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Fernando Vallejo

Escombros

Alfaguara

Con mucho vigor descriptivo y su acostumbrada acritud, el siempre polémico autor de El desbarrancadero, que lleva como don Giovanni una lista, pero no de conquistas amorosas, si no de muertos, nos presenta en su más reciente producción y en el género que los japoneses llamaron watakushi shosetsu o narrativa del yo, un capítulo más de su vida.

Si bien el título del libro alude directamente al terremoto que al autor le tocó sufrir en México, no se deja de advertir su fuerza alegórica. “Escombros” es como decir lo que vamos dejando o en lo que va quedando nuestra vida cuando entramos en la vejez. Vallejo nos comparte sus sentimientos por la pérdida de David, compañero de media vida y así mismo la de sus perros. Le queda una que encontró abandonada, que es, según él, la que lo ata a la vida.

Su lenguaje sigue siendo el de un rebelde e inconforme, que no se aviene con eso de ser “políticamente correcto”; que no admira el poder y que sólo le teme a la dificultad para orinar. Arremete contra políticos y corruptos y contra esa moda instalada en Colombia (“país de mendigos”) que todo tiene que ser gratis.

Novedad entre sus animadversiones es Einstein, a quien deja muy mal parado, y novedad es también el tenor humorístico con el que se refiere a Dios.

 

Virginia Woolf

Genio y tinta

Lumen

Los catorce ensayos, no tan conocidos, expuestos en el presente libro, son todo un tesoro, sobre todo, por ser de quien son, y ¿qué mejor regalo para quienes tanto admiramos a su autora?

La escritora londinense, que por mucho tiempo se ganó la vida escribiendo reseñas y que como teórica de la literatura no se le escurría a ningún académico, defendía (con razón) la idea de que no se podía abordar una obra a plenitud si no se conocía bien al autor. Su escritura ensayística era ágil, certera y concisa; en 1500 palabras le quedaba todo dicho, y los ejecutivos del Times Literary Supplement se beneficiaron de ello por muchos años.

Dos de los ensayos de este libro apuntan a temas que hoy día ayudarían mucho a formar lectores. “Horas en una biblioteca” y Releer novelas”. De ellos saco y pongo en frente estas perlas:

“Debemos mucho a los libros malos; es más, llegamos a contar con sus autores y protagonistas entre las figuras que ostentan un papel principal en nuestra vida silenciosa.”

“Leer una novela por segunda vez es un reto mayor que leerla por vez primera.”

“El libro en sí, no es una forma que se ve, si no una emoción que se siente”

 

Victoria Mas

El baile de las locas

Salamandra

Ambientada en el momento y el escenario en que afloraron muchas teorías y tratamientos de la locura, esta historia muestra (si no es que denuncia) los palos de ciego que la psiquiatría dio en sus oscuros comienzos, llevando en ello la peor parte las mujeres. La joven autora escogió el formato novelesco para llevar a cabo una feroz crítica al poder, a la sociedad y en especial a la religión:

“La antigua niña católica, a la que llevaban a la fuerza a la iglesia todos los domingos, recitaba las oraciones con desdén. Hasta donde alcanzaba su memoria, todo lo relacionado directa o indirectamente con esos lugares siempre la ha horrorizado: los toscos bancos de madera, el Cristo agonizando en la cruz, la hostia que le metían en la boca, las cabezas agachadas de los fieles mientras rezaban, las frases moralizantes, que se disolvían en las mentes como polvos benefactores…”

El título es todo un acierto, pues hace referencia al episodio carnavalesco (en el sentido en que borra las jerarquías y convoca a todo el mundo) en el que cada año las internas del manicomio en el cual el Dr. Charcot experimenta de lo lindo con ellas mismas, lograban su catarsis a costa de la diversión de una sociedad burguesa indolente y desalmada. Filosofías como las de Descartes y, sobre todo Foucault se vislumbran en muchas páginas:

“La Salpêtrière es un vertedero de mujeres que ponen en peligro el orden social. Un asilo para aquellas cuya sensibilidad no responde a lo esperado. Una cárcel para las culpables de tener una opinión.”

 

Niklas Natt Och Dag

1794

Salamandra

Si en su anterior novela, 1793, este autor sueco irrumpió con pasos de gigante en el género más caro a la novelística de su país, en esta segunda parte, se consolida como amo y señor de la Novela negra (que no es lo mismo que la policíaca, pero la incluye). La ciudad de Estocolmo, con sus puentes, iglesias, calles adoquinadas, tabernas llenas de perdularios, esquinas peligrosas y vertederos de cuanta inmundicia, es un terrorífico escenario de crimen y podredumbre. En ella la autoridad se vende por escasos riksdalers y en ella no hay sino dos clases sociales, los que ostentan el poder y las miríadas de miserables (ni siquiera pobres) capaces de lo que sea por un mendrugo. Los protagonistas son los mismos de la anterior novela y el riesgo de que el lector sea muy afectado en su sensibilidad es aún mayor. Muchas escenas narradas transgreden lo más expresionista, lo más grotesco, la violencia más inimaginable, y, la cachetada para quienes aún no se percatan de hasta dónde puede llegar la maldad humana, es brutal.

