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“Me interesa no solamente la realidad que nos rodea, sino también la que está en nuestro interior”

“No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma”

  1. A. A.

 

Cinco volúmenes en los que literalmente se levantan voces que, en no pocos casos, devienen aullidos, constituyen la obra que hasta el momento disponemos en español, para acercarnos a la flamante premio Nobel de 2015 nacida en 1948, la ucraniana hija de maestros, la reportera intérprete del alma rusa: Svetlana Aliaksándrovna Alexiiévich.

La guerra no tiene rostro de mujer, obra que fue llevada al teatro en 1985, es quizá la de título más irónico porque lo que muestra es que “la gloria” del ejército ruso, mucho se debe justamente a las mujeres (asunto sobre el que la historiografía no es que dé mucha cuenta que digamos). Y no es porque fueran cargando las ollas y las vituallas detrás de los soldados ni porque les sirvieran de apoyo, consuelo y compañía, sino por su arrojo como combatientes de diversa pelambre: artilleras, cañoneras antiaéreas, pilotos, instructoras sanitarias y francotiradoras, ¡todas voluntarias!: “¡Impensable que Hitler tomara Moscú! ¡No vamos a permitírselo! No sólo yo… Todas las chicas manifestaron su deseo de ir al frente. Mi padre ya estaba combatiendo. Pensábamos que seríamos únicas, especiales… fuimos a la oficina de reclutamiento y allá vimos a muchísimas otras chicas. ¡Me quedé perpleja! Mi corazón ardía”. Hablando en plata blanca, la premio Nobel hace que se tambalee el mito de la mujer solo como víctima de la guerra, de la mujer débil y muerta de miedo que únicamente busca refugio. Al respecto, la voz de la suboficial María Ivánovna Morózova, despeja cualquier duda:

“¿Adónde nos dirigíamos? No lo sabíamos. Y, al fin y al cabo, no nos importaba. Deseábamos llegar al frente. Todos luchaban, y nosotras también. Llegamos a la estación Schélkovo, cerca de allí se encontraba la escuela femenina de francotiradoras. Resultó que estábamos destinadas allí. A aprender. Todas nos alegramos. Ya era real. Dispararíamos.” Su relato es rubricado más adelante con una frase que lo dice todo y que permite, por pura metonimia (la parte por el todo) entender el alma rusa, más específicamente, de la mujer rusa: “No veíamos el momento de ir al frente. De entrar en combate…”

Después llegaron en incontables vagones a enfrentar a los nazis en una batalla que estaba ya casi perdida, la de Stalingrado, y voltearon las tornas. Muchas murieron, y a las que regresaron les costó lo suyo volver a ponerse un vestido de mujer; les tocó aprender de nuevo a maquillarse, usar tacones, lucir una falda y tener el pelo largo; la guerra no les borró su feminidad, no dejaron de ser mujeres. Hubo alguna que antes de casarse con un soldado en plena campaña, se agenció su traje de boda con la tela de un paracaídas, y una francotiradora, la sargento Klavdia Grigoriévna, que tras haber matado a setenta alemanes, huyó despavorida y dando gritos cuando un ratón se metió en su carpa. La guerra no tiene rostro de mujer, pone a prueba nuestra sensibilidad y nuestros principios, porque su prurito es comprobar que ese invento de hombres no es más que asesinato y salvajismo inicuo: “No estaría mal escribir un libro sobre la guerra que provocara náuseas, que lograra que la sola idea de la guerra diera asco. Que pareciera de locos. Que hiciera vomitar a los generales…” ¡Y vaya si lo escribió! Pero no para mostrar la guerra masculina sino la femenina que, según ella (y así lo demuestra el libro), es mucho más terrible.

 

Los muchachos de zinc, es un título que cobra un siniestro sentido, cuando Svetlana nos muestra que de zinc estaban hechos los ataúdes en que millares de rusos fueron devueltos a su patria desde Afganistán. Facilito puede ser el libro más doloroso; hay que tener los nervios bien templados para leerlo, mucho valor para llegar hasta la última página. Un botón (renglón) para la muestra: “Había visto a un hombre quedar reducido a la nada en un segundo, como si nunca hubiera existido. Y entonces enviaban a casa el uniforme de gala en un ataúd vacío. Dentro echaban tierra para que pesara lo debido…” Y como la literatura dice siempre la verdad, refleja la realidad y es fundamentalmente diálogo entre obras, no nos debe extrañar que la más reciente producción del novelista italiano Paolo Giordano, El cuerpo humano, trate también sobre la guerra de Afganistán y su narración guarde mucha semejanza con los episodios narrados en el libro de la escritora bielorrusa.

