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Dresde: 1945. Fuego y oscuridad

Sinclair McKay

Taurus

Si nos impresionó el libro de W. G. Sebald, Sobre la historia natural de la destrucción (por como refiere el arrasamiento de las ciudades alemanas al final de la guerra) el presente libro nos congela el alma. El innecesario bombardeo en tres olas sucesivas a una de las joyas de la cultura europea es presentado aquí por un historiador de extraordinario músculo narrativo, como uno de los mayores crímenes de guerra de la historia y del que, con el tiempo, los mismos ingleses terminaron avergonzándose. Sin un solo objetivo militar sin ninguna defensa anti-aérea, y apenas con la débil justificación histórica de facilitar un corredor de entrada desde el Este al Ejército Rojo (dizque para terminar la guerra, cuando la verdad es que la derrota de los nazis era hecho cumplido), la ciudad de Dresde fue reducida, primero a un caldero hirviendo y después a puras cenizas un par de semanas antes de que Alemania firmara la rendición. Para ponerlo en términos hegelianos, Dresde es una de la ciudades que más han contribuido a la progresión del espíritu: origen de semejante movimiento artístico que fue el expresionismo; origen también de las maravillosas miniaturas en porcelana que cautivaron el gusto burgués europeo; ciudad cuya ópera fue conducida por Wagner y tuvo a Bach sentado al órgano de una de sus hermosas iglesias; ciudad en donde se puso en escena Hamlet apenas diez años después de la muerte de Shakespeare; ciudad en cuyos museos se exhibían obras de Rembrandt y que tuvo en Dostoievski a uno de los tantos genios que en algún momento se instalaron allí. La necedad y el orgullo de una parte de la cúpula de la aviación inglesa y norteamericana convirtieron a Dresde en sucursal del infierno y dieron pábulo a Sinclair McKay para que escribiera uno de los libros más impactantes de nuestro tiempo.

 

Camino a Macondo: Ficciones 1950-1966

Gabriel García Márquez

Literatura Random House

Precedido de un atinado prólogo de Alma Guillermoprieto, este volumen, más que un siempre merecido homenaje a Gabo, es una magnífica oportunidad para repasar sus tres primeras novelas, diez de sus mejores cuentos y cuatro esbozos de difícil clasificación.

Lo que sugiere la nota editorial de Conrado Zuluaga (y es a lo que le apunta el título del libro) es que todo lo reunido es el germen de Cien años de soledad, como si la gran novela Gabo la viniera escribiendo desde mucho antes de que se publicara, como si todo lo reunido fuera cuota inicial de aquella. Pero si bien es cierto que algunas tramas se desarrollan en Macondo, hay otras que se desarrollan en un lugar que apenas se señala como «el pueblo» con alusiones muy de pasadita a Macondo. Otro tanto sucede con los personajes, casi ninguno desemboca en Cien años de soledad o son otros con el mismo nombre (por ejemplo, el Coronel Aureliano Buendía). Lo que menos parece haber sido advertido por el editor es que, salvo Los funerales de la Mamá Grande y alguno que otro episodio de lo demás, los textos de la antología se distinguen muchísimo de Cien años de soledad por el tono y el punto de vista de la narración. No más la bulla de los gitanos apenas comenzando la novela contrasta con el ambiente sórdido, de tedio, pesadumbre y monotonía predominante en la antología, cuyo contenido refleja ambientes malsanos, derruidos o a punto del derrumbe total; de pájaros y ratones muertos; de personajes sumidos en el reconcomio de su envejecimiento; personajes, muchos de ellos sin nombre siquiera («la muchacha del gramófono», «la propietaria», «un muchacho apacible, con nada de particular aparte de su hambre»); personajes que muertos se ven más vivos que cuando no habían muerto. Todo es encierro y olor a muerte, al punto de que en “Rosas artificiales” se percibe un relente de La casa de Bernarda Alba de García Lorca. ¿Por qué llamar entonces a esta antología Camino a Macondo? Porque con tales textos Gabo pudo ir soltando la mano, ganar la potencia narrativa que necesitaba para su gran novela y, porque como él mismo dijo, pudo descubrir que lo que tenía que hacer era contar con la misma naturalidad con la que su abuela le contaba sus historias, con «la cara de palo».

