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Recuerdo la primera vez que apareció en mi vida, yo no entendía mucho eso de estudiar pero gracias a él descubrí el amor por aprender. Llegó de una forma mágica y así mismo se fue, como una de esos héroes de las historias de vaqueros, perdido entre el sol en el horizonte.

Mi nombre es Ramón Castillo, y en ese entonces tenía nueve años de edad y cursaba cuarto de primaria en la Institución Educativa Técnica Agropecuaria de El Guamo, en Bolívar.

CAPÍTULO 1

RAMÓN DESCUBRE EL PODER DE LA IMAGINACIÓN

En mi infancia nada me gustaba en la escuela y lo único que me llenó la vida durante años era hacer difícil la de los demás. Me pasaba el día golpeando a mis compañeros, haciendo correr a los profes detrás de mí y tirando papeles mientras dictaban las clases. Solo tenía un ídolo, y no era el que muchos quisieran, era un dibujo animado llamado ‘Daniel, el travieso’, un niño rubio que solo hacía picardías a sus profesores y vecinos.

Ninguno de los profesores me quería, ni yo a ellos en realidad. ¿Matemáticas, español, ciencias? bahh… yo no me la llevaba con ninguna de ellas ni con sus semejantes, quizás me gustaba jugar fútbol en educación física, solo porque me era más fácil ‘darle pata’ a los otros niños, con la excusa del deporte.

Entre broma y broma solo había algo que me hacía realmente feliz, hacerle picardías a Clara Mogollón, la niña más hermosa que yo había visto en todo el universo, molestándola era como le demostraba lo que sentía, aunque no lo entendiera. Ella llegó a mi vida cuando yo estaba en segundo de primaria y desde entonces ha ocupado los primeros lugares de la escuela, algo que yo nunca creí capaz de alcanzar, odiaba los libros, las letras y los números.

Uno de esos días tan nebulosos, entró un profesor al salón, uno más de tantos, y pensé:  “ajá, todo será igual, él hablará de cosas que no entiendo y solo me regañará por cansar en su clase”. Sin embargo, lo primero que hizo fue hacer un dibujo en el tablero, algo que me impactó, mi cara lo decía todo y sé que él lo notó.

No sé de dónde llegó, no sé por qué llegó, pero por primera vez sentí a un profesor cercano a mí, era joven y sonriente. Después del dibujo continuó a escribir su nombre: Éder Serrano Puello, nació en San Juan de Nepobuceno (Bolívar) y era licenciado en educación con énfasis en castellano.

Éder era un sujeto raro, solo hacía dibujos en todo lado, en los exámenes siempre había uno sin falta, y, sin darme cuenta, me comenzó a llamar la atención lo que esas imágenes me decían. En el recreo, ese profesor misterioso me comenzó a observar, hasta que de la nada, y sin comentario alguno, un día se acercó a mí y me dio tres historietas, algo que nunca había visto en mis ocho años de edad.

Yo, apenado, solo las tomé y salí a correr por temor, al fin de cuentas era otro profesor más. Después, me senté a leerlas, nunca me había gustado leer ni un párrafo, pero todos estos dibujos me invitaban a hacerlo con gusto, simplemente no me podía detener, terminaba una revista y quería saber más, leer más.

 

 

CAPÍTULO 2

LOS VILLANOS DE RAMÓN

Así continuaron los días, entre las viñetas mi vida comenzó a cambiar. El profe’ Éder se acercó más a mí y me contó que también era travieso en su niñez, que su abuela lo regañaba por rayar los pisos de su casa con tiza, pero que luego su talento con el dibujo lo hizo destacar y lo ponían hacer las carteleras del colegio y hasta las láminas con las que sus profesores explicaban los temas. Hasta entré en carcajadas cuando me contó cuando unos evangélicos intentaron ‘cascarlo’ por hacer algunas caricaturas sobre la religión.

Mi imaginación comenzó a tomar ‘vuelo’ y empecé a crear historias en mi mente, en las que casi siempre estaba Clarita en problemas, y que yo siempre ‘cascaba’ a los que intentaran pegarle. El profe’ Éder me daba tiras de todas las clases, con todos los personajes que uno se pueda imaginar, y todo eso ‘nutría’ mi mente.