Son en total 46 voces, la mayoría de soldados, las que entonan una elegía desgarradora que Svetlana supo acoplar, según ella, gracias a que la literatura rusa, en especial Dostoievski, la entrenó para el sufrimiento. “¿Alguien me creerá si escribo esto?”.

Para que el coro sobre la guerra tenga todas las voces, a las de las mujeres y los soldados, se unen las de los niños, en una obra testimonial escalofriante, Últimos testigos. En su polifonía, esta composición nos deja claras dos cosas. En primer lugar, que la sevicia y la saña de los nazis para con la población civil rusa, sobrepasó todas las formas de violación a los DD.HH.; rompió los límites del mal que los seres humanos les pueden infligir a otros. Fue la demostración vergonzante de que lo horrible siempre es posible, sólo porque es horrible. Los “últimos testigos” entrevistados por Svetlana, son ahora ancianos que de niños sufrieron el incendio de sus aldeas, la ejecución de sus padres, el pánico, el hambre, el infierno. Las víctimas predilectas de los alemanes, fueron los judíos y los comunistas, es decir, los guerrilleros, cazados casi siempre gracias a la complicidad de policías colaboracionistas. Partisano que caía, significaba la masacre de toda la familia. A los niños judíos se los llevaban para sacarles toda la sangre y enviarla a los campamentos de alemanes heridos; a los adultos los esclavizaban hasta que se escurrían como títeres sin cuerda, y a los más viejos les hacían cavar sus propias tumbas y ahí mismo los fusilaban. “Han pasado muchos años… Ahora quiero preguntar: ¿Dios estaba viendo todo aquello? ¿Y qué pensaba?… expresa al final de su testimonio Iura Karpóvich, hoy día chófer.

En segundo lugar, quedan más que expuestas las características de lo que se conoce (a través de la literatura) como el alma rusa. La nación sobrevivió como tal, merced a la solidaridad, el orgullo patrio, el amor propio y la capacidad de aguante. Si había sólo una patata para alimentar diariamente a una familia, y aparecía un hambriento pidiendo ayuda, pues se le daba. Si la patata estaba congelada y podrida, igual se la repartían, y así con un pedazo de remolacha, un vaso de leche agria, una cáscara de algo encontrada en la basura, una corteza de árbol, yerbas, lo que fuera, porque para no morirse de hambre, hasta tierra comían, como lo confirma el testimonio de Ania Grubina, actualmente artista:

 

Nos comíamos los brotes de los pinos jóvenes, repelábamos la hierba. Desde los tiempos del asedio, conozco todas las hierbas comestibles; en la ciudad la gente se comía todo lo que fuera verde. {…] Después de vivir el asedio… Sé que el ser humano puede comer de todo. La gente incluso se comía la tierra… En los mercados hasta se vendía la tierra que había bajo los almacenes de alimentación destruidos y quemados: la más cotizada era la tierra en la que se había vertido aceite de girasol, y también la tierra impregnada de mermelada quemada. Tanto la una como la otra eran caras. Nuestra madre solo podía permitirse comprar la tierra sobre la que estaban los barriles de arenque salado. Esa tierra solo olía a sal, pero no contenía sal. Solo el olor del arenque.

 

Y como toda la obra de esta historiadora del alma está hecha de voces, están también las que dan cuenta de la tragedia ocurrida el 26 de abril de 1986, cerca de la frontera bielorrusa. Voces de Chernóbil Crónica del futuro, es un cúmulo de historias que golpean por su dureza, dramatismo y crudeza. Es el libro que probablemente más ayuda a entender eso que se conoce como el alma rusa. Son incontables los héroes trágicos (militares, obreros y técnicos) que dieron su vida para salvar la de otros y también, en algunos casos, para sentirse alguna vez distinguidos y merecedores de una medalla; pero, en especial, los bomberos que impidieron que los otros reactores estallaran (lo cuál hubiera sido de dimensiones apocalípticas) y que como consecuencia sufrieron una penosa agonía de catorce días, en los que dejaron de ser hombres y se convirtieron en cosa, en “material radiactivo”.

