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El 25 de junio de 1971 Mario Vargas Llosa presentó su tesis doctoral en la Universidad Complutense de Madrid, titulado García Márquez: lengua y estructura de su obra narrativa, por cual obtuvo la calificación de sobresaliente cum laude. Ese mismo año Barral editores publicó el descomunal trabajo, no con el desabrido y seco título académico original, sino con el mucho más literario y sugerente de Historia de un deicidio. Cinco años después, un 12 de febrero, para ser precisos, García Márquez fue, prácticamente noqueado en público frente al Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, por el mismo autor de ese gran ensayo sobre su obra. El bochornoso hecho dejó como consecuencia, un ojo colombino que Elena Poniatowska quiso aliviar poniéndole un pedazo de carne cruda, y el final de la mistad entre el noqueador y el noqueado, que a la larga vino a ser también el final del boom.

Cierto es que, por una suerte de pacto, ni Vargas Llosa ni García Márquez hicieron nunca alusión al episodio, sobre el cual no faltan conjeturas y chismes, como cierto es también que desde ese entonces se hizo cada vez más difícil (y en los últimos años, prácticamente imposible) conseguir un ejemplar de ese libro que, hasta hoy, es el estudio más profundo y meticuloso sobre la obra que nuestro premio Nobel tenía publicada hasta 1970. La única posibilidad era el mercado de los libros de segunda, en el que, aquél que sabe lo que está vendiendo, obtiene pingües beneficios; adquirir el volumen de las obras completas de Vargas Llosa en el que está incluido ese título, o consolarse con el capítulo que hace parte del estudio preliminar de la edición conmemorativa de los 40 años de Cien años de soledad.

Cincuenta años después de escrito y publicado, el libro sale de nuevo a las librerías (con la carátula de la edición príncipe), lo cual, por la riqueza de su contenido más la ristra de anécdotas que trae detrás, bien podría ser el acontecimiento editorial del año.

¿Qué contiene el ensayo?

Las 650 páginas del libro representan el mejor ejemplo de construcción de una teoría original y de análisis literario. Vargas Llosa ha cribado un modelo de análisis para la narrativa al tiempo que va pasando de la teoría a la práctica con los cuentos incluidos en Ojos de perro azul y Los funerales de la mama grande y las novelas, La hojarasca, La mala hora, El coronel no tiene quién le escriba y Cien años de soledad. Vargas Llosa analiza qué tanto hay de Real objetivo y qué tanto de Real imaginario en las ficciones de García Márquez, con lo cual nos advierte que toda ficción se elabora a partir de lo real; que la clave para que toda narración se pueda llamar literaria es lo que él llama “el elemento añadido”.

Vargas Llosa nos hace la diferencia entre cuatro categorías que fácilmente se pueden confundir, que se pueden tomar erróneamente como equivalentes sin serlo: lo mágico, lo fantástico, lo mítico legendario y lo milagroso, todas ellas sustentadas con ejemplos tomados de la obra de Gabo. Un hecho como el del cura que levita, puede ser Realismo Mágico, según la actitud que asuman quienes lo ven; pero es milagroso, porque ocurre merced a la voluntad divina.

Otro gran aporte del escritor peruano es lo que él denomina “los demonios”, que son el insumo para la creación literaria. Tales demonios son: los personales, los culturales y los históricos. La tarea de él como lector crítico consistió en identificarlos. Por ejemplo, entre los demonios culturales están los libros y autores que influyeron en Gabo: Faulkner, Rabelais, Camus, Rulfo y, por supuesto, la Biblia.

Un hecho que bien podría pasar como personal siendo histórico, es el de la masacre de las bananeras, cuyo impacto en Gabo se manifiesta en el hecho de que él haya cambiado su año de nacimiento, 1927, por el año en que ocurrió la masacre. Y también porque dicho acontecimiento fue a parar (con mucho “elemento añadido”) a las páginas de Cien años de soledad.

Vargas Llosa inicia el ensayo presentándonos la vida de García Márquez, desde que su padre abandonó Sincé para irse a Cartagena, para después tener que dejar la universidad y vuelta a empezar: “La costa atlántica de Colombia vivía en esos años el auge del banano, y gente de los cuatro rincones del país y del extranjero, acudía a los pueblos de la zona bananera con la ilusión de ganar dinero. Gabriel Eligio consiguió un nombramiento que lo instaló en el corazón de la zona: telegrafista de Aracataca.”

De esta manera el destino de García Márquez quedó trazado, pues ya se sabe (y Vargas Llosa lo ilustra) lo que significó para él Aracataca; lo que los recuerdos de la vida en ese pueblo por mor de la fiebre del banano estimularon su creación literaria. Con el recorrido que hace Vargas Llosa por la vida de Gabo, incluyendo una especie de biografía intelectual, el ensayista peruano deja en claro que no se puede dejar por fuera al autor cuando se aborda su obra.

