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El espejo de nuestras penas

Pierre Lemaitre

Salamandra

En esta tercera parte de su trilogía sobre la guerra, Lemaitre desarrolla dos historias paralelas que al final, por mor de la maestría narrativa, se juntan: Por un lado, las vicisitudes de los soldados Raoúl y Gabriel, enfrentados a la debacle del débil ejército francés ante la invasión nazi, seguidas de su periplo como desertores y saqueadores. Por otro, la singladura de Louise Belmont quien, como miríadas de franceses, al encarar el desastre, va saliendo de una mala, para caer en una peor, hasta tocar fondo. Al drama de la guerra se agrega a Louise el drama familiar y existencial. A partir del suicidio de un hombre, justo delante de ella, se verá abocada a indagar sobre su infancia, sobre la identidad de sus padres y sobre el paradero de un posible hermano, al que busca empecinadamente en plena guerra.

Lemaitre compone escenas verdaderamente cinematográficas y muestra todos los efectos de una guerra sobre la cual la prensa tuvo engañados por mucho tiempo a los franceses:

“En tiempos de guerra, la exactitud de la información es menos importante que la información que reconforta. Nuestro objetivo no es contar la verdad. Nuestra misión es más elevada, más ambiciosa. Nosotros somos los responsables de la moral de los franceses.” P. 109

Pero una vez conocida la verdad oculta o represada, “Fue como una desbandada de gorriones. Cientos de miles de parisinos pusieron rumbo al sur.” Y a partir de ese momento, la novela de Lemaitre desarrolla su línea argumental enfocando las caravanas de civiles enfrentados al hambre, el cansancio, el abatimiento moral y, lo peor, al ametrallamiento desde los aviones de La Luftwaffe. Todo lo que sigue, el autor lo toma directamente (con matices literarios) de la realidad objetiva, es decir, de la Historia. ¡El resto es silencio!

Albert Camus

La caída

Debolsillo

En esta novela de uno de los escritores contemporáneos más importantes, no hay ni trama ni personajes en el sentido tradicional. Se trata de un soliloquio en el que un abogado descarga sus cuitas, comparte agudos pensamientos y destila algo de veneno a un narratario, más bien anónimo. Probablemente las ideas de la voz narrativa sean del mismo Camus, quien, en vez de escribir un ensayo para expresarlas, escogió un formato más atractivo, más literario. En el fluir del discurso encontramos sesudas opiniones sobre temas como, la libertad, los castigos, la pena de muerte, la amistad y la religión, y, en cualquier caso, son una invitación a pensar y no dejan de ser inquietantes. Tres botones para la muestra (el primero de tenor nietzscheano y el tercero, de raíz kantiana):

“…es imposible dejar de dominar o de ser servido. Cada hombre necesita esclavos como necesita aire puro. Mandar es respirar […] Incluso los más desdichados consiguen respirar. Al último en la escala social le queda su cónyuge, o su hijo. Si es soltero le queda un perro. Lo esencial, en suma, es poder enfadarse sin que el otro tenga derecho a responder.” P.43

“La felicidad y el éxito solamente se perdonan si se consiente en compartirlos generosamente. Pero para ser feliz no hay que ocuparse demasiado de los demás”. P.71

“…nosotros no podemos afirmar la inocencia de nadie, y sin embargo podemos afirmar con certeza la culpabilidad de todos. Todo hombre es testigo del crimen de todos los demás…” p. 95

Ya podrá ver el lector cómo un novelista puede ser también un filósofo, o cómo un filósofo puede ser también novelista.

Gabo y Mercedes: Una despedida

Rodrigo García

Random House

Este libro emotivo, cuya escritura bien puede sustentar eso de que “de tal palo, tal astilla”, es una crónica fúnebre y una elegía en prosa a la que no le faltan pespuntes poéticos. Su valor emana del testimonio de quien escribe y de las reflexiones que va desgranando, además de las revelaciones sobre la vida de Gabo (por supuesto sobre su final), que son oro en polvo para sus biógrafos. Por ejemplo, que Gabo perdió desde pequeño la visión en el centro de su ojo izquierdo; que nunca fue a un funeral, porque no le gustaba enterrar a los amigos, o, que teniendo prácticamente perdida la memoria (lo cual fue su desgracia mayor), si le recordaban el primer verso de un poema del Siglo de Oro, podía continuar recitándolo. Todas las vicisitudes vividas por Rodrigo García durante una, más bien tranquila, agonía de su padre y lo que se vino después de su muerte, está contenido en este bello e inusual relato, al que no le faltan destellos de humor: Cuenta cómo un supuesto amigo de Gabo y muy conocido de sus allegados llegó a dar el pésame; pero era un impostor que le pudo sablear doscientos dólares a Mercedes.