Cada uno de los protagonistas construye o desciende a su propio Hades, porque en Estocolmo hay infierno para todos. Para las mujeres, una infamante cárcel; para los niños, un espantoso orfanato; para los negros, la esclavitud en una isla ignorada por Dios; para los policías buenos, las calles oscuras, y para cualquiera, la ciudad entera.

 

John Sellars

Lecciones de estoicismo

Filosofía antigua para la vida moderna

Taurus

Para esta época en la cual circulan tantos libros rotulados como “de auto ayuda”, el presente ensayo del profesor Sellars, es una gran alternativa. En sentido estricto es también auto ayuda, pero con profundidad, realismo y peso filosófico. Tiene de dónde, pues los tres grandes filósofos que trae a cuento nos hablan desde hace veinte siglos, como si hubieran escrito para nosotros la semana pasada, es decir, sus ideas están plenamente vigentes.

Los estoicos vinieron después de los grandes griegos que todos conocemos; crearon unas escuelas maravillosas que, junto a los escépticos, los hedonistas, los cínicos y los cirenaicos, nos legaron principios éticos que, de verdad, le podrían enderezar la vida a cualquiera. Comparecen en estas páginas de exposición diáfana, Marco Aurelio, Epicteto y Séneca, para ayudarnos a llevar una vida de ideas complejas, pero de gustos sencillos; a vivir a tono con el carpe diem (aprovecha el día); a no dilapidar el tiempo; a estar más en consonancia con la naturaleza y, sobre todo, a no tener que esperar con temor la muerte.

El libro es simplemente un comentario general de la filosofía de los estoicos, pero su invitación es a beber en las fuentes, es decir, en las Meditaciones de Marco Aurelio (de mucha aceptación entre grandes estadistas del mundo), el Manual de Epicteto y las Cartas y Aforismos de Séneca que tanta influencia tuvieron en pensadores del Renacimiento y en la cultura española.

 

Marcel Proust

El remitente misterioso y otros relatos inéditos

Lumen

Escritos por su autor para no dejar de calentar la mano mientras asumía el reto literario que se le vino después, los nueve relatos inéditos son ejercicios previos o páginas desprendidas de su obra más trascendental. Se vislumbra su enorme sensibilidad, su proclividad a la divagación, la ensoñación y las alusiones propias. Se supone que Proust tuvo escondidos estos relatos porque en ellos se traslucía su inclinación sexual; pero, a juzgar por lo que en ese sentido no pasa del guiño, cabe pensar que más bien desconfiaba de su verdadero valor literario. Lo cierto es que desde el brevísimo “Pauline de S.”, Proust ya está haciendo lo que se le pide a un buen escritor: tocar la vida:

“Un buen día me enteré de que mi vieja amiga Pauline de S., enferma de cáncer desde hacía mucho tiempo, no pasaría del año, y que se daba cuenta de ello con tal claridad que el médico, incapaz de engañar a su gran inteligencia, le había confesado la verdad.” ¿Si ven?

Todos los relatos (o monólogos o pensamientos vertidos en escritura), pero en especial “Jacques Lefelde (El extranjero)” son ubérrimos en prosa poética y actitud contemplativa. ¡Son de Proust!

 

Peter Handke

La tarde de un escritor

Alfaguara

Este libro comporta la más reciente edición de uno de los libros más conocidos del premio Nobel de 2019. Es un bello relato que muestra la cotidianidad de un escritor anónimo para el lector, pero conocido dentro de la novela. En realidad, cabe decir que es un poema en prosa en el que abundan las descripciones de paisajes, lugares de encuentro y de dos o tres personajes. Narración casi no encontramos, puesto que no hay qué narrar, aparte de la salida del escritor de su casa, su recorrido por la ciudad y su regreso. Ni siquiera hay diálogos, pues se trata de una interpretación por parte del narrador, de lo que piensa y lo que ve el personaje, todo ello referido a su soledad y a los avatares del oficio de escribir: “Ya el hecho de aislarme y hacer mi vida aparte para poder escribir -¿cuántos años hacía ya de ello?-,reconocí mi derrota como persona adscrita a una sociedad; yo mismo me excluí de los demás para el resto de mis días.” En ese sentido, el libro podría ser un libro para escritores.

Se capta un ligero deje romántico-existencialista, por la subjetivación que se hace del entorno y por la relación del yo con el ambiente. Handke es un escritor denso que puede no llegarle a cualquier lector, pero este breve relato es como para iniciarse en su lectura.

