sobre cómo tratar de alcanzar la armonía y la convivencia en una sociedad con cambios en las estructuras objetivas y subjetivas de la misma.

Con una paz negociada, se puede dar lugar a un proceso de reconciliación, en el que la verdad, la justicia, la reparación y la garantía de no repetición serían la base para alcanzar la concordia entre las gentes. Más que los cambios estructurales, lo que requiere un país como Colombia, en continuo conflicto desde la misma independencia, es un proceso que sane las heridas emocionales que ha dejado una violencia cíclica que reaparece a la menor oportunidad.

Con el diálogo, en el que no hay ganadores ni perdedores, en el que la dignidad de las partes se respeta, la paz es mucho más fácil de alcanzar. Después de acuerdos de paz, las sociedades en las que se han firmado entran en cambios culturales, en los que los que la tolerancia, el respeto y los deseos de solucionar las diferencias de manera pacífica priman.

Por el contrario, la paz de los fusiles o de la rendición deja resentimiento entre los perdedores y sus seguidores que inevitablemente aflorará más tarde. El mundo está lleno de ejemplos. La guerra de los Balcanes de la última década del siglo pasado se inició en realidad 50 años antes, durante la Segunda Guerra Mundial. En esa época hubo atrocidades de lado y lado, después la mano fuerte de ‘Tito’, en la antigua Yugoslavia, no permitió que los odios se manifestaran, pero estos se incubaban sin parar. Una vez murió el líder, estos afloraron en un conflicto de limpieza étnica y masacres que horrorizó a Europa y al mundo entero.

Las guerras en África aparecen como rezagos de los sistemas coloniales europeos, cuando las potencias del viejo continente dividieron esas tierras a su antojo privilegiando algunos pueblos y menospreciando a otros, permitiendo abusos de todo tipo de los que estaban en el poder. Con el cambio de los que detentaban el poder, llegaba la hora del desquite. Hasta el punto de presenciar genocidios como el de Ruanda, en donde fueron masacradas 800.000 personas solo en 100 días, hace apenas 20 años.

Pero no hay que ir demasiado lejos. Colombia es un ejemplo clásico de guerras y conflictos mal terminados, en donde la mayoría de las veces se ha impuesto la paz de los fusiles, la rendición y humillación del otro. Durante el siglo XIX el país vivió cerca de 20 conflictos; el siglo XX comenzó con la guerra de los 1.000 días, hubo un acuerdo mal acordado y los conservadores gobernaron por 30 años abusando de los liberales. En 1930, cuando los liberales llegaron al poder, llegó la hora del desquite a manera de muertes y abusos también. Quince años después, los liberales a su vez perdieron el poder y vino la retaliación de los conservadores, la época conocida como la ‘Violencia’, en la que se utilizó al mismo Estado para matar a miles de liberales de las formas más escabrosas posibles. Solo un odio infinito puede generar actos como los famosos cortes de franela, asesinar mujeres embarazadas y a sus fetos, degollamientos y decapitaciones.

En esas nacieron las Farc, como una guerrilla liberal dedicada a defenderse de un Estado conservador asesino. Y así seguimos en nuestra guerra eterna, la de hace 200 años, la de los odios y heridas que no se curan, que se incuban en silencio, esperando la menor oportunidad para resurgir, volver a hacer daño y aumentar al espiral de rencor y deseos de venganza. Entonces, esa guerra, la misma de siempre, aparece con diferentes nombres: la partidista, la de la guerrilla, la del narcotráfico, la de los paramilitares, la de las Bacrim y después lo hará bajo otro nombre sino se intenta solucionar de una vez por todas.

Solo con una paz negociada se podría romper ese círculo de violencia en el que ha estado el país. La de matar o hacer rendir hasta el último de los guerrilleros es poner en sala de espera a otro conflicto, que tarde o temprano resurgirá, como incansablemente lo ha demostrado nuestra historia.