Para tener en cuenta: Rodrigo no menciona a nadie con nombre propio en el libro, salvo a sus familiares. Los demás se quedarán con las ganas.

José Saramago

Todos los nombres

Debolsillo

Don José es el personaje único de esta novela, aunque se obsesiona por una mujer que nunca conoció, la cual podría ser otro personaje. En este libro, más que en ningún otro, Saramago parece preguntarse cómo vivir en la soledad y cómo darle sentido a la vida, si esta es aparentemente inútil tanto para uno cómo para los demás. Razón tiene Kundera cuando en El arte de la novela, nos dice que dicho género no es más que una continua exploración del yo y una incesante búsqueda de respuestas. El oscuro y anodino don José, sabe que es un ser, sólo porque trabaja. Su vida está justificada únicamente por su trabajo, tan anodino como él, en la Registraduría Civil, es decir, en el lugar donde están “todos los nombres”. Dado que vive solo, tan solo, que su hogar es su mismo lugar de trabajo, lo único que conoce del mundo, son los nombres de las personas. Colecciona estampas sobre personajes famosos, sobre quienes detenta una suerte de poder, pues su trabajo le permite saber su verdadera edad, y sabe que en ese lugar, no hay fama que ayude a nada, en razón a que todos somos una ficha con un nombre, y listo. Una contingencia lo hace interesarse por el nombre de una mujer y por la mujer misma. De ahí en adelante su vida cambia por completo, ya que emprende una búsqueda frenética de ese personaje, proyectándose como una especie de héroe que es capaz de superar la opresión de su ambiente kafkiano, y se lanza al mundo exterior. Don José convierte su monótona y tediosa existencia en toda una aventura, sin la menor intención de beneficio o utilidad. Y, como Saramago siempre nos tiene reservado un espacio órfico, nos lleva hasta este, de la mano de un simple empleaducho de ventanilla. Acaso nunca imaginó pasar la noche en un cementerio, sólo para comprobar si el nombre de la mujer que busca está en una tumba.

Javier Marías

Tomás Nevinson

Alfaguara

La presente y muy extensa novela de uno de los mejores escritores españoles contemporáneos, es continuación de Berta Isla. Ya sabemos de la tendencia de Marías a los dípticos y trilogías, de modo que su narrativa es para lectores de fuste.

En la anterior novela, al pasar una noche con una mujer, Janet Jefferys, el protagonista Tomas Nevinson se metió en la grande, arruinó su matrimonio y dañó su vida y la de su esposa, Berta Isla. A cambio de no ser acusado de un asesinato que no cometió, pero que nadie le iba a creer que no cometió, se convirtió en espía o “topo” para su gobierno, y, con el tiempo se le declaró desaparecido.

En la continuación, al mismo espía de la anterior novela, le es encomendada la peor de las misiones, pues, de ser cierta la sospecha de sus jefes, tendrá que ajustarle cuentas a una mujer por un par de añejos atentados terroristas, a nombre de ETA y de IRA. Son tres las mujeres en cuya vida Nevinson tiene que irrumpir y a quienes tiene que rastrear para encontrar a la culpable y acto seguido, cumplir la orden que le llegue. Entre Inés Marzán, Celia Bayo y María Viana, está la antigua terrorista. Si Nevinson se equivoca, se llevará por delante a una inocente.

Con esta trama, Marías demuestra una vez más, que nadie tiene el destino en sus manos; que el gobierno sobre nuestras vidas es ilusorio y que nadie sabe con quién se mete.

El veteranísimo autor, de sobrados méritos para ganar el Nobel, nos regala en estas casi 700 páginas, una trama policiaca, una novela psicológica, un análisis de la sociedad y un texto de excelsa prosa con pespuntes filosóficos.

Hannah Arendt

La pluralidad del mundo. Antología.