 

1793

Niklas Natt Och Dag

Salamandra

Se puede afirmar sin ambages que esta es una de las mejores novelas negras (sin quitarle todo lo que tiene de histórica) venidas del país que hoy día descolla más en el género que tiene exponentes de la talla de Mankell y Larsson. El libro le hace justicia al apellido del autor pues nos muestra a Estocolmo en su «Noche y Día» bajo un represivo gobierno que emprende campañas contra los rusos que solo traen miseria y hambre a un país que en pleno siglo XVIII, aún no ha salido de la Edad Media. Qué cuidad más tenebrosa y horripilante la que sirve como escenario de una trama policiaca que ofrece escenas tan escabrosas que pueden afectar la sensibilidad de cualquier lector, aún si es de nervios templados. Sobre todo la violencia que se ejerce contra las mujeres, no solo perturba sino que indigna: «empiezan a ir más despacio hasta que, al final, las vence la apatía y apenas tocan la lana a menos que los guardias las amenacen con la vara. Hilan cada vez menos, ganan poco, no pueden comprar comida extra y, según pasan los días, van quedándose en los huesos. Al final, se derrumban y se las llevan a la enfermería para una corta estadía camino de la tumba».

Lo padecido por Anna Stina es muestra suficiente, no solo de que el infierno está en la Tierra, sino de que lo contrario de estar vivo no es estar muerto… ¡hay un estadio intermedio!: «La mayoría están muertas por dentro aunque sus cuerpos continúen tambaleándose, moldeados de tal forma que solo se adecuan a actividades semejantes a la de la fábrica».

La magistral obra de este escritor, miembro de una familia noble de Suecia, enseña que, como dijo Savater, los humanos somos tan malos como se nos permita serlo. Las torturas infligidas al hombre cuyo cuerpo mutilado fue encontrado en el canal que surte de vapores apestosos a la ciudad dorada, deja ver claro que el mal tiene recursos que el bien no conoce.

Y hablando de recursos, el símil es el que más contribuye a la estética de la imperdible novela: «atrae la violencia como un imán las virutas de hierro», «más sediento que un náufrago», «sus ojos recuerdan los de una vaca, dulces y vacíos», «a él todo le resbalaba como el agua en el plumaje de un pato», «su piel es tan blanca que casi parece incandescente», «parece un muerto escapado de la fosa».

 

La buena suerte

Rosa Montero

Alfaguara

Novela justamente premiada con la que la autora madrileña vuelve al tono de, por ejemplo, Instrucciones para salvar el mundo y con la que se mantiene en la primera fila de las novelistas españolas. La historia se desarrolla a lo largo de casi ocho meses, primero en una provincia poco menos que miserable y en Madrid al final. Personajes no tiene muchos; de base son un prestigioso arquitecto que busca huir de la vida que lleva acosado por la culpa y el sambenito que le ha colgado su lacra de hijo. Le hace la segunda una simple empleada de supermercado que se la juega para sacarlo del «pozo negro» en que está. Al comienzo la novela pinta para culebrón de puro entretenimiento; pero conforme se va revelando el pasado del protagonista, se consigue lo que se le pide a una novela para que sea buena: tocar la vida. Montero se le mete de frente a temas graves como el amor filial («el amor entre padres e hijos está tremendamente mitificado, piensa Pablo») y a nada menos que a la familia como plausible caldo de cultivo del mal: «¿Qué es lo que uno siente cuando, de pronto descubre que el Mal forma parte de su familia?». Con pespuntes de novela policiaca, ramalazos de humor, cuestionamientos profundos y algo de sensiblería en el puro final, Rosa nos entrega un buen libro deseándonos «la buena suerte».

 