Todo lo que haya que decirse para entender la relación entre el autor y su obra, está dicho en este ensayo de aluvión: los lugares en los que el autor vivió, que pasaron a ser los espacios en los que ocurren sus ficciones; las personas con las que creció y vivió, que terminaron siendo protagonistas de sus cuentos y novelas; los acontecimientos de los que fue testigo o que conoció de oídas (por cuenta, más que todo de su abuelo), que fueron el insumo para las tramas de sus ficciones. Por ejemplo, el duelo en el que su abuelo mató a su compadre Medardo Pacheco, es el duelo en el que José Arcadio Buendía mata a Prudencio Aguilar al comienzo de Cien años de soledad, y la bulla y el ambiente que se crea todos los años cuando llegan a Macondo los gitanos con todos sus inventos, son una transmutación poética de la agitada vida en Aracataca, propiciada más que todo por la llegada de tanta novedad y del consumismo auspiciado por el dinero que circulaba a expensas de la fiebre bananera. Aracataca fue la primera ciudad de Colombia en conocer las bondades de, por ejemplo, ventiladores eléctricos y refrigeradores en las casas, oficinas y almacenes, y de aparatos de proyección de cine; en fin, de muchos inventos que parecían mágicos. Cabe anotar, que la razón por la que Cataca, es decir, Macondo, en versión literaria, tuviera tanta correspondencia con los espacios novelescos de los escritores del sur de los Estados Unidos, es que la United Fruit Company hiciera acá una reproducción de los campamentos y ciudades tabacaleras y algodoneras sureñas. La ruina en que quedó el pueblo, como si un ventarrón hubiera barrido con todo, después de que se fue la compañía bananera, es a lo que Gabo se refirió como “la hojarasca”.

¿Por qué un deicidio?

El acto deicida, tanto en García Márquez como en muchos buenos escritores, no ocurre en el sentido que le dio Nietzsche al declarar la muerte de Dios. El deicidio por parte del escritor es un acto de disidencia, de rebelión contra la realidad y contra Dios; según Vargas Llosa:

 “Es una tentativa de corrección, cambio o abolición de la realidad real, de su sustitución por la realidad ficticia que el novelista crea. Éste es un disidente: crea vida ilusoria, crea mundos verbales porque no acepta la vida y el mundo tal como son (o como cree que son). La raíz de su vocación es un sentimiento de insatisfacción contra la vida; cada novela es un deicidio secreto, un asesinato simbólico de la realidad.”

Por supuesto, el escritor peruano explica cómo es que en la obra del colombiano se lleva a cabo esa empresa deicida, no inventando sino transformando la realidad, agregándole cosas, incluso llegando a la exageración. Explica cómo Gabo hizo un “saqueo” de la realidad real de su infancia, de la Historia y de la misma literatura, para obtener el ya señalado “elemento añadido”, que hace que la realidad objetiva o lo real objetivo, mude hacia lo imaginario. En ese aspecto, dice Vargas Llosa, García Márquez es comparable a Rabelais, pues el recurso de éste en Gargantúa y Pantagruel es el mismo de aquél en Cien años de soledad; en ambos mundos los elementos exagerados coinciden (apetitos físicos, fenómenos naturales, pasiones, violencia humana, etc.).

Por su contenido y propuesta teórica y de análisis literario, Historia de un deicidio es un ensayo muy propicio para estudios académicos, con el valor “añadido” de que quien lo concibió conoce como nadie la experiencia de ser novelista. Cuando Vargas Llosa lo escribió, ya tenía bastantes obras literarias publicadas incluyendo novelas de fuste como La casa verde y La ciudad y los perros, novela con la que se inició el boom latinoamericano, y acababa de terminar una de las dos novelas más extensas que produjo dicho movimiento, Conversación en La Catedral. Con Historia de un deicidio, Vargas Llosa inició también una faceta como escritor, en nada inferior a la de novelista, cual es la de ensayista. Vinieron después encomiables ensayos como: el que escribió sobre Flaubert, La orgía perpetua; el que compuso sobre José María Arguedas, La utopía arcaica; otros más recientes como el que dedicó a la obra de Juan Carlos Onetti, El viaje a la ficción, o La tentación de lo imposible, que se centra en la obra de Víctor Hugo. Añádase esa magnífica y sencilla teoría de la Novela que es Cartas a un joven novelista, en el que retoma muchos de los conceptos y categorías desarrolladas en Historia de un deicidio.

Se diría que, sin lugar a dudas, este descomunal ensayo, al que probablemente le quedaron faltando las conclusiones, demuestra la gran admiración que la obra de un escritor del boom suscitó en otro; que difícilmente pueda haber un estudio tan exhaustivo ni riguroso ni detallado, no sólo sobre la obra de García Márquez, sino de cualquier obra literaria. Se diría también que es una gran paradoja que el escritor admirado haya terminado recibiendo de su admirador un puñetazo. Pero al margen de todo, el hecho de que Historia de un deicidio aparezca de nuevo medio siglo después, puede ser el acontecimiento editorial del año.

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PERFIL
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Profesor en la Maestría de Estudios Literarios y en la licenciatura en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás; profesor de Producción de textos en la Universidad Distrital. Articulista y columnista de El Tiempo y comentarista de libros en Lecturas dominicales desde 2003. Autor de Cien remedios para la soledad y Crónica contra el olvido.

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