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Nuestro cercano BIOQUÍMICO-ESCRITOR el Dr LITO ZANARDI oriundo de un BUENOS AIRES que al parecer y a pesar de TODO… contra VIENTO y MAREA siguen en PIE en la ARGENTINA del sur del CONTINENTE…

En tiempos donde las FERIAS del LIBRO …
La de la CIUDAD de la FURIA ; de su porteñisima EDUCACION; pasando por la FILBO del REALISMO TRÁGICO…de los 2600 mts más lejos del CAOS…Llegan ÉL y su PIPA para envolvernos en el HUMO de sus CUENTOS…

HOY con su proverbial generosidad y como aporte a su delicada forma de REGALAR su bien más VALIOSO el TIEMPO.. aquí va este CUENTO…

“Simplemente MARÍA

Cuando María me contó esta historia ya era la viuda de Luis. Ser viuda de alguien puede ser intolerable cuando se es demasiado joven para cargar con ese título, y, además, porque la viudez es uno de esos rótulos endilgados que refieren a algo que pasó en algún momento y no sabemos si efectivamente esa persona quiere seguir siendo conocida con esa especie de mote. Porque creo que ella era bastante más que la viuda de Luis pero nosotros, que lo habíamos querido tanto, le endosábamos, ingenuamente o no tanto, el título de mujer de un muerto. Creo que esa condición importa para esta historia, no porque ella tenga que ver con las circunstancias de la muerte joven de Luis luego de que lo chupara una patota del ejército, sino porque cuando ella me la contó comprendí que efectivamente correspondía que Luis fuera al fin parte del pasado. Y que debíamos hacer en lo sucesivo un esfuerzo para que no se nos perdiera en los callejones de la memoria. Porque para evocarlo había que ponerlo en un contexto porque las personas están demasiado pegadas a las cosas que las rodean y, por eso, para recordarlas naturalmente hay que volver a colocarlas junto a ellas porque sólo allí adquieren un sentido: la nona sentada en el sillón de pana verde ovillando una madeja de lana, el tío subido a la escalera cortando racimos de uva chinche de la parra, Luis y María en aquella navidad remota del año setenta y seis. Y, claro, María contándome esta historia en un bar de Constitución un día antes de dejar Buenos Aires atrás de una vez por todas.

Nos habíamos encontrado con María un tiempo antes de que emigrara a cierta localidad de la Patagonia en donde todavía vive. Era a principios de la década del noventa. Había decidido poner distancia de algunas cosas (así lo dijo, necesito poner distancia de algunas cosas, ¿sabés?), y, ahora sé, que necesitaba sobre todo alejarse de nosotros que, a pesar del tiempo que había pasado, la seguíamos considerando la viuda de Luis. No sé si estaba muy convencida de que le iría mejor lejos de Buenos Aires, pero había asumido la actitud de quienes deciden abandonar el lugar en donde viven no porque súbitamente hayan dejado de quererlo sino porque algo pasa que les hace sentir que ya no son de allí. O, lo que es peor, que si siguen en él la vida se les va a consumir como una brasa. Me parece que dejé de estar en Buenos Aires, me dijo. No creo que allá vaya a empezar  de nuevo porque no es cierto que uno pueda estrenar una vida nueva como si no hubiera tenido otra. En todo caso creo que voy a poder seguir haciendo ciertas cosas que aquí me resultan imposibles. Agradecí en silencio una explicación que no merecía. A veces es necesario poner kilómetros de por medio con ciertas cosas de uno mismo para poder reconocernos sin vergüenzas y sin penas ni olvidos.

 

Mirábamos como el sol de la tarde alargaba sombras de las ramas de los árboles que parecían dedos paralíticos y entonces, como ya no teníamos mucho para decirnos, me contó la última navidad que pasaron juntos con Luis. Aquella vez él había querido que estuviéramos nosotros dos solos. No eran tiempos buenos y, aunque no teníamos mucho ánimo para festejar nada, decidió que esa noche estaríamos tan bien como antes de toda esa porquería. Tuve la sensación de que esa Navidad era una tregua y sé que él pensaba lo mismo aunque no me lo dijo. No nos estábamos despidiendo pero en ese tiempo cualquier encuentro podía ser el último, recordó María con los ojos color avellana de pronto brillantes por las luces tímidas que empezaban a encenderse. Había reservado una mesa en un restaurante del centro. Nada del otro mundo, a él no le gustaban los sitios ampulosos. Llegamos a eso de las nueve. Había, como te imaginás, muchas familias, alguna otra pareja como nosotros, y varios mozos con cara de no tener la menor gana de servirle a nadie. Estaba anunciado un grupo musical. Todo ese conjunto — los músicos, la gente, nosotros mismos— era bastante grotesco, especialmente por el presentador que empezó contando chistes de elefantitos, que en esa época estaban de moda y hasta se habían publicado varios libros con ellos. Pronto empezó a subir el ruido y al rato todo el mundo hablaba a los gritos. Cerca de nosotros había una mesa vacía con dos sillas. Estaba, claro, reservada para dos personas, probablemente una pareja, que se habían retrasado, no es fácil conseguir un taxi justamente esa noche en Buenos Aires. Serían más de las diez cuando llegó un tipo solo. Era un hombre grande, es decir, grande para nosotros, que éramos imposiblemente jóvenes. Se sentó a la mesa y le trajeron una botella de vino. El mozo le preguntó si esperaba a alguien pero contestó que no, que se llevaran la silla, y se quedó mirando sin ver hacia la puerta de entrada. Luis lo observó unos instantes. “No creo que alguien deba estar solo en navidad, ¿no te parece?”, me dijo y vos sabés que no había forma de decirle que no. Entonces lo invitó al tipo a sentarse con nosotros. El hombre dudó un poco pero finalmente accedió. No recuerdo muy  bien de que hablamos esa noche, el tipo era bastante aburrido, pero era hincha de San Lorenzo y recuerdo que discutieron sobre lo que en aquel tiempo se rumoreaba y era que en algún momento se iba a vender la cancha de Avenida La Plata, Navidad, con un desconocido al que le hicimos un favor. Pero Luis era así, imprevisible y, sobre todo, solidario, aunque las normas elementales de seguridad para tipos como él indicaban que había que evitar situaciones de esa clase porque en un mundo que se había vuelto loco y criminal había que preservarse, más que nada, de confiar en nadie. Así y todo creo que hicimos bien en invitarlo. El tipo se despidió uno minutos después de las doce. Antes de irse dijo que había perdido a su mujer un tiempo antes. Pero no sé, la forma en que dijo “perdí” me hizo pensar que no estaba hablando de alguien que había muerto, sino más bien de alguien que había muerto para él. Ese perdí hablaba más de eso que de una muerte. Y ¿sabés? también yo, esa noche, me di cuenta de que nos habíamos perdido con Luis, el uno del otro. En cierto sentido, y lo que te voy a decir sé que te va a sonar horrible, yo lo había perdido a Luis antes de que lo secuestraran. Esas cosas pasan. Sé que vas a pensar que soy una hija de puta, pero esa es la verdad. Las cosas del amor no tienen que ver con las cuestiones políticas. No sé si lo vas a entender, a mí me costó unos años lograrlo, pero nosotros habíamos terminado antes de que se perdiera en un pozo del ejército.

