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Foto: AFP / El Tiempo.

La toma del Capitolio de los Estados Unidos, por parte de ultraderechistas afines al presidente saliente Donald Trump, no fue más que un intento de golpe de Estado. Un asunto muy grave que denota la grave crisis por la que atraviesa ese país.

No obstante, ese deplorable suceso puede ser la culminación de un periodo sombrío de la historia estadounidense. Esto ya que está terminando un gobierno que ha sido acusado de ser xenófobo, racista y elitista. Un gobierno que además estropeó la economía doméstica, negó el cambio climático, manejó mal la crisis de la pandemia, conspiró contra la democracia de otras naciones y desconoció el consenso internacional que rige en el mundo.

En cuanto a la xenofobia, el gobierno de Trump será recordado por la construcción del muro en la frontera con México, muro de la infamia que no sólo separa a Estados Unidos del hermano país sino de toda América Latina, algo que evoca los peores episodios del muro de Berlín. Asimismo, siempre se recordará con gran indignación a los niños que fueron enjaulados y separados de sus padres por el simple hecho de ser migrantes, algo que evoca los peores episodios del régimen nazi.

Pero la xenofobia no sólo se ejerció a través del muro, también se atizó el odio hacia las personas de otras culturas como los provenientes de países árabes a los que se les asoció sin ningún fundamento con el terrorismo. O como sucedió con los orientales, a quienes se les señaló de forma irresponsable de fabricar el coronavirus al llamarlo “virus chino”. O como sucedió con los dreamers y demás población de origen latino, a quienes expulsaron de ese país aún cuando toda la vida han vivido allí, han trabajado allí, han pagado impuestos allí y hasta han servido al ejército de allí.

Sin embargo, la xenofobia también se practicó por medio de los visados. A muchos turistas, empresarios, estudiantes, periodistas y hasta diplomáticos, se les negó el ingreso a ese país por razones discriminatorias y políticas. Lo anterior cuando se supone que en ese país está ubicada la capital del mundo y cuando a los estadounidenses no se les exige visa en la mayoría de países. Claramente, los procesos de visado de Estados Unidos deben ser modificados para que sean más democráticos y propios de un mundo globalizado.

En cuanto al racismo y ligado a lo anterior, quedará en la retina mundial la violenta represión policial y militar que se ejerció contra la ciudadanía que se manifestó por el asesinato del ciudadano afroamericano George Floyd. Fueron días de caos donde quedó demostrado que aunque Estados Unidos no hace más que juzgar a otros países por asuntos asociados a los derechos humanos, no los garantiza dentro de su propio territorio. Claramente, se traspasaron todos los límites al punto que los estadounidenses fueron objeto de atropellos por parte de sus propias autoridades, algo que sólo sucede en las peores dictaduras.

El elitismo que se ejerció en los Estados Unidos durante el periodo de Donald Trump fue bastante nocivo para la salud de los estadounidenses y para su economía. Ese elitismo se puede observar en la rebaja de impuestos a las clases más adineradas y, principalmente, a las grandes corporaciones. Rebajas que ocasionaron un déficit en los servicios sociales como el Obama Care, programa que ofrecía atención médica a la población de escasos recursos. Programa que, al ser suprimido, agravó la crisis de la pandemia, pues hoy la ciudadanía carece de un sistema de salud público cuando más lo necesita así como también carece de auxilios de alimentación y desempleo.

A la vez que la población estadounidense de escasos recursos sufre por este tipo de medidas neoliberales, las élites y las grandes corporaciones de ese país se han enriquecido. Un ejemplo son las compañías digitales como Facebook, Amazon, Google, Twitter, Microsoft y Apple que han obtenido ganancias exorbitantes y cuyos dueños son hoy los hombres más ricos del mundo. Notoriamente, esto indica que el sistema no está bien y que se necesitan reformas estructurales de manera que ese tipo de compañías paguen más impuestos, generen más empleos de forma directa y ejerzan una verdadera responsabilidad social y ecológica.

Sin embargo, la economía estadounidense también se afectó por otros factores como fue la guerra comercial que el gobierno de Trump desató contra China, las sanciones que se le impusieron a las empresas europeas y el desconocimiento de los tratados comerciales internacionales.

En cuanto a la guerra comercial que el gobierno de Trump generó contra el gigante asiático, se puede afirmar que es producto del “negacionismo económico” de las élites estadounidenses que no quieren aceptar que Estados Unidos ya no es la primera potencia económica del mundo y que ahora es China. De esta manera, podemos observar la retórica hacia la República Popular, a la cual suelen descalificar de mil formas con la intención infructuosa de excluirla del escenario internacional.