 

Mattias Edvarsson

Una familia normal

Salamandra

Este extensísimo volumen comporta una de las mejores novelas suecas de los últimos años. Lo es porque su multiplicidad se expresa en la polifonía (variedad de voces) y en géneros como la novela negra, la policíaca y la psicológica. Entre la primera parte y la segunda se narran casi los mismos acontecimientos, pero desde perspectivas diferentes; una cosa es el enfoque del narrador, un cura que es el padre de Stella, la adolescente que va a dar con sus huesos en gayola, y otra, el enfoque de ella misma cuando el autor le da la posta para que narre.

El tema es inquietante y aleccionador, sobre todo para esos padres de familia que estúpida e ingenuamente creen conocer bien a sus hijas y, peor aún, se sienten sus mejores amigos y alardean de que todo lo que hacen es por el bien de ellas. La realidad es otra, ni las conocen ni les están haciendo el bien que ellos creen, pero eso sólo lo entendemos, por ejemplo, por mor de los monólogos de Stella Sandell, quien, a sus catorce años, ya está más adelantada que el diablo:

“Lo hacía por mí. Eso alegaba, vaya. Que se preocupaba mucho por mí. […] Enseguida desarrollé diferentes estrategias para satisfacer las necesidades de mi padre al mismo tiempo que podía seguir viviendo una vida más o menos sin límites. Había dejado el hachís, pero había tantas otras cosas: chicos a los que besar, noches de las que disfrutar, juergas que correr. Dejaba que mi padre me registrara la ropa, me oliera el aliento, me mirara las pupilas y se pensara que controlaba todo lo que yo hacía. Es mucho más fácil esconder algo cuando das la impresión de ser totalmente transparente.”

Edvarsson comprueba que, como dijo Shakespeare, hasta en el mejor paño cae la mancha, y que lo menos aconsejable es andar creyendo que lo que no nos gusta que pase, sólo le pasa a los demás. ¿Acaso no somos los demás de los demás?

 

Gabriel García Márquez

Mario Vargas Llosa

Dos soledades

Un diálogo sobre la novela en América Latina

Alfaguara

Si hay algún diálogo entre escritores latinoamericanos tan productivo y enriquecedor como el muy famosos entre Borges y Sábato, es este entre dos de los grandes del boom, que se dio poco antes de que, irónicamente, su amistad se acabara para siempre. Acrecienta el valor de dicha conversación el hecho de que se haya dado en una universidad, pues Gabo siempre fue refractario al ambiente académico. Pasado por el cedazo lo puramente anecdótico, lo que nos queda es un valiosísimo curso de teoría literaria, formulada por dos conocedores del oficio de escribir (y de leer como se debe).

Más que diálogo, se trata de una entrevista que Vargas Llosa le hace a Gabo, mucho mejor de como lo haría cualquier periodista literario. En ella el escritor peruano va soltando prenda de lo que un par de años después consolidaría y ampliaría en su tesis Historia de un deicidio. Por ejemplo, ya esboza lo que propondrá como los “demonios” del escritor (culturales, personales, históricos y literarios). A la sazón todavía no tenía claro que lo que menos hay en la obra de Gabo es fantasía, pero sí tenía claro que esa obra, en sintonía con la de los otros escritores del boom, es lo que mejor se ha hecho para pensar América Latina. Cómo, porqué y para qué escribe un novelista; quién es el padre putativo de la moderna novela latinoamericana; qué hay que hacer para que la realidad sea creíble en una novela, son algunos de los asuntos despachados en estas amenas páginas por el par de monstruos.

 

Carl Henrik Langebaek

Antes de Colombia

Los primeros 14.000 años

Debate

Interesante libro el de este antropólogo bogotano, que desde una mirada que combina la Arqueología, la Antropología y la Historia, nos refiere nuestro más lejano pasado. El alcance, tal como lo señala el subtítulo es de catorce siglos y muestra cómo eran las primeras culturas en nuestro territorio; cómo de cazadores y recolectores, las diversas culturas fueron evolucionando hacia comunidades bastante desarrolladas, por ejemplo, calimas, taironas y muiscas. El profesor de los Andes nos enfrenta a las peculiaridades de ricas culturas como las de San Agustín y Tierradentro, pero además no pierde la perspectiva del Nuevo Mundo, en donde hacia 1492 había más de 140 familias lingüísticas “y quizá más de 1000 lenguas, la mayor parte de ellas mutuamente ininteligibles. Si bien Suramérica cubre apenas el 13% de la superficie terrestre, tiene el 27% de las familias lingüísticas y un porcentaje enorme de lenguas que se consideran aisladas.”

Con todo y lo académico que es, el libro está al alcance de cualquier lector que se interese, no por sus últimos 3.000 años, como aconsejaba Goethe, sino por sus últimos 14.000 como propone Langebaek.

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PERFIL
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Profesor en la Maestría de Estudios Literarios y en la licenciatura en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás; profesor de Producción de textos en la Universidad Distrital. Articulista y columnista de El Tiempo y comentarista de libros en Lecturas dominicales desde 2003. Autor de Cien remedios para la soledad y Crónica contra el olvido.

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