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Patti Smith

Éramos niños

Libro hermoso donde los haya. Nos llena de argumentos para sostener que la autobiografía (que no es auto ficción, que es algo distinto) es un incuestionable género literario y que con él la literatura encontró en esta época su mejor alternativa para sostenerse.

La historia de una artista fuera de serie, que transcurre paralela a la de Robert Mapplethorpe, su amigo de toda la vida (con talento similar al de Andy Warhol), es una historia que contiene, o mejor, destila todos los géneros artísticos. Enumeremos: Drama, tragedia, comedia (incluido el vodevil), pintura, fotografía, música y poesía. Y es que la autora es una verdadera multiplicidad, a la que ni siquiera el teatro le ha sido ajeno, pues hasta obra montó en compañía de Sam Shepard (el novelista que le regaló la guitarra con la que compuso sus “glorias”).

Patti es artista hasta en sentido kafkiano, “Artista del hambre” ¿Cómo pudo aguantar tanta? “Yo siempre tenía hambre. Enseguida metabolizaba lo que ingería. Robert podía pasarse sin comer mucho más tiempo que yo. Si no teníamos dinero, sencillamente no comíamos. Robert era capaz de funcionar, pese a notarse un poco débil, pero yo me sentía como si fuera a desmayarme.”

Se dice que de amor no se vive; pero su pacto de mutuo apoyo con Robert, de no abandonarse nunca, parece contradecir tal premisa. Rozaron la indigencia, pero aun así seguían queriéndose. La vida se demoró mucho en compensarlos, y cuando ello ocurrió, fue a medias, pues cuando ella arañó el cielo, él descendió al infierno.

El libro es la biografía, no solo de ellos dos, sino de toda su generación y de toda una época. Con todas las luminarias de ese entonces, con todos los que en el mejor sentido hegeliano contribuyeron con la progresión del espíritu norteamericano, nos encontramos ora en Brooklyn ora en los pasillos del mítico hotel Chelsea: Janis Joplin (a quien Patti le compuso canción), Jimi Hendrix (uno de los que la consoló en su tristeza), Allen Ginsberg (quien en una oportunidad le calmó el hambre), William Burrougs, Jim Morrison, Bob Dylan (que fue junto con Rimbaud la mayor inspiración de Patti). Si extiendo más las menciones, se notarán escandalosamente las omisiones. Así que terminaré con Brian Jones flotando bocabajo en su piscina y con Keith Richards, cuyo corte de pelo, al ser imitado por Smith, sin querer le cambió a ella la vida…para siempre:

Recorté todas las fotografías que encontré de Keith Richards. Las estudié durante un rato, cogí las tijeras y salí de la época folk a base de tijeretazos. […] Pero, cuando fuimos a Max´s, mi peinado causó sensación. No podía dar crédito al interés que despertó. Aunque continuaba siendo la misma persona, de pronto mi estatus social mejoró. Mi peinado de Keith Richards estaba en boca de todos. Pensé en las chicas que conocí en el instituto. Soñaban con ser cantantes y terminaron siendo peluqueras. Yo no deseaba ninguna de las dos cosas, pero, al cabo de unas semanas, estaría cortando el pelo a mucha gente y cantando en La MaMa.”

 

Jeanette Winterson

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

El título de este extraordinario testimonio vital, cobra sentido con la pregunta que su madre adoptiva le suelta a Jeanette mostrándole toda su envidia, añadida a la rabia que le produjo enterarse de su sexualidad: “-¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

Hasta ese momento, la futura escritora había aguantado más allá de sus capacidades a la insufrible señora Winterson. Depresiva, abusiva, mala esposa, mala madre y fanática religiosa, fue una verdadera desgracia para la hija adoptada; pero, paradójicamente, fue también el estímulo (con todo y lo negativo) necesario para que la autora de este libro se convirtiera en una de las mejores narradoras inglesas del siglo XX. Para quienes tanto manosean la palabra resiliencia, entenderán mejor lo que significa, leyendo esta magnífica y aleccionadora autobiografía:

Lo único bueno de que te encierren en una carbonera es que estimula la reflexión temprana. Leída por sí sola esa frase resultaría absurda. Pero en mi empeño por comprender cómo funciona la vida –y por qué unas personas se enfrentan a la adversidad mucho mejor que otras- vuelvo a algo que tiene que ver con decir sí a la vida, que es amor a la vida, sin importar que resulte incongruente, y amor por una misma, que pese a todo se descubre. No al estilo ‘yo primero’, que es lo contrario a la vida y al amor, sino con una determinación como la del salmón para nadar contracorriente…”

Winterson no solo padece, sino que no deja de reflexionar sobre su padecimiento y, en esa medida se convierte en una filósofa del YO. Y quede dicho al pasar, que filósofos como Bergson y Hegel le dan sombra a no pocas páginas del libro. Capítulos hay también de fuerte carga analítica y existencial; la crítica a la sociedad capitalista, o mejor, a la máquina implacable del emprendimiento manchesteriano (que le paró el mundo a Engels cuando lo conoció) no se hace esperar. Bien mirado, el final del libro se nos revela como una telemaquiada versión femenina, por mor de la búsqueda de Jeanette de sus padres biológicos, y el libro en su conjunto es la pulverización de los géneros literarios iniciada por Virginia Woolf, Gertrude Stein y Katherine Mansfield, que según Jeanette, fue “la única escritora a la que Virginia Woolf envidiaba.”

 

Juan Marsé

Últimas tardes con Teresa

Una de las novelas que junto con La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, más contribuyeron con el posicionamiento de Barcelona como ciudad novelada y a que la narrativa española cambiara de tercio, privilegiando los imaginarios urbanos sobre los temas rurales y la Guerra Civil.

En este clásico de la narrativa catalana y española Marsé nos ofrece un magnífico retablo de la Barcelona del 56 (aunque la novela data, en su primera publicación,  de diez años después) poniendo en escena protagonistas que representan el andamiaje social. Por un lado, el marginado que sobrevive gracias a su talento para robar motocicletas que van a dar a un desguazadero regentado por un explotador. De otro, una burguesita vinculada a los grupos estudiantiles de izquierda, quien, por puro malentendido, termina congeniando con el hamponcete. Completa el triángulo, la criada y amiga de la niña bien. Teresa, Maruja y Manolo, conforman, pues, la tríada sobre la que recae la trama de una novela extensa, escrita con elegancia, acaso con parrafadas de prosa poética no exentas de lirismo:

Y tenderse sobre un lecho de arenas de oro, sobre un litoral traspasado por gemidos fluviales y ocios fundiendo, licuando ardores mal sofocados a lo largo de todo el verano: ya también el cisne, arrastrado por un régimen de brisas más rápido que los demás, adelanta ociosas crestas de espuma y pequeñas ondas perezosas, sometidas a un sistema de corrientes más lento, y se dice que como la palma de mi mano vida mía aprenderé de memoria el itinerario cultural de tu piel esplendorosa para nadar juntos otro verano, y penetraré el secreto movimiento liberal de tres dulces caderas soleadas, y te seré fiel hasta la muerte.”

Actores de reparto que hacen más verosímil la historia son, “el cardenal”, una especie de Monipodio moderno (la referencia es cervantina) que medra con los robos del “pijoaparte” y cuya sobrina, ahí con su nadadito de perro, como se dice, enseña de qué es capaz una mujer despreciada y provoca un desenlace inesperado. Asimismo, los padres de Teresa, que simbolizan el clasismo; el chulesco varoncito que la corteja y el grupo de mamertos, que de beodas alharacas y distribuir panfletos no pasan.

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PERFIL
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Profesor en la Maestría de Estudios Literarios y en la licenciatura en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás; profesor de Producción de textos en la Universidad Distrital. Articulista y columnista de El Tiempo y comentarista de libros en Lecturas dominicales desde 2003. Autor de Cien remedios para la soledad y Crónica contra el olvido.

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