Si Twitter, Facebook, Instagram o WhatsApp fueran de origen chino, Estados Unidos ya las habría sancionado con cualquier excusa, tal como lo hizo con Tik Tok. Si Apple fuera de origen chino, Estados Unidos ya la habría sancionado con cualquier excusa, tal como lo hizo con Huawei y Xiaomi. De la misma manera, podemos afirmar que si Tesla fuera de origen europeo, Estados Unidos ya la habría sancionado con cualquier excusa, tal como lo hizo con el Grupo Volkswagen y tal como lo hará con todas las empresas rivales de otros orígenes.

Estados Unidos pregona el libre mercado y la competencia, pero cuando una compañía de otro país compite de frente, recurre a nacionalismos, impone barreras de entrada y todo tipo de sanciones unilaterales que van en contra del comercio internacional. El gobierno de Trump criticó al comunismo y al socialismo, pero es claro que sus medidas comerciales son reaccionarias y propias de las economías cerradas y de los regímenes que tanto reprochó. Algo que evidencia la pérdida de competitividad de las empresas estadounidenses.

El desconocimiento de los tratados comerciales internacionales por parte del gobierno de Donald Trump es un capítulo aparte. No obstante, podemos resumir el tema en lo nocivo que fue para la economía estadounidense y para el comercio internacional. Ignorar abruptamente y de forma unilateral los tratados firmados con otros países buscando sacar ventaja mediante nuevas imposiciones, hace que Estados Unidos sea considerado como un país inestable, poco confiable y con inseguridad jurídica.

Además, el desconocimiento de los tratados comerciales internacionales por parte del gobierno de Donald Trump perjudicó el comercio que tenía Estados Unidos con otros países. Al principio, pudo parecer una buena idea el imponer nuevos aranceles a las mercancías extranjeras y el exigirle a las grandes empresas europeas y chinas abrir fábricas en territorio estadounidense, so pena de más impuestos. Algunas empresas lo hicieron para no perder su participación en el mercado y junto a los aranceles que se le impusieron a las que no se dejaron chantajear, generó una bonanza económica ficticia y pasajera.

Lo anterior puesto que con el paso del tiempo, tanto China como Europa también impondrán aranceles a las empresas y mercancías estadounidenses, lo que hará que estas vendan menos en el exterior. Asimismo, es claro que Estados Unidos nunca podrá producir a menores costos que China, lo que ocasionará que la producción estadounidense experimente un decrecimiento y que sus industrias terminen operando a media marcha. Esto significa que, con el paso del tiempo, la estrategia económica de Trump sólo le traerá problemas a los Estados Unidos.

El negar el cambio climático que experimenta el planeta será otro asunto por el que se recordará al gobierno de Trump. Es impresentable que el entonces presidente Trump, en pleno ejercicio de sus funciones, haya afirmado que el cambio climático es un invento de China que busca bajar la producción estadounidense. Sin duda, esto se hizo para sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París y así aumentar la producción industrial sin tener que responder por las emisiones contaminantes que destruyen al planeta.

Y esto es algo impresentable por parte de Estados Unidos puesto que atenta contra la vida de los propios estadounidenses y contra la supervivencia humana. El calentamiento global es evidente y ya afecta directamente al territorio estadounidense. Sólo es recordar los huracanes, los terremotos y los efectos económicos devastadores que han tenido y que son superiores a la gananciales ocasionales que generó la irresponsabilidad del gobierno de Trump. Enhorabuena, el nuevo gobierno de Biden anunció que hará que Estados Unidos respete los Acuerdos de París.

El manejo de la pandemia del coronavirus será otro lunar del gobierno saliente. El mundo siempre recordará que un presidente estadounidense le aconsejó a sus ciudadanos inyectarse desinfectante para protegerse del virus. Asimismo, el mundo recordará que Trump se burló de Biden por utilizar tapabocas y que asoció su uso a temas políticos, desaconsejando así a sus partidarios que lo utilizaran. Si a lo anterior sumamos el hecho ya mencionado de acabar con el programa Obama Care, entenderemos por qué Trump se contagió del virus y por qué Estados Unidos es el país más afectado por la pandemia.

