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Los políticos y las organizaciones –al igual que todo el mundo– toman sus decisiones de acuerdo con sus análisis de los costos y los beneficios que estiman como consecuencia de las mismas. La semana pasada el Alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, y New York Road Runners (NYRR) anunciaron que la maratón se realizaría pese a los estragos causados por la tormenta Sandy, para luego cancelar la carrera como resultado de las crecientes protestas que recibieron desde diferentes sectores. Como corredor inscrito en la maratón, me ví afectado por la decisión de cancelar la carrera. Comparto las justificaciones dadas para no realizar la maratón y en general me parece que tomaron una decisión acertada. Sin embargo, Bloomberg y la NYRR fallaron al tomar muy tarde la decisión de cancelar la carrera.
Al igual que los residentes, familiares y amigos de la región afectada, los corredores inscritos para participar en la maratón hicimos un seguimiento muy cercano a la evolución de Sandy (tormenta tropical, convertida en huracán, convertida en súper tormenta) con el fin de saber cuál sería su impacto sobre la ciudad. Tras el paso de la tormenta, la reacción inicial de la ciudad y la organización fue optimista. Tan optimista, que en retrospectiva, la decisión de continuar con la maratón fue ingenua. Con candorosas declaraciones, el alcalde y la directora de NYRR, Mary Wittenberg, anunciaron el martes que la carrera se realizaría el domingo siguiente, según lo planeado. Se pretendía usar la maratón como una señal de la resiliencia de la ciudad, de su empuje y vitalidad. Al igual que en 2001, tras los ataques terroristas del 11-S, se pretendía que la maratón infundiera confianza, tranquilidad, y, como no, llevara recursos económicos a la ciudad. NYRR estimó en un estudio reciente que la martón le reporta a la ciudad unos USD $340 millones producto de la actividad económica generada a su alrededor. Una bolsa muy abultada para dejarla ir con el viento y la lluvia.
Con esta información, los cerca de veinte mil corredores de todo el mundo que viajan a Nueva York para la carrera (aproximadamente el 50% de los cuarenta y cinco mil que toman la largada), tomamos la decisión de abordar los aviones y llegar según lo previsto para hacer las últimas preparaciones previas al pistoletazo de la mañana del domingo. Sin embargo, las cosas en la gran manzana eran lejos de ser ideales para la maratón: la falta de energía eléctrica en amplios sectores de la región y el desabastecimiento de combustible eran evidencias palpables de que los estragos de la tormenta habían sido severos.
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Árbol arrancado por la tormenta Sandy, Bergen County, New Jersey (Foto: Felipe Botero)

Con el paso de los días, se hizo más clara la magnitud de los daños. Las filas enormes en las estaciones de gasolina y la espera impaciente por el restablecimiento de la energía empezaron a hacer mella. Surgieron voces críticas frente a qué tan oportuno o adecuado sería realizar la maratón. Algunos señalaban que era de mal gusto correr una carrera a la par que cientos de miles de neoyorquinos pasaban penurias o que se les prestaba más atención a los corredores foráneos que al sufrimiento de los residentes. Igualmente, cuestionaban la sensatez de utilizar recursos humanos y materiales que bien podrían usarse para las tareas de apoyo y las mismas víctimas de la tormenta: no sólo los policías y bomberos que ayudarían con la organización de la carrera, sino los voluntarios e incluso los corredores mismos podrían ser más útiles trabajando en la recuperación de la ciudad. Igualmente, el agua y los alimentos podrían destinarse a los damnificados en lugar de a los atletas.
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Fila de personas esperando llenar bidones para sus generadores, Tenaflay, New Jersey (Foto: Felipe Botero)

La presión aumentó muy rápido en tan sólo dos días y el riesgo político tanto para Bloomberg como para NYRR se hizo muy alto. Finalmente, en la tarde del viernes, ante tantas críticas, el alcalde y la organización decidieron cancelar la carrera por primera vez desde que se empezó a realizar en 1970. En la rueda de prensa se afirmó que ni la ciudad ni NYRR podían permitir que la imagen de la carrera se afectara. Es decir, el costo político para el alcalde superó los beneficios. Como buen político, Bloomberg no quiere manchas en su hoja de vida que afecten futuras reelecciones o una eventual aspiración presidencial. Igualmente, para NYRR el impacto negativo podría significar el retiro de patrocionios y un daño a la reputación de la carrera, lo que implicaría una reducción en el número de participantes. La decisión de cancelar la carrera fue, a mi juicio, un asunto de relaciones públicas: era insostenible e indolente correr por encima del sufrimiento de tantas personas.
De nuevo, las razones para cancelar fueron las adecuadas. Sin embargo, tanto Bloomberg como NYRR cometieron sendos errores. En primer lugar, subestimaron el impacto que la tormenta tendría en la ciudad y, tras su paso, hicieron una evaluación pobre de los daños que esta causó. En segundo lugar, sobreestimaron la capacidad de la ciudad de reparar los daños y restablecer los servicios básicos y calcularon mal el tiempo que les tomararía regresar a condiciones de normalidad. Lo ideal habría sido cancelar la carrera antes de la llegada de la tormenta a la ciudad o al día siguiente, en vez de haber salido a anunciar que habría maratón. Por supuesto, hacer eso habría implicado que miles de personas no viajaran a la ciudad. Aún con la maratón cancelada, los que alcanzamos a llegar ayudamos a engordar la bolsa.
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PERFIL
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Soy Profesor Asociado y director de la Maestría y el Doctorado de Ciencia Política de la Universidad de los Andes. Tengo más opiniones que tiempo para escribirlas, pero cuando lo hago soy crítico, pero compasivo; mordaz, pero ponderado. O al menos lo intento. En mis ratos libres (¡jaja!) me gusta correr. Voy por mi primera maratón.

