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Hace más de una década, cuando estaba recién salido de la universidad, tuve una oportunidad de cambiar radicalmente mi vida profesional. Tenía mi primer trabajo como periodista, cubriendo fuentes locales, la capital y sus asuntos administrativos, políticos y de interés ciudadano.

Hoy sé que el puesto me quedaba grande, me soltaron con muy poca preparación y demasiado optimismo. Aún así, intenté hacerlo lo mejor que pude, buscando noticias que me parecían interesantes, la mayoría de las cuales eran rechazadas en los consejos de redacción.

En las horas muertas, me iba caminando al Concejo de la ciudad, donde se toman las decisiones legislativas. Una década antes, había sido una fuente rica en noticias de donde salían leyes importantes, llena de personajes inteligentes, gente con peso político que más tarde se convertiría en la cúpula dirigente del país. Pero en mis años, el Concejo no era más que un refugio de mediocres, y oportunistas.

Había primos, hermanos e hijos de figuras políticas importantes que llegaban allí por el peso de sus apellidos, y sin ningún mérito personal. Había caciques de barrios populares, gente sin escrúpulos ni cultura. Había hasta un actor de telenovelas. Por malo que fuera el grupo de representantes, había que pasarse por allí, saludarlos y charlar un rato con ellos a ver qué noticia podía uno sacarles.

Un día, uno de estos concejales, el ambicioso hijo de un político, me invitó a una cena en su casa junto con otros jóvenes periodistas. La cosa era más bien informal, aunque su vivienda era bastante lujosa. Nos reímos de otros políticos, tomamos vino francés y luego unas cervezas. En algún momento, y sin que los otros se percataran, me llevó aparte. Para mi sorpresa, me propuso que dejara mi trabajo. Y me hizo una buena oferta.

Fue casi como sentir la mano del emperador Palpatine acercándose a mí y ofreciéndome un puesto en la Estrella de la Muerte. No puedo negar que me sentí tentado. Como bien decía Yoda, no hay que subestimar el poder del lado oscuro de la Fuerza.

Aunque yo conocía la poco recomendable reputación del personaje, me tomé unos días para pensarlo, sin decirle a nadie sobre la propuesta. Realmente no sabía qué hacer. ¿Dejar los medios y trabajar para un político? Si hacía el balance de forma neutral, tenía sentido: menos estrés, más dinero y posibilidades de ascender con el político. Bastaba con vender el alma y cerrar los ojos. Pero la que era mi jefa por aquel entonces, una periodista inteligente y astuta, se encargó de abrírmelos sin quererlo.

Durante el consejo de redacción del día siguiente, le estaba proponiendo una noticia sobre una ley que iban a votar. Y sin segundas intenciones, mencioné el nombre del político que me había ofrecido el puesto. De repente, la conversación tomó otro cariz. Mi jefa comenzó a despotricar a sus anchas sobre la familia del personaje en cuestión, y sobre los negocios turbios que tenían en algunas regiones del país.

Yo sospechaba algunas de estas cosas, pero la certeza de ver a una periodista curtida y muy respetada afirmando con rotundidad la corrupción que yo apenas entrevía, me ayudó a tomar la decisión. A pesar de estar casi seguro, le pregunté a un par de colegas de otros medios, también veteranos en el oficio, sobre la reputación del concejal. Nadie me dijo otra cosa diferente.

Al día siguiente rechacé la oferta de la manera más educada posible, y la historia se quedó entre pocos unos pocos confidentes. Algunos meses después cambié de trabajo, y no volví a tener contacto con el político. Han pasado los años y todavía lo veo en las noticias. Ha acumulado más poder e influencias. Su fama de corrupto también creció, pero ha sabido mantenerse lejos de los juzgados. Y quienes se mantuvieron a su alrededor hoy gozan de una posición cómoda y adinerada.

Yo, en cambio, estoy lejos del país, sobrevivo con mi trabajo y voy sobreviviendo mes a mes. Pobre pero honrado, como el periódico de Condorito.

Aún así, a veces cierro los ojos, y en la oscuridad de mi imaginación puedo verme en otra vida paralela, disfrutando de algo del lujo que nunca he tenido. Luego abro los ojos y veo a algunos colegas periodistas envueltos en escándalos por culpa de sus jefes. Leo sobre los escándalos de corrupción aquí y allá. Y me quedo con la alegría de no deberle nada a nadie.

La cuenta de ahorros está limpia, pero la conciencia también.

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