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En el lapso de una semana, el Senado colombiano reeligió a un procurador ultraconservador y aprobó en comisión  el matrimonio igualitario (en la primera vuelta de las cuatro necesarias). Se trata, a todas luces, de dos decisiones contradictorias que ponen de manifiesto los débiles vínculos que hay entre los representantes y sus representados. Simplemente no es posible conciliar las dos decisiones sin atropellar la lógica o creer que los ciudadanos somos ingenuos y no nos damos cuenta lo que pasa en el capitolio.

En el mundo ideal, la democracia funciona con partidos fuertes que están bien organizados y representan unos intereses claros. La fortaleza de los partidos se debe no sólo a su capacidad de organización y coherencia interna, sino también a las relaciones que construyen con los votantes. Se trata de lazos construidos sobre ideas y programas. Así los ciudadanos saben qué esperar de sus partidos y los políticos pueden anticipar la reacción de sus electores frente a las decisiones que toman o los proyectos de ley que impulsan. Ahora bien, este modelo, este referente ideal, es difícil de encontrar en la realidad. Sin embargo, hay países en los que los partidos funcionan con lógicas que los acercan más al tipo ideal. Y no sólo me refiero a las democracias desarrolladas. Hay países en América Latina en donde los partidos cumplen esta función mejor que otros, tales como Chile, Costa Rica o Uruguay.

El caso colombiano, lamentablemente, dista mucho de dicho ideal: los partidos son débiles tanto en en su organización interna como en su capacidad de representar a los ciudadanos. Por esto no son sorprendentes los bandazos que dan. Un semana reeligen como procurador a un católico lefevriano que en su juventud quemó libros y que para nadie es secreto que ha adelantado una «cruzada» para torpedear el derecho de las mujeres a abortar. A la semana siguiente aparecen a la vanguardia del progresismo al aprobar el matrimonio igualitario. Desde cualquier perspectiva son decisiones contradictorias.

Y, sin embargo, es posible tal antinomia por la irrelevancia de la ideología y la inexistencia de una conexión pragmática entre políticos y votantes. Es por esto que Gerlein puede hacer gala de su profunda homofobia, exhibiendo la camándula en su solapa, sin que esto tenga mayores consecuencias. Él sabe bien que tiene asegurados los 70 000 votos que garantizan su reelección. Muy poco de lo que él haga o diga en el congreso tendrá efecto sobre sus electores. Los indignados por las declaraciones de Gerlein somos personas que de cualquier manera no íbamos a votar por él. Pero el caso de Gerlein no es aislado; la gran mayoría de los congresistas no se eligen con votos de opinión. Por el contrario, lo hacen con votos de maquinaria, votos que se aseguran con clientelismo.

Y hablando de indignación, es preferible que los congresistas no intenten racionalizar estas dos decisiones. Para hacerlo tienen que usar argumentos disparatados o asumir que los ciudadanos somos estúpidos. Tal es el caso de las declaraciones del senador Juan Manuel Galán. Se jactó de ser el abanderado de la defensa de las libertades individuales al impulsar el matrimonio igualitario. Luego salió a defender su voto a favor de Ordóñez a partir de un argumento egoísta: el procurador ha adelantado la investigación para esclarecer el asesinato de su padre y señaló que al apoyar al procurador votó en defensa de los derechos humanos y las víctimas del conflicto. Olvida el ilustre senador que las mujeres también tienen derechos.

La debilidad de los partidos es ventajosa para los políticos. Les permite votar como les plazca sin reparar en lo que los ciudadanos piensen. Lo que define el voto no es la ideología sino la clientela.

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PERFIL
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Soy Profesor Asociado y director de la Maestría y el Doctorado de Ciencia Política de la Universidad de los Andes. Tengo más opiniones que tiempo para escribirlas, pero cuando lo hago soy crítico, pero compasivo; mordaz, pero ponderado. O al menos lo intento. En mis ratos libres (¡jaja!) me gusta correr. Voy por mi primera maratón.

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    (Foto: http://www.geo.coop/node/654)

    Debo iniciar esta reflexión señalando que no soy experto en relaciones internacionales y que mis conocimientos de derecho internacional, derecho marítimo, derecho fronterizo, etcétera, son del mismo nivel que los del colombiano promedio: producto de la información y desinformación de los medios de comunicación, los comunicados del gobierno y la explosión de reacciones que atafagan las redes sociales. Lo mío son las instituciones; no las relaciones internacionales. En este sentido es que escribo estas líneas a propósito del reciente fallo de la Corte Internacional de Justicia respecto al diferendo limítrofe entre Colombia y Nicaragua.

