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Para el gran poeta Luis García Montero, esposo de Almudena.

A los 29 años Almudena Grandes saltó a la fama con un libro provocador, Las edades de Lulú. Fue el libro que, según ella, le dio la vida que quería y la primera de sus cinco novelas llevadas al cine; sería el paradigma de la escritura sin tapujos… su triunfo. Respecto a ese libro y muchos pasajes de otros, dijo que nunca pretendió ir de apóstol del erotismo femenino en España, ni en ninguna parte. Que nunca asumió un papel de escritora erótica; que solo invirtió en la literatura.

Se dio a conocer entre nosotros en Bogotá el 17 de octubre de 2007, cuando presentó en la Luis Ángel Arango su libro El corazón helado. Tanto el título como el contenido de dicho libro provienen de los versos de Antonio Machado: “Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios/ Una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón”. Esa novela sobre historias familiares a lo largo del siglo XX, y que se llevan casi mil páginas, la concibió a los 46 años, y la dejó agotada. Tres años atrás, había publicado otra, que es la causante de que decidiéramos seguirle la pista a su carrera literaria e incorporarla entre nuestras escritoras más queridas, Castillos de cartón, audaz novela sobre tres artistas madrileños durante la famosa “movida”. Una mujer y dos hombres comparten todo: aula de clases, ambiciones, pinceles, canutos o porros de hachís, buhardilla, mesa y cama (en la que son tan creativos como en el lienzo). El sexo es visiblemente su mayor punto de encuentro. Ella se brinda a Jaime y a Marcos sin remilgos ni asomo de cansancio y con la única condición de que los dos la disfruten al mismo tiempo. El amor, la solidaridad, el talento artístico, la alegría y la pasión, los cubre como una nube, hasta el día en que una pistola aparece encima de la cama y anuncia malos augurios. Por supuesto, el que quiera saber que pasó, que se anime y lea la novela.

Pero el verdadero salto a las grandes ligas, el logro literario que la hará pasar a la Historia de la literatura española como una de las grandes, es la pentalogía (publicada enteramente por Tusquets) que se conoce como Episodios de una guerra interminable, a cuyas tres primeras tres entregas me refiero a continuación:

Inés y la alegría:

Con esta novela, la gran narradora madrileña demostró que, ante las deficiencias de la historiografía para narrar acontecimientos que han empujado el curso de la Historia, la novelística es la opción para referirlos. De lo que intentaron ocho mil guerrilleros en 1944 en la frontera franco-española para cambiar el destino de la España de Franco, no hay versión oficial, y, ni los mismos españoles están enterados. Lo ocurrido antes, durante y después de la invasión del Valle de Arán, es el dominio de la voz que le da cuerpo a esta narración de setecientas páginas, y en ello se van casi cuarenta años, desde el final de la Guerra Civil, hasta la muerte del dictador; las casi cuatro décadas que duró el exilio de quienes tuvieron que huir de su país para salvarse; las casi cuatro décadas que necesitó Inés Ruíz Maldonado para construir la épica de su vida: Delatada por su novio, fue apresada y pasó dos años en la cárcel de Las Ventas; otros dos, encerrada en un convento, y uno más bajo la custodia de su hermano falangista. Logró huir a caballo y llegar a las huestes comunistas de su país, apertrechadas en Tolouse, con una pistola al cinto y una talegada de rosquillas con las que conquistó a los guerrilleros. Se casó con el más distinguido de los maquis y se hizo famosa por su cocina. Vivió la ilusión de entrar algún día a Madrid con bandera republicana, hasta cuando sus amigos tuvieron que repartirse la muerte tras un fracaso cantado. Ante tanto majadero discurso de cómo alcanzar el éxito, esta novela muestra, con su tono de nostalgia, la dignidad de la derrota.

  El lector de Julio Verne:

En esta segunda entrega de lo que constituye una especie de episodios nacionales, ya no del siglo XIX como los de Galdós, sino del siglo XX, Almudena arrastra la narración de su personaje Nino hasta las postrimerías del franquismo, pero en realidad la novela se centra en los finales de los años cuarenta. El hijo del guardia civil no es el único protagonista, y, en realidad los dramas individuales son tan intensos que casi no cabe hablar de personajes secundarios. Todos son protagonistas; a todos les cabe ser juzgados como perversos o virtuosos, valientes o cobardes, según la óptica desde la que se les mire, y el lector escoge con quién se va o con quién se identifica, de acuerdo con su esquema ideológico y moral: un guerrillero de leyenda que despertaba tanta ira entre los fascistas, que prohibieron al pueblo cantar la “vaca lechera” pues en su letra aparecía su mote, “cencerro”. Era pues un icono como esos maquis novelados también por Eduardo Mendoza y Juan Marsé; a guisa de Robin Hood favorecía a los pobres y si moría, otro “cencerro” lo reemplazaba. Otro guerrillero, más clandestino, calculador e ideológico era Pepe el portugués, el amiguete de Nino. Con esta pareja, Almudena produce una nueva versión del dúo mítico John Long Silver – Jim Hawkins, de La Isla del tesoro. Es ese uno de los aspectos que le dan una amplia dimensión ética a la novela, pues qué difícil es catalogar a un personaje de bueno o malo. Todos son mudables, todos son sinuosos, todos son inocentes o culpables en “una guerra interminable”.