 

Cuando se cuenta una historia del algo que pasó se arma un relato, al que llamamos crónica. No es necesario ser escritor para hacerlo. Todos tenemos un relato de nosotros mismos y es eso lo que presentamos a los demás. Narramos las cosas con un orden que no necesariamente debe coincidir de un modo exacto con lo que ocurrió. Ordenamos los hechos de acuerdo a una lógica previa y los dotamos de palabras o colores para que puedan explicarnos. Esa explicación no es inevitable, puede tampoco no ser la única. Pero de cualquier manera, como ocurre con los sueños, una narración precisa es, al menos, un intento por darle forma a algo que vivimos o imaginamos. Siempre en ellos persiste la razón como una brújula que permite delimitar un mapa. Sé que el relato de María existió, presumo que aquella Navidad también. María logró alejarse de aquella condición de viuda que le asignaron y continuó su vida, no una nueva sino la misma de antes pero de otro modo en cierta ciudad del sur en donde todavía está.

 

De ese relato me quedan algunas cosas, no diría enseñanzas pero sí recursos. Tal vez fue el modo para María de darse cuenta de que cierto amor se había desvanecido como humo en el aire y que era inútil buscar culpables de eso; Luis pudo regalarle una noche mejor a alguien que estaba desquiciado; para el tipo se trató de una muestra de que siempre hay personas, aun desconocidas, que pueden tirarnos una soga cuando estamos con el agua hasta el cuello. Y para mí que los recuerdo ahora, la inquietud de buscar de algún modo el teléfono de María en la ciudad del sur para decirle que quisiera que pasáramos una Navidad juntos.

Y que ella es para mí, como en el tango de Cátulo Castillo y Troilo, simplemente María y no la viuda de nadie.”

Y HOY este COMPAÑERO el sorprendente Dr LITO ZANARDI ya habrá ido a la FERIA… con su BOHEMIA moderna y la BOLSA; de tela RECICLADA tal vez de alguna de las PUBLICIDADES que bordearon el VIEJO GASÓMETRO; que de seguro llenó de los CHORIZOS, MORCILLAS y TIRAS de ASADO que le prometió su LUIS; el CARNICERO amigo que le JURÓ no lo haría quedar mal con sus COLEGAS del LABORATORIO…pero al llegar al CAFETÍN de SAN JUAN & BOEDO sonaba cuan presagió esta MÚSICA….

SONRIÓ… miró su MÓVIL , que anunciaba que le llegaba un GUASAPITO desde el NORTE de SUDAMÉRICA…cuando llegara leería ese MENSAJE púes ese número SIEMPRE traía cosas RARAS…

 

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CONTINUARÁ…

CON JABÓN…! NO COMO PILATOS PORFISComo amaneció 

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“Un colectivo de AUTORES ESPECIALES que hacen un verdadero CAFÉ VIRTUAL inspirado en los aromas de su motivador, el CAFÉ LITERARIO que se hizo entre 1980 y 1990, y al que frecuentaban personajes tales como JORGE LUIS BORGES ,ALBERTO CORTEZ, JOSEFINA ROBIROSA, ADOLFO BIOY CASARES, PIERO, CESAR MENOTTI, ERNESTO SABATO, GUILLERMO VILAS, SODA STEREO, MANUEL MUJICA LAINEZ, MARTA MINUJIN, FITO PAEZ, TOMAS ELOY MARTINEZ entre otros que hicieron de EL una verdadera USINA de la MOVIDA CULTURAL que hoy, por medio del EQUIPO de AUTORES de este blog, hacen realidad esa impronta...”

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