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Potenciales violadores, eyaculadores precoces y malos polvos es lo que hemos formado. Nos equivocamos tanto en educar sexualmente a los niños, a esos que van a ser los hombres del futuro, al punto de venderles que la hombría está en función del sexo y por esto les hemos negado a muchos una plena sexualidad.

Aceptémoslo: los papás no vinimos a cuidar virginidades al mundo. Lo que podemos y debemos hacer es educar seria y objetivamente a nuestros hijos sobre su vida sexual, pero no solo sobre lo que hemos vivido y aprendido, porque sin duda son muchos los errores que hemos cometido.

La virginidad es un concepto que tiene su origen en el precepto de monogamia (tema del que me ocuparé en próximos días), más como mecanismo de seguridad patrimonial que como un mecanismo de respeto sexual. Si la niña era virgen al llegar al matrimonio, se podía asegurar que el hijo que naciera sería de su esposo, porque como dice la tradición popular “el hijo de mi hija, mi nieto será; el hijo de hijo, quien sabrá”.

Esto permitió que los patrimonios de las familias fueran protegidos y que la estabilidad económica fuera relativa en siglos pasados; entoces, llegó la fuerza del amor y del deseo, como consecuencia del amor obligado, porque no solo se le pedía a la niña que fuese virgen, sino que los padres definían con quien se debía casar, así a ninguno de los dos les interesará. La literatura está llena de amores imposibles, porque sus familias los definieron como tal, pero la atracción de dos personas no se regula por el patrimonio, la lógica estratégica de un buen matrimonio, ni mucho menos por la virginidad.

Esto fomentó que nuestra sociedad hasta hace unos pocos años pensará que la mujer debía ser virgen hasta el matrimonio, bajo la idea de la pureza, de la entrega, del respeto al cuerpo y a la pareja que llegaría, quizá en forma de príncipe azul, pero sin que se supiera si ese noble caballero era virgen o no.

Educamos con pudor y sobriedad a las niñas colombianas, para que su sexualidad fuera un acto de amor para el matrimonio y aprendieran a controlar su deseo, mientras culturalmente motivamos a los hombres a vivir la sexualidad como un signo de hombría, de fuerza, de poder y de dominación, al punto que muchos padres iniciaron a sus hijos en el sexo con prostitutas e incluso con burras, apoyados en la idea que el macho debe ser un semental y no un caballero.

A la mujer la dotamos de herramientas para respetar su cuerpo, controlar su coquetería, le enseñamos maneras de comportarse, vestirse, maquillarse y hasta nos ofende que digan groserías, pero al hombre le pedimos que sea macho, firme, dominante, atractivo, y se nos olvidó hablar con el de la sexualidad de una manera franca, y sin querer causamos violadores potenciales, seres con la autoestima baja, eyaculadores precoces y pésimos polvos. Incluso en muchos casos, se programó a las mujeres con la idea de ser “una dama en la calle y una puta en la cama”

Debemos educar al hombre en su virginidad. Esto no significa que deba llegar virgen a su matrimonio, porque como van las cosas, la gente se casa casi a los 30 años y lo que tendríamos en la ciudad serían millones de personas frustradas sexualmente como bombas de tiempo.

La sexualidad masculina es tan compleja y profunda como la femenina, pero son diferentes. Muchas mujeres dicen que los hombres son básicos y eso no es cierto, lo que pasa es que no somos mujeres y no se nos educó pensando en consolidar una relación de pareja, en disfrutar el placer, en darlo, ni mucho menos en vivir una sexualidad abierta y profunda.

Los códigos sexuales que nos implantaron son completamente erróneos. El hombre debe ser musculoso, tener un pene grande, no eyacular pronto, siempre debe lograr la erección y entre más mujeres logre tener, será más admirado. Pese a que la verdad es que muchas mujeres no les gustan los hombres demasiado musculosos y una de las cosas que más les gusta de nosotros es la mirada y la sonrisa; nos perdonan tener barriga, no nos piden un pene enorme y a muchas no les gustan las largas faenas sexuales.

La visión de una mujer de un hombre atractivo está más en el fondo que en la forma. Debe ser gentil, cortés y caballeroso, al punto de hacerla sentir a ella especial; la debe hacer reír, divertirla, apoyarla en sus sueños y lograr estar presente en su memoria por medio de crear momentos inolvidables. Claro, debe ser atractivo para ellas, pero esto no significa que debe tener cara de ángel, porque a muchas les gusta más una cara de demonio, o como ellas dicen, un hombre que tenga cara de hombre. Una mujer se puede enamorar de un hombre que inicialmente no le guste, pero que haya sido capaz de conquistarla*.

Debemos educar a los niños de hoy con una versión del sexo diferente. Que conozcan su propia sexualidad, la sensibilidad de su piel, el tamaño, forma y figura de su pene, que comprendan qué les gusta, qué los excita, qué los mueve, pero sobre todo, que sepan que su sexualidad es tan especial como la de la mujer, y que no deben acostarse con cualquier mujer por el simple hecho de que ese día estén “arrechos” o una mujer les parezca “buenísima” y a esa “se le pueda hacer el favor”, o bien pensar que “a esa, sí le hago”.

La sexualidad masculina está tan mal comprendida, que los hombres sueñan con tener un pene más grande y tener una novia con senos enormes.