En cuanto a la conspiración que el gobierno de Trump efectuó contra la democracia de otras naciones, es otro capítulo aparte. Sin embargo, se pueden destacar dos asuntos que afectan directamente a la región como son las políticas que se ejercen hacia Venezuela y hacia Colombia. En el primer caso, Estados Unidos pasó de acercarse a Venezuela mediante la diplomacia, a reconocer a un gobierno paralelo e ilegítimo como el de Juan Guaidó. Esta estrategia, que fracasó desde el principio, desperdició tiempo valioso en el que el diálogo directo hubiera sido más eficaz para mejorar la relación entre esos dos países. Diálogo que, inevitablemente, tendrá que retomar el nuevo gobierno de Biden.

Estados Unidos y el mundo deben entender que ni Juan Guaidó ni Leopoldo López representan a los venezolanos, pues nadie los eligió y nadie votó por ellos. Ambos personajes se atribuyen dignidades y facultades que no tienen, ambos se enriquecen a costa del pueblo que dicen defender, ambos obedecen a intereses extra-regionales y a corruptas élites que perjudican tanto a Venezuela como a Colombia y que, en últimas, también perjudican a Estados Unidos y al resto del continente americano.

El caso de Colombia es mucho más complejo. Sin embargo, podemos destacar tres hechos importantes. El primero es la complicidad del gobierno de Trump y del Partido Demócrata con el gobierno de Iván Duque y el Centro Democrático. Esta nociva compinchería hizo que Estados Unidos pasara por alto las graves violaciones a los derechos humanos que se presentan en Colombia como son las masacres, el asesinato sistemático de líderes sociales y el exterminio de exguerrilleros reincertados. Asimismo, la censura a la prensa, la interceptación ilegal por parte de organismos estatales, la represión policial y militar a los opositores y la inmensa corrupción gubernamental que tiene sumida en la miseria a la población colombiana.

El segundo hecho es supremamente grave para la democracia pues se trata nada más y nada menos que del intento de acabar los Acuerdos de Paz de Colombia firmados entre el Estado y la ex-guerrilla de las Farc. Esta situación se presentó a raíz del montaje judicial que la agencia antidrogas estadounidense DEA hizo contra algunos de los exnegociadores del proceso en complicidad con el Ex Fiscal General de la Nación-Néstor Humberto Martínez Neira. Montaje que buscaba acusar de manera falsa a los exnegociadores por delitos de narcotráfico. Hechos que fueron evidenciados en un debate en el Congreso de Colombia.

¿Qué más grave que destruir los Acuerdos de Paz de un país? ¿Qué más grave que devolver a una nación a la guerra?,¿Qué más grave que utilizar recursos estatales estadounidenses y colombianos para fines ilícitos? ¿Qué más grave que pretender acabar con un proceso democrático de tal magnitud? ¿Qué más grave que el gobierno de Trump y el gobierno de Duque hayan atentado contra la paz y la democracia colombiana?

El tercer hecho lo configura la campaña política que el uribismo realizó en Estados Unidos a favor del Partido Demócrata y de la reelección de Donal Trump. Hechos que fueron denunciados tanto por senadores estadounidenses como por senadores colombianos que demostraron la injerencia de la ultraderecha colombiana en las elecciones presidenciales de Estados Unidos y viceversa. Este asunto es muy grave ya que se confirmó que el fascismo colombiano está asociado con el fascismo estadounidense para causarle daño a ambas naciones con la intención de perpetuarse en el poder.

Estos tres hechos también nos llevan a comprender el peligro que representan los movimientos ultraderechistas para el mundo. Movimientos que se están asociando y radicalizando e, inclusive, que se están disfrazando de extremo-centristas y alternativos. Movimientos que son nocivos para la paz, para la economía y para la democracia. Movimientos que deberían ser excluidos de la escena política debido a su evidente peligrosidad.

El nuevo gobierno demócrata de Joe Biden tiene mucho por hacer, empezando por solucionar todos los problemas internos y externos que heredó del saliente gobierno republicano. Asimismo, deberá desligarse de los aliados que tuvo Donald Trump en los demás países del mundo. Urge que los estadounidenses eviten la confrontación y la belicosidad y busquen el consenso internacional.

Estados Unidos es una gran nación, pero debe recuperar sus valores democráticos. Los estadounidenses deben volver a las aulas de clase para entender que no son dueños del mundo y que deben respetar la historia, la cultura y la soberanía de los demás países. Asimismo, deben comprender que ya no son la primera potencia del mundo y aceptar su nueva realidad.

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