    Independientemente de la naturaleza del fallo, la pregunta que me he hecho es ¿qué tipo de país queremos ser? Rápidamente, la reacción frente al fallo fue tragicómica: eufórica celebración por la soberanía de los cayos, muchos de los cuales --no nos digamos mentiras-- la mayoría de nosotros desconocía completamente su existencia; lastimero rasgamiento colectivo de vestiduras por la pérdida de las áreas marinas; búsqueda obtusa de culpables (v.g.: pedir la renuncia de la canciller Holguín); y por último --la joya de la corona-- audaz sugerencia de desacatar el fallo. No sé cuantos lo hayan hecho, pero me constan las declaraciones de Uribe y de Navarro Wolff en ese sentido. Igualmente, Santos y Holguín han señalado duramente el fallo por ser "injusto" y por tener "omisiones," "errores" e "imprecisiones". Ante la pregunta directa de los periodistas en una rueda de prensa en San Andrés sobre si se acataría el fallo o no, la canciller se limitó a decir que lo iban a estudiar con detenimiento. No dijo explícitamente que lo acatarían, pero tampoco fue categórica al rechazar el desacato como una de las opciones que se podrían seguir. 

    Dado que no soy experto, no conozco las implicaciones de un desacato, más allá de la posibilidad de que Nicaragua proteste ante el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero me parece que los detalles no son centrales para mi reflexión sobre el tipo de país que queremos ser. ¿Para qué llevar el diferendo a la CIJ? ¿Para qué gastarle once años a un proceso si luego vamos a renegar del resultado desfavorable? No me sorprende que Uribe hubiera sugerido el desacato. Él mismo, creador del cambio al "articulito", conoce muy bien sobre el acomodo de las reglas de juego. Pero esa es una lógica perversa; una lógica de matoneo. Le apuesto a las instituciones mientras me convenga. Cuando el resultado es adverso, le tuerzo el pescuezo a la norma para que mantener un status quo favorable.

    Ahora bien, en lo que sí estoy de acuerdo es en que hay que estudiar con detenimiento las implicaciones del fallo. Sí, se trata de una área marítima importante, pletórica en recursos. ¿Pero realmente alguien se ha tomado el trabajo de cuantificar qué se perdió? Esto es reflejo de la importancia que ha tenido el archipiélago para el país. Quizá exagere, pero además de balneario y lugar para comprar contrabando, el departamento de San Andrés y Providencia lamentablemente ha sido bastante marginal en la vida del país. Sin duda hemos ejercido soberanía a lo largo de los años. Pero se trata de la típica soberanía insulsa que se ejerce desde Bogotá: hacer un desfile militar de vez en cuando, un consejo de ministros cada muerte de obispo, y a lo sumo filmar un reality. ¿Hay políticas serias de desarrollo para esta región?, ¿de aprovechamiento de los recursos?, ¿de apoyo a las comunidades?, ¿de protección de la biodeversidad? Esa sería una forma más adecuada de ejercer la soberanía que simplemente atracar una corbeta.

    Espero que las declaraciones de Santos sobre el fallo sean sólo aspavientos, ruido, indignación vacía. Espero que el presidente prefiera ser respetuoso de las instituciones y busque en efecto dar solución a los problemas de las comunidades del archipiélago. Espero que el gobierno busque un acercamiento constructivo con el gobierno nicaragüense para mejorar la cooperación bilateral, hacer acuerdos para el desarrollo de la pesca y el aprovechamiento adecuado de los recursos. Esa me parece una actitud más digna que la de matón de esquina que sugieren algunos. Ese es el país en el que prefiero vivir.

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1 Comentarios
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  1. cantalicio146

    yo no veo como usted dos decisiones contradictorias entre los congresistas,pues si bien es cierto aprobaron el matrimonio entre homosexuales no es porque esten de acuerdo con esa aberraciòn, es por ganarse esos votos y hay que ser muy estùpido para no darse cuenta y la prueba de que tengo razòn es que tambien votaron por el procurador,,,,ademàs de cual progresismo habla usted en el “matrimonio” entre homosexuales, puede que a usted le guste, pero esa depravaciòn es lo mas antinatural,ilògico y cochino que existe…progresismo,que tal este bàrbaro,,,ja,ja,ja,ja,ja,ja….

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