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Nacer y crecer cerca de la línea ecuatorial, entre el Trópico de Cáncer y el de Capricornio (los paralelos geográficos, no los libros de Henry Miller), implica no haber conocido jamás las estaciones. Uno las ve en las películas y lee sobre ellas en los libros de geografía y en las novelas. Conocer la nieve es privilegio de los que han viajado o los escaladores que suben por encima de los cuatro mil metros. El verano para quien vive sin estaciones es tan sólo una época sin lluvias. El otoño es el del patriarca, el de las cosas que se van acabando. Y la primavera es ése clima permanente y maravilloso de algunas ciudades como Medellín, Quito, Cuernavaca o Trujillo.

De la misma manera, los que han vivido todo el tiempo en los ciclos estacionales no comprenden cómo es eso de tener siempre la misma temperatura. “¿No hace frío en navidad?” preguntan. También lo han visto en sus clases del colegio, pero realmente no lo han experimentado. Es algo que sencillamente no tienen incorporado en su pensamiento cotidiano.

Y para uno, emigrante tropical en Europa, las estaciones son una novedad. Para mí, al menos, lo fueron durante todo un año. Y el siguiente, y el otro. La costumbre va tomando poco a poco el control de la mente y los hábitos, pero hay una parte que sigue pensando en lo maravilloso que es ese cambio climático en el que de repente deja de hacer frío y los días comienzan a hacerse más largos: el paso del invierno a la primavera.

Voy a intentar explicarlo. Cuando comienza el otoño uno está cansado del calor veraniego. De temperaturas que pueden llegar a los 40 grados, o incluso 50 en algunas ciudades como Sevilla. Así que el frescor otoñal se recibe con gusto. Pero luego llega el invierno, que empieza cuando está terminando el año, y dura hasta finales de marzo. Tres largos meses en los que la gente va cubierta de pies a cabeza, los días son cortos, los ánimos decaen y la libido se reduce a sus mínimos. Es una estación de nostalgias, tristezas, oscuridades, y reflexiones.

Todo cambia entre marzo y abril de una forma sorprendente. El calorcito va entrando por la ventana y cuando uno sale se pone menos ropa. De pronto, el futuro parece un poco más alegre, la gente del sexo opuesto se ve más interesante, está más cerca la promesa del verano con sus vacaciones, y ya no se siente el peso agobiante del frío. ¡Llegó la primavera!

Los ingleses tienen una expresión para referirse a los comportamientos agitados y extravagantes: “estar tan loco como una liebre en marzo”. Porque los pobres conejos, que pasan todo el frío invernal encerrados en sus madrigueras, salen con la primavera agitados y con ganas de ponerse a saltar, y a buscar conejas para hacer conejitos. Y van por las praderas dando saltos y cortejando hembras al son de los violines de Vivaldi.

Este comportamiento animal, tan básico como instintivo, se nota también en la gente. Yo me sorprendí mucho la primera vez, al sentir ese despertar de pulsiones que estuvieron dormidas durante mi primer invierno. El cambio en los estados de ánimo es impresionante, y desde luego que se siente la llamada de la naturaleza por el sexo opuesto. Como bien dice el proverbio español: “la primavera, la sangre altera”.

Sin embargo, no todo es tan maravilloso y apacible como en un cuadro florido de Monet. Porque esta llamada al sexo y la procreación también la sienten las plantas. Y las malditas empiezan a aparearse todas a la vez, liberando cantidades impresionantes de polen. Ahí es cuando uno se da cuenta que es alérgico.

Y empieza uno a ponerse rojo, a no poder respirar, a estornudar todo el tiempo. Los ojos le lagrimean si va a un parque, la respiración se vuelve entrecortada, la piel se irrita y pica. Bueno… tal vez exagero, pero hay gente muy alérgica que en cuanto llega la primavera tienen que empezar a comer más pastillas que Pac Man para evitar reacciones bastante desagradables, incluso peligrosas para la salud.

También es la época de las lluvias. Y en abril aguas mil. Aunque eso suena casi exagerado pensando en el diluvio que ha estado cayendo en Colombia por estas fechas. Comparado con eso, casi es sequía en España.

Aparte de la lluvia, el sexo y las alergias, hay otras cosas bonitas de esta estación. La gente se vuelve más sociable, hay más conciertos y actividades culturales y deportivas. España se empieza a llenar de turistas que vienen del norte, donde todavía hace un frío insoportable, y se pasean en sandalias y pantalones cortos con sus blancas pieles.

Y con esto termino este frívolo y florido artículo, porque lo que quiero hacer ahora es dejar de escribir para irme a dar un paseo por el parque, a ver jóvenes liebres en la flor de la edad, paseando sus primaverales pieles en faldas

y camisetas.

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