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Ilustración por Paola León

El trauma es como un fuerte estruendo que cuando choca en ti crea una gran fuga de luz.

Cuando hay mucha luz es más difícil ver con claridad. Tu entorno se vuelve tan nítido que pareciera que lo que perciben tus ojos fuera un estallido de píxeles que encandilan tu mirada.

Cuando hay mucha luz es más fácil sentir de más. Aquellos sonidos, olores y sensaciones que normalmente pasas por alto en tu cotidianidad, empiezan a tomar un intenso protagonismo en tu día a día. Y así, a medida en que se agudiza la sensibilidad, se acortan las distancias y los límites que tienes con los demás, hasta el punto de no saber discernir qué es tuyo o del otro.

Ilustración por Paola León

Cuándo se abre esta fuga de luz es posible salir rápidamente del cuerpo, y es allí donde suelo experimentar un estado de disociación con mi realidad. Este estado se siente, algo así, como si una radio estuviera cerca de sintonizar una emisora, pero el dial se queda oscilando en puntos inexactos generando un molesto ruido. Una parte de mí sigue funcionando con normalidad, pero la otra está completamente ausente.

En esta disociación, los espacios pierden sus bordes y sus dimensiones. Los objetos parecen estar más cerca o lejos de donde realmente están, y por momentos el piso se abre y se distorsiona en su profundidad. Así mismo, puedo percibir un ligero letargo cuando estoy en contacto con otras personas. Mientras ellas me hablan, veo como las palabras se alargan y pasan enfrente mío en cámara lenta.

 

Ilustración por Paola León

Esta fuga de luz es a la vez una apertura y una conexión muy distinta conmigo misma. Generalmente, en las noches cuando estoy sola y en silencio, el mundo parece estar más iluminado. La inspiración llega con fluidez y surge una particular capacidad de hacer conexiones remotas entre objetos, conceptos e ideas. Todo se siente conectado, pleno y con un sentido que va más allá de las palabras. 

Sin embargo, después de estas noches y de experimentar lo que he empezado a llamar como “fogonazos de luz”, amanezco como si un tren me pasara encima. Mi estado anímico queda por el piso, mi cuerpo responde con mayor dificultad y mis ganas de socializar con otras personas se pierden por completo.

Es por esto que con el tiempo he reconocido que aunque estar fuera del cuerpo puede tener sus momentos placenteros, es mucho más grande la incomodidad y riesgo que se corre a nivel físico, mental, emocional y energético, el hecho de estar allí.

Por esta razón, he ido recolectando algunos recursos que me permiten no perderme en esta luz. Algunos de ellos son: Descalzarme y anclarme en la tierra, tener peso y presión sobre el cuerpo, comer ocasionalmente carne, evitar alimentos y bebidas que me sobreestimulan, regular mis tiempo frente a la pantalla, descansar cuando el cuerpo me lo pide y escuchar mis límites cuando estoy con muchas personas a mi alrededor.

Ilustración por Paola León

 

Confieso que mientras escribo le voy dando nombre y forma a estas sensaciones. Es la primera vez que lo hago… Y en este ejercicio también noto que la luz que trajo el trauma  tuvo una extraña manera de iluminar un lugar muy compasivo en mí. Bajo sus destellos pude ver que el dolor de las heridas que están en mi interior muchas veces sobrepasan mis propias intenciones y acciones. Con el tiempo he tomado conciencia de cómo los mecanismos que mi cerebro ha desarrollado para protegerme a mí de no volver a ser herida, se apoderan de mis comportamientos y del manejo de mi propio cuerpo. 

Sin embargo, pese a todas estas reacciones y respuestas que aún no puedo controlar, se ha vuelto muy fuerte una voluntad por estar bien y una sabiduría interna que me recuerda que si el trauma con toda su luz ha dolido tanto, soy yo la primera a la que debo acogerme y ser compasiva y amorosa conmigo.

Desde este foco también he sentido más empatía y compasión por los demás, partiendo por el hecho de que la luz del trauma partió en mil pedazos el suelo de donde me sentaba a juzgar. Sinceramente ya no sé si las creencias, acciones o comportamientos propios o de los otros son buenos o malos, correctos o justos, al final me queda claro que así como yo, todos hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos y con lo que hemos vivido.

Poco a poco esta fuga se va cerrando y mientras lo hace, voy agradeciendo por toda la luz que a su paso ha dejado en mi interior.

Paola A. León

@frq1320

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Yo soy Paola León, una apasionada en la investigación y exploración de nuevas formas de comunicación. Diseñadora de profesión, autora del libro 'Hablando de cielos' y cofundadora del proyecto Autismo es genialidad. Soy fiel seguidora de mi niña interior y una aficionada al baile.

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