La moral del libro consiste en mostrar que lo ocurrido en Belarús, Minsk, no es capítulo cerrado, porque la radiación se tomará su tiempo, tanto, que no entra en los cálculos humanos. Es un enemigo omnipresente, una sustancia infinita e invisible que mata sin que nadie se dé cuenta. Aparte de darle voz a los sobrevivientes de la tragedia (“voces de Chernóbil”), Svetlana reflexiona sobre la infamia y la impiedad de los humanos con los animales y de los humanos con sus congéneres. Soldados imberbes fueron enviados por el gobierno a Chernóbil, a una muerte segura y muchos desplazados por las guerras entre países de la antigua U.R.S.S. se refugiaron en Chernóbil. Prefirieron el mal de la radiación, al mal de los hombres: “aquí no tengo miedo, no puedo tenerle miedo a la tierra, al agua. A quien temo es al hombre”.

 

Por último, «El fin del Homo sovieticus», es tal vez el libro de la premio Nobel menos trágico, el que menos golpea pues está hecho de voces más sosegadas.

Transcurridos 25 años después de que el telón de la Historia cayera sobre la URSS., Aleksiévich (así es como está escrito su apellido en la carátula), mediante su escritura polifónica nos revela el abrupto cambio de vida que se produjo en su país: “Dicen los libros que la Rusia zarista se desvaneció en tres días. Otro tanto le sucedió a la Rusia comunista. Dos días bastaron…”

En menos de nada, los objetos soviéticos se volvieron basura aventada a las calles y fueron remplazados por mercancía importada y, de esta manera, el que ella llama “homo sovieticus” comenzó a ser desplazado por otro espécimen, los “nuevos rusos”, amos del blue jean y la comida chatarra. Nadie podría expresar esto de forma más lapidaria que Yelena Yúrievna, una de las tantas mujeres que comparecen en el libro con su voz: “Los tanques están de más. Para salvar el país y el Partido lo que hace falta es que haya tejanos, lencería fina y embutidos”. Así que queríais una buena vida, ¿no? ¡Pues ahora jodeos!”

Una de las grandes preguntas que le dan sentido a este denso e interesante libro es: ¿Cuándo comenzó “el fin del homo sovieticus”? Cuando Gorbachov, un hombre que tenía más poder que los zares, tras estrenar el puesto de Secretario general (que en la URSS era como el equivalente a presidente) pronunció la célebre frase: «No podemos seguir viviendo así».

Aleksiévich, autora individual de lo colectivo, recoge cientos de testimonios de lo que ha sido la ardua transición del comunismo al capitalismo; cientos de testimonios de quienes vivieron bajo el régimen comunista y de quienes apenas si se han enterado de qué era aquello; viejos que aún conservan con orgullo su carnet del partido, ancianos que añoran a Stalin y jóvenes que portan camisetas con la cara de Lenin impresa (como si fuera una estrella de cine o de Rock). Muchas de las voces dejan entrever que la otrora sociedad soviética perdió el rumbo y anda como personajes de alguna pintura de Brueghel: “La idea actual de capitalismo es tan vaga como lo fue la de comunismo. ¡Puros sueños! Juzgan a Marx…, culpan a sus ideas…, las declaran criminales… Yo culpo a los que llevaron esas ideas a la práctica. Lo que tuvimos aquí fue estalinismo, no comunismo. Y ahora no tenemos ni socialismo ni capitalismo. Ni el modelo Oriental ni el modelo Occidental. Ni un imperio ni una república. Avanzamos dando palos de ciego…”

Como en La Colmena, de Camilo José Cela, o Alzado del suelo, de Saramago, aquí todo el mundo tiene voz, todos los que nunca hablaron y ahora quieren ser narradores, comparecen a compartir sus cuitas.

 

Entre las tantas voces que se acoplan como en coro en la obra de esta valiente escritora, cronista, reportera e historiadora, también canta (o cuenta) la suya que, como en sordina acompaña a las otras, casi siempre para expresar su propio dolor o para reflexionar sobre los tremebundos hechos de los que se ocupa; para decir, por ejemplo, que ya no se puede pensar como personaje de Chejov (que el futuro es maravilloso y la vida también), pues ese futuro se perdió en el siglo que trajo acontecimientos como el gulag de Stalin, Auschwitz, Chernóbil y el 11 de septiembre de Nueva York. Que ese futuro es utópico porque el mal es tentador, es más hábil que el bien, y, fuera de eso, atractivo.