Un corazón demasiado grande

Eider Rodríguez

Literatura Random House

Como feliz descubrimiento proveniente de la lengua vasca, podemos calificar la colección de cuentos con que se nos presenta en español esta narradora que también funge de ensayista, guionista y traductora. Se diría que la constante en esta veintena de relatos, que comienza con el que le da el título al libro, es una exploración de la vida sentimental más que todo de las mujeres y de cómo enfrentan la soledad, para lo cual narra casi siempre en primera o en segunda persona, según el tono de confesión o de intimidad de la narración. En “Paisajes”, se indaga en la vida de una mujer joven que se enfrenta al drama del cáncer; en “Carne”, un hombre recuerda el día en que, tras salvar a un niño en una playa nudista, no pudo impedir desear a la madre cuando esta lo abrazó para darle las gracias. En “Ojos de abeja”, una joven vasca llega a Buenos Aires y, buscando lo que no se le había perdido con el taxista que la recoge, pues… lo encuentra. En “Actualidad política”, una mujer sufre por los seis años de ausencia de su marido etarra, hasta que ve en un noticiero que la policía lo detuvo… junto a su mujer. “Viaje a la semilla”, es un cuento magistral (sin duda el mejor de la autora) por la forma como la voz narrativa hace retroceder el tiempo; una mujer se sumerge en sus recuerdos, y la analepsis la lleva hasta cuando estaba en el vientre de su madre. “Un poco loca”, es un cuento de acento psicoanalítico, en el que una mujer trata de ajustar cuentas con su infancia intentando «matar al padre». En “El tercer regalo” observamos una constante en los relatos de Eider: algún miembro de familia campesina vasca (en este caso la hija que estudia y trabaja en Londres) que regresa de otro país a vacaciones a su antigua casa y experimenta un brusco contraste. “La semilla” es un monólogo de una mujer frustrada, a la que la maternidad le cerró las puertas como actriz. “Ceniza” es un cuento sobre la cruda realidad de la vejez: en cuestión de días un viejo se convierte en ceniza. El resto de cuentos no quedan en zaga respecto a los que resumí.

 

Un lugar llamado Antaño

Olga Tokarczuk

Anagrama

Mucho parecido tiene esta magnífica novela de la flamante Premio Nobel polaca con la de Sofi Oksanen, Cuando las palomas cayeron del cielo. Las dos muestran mucho mejor que los historiadores el drama de los pequeños territorios que durante la Segunda Gran Guerra fueron ocupados por los nazis primero y por los rusos después. Es el drama que en la novela (narrada con mucha originalidad por Tokarczuk) viven los habitantes de Antaño, provincia de entre ríos, habitada por campesinos, artesanos, obreros, ángeles, duendes, vírgenes y santos. Con la misma mordacidad que le conocimos en Sobre los huesos de los muertos, la autora le tira a lo que se mueva, por sagrado que sea. Para ello se apoya en teorías psicológicas (Lacan) y filosofías que conoce al dedillo (Spinoza, Nietzsche, los griegos).

En su estilo episódico y como de planos secuencias, la autora ofrece una escritura expansiva, que lo mismo puede estar cargada de violencia como de erotismo; también de fino humor, y hasta de algo que podríamos calificar de mítico-poético-metafísico-fantástico:

            «El alma aturdida y carente de absolución, atrapada en el cuerpo embriagado y sin un mapa que la guiara hasta Dios, se quedó como un perro junto al cuerpo que se enfriaba entre los juncos.

            Un alma así, ciega y desamparada, siempre se obstina en regresar a su cuerpo porque no conoce otro modo de existir. Sin embargo, echa de menos el país del que procede, donde había estado siempre y desde el cual la empujaron hacia el mundo de la materia. Se acuerda de él, lo rememora, se lamenta y lo echa de menos, pero no sabe cómo volver allí. Olas de desesperación la sublevan. Abandona el cuerpo que se está corrompiendo y busca el camino por su cuenta. Vagabundea por las encrucijadas, por los caminos, y cuando pasan carros aprovecha la ocasión y se sube en ellos. Adopta diferentes formas. Penetra en los objetos y en los animales, a veces incluso en gente poco lúcida, pero ya nunca consigue encontrar su lugar. Está desterrada del mundo material y tampoco la quieren en el mundo de las almas.  Porque para entrar en este es necesario un mapa.»

 

Los chicos de la Nickel

Colson Whitehead

Literatura Random House

Libros como este enriquecen las ideas del filósofo Foucault respecto al poder, la vigilancia, los castigos y las instituciones represivas. «La Nickel» terminó llamándose así en honor de su reformador Trevor Nickel, pero se inauguró en 1899 bajo el nombre (pomposo y mendaz) de Escuela Industrial de Florida para Chicos. Allá llegaban, dizque a reformarse, jóvenes tanto blancos como negros, que ya hubieran debutado socialmente como hampones de barrio; pero, de reformarse, nada. El aprendizaje esencial era el de la supervivencia, lo que era el triple de difícil para los negros. Hobbes tenía razón al señalar en Leviatán (así la frase no fuera de él) que «el hombre es lobo para el hombre», aunque de haber conocido el racismo norteamericano representado por metonimia en «la Nickel», hubiera sentenciado que el blanco es lobo para el negro. Hay que ver no más todo el vejamen padecido por Elwood Curtis, el protagonista de la magistral novela de Whitehead, y todo por la mala pata de haberse subido a un Plymouth, ignorando que en su país, todo lo del negro es robado.