Por las noches, comencé a soñar con un alguien que se hacía llamar ‘El Tutor’, y hablaba de algo así como Todos a Aprender, pero nunca le entendía a qué se refería. Sin embargo, no fue lo único que llegó con mi nueva imaginación, esas revistas de dibujos también despertaron los miedos que tenía guardados.

Desde mi interior sentía cómo aquellas cosas siniestras querían salir, no sé si se trataba de malvadas sombras, zombis, vampiros chupasangre, lobos, científicos malvados u otras cosas. No entendía bien de dónde venían esos temores.

Aunque estaba disfrutando mi imaginación, también sentía que estaba pasando por algo difícil, cada vez me llenaba de más dudas, así que una noche decidí ir a la cancha de fútbol y me acosté allí a ver cómo la luna brillante se entrecruzaba con las ramas de los árboles. Y pasó lo soñado, aún escucho esa dulce voz, “hola Ramón”, fue lo único que dijo.

Cuando volteé a mirar, me quedé sin aliento al verla, era Clarita, nunca la había visto en la noche, pero se veía hermosa a la luz de la luna. Al ver que solo me quedé ahí sin palabra alguna, la mamá de ella, doña Clemencia Ríos me invitó a comer a la casa de ellas que queda cerca de la cancha de fútbol.

Cuando llegamos a su puerta, el papá de Clarita, don Arnulfo Mogollón abrió y le dio un beso a la mamá, entonces lo entendí, yo nunca había visto tal cosa, tal acto de tanto amor como lo veía en las historietas, mis papás nunca tenían tiempo para ellos, mucho menos para mí. Ese era mi temor, el miedo que llevaba adentro.

Luego de comer en casa de Clarita, regresé a mi ‘hogar’ y lo sentí más frío y solitario que nunca. Me fui a la cama, pero esta vez soñé con un tipo raro, con una gorra que intentaba ofrecerme cosas, algunas eran polvos y otras se parecían a cigarrillos, yo no sabía qué hacer, no sabía a dónde correr. Necesitaba de algo o alguien que me ayudara a enfrentar esas sombras siniestras que amenazaban mi imaginación.

Al siguiente día fui a la escuela, algo temeroso, y comencé a detectar lo que me causaba temor: aquel pela’o grande de séptimo que me pega puños cuando me ve, el perro de la vecina que una vez me mordió, los tipos de la esquina de mi casa que siempre miran feo a mi papá. Mi única esperanza era que Éder me ayudara.

Fui de un lado a otro arrastrando los cómics que me había regalado, tan solo observando, hasta que me encontré con Clarita – “¿Buscas al profe’ Éder, cierto?”. Lo que era obvio, de nuevo me quedé sin palabra para responder.  – “Él se fue ayer después de clase, dijo que tenía una misión sobre algo como… Todos a Aprender”. Mis fuerzas se desvanecieron, sentía cómo las siniestras sombras se apoderaban de mi imaginación, cómo los temores se apoderaban de mí. Ahora, solo puedo esperar el regreso de mi héroe de las viñetas, de ‘El Tutor’.

 

Continuará…

 

*Este cuento es creado a partir de la historia como profesor de Éder Serrano Puello, docente de castellano y creador de la historieta didáctica ‘El Tutor’.

 

 

El Tutor

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PERFIL
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Álvaro Mauricio González Vásquez Comunicador Social y periodista de la Universidad de Manizales. Fui docente del curso Dibujo, Manga y Anime en la Universidad de Manizales, en la Universidad Autónoma de Manizales y en Clubes Juveniles, por cuatro años. Soy integrante del grupo de cómic del Banco de la República, Sede Manizales. Dirigí el Cineclub Cinéfagos durante cinco años. Trabajé como caricaturista en periódicos universitarios como UniDiario, La Gotera y Página. Trabajo como redactor de Cultura & Entretenimiento en El Tiempo.

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1 Comentarios
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  1. Me agradó mucho el texto publicado. Gracias.Ahora quisiera estar en mayor contacto con el autor ya que aparezco referenciado en dicho texto y tengo la segunda parte de la historieta allí mencionada.

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