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Con Ararat (2008) en una mano y Las siete edades (2011) en la otra, podemos emprender una singladura que nos lleve al fondo de la memoria de la Premio Nobel del año de la pandemia. 32 poemas comportan el primer volumen en el que, a punta de versos libres que por mucho se extienden en página y media, la flamante Premio Nobel 2020 nos comparte sus nada complacientes recuerdos de infancia. Los poemas de Glück son una permanente demolición del imaginario de la familia feliz; motivo recurrente es la muerte de su hermana menor (“Nada es tan triste como la tumba de mi hermana”), la cual, según se filtra en una estrofa, murió bebita en brazos de su madre, imagen que rima con la de la muerte de su padre, también en brazos de la madre de Louise. Madre, padre, hermana viva (la que le quedó) y hermana muerta, más esporádicas apariciones de alguna tía o primo, son los protagonistas y los depositarios de los poemas de suave acento lírico que suelen deslizarse hacia lo metafísico:

toda una vida se nos vuelve nada.

Un día, eres un niño rubio y mellado;

Al día siguiente un viejo que jadea en busca de aire.

Viene a ser nada, en realidad; como mucho un instante sobre la tierra.”

 

 

 

En los cuarenta y cuatro poemas del segundo volumen, Louise alimenta su poesía con el mismo insumo de Ararat: su familia, pero quizá con recuerdos aún más nimbados por la acritud y el reconcomio: “En mi opinión, mis padres/ eran el círculo; mi hermana y yo/ estábamos atrapadas dentro.”

Se diría que para Glück, la poesía es solo para recordar la infancia, así los recuerdos no sean nada gratos (como por ejemplo, sufrir de polio). Cuando cambia de tercio y opta por la vejez, lo mismo da, porque propone que esta sea un mirador del pasado. Sus versos, casi siempre encabalgados, rezuman remordimientos por el tiempo malgastado, por ausencia de carpe diem: “Al cabo del tiempo, advertí que mi vida/ era completamente idiota./ Idiota, malgastada…”

Nada reconfortante sería pensar que Louise diera por malgastado el tiempo que empleó en dedicar un poema (“Agosto”) a cómo su hermana se pintaba las uñas.

“La puerta despintada”, una especie de parábola del retorno a lo Barba, se vislumbra como su canto de cisne, su instalarse definitivamente en los recuerdos de infancia:

Recuerdo mi infancia como un largo deseo de estar en

Otra parte.

Esta es la casa; esta debe ser

La infancia de la que hablaba.”

 

 

 

Así que con estos dos títulos (que además vienen en edición bilingüe) podemos compartir los recuerdos de la Nobel del año de la pandemia.

Apéndice sobre PROOFS & THEORIES – ESSAYS ON POETRY (1994):

Poeta norteamericano que se respete, reflexiona sobre el quehacer (y su quehacer) poético y reflexiona también, incluso a guisa de académico, sobre la poesía. Glück no es la excepción y por ello disponemos (por ahora solo en inglés) de un libro que escribió siendo docente en el Williams College y ya reconocida con el Pulitzer, que contiene una variedad de ensayos en los que destacan temas como: Education of the poet, On T.S. Eliot, The idea of Courage y The Dreamer and the Watcher.

Corriendo el riesgo de equivocarme, he traducido algunos apartes que pueden servir como incentivo para que los interesados en la obra de la Nobel del año de la pandemia, columbren, no ya su poesía, sino sus ideas sobre la poesía o su experiencia como poeta:

“Es un lugar común entre los escritores creativos asumir que la pasión es exactamente lo que falta en la academia.” (Author´s note)

“Uso deliberadamente la palabra “escritor”. “Poeta” debe ser usada con cautela; es un nombre que indica una aspiración, no una ocupación. En otras palabras: no es sustantivo para un pasaporte.” (p.3)

“Desde el principio preferí el vocabulario más simple. Lo que me fascinaba era las posibilidades del contexto […] Amaba esos poemas que me parecían pequeños sobre la página pero densos en la mente. No me gustaron los versos inflados.”(p.4)

“Mi padre el primer y único hijo en medio de cinco hijas, el primer niño nacido en este país. Sus padres llegaron de Hungría; mi abuelo fue mejor soñador que administrador de las tierras de la familia: cuando las cosechas se acabaron y el ganado murió, vino a América y puso una tienda.”(p.5)

“Cuando era niña, leí la poesía de Shakespeare, después, Blake y Keats y Eliot, nunca me sentí exiliada ni marginal. Sentí, por el contrario, que esa era mi lengua tradicional: Mi tradición, como el inglés era mi lengua.”(p.7)

“Concebí claramente la frase como unidad: el principio de preocupación por la sintaxis.” (p. 8)

“Mis preferencias no han cambiado. La forma de habla poética de mi preferencia está orientada hacia la confidencia, la meditación. La poesía que requiere de alguien que escuche.” (p.9)

El arte no es un servicio, o mejor, no le sirve a todos de la misma manera. Su servicio es para el espíritu, para remover la miseria de su inercia.”(p.93)

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PERFIL
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Profesor en la Maestría de Estudios Literarios y en la licenciatura en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás; profesor de Producción de textos en la Universidad Distrital. Articulista y columnista de El Tiempo y comentarista de libros en Lecturas dominicales desde 2003. Autor de Cien remedios para la soledad y Crónica contra el olvido.

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