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    (Foto: http://www.geo.coop/node/654)

    Debo iniciar esta reflexión señalando que no soy experto en relaciones internacionales y que mis conocimientos de derecho internacional, derecho marítimo, derecho fronterizo, etcétera, son del mismo nivel que los del colombiano promedio: producto de la información y desinformación de los medios de comunicación, los comunicados del gobierno y la explosión de reacciones que atafagan las redes sociales. Lo mío son las instituciones; no las relaciones internacionales. En este sentido es que escribo estas líneas a propósito del reciente fallo de la Corte Internacional de Justicia respecto al diferendo limítrofe entre Colombia y Nicaragua.

    Independientemente de la naturaleza del fallo, la pregunta que me he hecho es ¿qué tipo de país queremos ser? Rápidamente, la reacción frente al fallo fue tragicómica: eufórica celebración por la soberanía de los cayos, muchos de los cuales --no nos digamos mentiras-- la mayoría de nosotros desconocía completamente su existencia; lastimero rasgamiento colectivo de vestiduras por la pérdida de las áreas marinas; búsqueda obtusa de culpables (v.g.: pedir la renuncia de la canciller Holguín); y por último --la joya de la corona-- audaz sugerencia de desacatar el fallo. No sé cuantos lo hayan hecho, pero me constan las declaraciones de Uribe y de Navarro Wolff en ese sentido. Igualmente, Santos y Holguín han señalado duramente el fallo por ser "injusto" y por tener "omisiones," "errores" e "imprecisiones". Ante la pregunta directa de los periodistas en una rueda de prensa en San Andrés sobre si se acataría el fallo o no, la canciller se limitó a decir que lo iban a estudiar con detenimiento. No dijo explícitamente que lo acatarían, pero tampoco fue categórica al rechazar el desacato como una de las opciones que se podrían seguir. 

    Dado que no soy experto, no conozco las implicaciones de un desacato, más allá de la posibilidad de que Nicaragua proteste ante el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero me parece que los detalles no son centrales para mi reflexión sobre el tipo de país que queremos ser. ¿Para qué llevar el diferendo a la CIJ? ¿Para qué gastarle once años a un proceso si luego vamos a renegar del resultado desfavorable? No me sorprende que Uribe hubiera sugerido el desacato. Él mismo, creador del cambio al "articulito", conoce muy bien sobre el acomodo de las reglas de juego. Pero esa es una lógica perversa; una lógica de matoneo. Le apuesto a las instituciones mientras me convenga. Cuando el resultado es adverso, le tuerzo el pescuezo a la norma para que mantener un status quo favorable.

    Ahora bien, en lo que sí estoy de acuerdo es en que hay que estudiar con detenimiento las implicaciones del fallo. Sí, se trata de una área marítima importante, pletórica en recursos. ¿Pero realmente alguien se ha tomado el trabajo de cuantificar qué se perdió? Esto es reflejo de la importancia que ha tenido el archipiélago para el país. Quizá exagere, pero además de balneario y lugar para comprar contrabando, el departamento de San Andrés y Providencia lamentablemente ha sido bastante marginal en la vida del país. Sin duda hemos ejercido soberanía a lo largo de los años. Pero se trata de la típica soberanía insulsa que se ejerce desde Bogotá: hacer un desfile militar de vez en cuando, un consejo de ministros cada muerte de obispo, y a lo sumo filmar un reality. ¿Hay políticas serias de desarrollo para esta región?, ¿de aprovechamiento de los recursos?, ¿de apoyo a las comunidades?, ¿de protección de la biodeversidad? Esa sería una forma más adecuada de ejercer la soberanía que simplemente atracar una corbeta.

    Espero que las declaraciones de Santos sobre el fallo sean sólo aspavientos, ruido, indignación vacía. Espero que el presidente prefiera ser respetuoso de las instituciones y busque en efecto dar solución a los problemas de las comunidades del archipiélago. Espero que el gobierno busque un acercamiento constructivo con el gobierno nicaragüense para mejorar la cooperación bilateral, hacer acuerdos para el desarrollo de la pesca y el aprovechamiento adecuado de los recursos. Esa me parece una actitud más digna que la de matón de esquina que sugieren algunos. Ese es el país en el que prefiero vivir.

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1 Comentarios
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  1. Estoy totalmente de acuerdo, yo me encontraba en NY de vacaciones cortas – las cuales me toco alargar por Sandy – , vivo en Miami y lo que vi es que al alcalde y demas se le fueron un poco las luces en como manejaron la situacion desde el inicio al haber cancelado mas de ocho mil vuelos desde el domingo a las 4:45 pm sin necesidad alguna hasta la forma en que cancelo el ING cuando ya mas de la mitad de las personas habian cogido su vuelo de todos los lugares del mundo para poder participar en este evento.

    Yo corro (apenas voy a hacer mi primer 1/2 Marathon el 18!), estube en el EXPO, hable con mucha gente como dije anteriormente de muchos lugares Sur Africa, Suiza, Miami, Bogota, que tomaron el vuelo el Miercoles o Jueves – donde hubiera podido ser evitado…………… no me queda mas que decirle que LO FELICITO POR HABER SEGUIDO UN ENTRENAMIENTO TAN TENAZ COMO LO ES ENTRENANR PARA UN MARATHON – Y pues……..ING MIAMI???

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