Bien vale decir que la vida de Svetlana desde que se dio a la tarea de enfrentar a los rusos a su realidad mediante sus libros, no ha sido lecho de rosas, tanto así que el régimen del presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, la indujo a exiliarse en el año 2000, exilio que pasó en París, Gotemburgo y Berlín, hasta que regresó a Minsk once años después. Algo le ha venido cambiando su vida gracias al premio Nobel que, entre otras cosas, es el primero que se otorga por una obra de no ficción. Si hay una escritora que nos haga pensar críticamente sobre el mundo en que vivimos, no puede ser otra que Alexievich: “La realidad resbala sobre nosotros y no tiene cabida en el hombre¨; “lo único que se ha salvado de nuestro saber es la sabiduría de que no sabemos”; “¡Ante esto, hasta Shakespeare se queda mudo!”.

¿Cómo no leer a esta gran retratista del alma rusa, que con su escritura expresada en un género literario conocido como “coro épico” nos pone a reflexionar sobre el destino humano?  ¿Cómo no recibir y agradecer la obra de esta gran historiadora del alma?

 

Anécdota a guisa de colofón:

Entrevisté a Svetlana el jueves 21 de abril de 2016 y la experiencia, por supuesto irrepetible, me dejó honda huella. Pero estuvo a punto de malograrse por dos motivos. El primero, que debido a que me niego a usar esa modalidad de collar electrónico llamado celular, no me enteré de que habían adelantado la cita, y salí de la universidad tras dictar mi clase de literatura contemporánea (que no quise suspender porque la había preparado con entusiasmo, sobre Allen Ginsberg y la generación Beat) sin haber consultado el correo. El segundo, porque, a pesar de que le pedí al taxista que me llevaba, que tomara la circunvalar para llegar sobrado de tiempo, una manifestación nos trancó estando todavía muy lejos del lugar de la cita, el Hotel de la Ópera, al lado del Teatro Colón. Me salvé porque tengo por principio, llegar a mis citas, sean con quien sean, por lo menos 15 minutos antes, y porque tomé a tiempo la decisión de bajarme del taxi e irme trotando desde la Quinta de Bolívar. “¡Parrita, nos tenía asustados, porque ya nos van a pasar!, yo dije, le pasó algo porque sé lo cumplido que es”, me dijo mi compañero del diario El Tiempo, apenas me vio entrar a la recepción del hotel.

Efectivamente, no alcancé ni a componerme, cuando nos hicieron pasar a una especie de comedorcito donde estaba ella, Svetlana, la flamante premio Nobel, la mujer que desde hace meses me ha suscitado todo mi cariño, respeto y admiración. Estaba en compañía de su traductora tomando café y envuelta en un pañolón color naranja oscuro, según me pareció, porque nunca doy con los colores de lo que se ponen las mujeres. Para qué voy a mentir, la emoción me paralizó y fue Carlos quien tuvo que saludar y tomar la iniciativa. La entrevista estaba prevista para televisión, es decir, para el canal de El Tiempo, pero se desbarató apenas la traductora nos dijo: “Está mala de la boquita y no quiere cámaras, vengan siéntense de una vez acá”. Tienen veinte minutos, nos advirtió nuestro amigo Caputo, que fungía de controlador de la agenda.

Pude salir de mi parálisis para saludarla con un casi inaudible “glad to meet you” y Carlos me presentó como me gusta, no como periodista, sino como profesor, y pienso que como en otras oportunidades en que he estado frente a escritores célebres, eso me puso en ventaja. Carlos puso una grabadora diminuta sobre la mesa y me pidió con voz temblorosa que comenzara yo con la primera pregunta, que pude soltar porque la tenía escrita: ¿Cómo ha podido sobrellevar su vida, sobre todo los últimos diez años, con todo lo que ha visto y oído, tan doloroso?

Pronunció varias frases, tras lo cual, la traductora me dijo que no quería contestar ese tipo de preguntas, que no quiere inspirar ninguna lástima y que justo en este momento tiene a una hermana joven enferma de cáncer, que de dolor, ella ya está hasta el tope.

