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Seguimos, Juan, avanzando hacia nuestra charla sobre la ley de la naturaleza para el gobernar del hombre, para lo cual estamos entendiendo la relación del hombre con la creación en la que surgió.

Entonces, Juan, el cambio de la nada al principio del todo, ocasionó el gran estallido que puso en marcha el tiempo y una infinidad de cambios, y esos cambios se organizaron en la evolución, y la materia evoluciono hasta llegar a lo más cercano posible a la vida.

Y, en ese momento, esa materia más cercana a la vida deseó -con el deseo, que es una propiedad inherente a la creación- convertirse en vida, y así fue.

Y se creó la vida en forma de célula con núcleo, y esa célula con vida deseó -con el deseo que es una propiedad inherente a la creación- partirse en dos, y así fue…

Y luego de muchos deseos compatibles con el deseo, que es una propiedad inherente de la creación, apareció el hombre, primer y único ser sobreviviente consciente de toda la creación. Pero, por ser consciente el hombre, perdió la capacidad inherente de desear de la manera compatible con el deseo, que es una propiedad inherente a la creación, aunque retuvo la capacidad de hacerlo sin saber cómo hacerlo.

Juan, ¿sabe cuál fue el primer sentimiento o pensamiento consciente que tuvo el hombre luego de volverse consciente?

Ni idea, don Bruno.

El primer pensamiento consciente del hombre fue: “yo ya no estoy dentro del espíritu de la creación, yo ya no pertenezco al resto de la creación, estoy fuera de la naturaleza que me rodea y me circunde, yo soy un extraño en mi propio hogar. ¡Y estoy solo!”

¿Y qué fue lo primero que quiso hacer el hombre con su conciencia única, Juan?

¿Qué, don Bruno?

¡Buscar a Dios!

Estas, Juan, son las cinco más grandes sensaciones de toda la creación.

¡Yo Soy!

La más grande sensación de toda la creación que solo jamás ha sido sentida por el hombre y que, cuando primero se sintió, resonó con mayor fuerza a través y más allá de la infinidad que el mismo gran estallido.

¡Yo no seré! La segunda.

Todo es inaguantablemente maravilloso. La tercera.

Yo ya no pertenezco. La cuarta.

Yo quiero volver a pertenecer. La quinta.

Y ese querer volver a pertenecer a la naturaleza, Juan, ha sido el persistente estimulo del hombre en su búsqueda de Dios.

Y no solo del hombre sino del neandertal, nuestro hermano  humanoide de las Europas, menos inteligente que nosotros, tal vez, pero casi seguro más sensible y espiritual, porque el neandertal mostró su conciencia y su sentido con Dios, y su deseo de volver a la naturaleza, al enterrar sus queridos probablemente antes que nosotros, y de él son de las más tempranas obras representativas, o sea de arte, y casi seguro que el hombre europeo adquirió su gran sentido espiritual y artístico de los genes que le fueron trasladados por la mezcla de las sangres que hubo de las dos especies.

Juan, casi toda la materia de la creación material ya se ha transformado, en estrellas, para simplificar, entonces la creación física ya llego a su deslumbrante cumbre, y ya es hora de la creación creativa consciente que está al único cargo del hombre, quien surgió como resultado final maravilloso de la evolución de la vida, en el preciso momento en que la materia termina su evolución productiva, porque relativamente pronto devolverá y, con ella, todo lo demás.

Es que, Juan, el hombre se ha convertido en el cambio, está a cargo del cambio, es responsable del cambio.

Pero Dios no pide nada de nosotros, Juan.

Dios solo da, y todo lo que hay lo dio a nosotros porque nosotros fuimos los que adquirimos conciencia y sobrevivimos y evolucionamos para tener inteligencia divina y, así, la capacidad de apreciar y de disfrutar de las maravillas de su creación, y esa capacidad que adquirimos de conscientemente relacionarnos con la creación nos pone en una relación personal e íntima con Dios.

Sin duda que con la llegada nuestra, la creación cumplió el destino que anhelaba dentro de su infinidad de posibilidades, pero si nosotros, los hombres, no somos capaces de consolidar ese destino, la creación seguirá evolucionado hacia otro ser de características divinas, y eso está comprobado porque nosotros, los hombres, no fuimos los únicos en volvernos conscientes. Probablemente lo lograron varias especies humanoides.

Sin embargo, Juan, la mente del hombre nunca cesará de averiguar hasta que sea detenida o encuentre a Dios. Encontrar a Dios ha sido el fundamental estimulante y singular objetivo de toda averiguación humana. Entonces eso hace que haya esperanzas de que el hombre consolide ese destino anhelado de la creación.

Y se podría decir que ya lo logró, Juan, aunque se auto extinga después, porque no dudo de que los ángeles están celosos de las grandes obras creativas espirituales del hombre, y más celosos de la música del hombre que de cualquier otro logro creativo espiritual humano.

El arte es nuestra gran forma de expresión espiritual, Juan. Es la manera en que el hombre logra un ambiente creativo independiente de la creación y, así, complementa la creación y hace que la creación sea más espectacular por ello, y con eso realmente hemos, los hombres, cumplido el último deseo de la creación.

Y la música, Juan, es nuestro mayor logro de todos nuestros logros porque aunque hay sonidos y hay hasta sonidos musicales, no había música y, con la música, hemos creado algo que no era, que no copia nade, que es único en la creación, por lo cual es creación  única del hombre, es el universo que creó el hombre.

Pero, Juan, ¿sabe cuál es el confín de la sobrenatural y aparentemente ilimitada inteligencia Humana?

Dígamelo, don Bruno.

Que el hombre no es capaz de imaginarse algo diferente a la creación en que vive o, mucho menos, mejor a ella.

Y eso hace más llamativo y obligatorio para el hombre contribuir al esplendor de la creación que conoce y lo que, en ese sentido hace, lo hace por su propia volición, no porque lo desea de la misma manera en que desea la creación. Y, ahí, está el último paso en la evolución de la creación.

¿Cómo le pareció la charla, Juan?

Estoy con la cabeza grande, don Bruno. Qué maravilla es la inteligencia y creatividad humana que podemos charlar sobre nuestra existencia y la creación en que nacimos con tanta imaginación y conocimiento.

Cierto, Juan. ¡Qué bendición es!

Y, en nuestra próxima charla, hablaremos más sobre ello.

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Charlas entre dos Colombianos de polos opuestos, pero con una atracción de imán entre ellos; Don Bruno, finquero, cursando su sexta década de vida, estudioso y erudito, y Juan, su mayordomo, cursando su cuarta década de vida, capaz, consciente e inteligente.

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