Taurus

Esta antología de la obra de una de las mentes más lúcidas que dio el siglo XX, es muy propicia para quienes no sabrían con cuál obra iniciar un abordaje. Contiene quince textos (incluida la entrevista a Günter Gaus) e incluye variedad de temas: análisis del pensamiento de filósofos, tales como, Sócrates, Walter Benjamin, Karl Jaspers y, el más influyente para ella, Heidegger; análisis del pensamiento de un infaltable, el novelista Franz Kafka, análisis de asuntos muy caros a la política y la educación. El capítulo dedicado a los derechos del hombre es una demolición de cualquier cantidad de imaginarios que en la actualidad le están haciendo daño a la sociedad y han generado mucha confusión. ¿Sabemos de verdad qué son y cuáles son los derechos humanos? ¿los podemos reclamar en cualquier circunstancia? Para esta pensadora que se quedó sin patria, este es un terreno lleno de ambigüedades y de mucha complejidad. Básicamente se adquieren los derechos cuando se es identificable dentro de alguna comunidad; cuando se puede ser reclamado por algún Estado (que fue precisamente lo que no pasó con los judíos durante la Shoah y, por ende, los nazis pudieron actuar a sus anchas). Además, los derechos implican deberes y tienen que estar situados:

“El soldado, durante la guerra, se ve privado del derecho a la vida; el delincuente, de su derecho a la libertad; todos los ciudadanos, si ocurre una emergencia, de su derecho a la prosecución de la felicidad; pero nadie afirmaría que en cualquiera de estos casos ha tenido lugar una pérdida de los derechos humanos.” P 113.  ¿Qué tal?

Tachada de poco rigurosa por algunos llamados especialistas, Arendt aseguró que no se sentía en modo alguno filósofa. No le faltó quién la justipreciara ni quién la denostara; pero lo que sí es innegable es que como intelectual era toda una multiplicidad y que su idea de la trivialidad del mal le mueve el piso a cualquiera.

William Ospina

Ensayos

Random House

La presente selección de ensayos constituye una inmejorable oportunidad para conocer el discurso argumentativo y el pensamiento de uno de los mejores escritores de Colombia. Algunos son tan vigentes que, habiendo sido escritos hace años, parecen compuestos la semana pasada, y todos son lúcidos, altamente reflexivos (sin llegar nunca a ser filosóficos) y, en no pocos casos, preocupantemente premonitorios. Los que provienen, por ejemplo, del libro De la Habana a la paz, dan las razones históricas del presente que vive el país, de su pasado trágico y del futuro incierto, expuestas con toda claridad y más que sustentadas.

Despojados de cualquier jerga académica, no faltan los homenajes a escritores de mucha preferencia del autor: Hölderlin, Whitman, Rimbaud, Aurelio Arturo, Chesterton, Borges, Shakespeare, Estanislao Zuleta y, cómo no, su Juan de Castellanos, a quien tanto le debe. Capítulo aparte merece su escrito sobre los románticos, pues nos recuerda la enorme deuda que el desarrollo del espíritu (digamos, en sentido hegeliano) le debe a semejante movimiento tan importante, que “no fue una mera escuela pictórica, un movimiento poético o musical, sino una actitud vital, el espíritu de las generaciones humanas a fines del siglo XVIII y a comienzos del XIX, una manera de asumir el mundo y nuestra presencia en él.”

Orhan Pamuk

El castillo blanco

Debolsillo

Libro en el que Pamuk funge de ilusionista o mago. Nos convence de que lo ocurrido al protagonista, es un hecho vivido, y al final resulta que fue un sueño, aunque lo deja en duda. El lector tendrá que adivinar, y ese juego le conviene a una novela que trata de astrólogos y adivinos. Mucho le debe esta historia a La casa del silencio y a muchos otros referentes no escritos por el autor.

En el siglo XVII, un navegante veneciano es secuestrado por los turcos y vendido al astrólogo de la corte del sultán Suleiman. El esclavo pasa allí el resto de su vida, pero sin convertirse al islam; Pasa veinticinco años al servicio de su amo, a quien le enseña todo lo que puede saberse sobre la ciencia occidental, al tiempo que aprende de aquél, sobre los imaginarios del Medio Oriente. Es tanta la compenetración entre los dos, que cada uno termina como socias del otro, provocándoles una crisis de identidad. Es la versión de Pamuk del tema del doble.