-Entonces le tengo una pregunta sobre literatura-, le dije a la traductora. También la llevaba escrita. Los ojos de azul desvaído de Svetlana parecieron avivarse y me la recibió: Aparte de Dostoievski, de quien usted dice ser deudora, ¿qué otros escritores rusos tiene como grandes referentes? – Yeltsin- creo que dijo (aclaro que mi grabadora es mi propia memoria y por tanto reproduzco lo que oigo con gran margen de inexactitud), y agregó otro nombre que no se lo entendí, pero que al señalarlo como su maestro, asumo que se refería a Alés Adamóvich, quien fue el escritor bielorruso que la inició en la creación literaria y apoyó la tendencia a la “novela colectiva”, “novela evidencia” o “novela coral”.

Con la presión de Caputo, que parado al lado de la mesa miraba cada tanto el maldito reloj, Carlos imbricó un par de preguntas que debido a mi embotamiento y a la tensión mezclada con emoción, escuché como en sordina. Las respuestas me las aclararon, no del todo. Una, a propósito de las víctimas en Colombia. Algo así como que en todas partes del mundo, las víctimas de la guerra tienen el mismo rostro desolado y la misma expresión de desconcierto; algo así como que la miseria y el dolor (que para ella es el mayor grado de información) borran las diferencias, nos igualan a todos. Recordé, pero no lo dije, que Tolstoi inicia Ana Karenina expresando justamente lo contrario, que todas las familias felices se parecen unas a otras, pero que cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desdichada.

La otra respuesta fue a propósito de su proyecto ya adelantado de escribir, no sobre la guerra y el dolor, sino sobre el amor. No quiere seguir escribiendo sobre lo mismo y por ello, a pesar de la dureza y crudeza, el último capítulo de Voces de Chernóbil es básicamente una historia de amor.

Se hizo un silencio “grave en todo el aposento” como diría Silva, funesto en una entrevista, porque puede darla por terminada sin remedio, y, por ello, Carlos, que es más canchero que yo en esas lides, me metió un codazo y me dijo torciendo la boca, “Parrita, la pregunta suya sobre las mujeres”. La última, le dije a la traductora, y la lancé: ¿Cree usted que en la historiografía existente, se reconoce el heroísmo de las mujeres rusas?

La respuesta es como para pararle el mundo a cualquiera: “En la guerra no hay héroes ni heroínas; la guerra no es más que asesinato, y los héroes son los que nunca disparan. No entiendo como hay personas que por matar reciben una medalla y se congratulan con eso”. FIN.

Segundos después nos autografió los ejemplares que llevábamos (Carlos, uno; yo, más descarado, cuatro.) y mientras ella miraba con algo de asombro mis anotaciones en ellos, sobrevino la cereza del ponqué. Me soltó a mí, simple mortal, apenas microbio al pie de ella:

-¿Cómo leen mis obras acá en Colombia? Y yo, que no acababa de salir de mi estupor, ya le iba a responder, cuando agregó otra sobre cómo escriben los novelistas colombianos. Carlos me miró como diciendo “eso sí es para usted”, y entonces le respondí que sus libros se estaban leyendo mucho porque el tema de la guerra no nos es ajeno; que muchas obras narrativas colombianas estaban también hechas de muchas voces (pude filtrar como ejemplo a Arturo Alape y Alfredo Molano), pero que últimamente se escribía mucho en primera persona. Caputo cortó el aire con un hachazo y el telón de esa experiencia irrepetible y maravillosa empezó a caer. Carlos y yo pusimos en las mullidas manos de Svetlana todo lo que cada uno de nosotros ha publicado en el periódico sobre ella; ahí me inflé como un sapo, porque lo mío consta de dos artículos en el periódico y dos reseñas en Lecturas dominicales. Una vez afuera del saloncito ella nos concedió tomarse fotos que al cabo no fueron sino dos, una que mostrará al camarógrafo de El Tiempo T.V.,  a Carlos y a mí, con Svetlana en la mitad. La otra, por generosidad de todos, sólo a ella y a mí.

Salí del hotel, caminando como un sonámbulo y preguntándome si lo ocurrido en la última media hora de mi vida era sueño o realidad, pero como no suelo empeñarme en hacer diferencia entre lo uno y lo otro, no me importa. La mirada melancólica de Svetlana me quedó fijada para siempre.

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Profesor en la Maestría de Estudios Literarios y en la licenciatura en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás; profesor de Producción de textos en la Universidad Distrital. Articulista y columnista de El Tiempo y comentarista de libros en Lecturas dominicales desde 2003. Autor de Cien remedios para la soledad y Crónica contra el olvido.

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