 

Las 999 mujeres de Auschwitz: La extraordinaria historia de las jóvenes judías que llegaron en el primer tren a Auschwitz

Heather Dune Macadam

Roca Editorial

Con el engaño de que iban a trabajar para el Estado o bajo el eufemismo de «contratadas», 999 jovencitas eslovacas, fueron embutidas en una ristra de vagones para ganado, cada uno de los cuales disponía de dos cubos: uno de agua para beber y el otro para ser usado como letrina. Esa ha sido hasta hoy la mayor deportación de seres humanos en toda la Historia y una demostración, entre tantas y tantas, de que, muy al contrario de lo que pregonan los majaderos discursos de actitud positiva, nadie tiene el destino en sus propias manos. Para que la avanzada de tanta gente fuera a parar al campo (mal llamado de concentración, porque era en realidad de exterminio) de Auschwitz bastó con un gesto mínimo, apenas un acto burocrático casi imperceptible, como quien pasa un trapo sobre una superficie mojada: «Apretó la punta de su estilográfica sobre la hoja, garabateó “en nombre del ministro, el doctor Konka” y selló el destino de miles de mujeres jóvenes».

Con un método de investigación que incluye entrevistas con supervivientes y testimonios de conversaciones, la autora acometió esta memorable obra de laudable altura moral, muy oportuna para ilustrar la idea de la banalidad del mal, que propuso la filósofa Hannah Arendt.

 

Cuentos completos

Mario Levrero

Literatura Random House

La semejanza de la obra de este poco conocido (es decir, poco mediático) escritor uruguayo, con la de Cortázar y, más aún con la de Felisberto Hernández es evidente; pero con la que mejor se le puede asociar es con la del israelí Etgar Keret. En Levrero (o Varlotta, como también se le menciona) encontramos cuentos largos, medianos y cortos, muchos de ellos magistrales dentro de un género híbrido que alberga lo fantástico, lo absurdo, lo terrorífico y lo más cercano a lo real maravilloso, todo ello como herramienta para explorar la conciencia. En los relatos de este amplio volumen, el lector se ha de ver sorprendido por la forma como en un pestañeo, la narración salta de lo real a lo fantástico, o como en “Algo pegajoso”, de algo tan prosaico como encontrarse un caramelo en un bolsillo, a evocar una frustrada relación amorosa. Relatos minimalistas como “El mendigo” ofrecen una cruda crítica social, pues nos pone frente a un habitante, no de calle, sino de alcantarilla. Pero el tenor crítico de la escritura de Levrero se puede pasar de mordaz, como en Tres aproximaciones ligeramente erróneas al problema de la Nueva Lógica que es una parodia del más abstruso lenguaje filosófico, ese que según decía Nietzsche, enturbia el agua para que se vea profunda. Se diría que los cuentos más divertidos e insólitos corresponden al ciclo de La máquina de pensar en Gladys. La escritura minuciosa y ubérrima en detalles de Levrero, es de una amenidad que cautiva. Un botón para la muestra es el magistral “La casa abandonada”. ¿Qué les trae a la memoria ese título?

 

Sapiens. Una historia gráfica

Yuval Noah Harari, David Vandermeulen, Daniel Casanave

Debate

Tras la publicación de tres obras consideradas best-seller científicos (Homo Deus, 21 lecciones para el siglo XXI y De animales a dioses) el pensador israelí nos ofrece, en coautoría con el ilustrador Daniel Casanave, una muy creativa y sobre todo amena adaptación gráfica de la última mencionada. Teniendo en cuenta que hoy día, hasta a los adultos les cuesta trabajo abordar textos en los que no predominen las imágenes, pues no deja de ser útil y oportuno transmitir toda una teoría y todo un contenido histórico-antropológico en forma de historieta. Se corren riesgos debido a la simplificación del discurso, pero aun así el libro se defiende y, por si acaso, siempre se podrá acudir al texto original. Son muchos los conceptos que Harari nos hace revaluar, como, por ejemplo, el de especie humana, pues no ha habido solo una; ni siquiera dos, ni tres. Finalmente se impuso el sapiens. El libro explica prácticamente todo lo que cabe respecto al universo, o sea todo lo que hay. ¡Y no deja de ser divertido!

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PERFIL
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Profesor en la Maestría de Estudios Literarios y en la licenciatura en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás; profesor de Producción de textos en la Universidad Distrital. Articulista y columnista de El Tiempo y comentarista de libros en Lecturas dominicales desde 2003. Autor de Cien remedios para la soledad y Crónica contra el olvido.

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