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La bandera de Bogotá, de Colombia y de la paz. Foto: Juan Carlos Martínez Castro / El Tiempo.

Cada 20 de julio, Colombia celebra su Grito de Independencia, día en el cual empezó su proceso de emancipación de la corona española en la ciudad de Bogotá, donde se usó como pretexto el Florero de Llorente.

En aquel entonces, nuestro territorio estaba sometido por una monarquía absoluta la cual se asemejaba a un régimen totalitario. Muchos sufrimientos debieron pasar los pobladores de estas tierras quienes fueron víctimas de todo tipo de arbitrariedades e injusticias.

El sacrificio que hicieron las anteriores generaciones de colombianos por liberarse y crear una nación independiente, traspasará los siglos. Gesta que se debe recordar cada año para rendirles honor y valorar su legado. Su herencia fue el país que recibimos al nacer, el cual debe ser mucho mejor cuando lo entreguemos a quienes nos sucedan.

Sin embargo, hoy, dos siglos después, nuestra patria está sometida como nunca antes a la miseria, a la injusticia y al horror. El país que liberaron nuestros antepasados junto a Simón Bolívar ha sido dominado por otro imperio y arruinado por la corrupción. Es como si hubiéramos retrocedido en el tiempo, estamos peor que en la época de la colonia.

La democracia ha sido raptada, el pueblo perdió su soberanía y quienes gobiernan son impostores. El Estado se encuentra saturado de burócratas, de apátridas y de villanos que son adulados por fanáticos ignorantes. Mientras tanto, la ciudadanía deambula entre la mediocridad y el conformismo yendo directo hacia el precipicio de su propia ignominia.

Colombia no es libre, los colombianos no somos libres, no cuando nos faltan las mínimas garantías, no cuando nuestro territorio ha sido fragmentado, no cuando nuestros recursos han sido feriados, no cuando se privatiza la riqueza y se democratiza la pobreza, no cuando nuestras fuerzas armadas obedecen a intereses extranjeros y particulares.

Celebrar el 20 de julio en las actuales circunstancias, tal vez sirva para honrar a los colombianos de hace dos siglos, pero no para cambiar nuestra realidad. El que festejemos la libertad no infiere que realmente la tengamos. Si creemos eso, nos estamos engañando, un esclavo no es libre por el simple hecho de celebrar una fecha histórica.

Y es que no se puede considerar que un pueblo sea libre cuando carece de acceso a la educación, a la salud y a la vivienda. No se puede considerar que un pueblo sea libre cuando carece de justicia y prosperidad. No se puede considerar que un pueblo sea libre cuando lo debe todo sin tener absolutamente nada.

Un país no es libre cuando sus pobladores son aterrorizados por quienes deberían garantizar sus derechos, un país no es libe cuando sus habitantes son perseguidos por pensar distinto, un país no es libre cuando solamente le ofrece desamparo a sus moradores, un país no es libre cuando sólo progresa una pequeña élite mientras la gran mayoría sufre de penurias.

Quienes han ostentado el poder en las últimas décadas, han saqueado de forma descarada al país, lo han sembrado de violencia y lo han agraviado al punto de ir en contra de sus valores fundacionales. Lamentablemente, son los mismos que usurpan la nación desde la ausencia del Libertador, los mismos que se pasan el poder de generación en generación a modo de pseudo-monarquía criolla.

Este 20 de julio no hay nada que celebrar, no cuando la población del país está excluida de los derechos que conquistó hace dos siglos, no cuando la mayoría de nuestros conciudadanos carecen de lo mínimo para vivir dignamente, no cuando estamos sometidos de manera infame a prescindir de lo que merecemos y de lo que nos pertenece.

La historia de la emancipación del pueblo colombiano todavía no ha terminado. Sólo conocemos la primera parte, la que gloriosamente escribieron nuestros antecesores. La segunda parte la tendremos que escribir nosotros mismos, somos los designados a defender el legado o a entregarlo sin ninguna honorabilidad y de forma cobarde a nuestros verdugos.

La patria no está muerta, vive en el fondo de nuestros corazones, permanece en lo más profundo de La Gran Colombia y se sitúa frente al Libertador. No es momento de festejar, es momento luchar. Tal vez necesitemos de otro Florero de Llorente que como chispa divina, encienda la llama que nos guíe en la oscuridad con el fin de ensalzar nuestra existencia y recuperar aquello tan sagrado que perdimos, la dignidad.

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