Nuestro deber como padres es recodificar esto y sembrar las definiciones correctas. La sexualidad es una de las más bellas creaciones de la humanidad, porque logramos transformar el proceso biológico de la reproducción en un momento de placer, de seducción, de entrega, de compromiso, de juego y de fortalecimiento personal, aunque todos estos procesos han puesto a la autoestima en un riesgo muy alto, porque si la gente no tiene sexo se siente como un ser no deseado, o bien, que debe ser el mejor amante siempre y debe llevar a su pareja a un orgasmo sin comparación.

Las sexualidad masculina es diferente a la femenina. Antes se decía que era un tema de poder y dominación, porque se “tomaba” a la mujer al “penetrarla”. Hoy, la emocionalidad del hombre es más libre, y sus sentimientos también lo son, y es cada vez un acto más íntimo de entregarse que de quitarse las ganas del “gustico”.

Si formamos a los hombres a comprender su sexualidad desde su adolescencia, dejándolos vivir su exploración del cuerpo y su masturbación, no tendremos niños que se esconden a ver pornografía para venirse lo más rápido posible, programándose como eyaculadores precoces, sino que podemos motivarlos a imaginar con los ojos cerrados un momento sensual, donde ese hombre comenzará a crear mundos eróticos emocionales más cercanos a sus verdaderos deseos, que a la escena de una película porno, y cuando llegue a estar con una mujer, intentará cumplir lo que su imaginación creo en esos momentos de formación de su sexualidad, y no actuara como un actor porno amateur.

El momento de la pérdida de virginidad de un hombre es tan intenso y temeroso como el de la mujer, porque piensa en el dolor, en el temor de desvestirse, en si ella dirá algo del tamaño de su pene o de su figura, y sobre todo, si será capaz de hacer las cosas bien, a sabiendas que nunca lo ha hecho.

Es común pensar que la virginidad de una mujer es más valiosa, porque puede quedar embarazada, pero el hombre también queda embarazado, y es quizá una de la cosa más valiosa que le debemos explicar a nuestros hijos, porque si bien no lleva a su hijo en el vientre, como lo hacen ellas, es su hijo y deben amarlo, cuidarlo, enseñarle y protegerlo por toda la vida. Con esto, no solo logramos menos padres irresponsable que se escapan de su responsabilidad, sino padres comprometidos con ese hijo que nació de un sentimiento bello, y no solo de un deseo afanado en la silla de atrás de un carro. Cuando el hombre comprenda que Él no se debe entregar a la primera falda que pase y que para intimar, se comienza con el deseo, después con el corazón y por último con la piel, tendrá la tranquilidad que si queda embarazado, será con una mujer que para él vale la pena.

Se ha dicho que “No hay mujer que no lo dé, sino hombre que no sepa pedirlo”, porque es obvio que a todas las mujeres les gusta el sexo, pero es momento de comenzar a decir “No hay hombre que no le guste, pero es que no le gusta con todas, sino con la que es”.

*Nota: Esta palabra es la común, pero la verdad, siempre me incomoda usarla. Un hombre nunca conquista una mujer, porque ella no es una propiedad que deba ser tomada. Y la verdad es, que casi siempre, es ella la que define de qué hombre se dejará seducir.

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Me gusta ser Colombiador. Tener actitud de pensador, madrugador, preguntador, inquisidor de la realidad colombiana. Estas serán mayormente cortas reflexiones sobre la realidad y cotidianidad que nos atañe. Este blog hablará de todo: Economía, Política, Mercadeo, Consumidor, Moda o lo que sea; lo que acá escribo son mis opiniones, no las de RADDAR, y agradezco sus comentarios, porque creo que su opinión es muy importante, no obstante, lo único que le pido es respeto al hacerlo, porque me he puesto la meta de escribir continuamente , y quiero aprender de ellos. No soy Liberal ni Conservador, ni de arriba ni de abajo; No soy Gavirista, ni Samperista, Ni Pastranista, Ni Uribista, Ni Santista, Soy Economista, Economista comprometido, Filósofo convencido y Marketero enamorado, que cree que estamos para lograr la satisfacción del consumidor ; Fundador de RADDAR y actualmente metido de fondo con el proyecto "Colombia no es´tamal".

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7 Comentarios
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  1. La dinámica biológica y evolutiva del tema en cuestión es muy simple. Cuando el niño empieza a tener erecciones acompañadas de emisiones seminales y la mujer tiene su menarquia están ante el llamado de la naturaleza para iniciar su vida sexual. No hay nada de especial, el hombre penetra y la mujer es penetrada. Entre más mente se le de a ese asunto más perversa se vuelve la situación y más control quieren tener los moralistas sobre cómo y qué es bueno o aceptable hacer. Mamerta!

  2. La mentalidad del autor no le da para más. Es notable desde lejos su proclividad al tema del sexo en su versión más sesgada, que es de un tinte libertino cual más. Ni modo de hacerle comprender que el sexo es un acto animal por naturaleza y que el ser humano lo único que puede hacer es tratar de ser lo menos animal posible. Otra cosa viene a ser la afectividad, que se sitúa más dentro de lo racional y humano y, por lo tanto, enriquece las relaciones interpersonales e incluso la misma personalidad de cada uno. Con tal sesgo, el autor puede darse el lujo de interpretar la realidad histórica como se le antoje y aún los hechos sociales del presente sin tomarse la molestia de analizar la complejidad del alma humana, herida de raíz por el hecho del pecado. Pero ni le interesará meter al pecado en este cuento, ya que puede parecerle inútil mirar las cosas desde ese ángulo.

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