La tercera entrega de estos “episodios nacionales” la conforma la extensísima novela Las tres edades de Manolita. En ella la autora a la que, a la sazón, aún le faltarían siete años para que se le helara el corazón, muestra la azarosa supervivencia de los republicanos una vez perdida la guerra; la ley del rebusque, el arte del estraperlo y, quizá, una nueva forma de la picaresca. Personajes de laudable caracterización y condición ontológica, tales como, Manolita, María Pilar, Palmera, Toñito, el Orejas, Paco Román y el pintoresco Hoyos, muestran cuán creativas pueden llegar a ser la necesidad y el hambre:

“Ella no había olvidado los paquetitos de papel de estraza que Manolita ponía sobre la mesa cuando no había otra cosa para cenar. Las almendras saladas, las cuñas de queso y los tacos de jamón que la Palmera rescataba de las juergas flamencas para su hermana, volvieron a alimentarla mucho tiempo después, poniendo su imaginación en marcha. Porque aquello eran sobras, esto también, el destino natural de las sobras era la basura, y lo único que necesitaban era sacarlas de allí.”

La gran saga española del siglo XX se completaría con las novelas, Los pacientes del Doctor García, La madre de Frankenstein y Mariano en el Bidasoa, pero esta última, si tenemos suerte y si la alcanzó a terminar, será de publicación póstuma.

Almudena Grandes siempre conquistó al público con su voz recia, grave y llena de energía, y también por las llamativas faldas que usaba para mostrar sus largas y tonificadas piernas morenas. Así como escribía hablaba, y no se cansaba.  Puedo recuperar algunas de las ideas que expresó (algunas de ellas en conversación en público con quien pergeña este artículo), casi todas referidas a uno de los temas que más le entusiasmaban, Novela y memoria:

En España no hay heridas cerradas sino podridas

“Los abrigos blancos siempre me han parecido muy sofisticados, porque son la contradicción entre blanco y abrigo. Lo vi en un cementerio: una mujer iba así al entierro de su padre. De esa imagen salió El corazón helado, aunque la protagonista soy yo.”

“Mi literatura (no sé por qué) siempre parte de imágenes; miro el mundo con ojo narrativo. La imagen promete una historia…ya la trae dentro. No sé por qué, pero la imagen siempre me da el principio, nunca el medio ni el final”

“La moralidad de la Novela consiste en que muestra las consecuencias de los actos; por eso enseña a vivir”

“La función de la literatura, es la re-elaboración de la memoria; eso facilita nuestra actitud frente a la vida. La memoria es lo que empieza cuando termina la historia”

El tema de mis novelas es la memoria. No me interesa contar sobre mujeres que cosen en el balcón. Mi modelo de mujer es la mujer fuerte.”

“Nuestra experiencia del bien y el mal, no se corresponde con la forma como se desarrolla en una novela: El mal en la realidad es esquemático y repetitivo; en la Novela es creativo, ambiguo, no continuo. Con el bien pasa lo contrario”

Al final fueron trece las novelas que nos dejó: Las edades de Lulú (1989), Te llamaré viernes (1991), Malena es un nombre de tango (1994), Atlas de geografía humana (1998), Los aires difíciles (2002), Castillos de cartón (2004), El corazón helado (2007), Los besos en el pan (2015), Inés y la alegría (2010), El lector de Julio Verne (2012), Las tres bodas de Manolita (2014), Los pacientes del Doctor García (2017) y La madre de Frankenstein (2020). Salta a la vista que su género predilecto era el novelesco, tal vez por su caletre para contar historias “interminables” y por el amplio dominio que tenía de la lengua que tanto amó.

Se nos fue pues, este sábado 27 de noviembre, tras batallar a brazo partido durante un año largo con su enfermedad, una de las más grandes, tras habernos dejado tan destacable número de novelas, un entretenido libro de cuentos Estaciones de paso (2005) y cientos de artículos publicados en distintos medios; se nos fue la aguerrida escritora que estaba reconstruyendo como nadie la memoria histórica de la España franquista; se nos fue Almudena y nos dejó con “el corazón helado”.

 

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PERFIL
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Exprofesor del Gimnasio Moderno y de la Universidad Santo Tomás; profesor de Producción de textos en la Universidad Distrital. Asesor pedagógico del New England School. Articulista y columnista de El Tiempo y comentarista de libros en Lecturas dominicales desde 2003. Autor de Cien remedios para la soledad y Crónica contra el olvido.

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