Durante el intento de invasión a Polonia, el sultán confía en el gran invento de los dos científicos “gemelos”: una estructura semejante a un “caballo de Troya”, pero forjada en metal, arma que, supuestamente, si no desintegra al ejército cristiano, si puede propiciar su desbandada. El artilugio resulta más aparatoso que útil y termina encallado en una ciénaga, provocando la frustración del ejército del sultán. El astrólogo islámico huye al socaire de las ropas de su “gemelo”, pues lo más probable es que el sultán lo ejecute. Años después el esclavo relata toda la historia a un visitante que a su vez le cuenta del paradero y andanzas de su antiguo amo.

Es una historia conmovedora, filosófica y llena de maravillas, que además se erige como una épica turca y en la que el autor rinde homenaje a Cervantes y a otros escritores, tanto occidentales como orientales que lo surtieron de ideas para componer la novela.

Albalucía Ángel

Misiá señora

Alfaguara

Publicada por primera vez hace cuatro décadas, esta audaz novela de la escritora colombiana representa un hito en la novelística latinoamericana escrita por mujeres. Lo primero que se advierte es su total sintonía con las técnicas, a la sazón propias de la narrativa del boom. Es decir, en cuanto a experimentación formal y búsquedas a través del lenguaje, es una novela muy de su época.

Mariana, el personaje principal, nos ofrece la crónica de una vida llena de violencia y malos recuerdos, por medio de una técnica que combina el soliloquio, el monólogo interior y el entrevero de voces que, a veces no da respiro; un fluir discursivo polifónico sin pausa:

“¡Amilvia!, le gritó, ¡tú tienes cara de tominejo…!, porque su prima daba saltos en la cuerda y era pequeña pequeñita, con cabecita de pájaro, y el resto inmenso, ingrávido, insonoro, la vio reírse lejos lejos pero sin ruido, no oía nada, veía jugar las niñas, que se movían con gestos raros bajo esa luz que hacía cerrar los ojos, Disnarda, Amilvia, Meyra Rosa, hormiguitas mecánicas, sin voces, todo de cuerda y rechinante, y entonces fue el error, porque de pronto el patio se fue volviendo inmenso inmenso y las barras azules servían de cárcel a las niñas, ¿yo tengo miedo…!. Dónde estoy…, chilló despavorida, pero nadie escuchó porque seguían jugando […] calma, no los oigas, óyeme a mí Mariana, ¡Marianita, y ella salió a los trompicones, diciéndole a la monja que Almivia tiene cara de tominejo y yo tengo miedo porque las niñas son mecánicas pero la madre se sonrió…” p.65

Es tanto el afán de experimentación por parte de la autora, que corre el riesgo de fatigar al lector y de incurrir en fárrago. El tenor de la novela es feminista por donde se mire, ya que todos los vejámenes a que es sometida Mariana, de niña, de joven o de vieja (dentro y fuera de la familia), suscita una reacción por parte de la voz narrativa que, además, queriendo agotar todas las procacidades y expresiones altisonantes (o malsonantes) del idioma, no se refrena con la guadaña.

Irene Vallejo

El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo.

Debolsillo

Este hermoso libro contiene toda la Historia de la escritura y de la forma como este invento sirvió de antídoto para lo que aparece en Cien años de soledad como la peste del olvido. El título alude a la planta de la que se obtenía el primer soporte para la escritura, concebida como un sucedáneo del habla para superar las limitaciones de tiempo y espacio; para dar permanencia a “las aladas palabras”. Tablas de arcilla, piedra, hueso, piel de becerro, a cualquier soporte se acudió para preservar la memoria humana a través de la Historia, hasta llegar al más prodigioso invento: el libro. De manera entretenida, muy documentada y, sobre todo, pedagógica, la autora describe lo que significaron, por ejemplo, las bibliotecas de Alejandría y de Pérgamo (de donde viene el pergamino); las escuelas de amanuenses de Egipto y Oriente Medio; los bardos, aedos y rapsodas y asimismo los comerciantes que trasegaban rollos entre ciudades y países que empezaron a vivir en la aldea global propiciada por los textos escritos.

La historia contada por Irene Vallejo rebosa datos valiosísimos y curiosas anécdotas. ¿Cuál fue el primer libro?, ¿Quién fue el primer coleccionista y bibliófilo?, ¿Quién fue el primer bibliotecario y catalogador?, ¿Cuál fue el primer alfabeto (esa “tecnología aún más revolucionaria que internet”) y cómo se sistematizó?, ¿Cuántas bibliotecas existían antes de la era cristiana?

Todo ello está referido por la filóloga de Zaragoza, quien además nos invita a reflexionar sobre lo que pasa hoy día con la memoria y el conocimiento:

“Ahora mismo estamos inmersos en una transición tan radical como la alfabetización griega. Internet está cambiando el uso de la memoria y la mecánica misma del saber […]. Los científicos denominan efecto Google a este fenómeno de relajación de la memoria. Tendemos a recordar mejor dónde se alberga un dato que el propio dato. Es evidente que el conocimiento disponible es mayor que nunca, pero casi todo se almacena fuera de nuestra mente.”

Fernanda Melchor

Páradais

Random House

Con una escritura vigorosa no exenta de escatología y ubérrima de giros dialectales, la novelista veracruzana nos entrega una novela cargada de toda la violencia generada por lo que Marx denominó con certeza, la lucha de clases. En un condominio mexicano, un jardinero es explotado por quien le paga y por su misma madre, concitando en él, tanto resentimiento reconcomio, que se convierte en una verdadera bomba de tiempo. La trama gira en torno a la obsesión que un imberbe desagradable desarrolla por su vecina adulta, pero tiene como telón de fondo la estructura y las acciones de un hampa barriobajera que no deja de ser atractiva para quienes quieren salir de pobres y del anonimato disparándole a lo que se tercie:

“Milton no se atrevió a preguntar qué pasaba, hasta que en la tele de la pared comenzó el noticiero local, y lo primero que la conductora anunció fue una serie de asaltos coordinados a cinco gasolineras de la zona de Boca de Río que había tenido lugar aquella misma tarde, horas antes, y los batos de la fonda armaron tal alboroto que Milton ya no pudo seguir escuchando lo que la conductora decía, apenas algo de que los criminales viajaban en moto y llevaban consigo armas de fuego, y en el cintillo en la parte baja de la pantalla alcanzó a leer que el botín ascendía a más de medio millón de pesos sustraídos en menos de una hora.”

La novela es de esas que consiguen atrapar al lector, y constituye un magnífico ejemplo de un género muy desarrollado en México, la narrativa urbana.

Rebecca Solnit

Recuerdos de mi existencia

Lumen

Los nueve textos reunidos en el presente volumen son fundamentalmente recuerdos y testimonios de la escritora de San Francisco, quien es hoy día una de las voces que más truenan en el campo social, en especial en lo que atañe al movimiento feminista. Se diría que el libro es todo un alegato sobre el sometimiento de la mujer y la violencia de género; pero también es una puesta por escrito (en un formato más bien híbrido) de un proceso de resiliencia y de cómo una mujer persiste en ser escritora, hasta que lo logra. Interesante es ver el papel que jugó en ella la lectura, el atesoramiento del acervo bibliográfico:

“En cierto modo equipamos la mente con lecturas de la misma manera que equipamos de libros una casa o, mejor dicho, los libros materiales entran en nuestra memoria y se incorporan al equipamiento de nuestra imaginación. Leyendo creaba una bibliografía, puntos de referencia para un mapa del mundo, un conjunto de herramientas con qué entender ese mundo y entenderme a mí en él. Sobre todo, vagaba en los libros, o leía cuanto me daban, pues en aquella época era una omnívora que no discriminaba, como a menudo le ocurre a la gente joven también con las personas: duda de su criterio, de lo que la estimula y la desalienta. Así pues, leía todo lo que caía en mis manos y aprendí lo suficiente para localizar caminos en los bosques de los libros, para descubrir puntos de referencia y estirpes. P. 126

Mas claro el mensaje no puede ser y cómo nos cae de bien en esta época de apatía hacia la lectura y de analfabetismo funcional galopante.

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PERFIL
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Profesor en la Maestría de Estudios Literarios y en la licenciatura en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás; profesor de Producción de textos en la Universidad Distrital. Articulista y columnista de El Tiempo y comentarista de libros en Lecturas dominicales desde 2003. Autor de Cien remedios para la soledad y Crónica contra el olvido.

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