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La entrada de hoy es sobre un lenguaje que siempre he encontrado apasionante, y que es bien distinto del Esperanto, el Francés o el Klingon; la escritura musical, y especialmente la escritura musical actual.

Así como la notación matemática, la notación musical tiene un aspecto estético inherente que me parece muy importante. Así que, si lo que se tiene al frente es una obra de arte por sí misma (una partitura escrita a mano apasionadamente, un libro impreso con bella tipografía), la experiencia casi espiritual de tocar, ese acto artístico, encuentra una profundidad nueva, insospechada; cada segundo que pasa hace parte de un performance único y especial, irrepetible.

No sé si conozcan algo sobre música clásica contemporánea (ojo, es Contemporánea, no simplemente música clásica) así que perdonarán mi intromisión pero aquí va una pequeña introducción. La música escrita por los genios Mozart o Chopin hace doscientos años o más es música clásica. Pero, ¿qué es la música escrita mucho más recientemente por los maestros colombianos Francisco Cristancho o Luis Calvo, autores entre otras cosas de íconos de la música colombiana? ¿Es música clásica? Los estudiantes de música ‘académica’ en la actualidad tienen tras de sí una historia sonora sumamente variada y extensa, y aun ciñéndose sólo a la producción musical ‘estudiada’, es un hecho que los sonidos y tendencias han variado (y bastante) desde la época en que Beethoven caminó por las calles de Viena.

La música clásica contemporánea comprende, a mi modo de ver, la producción de todos aquellos músicos que estudiaron en un Conservatorio o Universidad con énfasis académico. Muchos de estos músicos, luego de estudiar y efectivamente interpretar magistralmente partituras de Debussy y Rachmaninoff, se adentran en la música propia de su tierra natal, ya sea ésta tango, jazz, porro o mazurka. Y generalmente los resultados son fantásticos, pues son visiones actuales sobre una música de denso valor emocional, proveniente de muchos años atrás. Fin de la introducción.

No se aburran; me acerco al punto. Una partitura clásica, en todo el sentido de la palabra, puede verse como la que muestro a continuación; básicamente consta de un pentagrama por renglón, identificado con una clave y una armadura (lo que está a la izquierda), sobre el cual se escriben las notas, que tienen duraciones diferentes y se tocan ‘en orden de lectura occidental’ (de arriba a abajo, de izquierda a derecha). Manifiesto aquí que no he visto todavía una partitura escrita por un árabe. Ojo, porque aquí comienza lo interesante; las anotaciones en texto, en letras, suelen reducirse al título de la obra, el nombre del compositor, y el ‘ánimo’ de la obra, que puede ser lento o rápido, animado o triste, rígido o relajado… y casi todo cuando puedan imaginar. La que viene (que me encanta) es, como verán, ‘lenta y dolorosa’.

Así que, como una página llena de letras en un texto de Saramago, una partitura clásica ‘promedio’ (no arcaica ni modernísima) tiene una especie de orden estándar; una especie de grandes rasgos identificables.

Como en todo, las vanguardias y la ‘modernidad’ llegaron a poner todo de cabeza, literalmente. Ya sean amados u odiados, o respetados ambiguamente, compositores desde Maurice Ravel hasta Philip Glass, pasando por Ástor Piazzola y Alberto Ginastera, introdujeron nuevas formas de crear e interpretar música, dando origen a tendencias y movimientos como el minimalismo o la música electrónica, cuyos exponentes se cuentan por manotadas hoy en día. Es así como, de repente, los pianistas se levantan a golpear el piano en medio de una interpretación, o los violinistas rasgan cuerdas en un aparente caos; los percusionistas hacen de las suyas en la zona de atrás, o simplemente un músico sale a escena para interpretar cuatro minutos y medio de silencio… en música contemporánea se puede ver de todo, y aún así no todo está dicho. Ahora les cuento de algo que acabo de encontrar, que nunca había visto y me gustó mucho.

Lo que quiero hacer notar, y que me parece muy pero muy interesante (y ya llegué a la idea central, aunque casi no llego) es la importancia que ha adquirido el lenguaje escrito (de letras y palabras, no de notas y barras) en la escritura de música clásica contemporánea. ¿Y cómo puede ser eso? Miren la partitura de In C, obra del compositor estadounidense Terry Riley, actualmente vivo. Click para ampliar:

[La imagen la pueden ver aquí. No sé por qué no puedo verla, pero supongo que es porque acabo de subirla. Quizás después sí aparezca.]
  

Las dos páginas hacen parte de la partitura, no sólo la primera. Y falta una. Curioso, ¿verdad?

En pocas palabras, mi punto es que muchas obras de música clásica contemporánea son tan particulares en su interpretación, y tan específicas en su contexto, que cada vez son más y más las instrucciones ‘habladas’ que el compositor debe dar a los intérpretes. Eso por un lado, y por el otro, no sobra recordar que el aspecto figurativo de la obra (en este caso, sólo su sonido) ha venido siendo reemplazado por el aspecto conceptual de la misma (lo que implica; lo que significa), haciendo de la explicación del porqué de la obra una parte vital en el proceso de entender la misma.

Aparte de lo interesante que puede ser todo esto, les cuendo la particularidad de In C, la obra de la partitura de más arriba. Primero que todo, está escrita para el número de músicos que sea, aunque el compositor recomienda que no sean menos de 35, tocando el instrumento que sea. Pero ojo; no se tocan cosas al azar; se comienza por el motivo número uno, eso si, cuando cada uno quiera, y se repite tantas veces como dicte el entendimiento, para luego hacer una pausa, escuchar cómo va la cosa en términos generales, sentir el propio papel al entrar a tocar, y seguir con el siguiente motivo. Así, hasta terminar la partitura. Hermoso, en serio.

El uso de la aleatoriedad se ha impuesto últimamente en todos los campos; doy fe que desde la ingeniería hasta la música, lo random, lo inesperado, lo imposible de predecir, ha empezado a tomarse en cuenta seriamenete y (en estos casos) a utilizarse para bien. Así, se entiende que cada interpretación de una obra es un evento único y variable, que no es exactamente igual siempre, de la misma forma que sucede en un laboratorio. Inclusive hay obras escritas explícitamente para que sean todo lo diferentes que puedan ser, cada vez que sean interpretadas. No me canso de decir que en esto existe todo el terreno por arar, y por inventar y arar y así ad infinitum.

Nos hablamos luego. Espero no haberlos aburrido demasiado.

dancastell89@gmail.com

PD1: Siempre he creído que un músico toca para sí mismo, por el puro placer propio. Qué le vamos a hacer.
PD2: Alguna vez hablé aquí de libros que se leen al revés y otras cosas por el estilo, con los resultados que son de esperarse. Es interesante en realidad, y llamativo.
PD3: Esto no tiene que ver pero llevo un buen tiempo intentando divulgarlo; un blog es distinto a una entrada en un blog. el aleph, este blog, es un blog, una especie de archivador. Y este artículo que estoy terminando es una entrada, una cosa que se añade al blog, que se archiva (periódicamente si uno es juicioso).
Sólo lo digo porque he visto que varios bloggers del tiempo caen en el error. Entonces, pues les cuento. Nos hablamos.

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3 Comentarios
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  1. Me gustó mucho el artículo, dado mi trasegar con la música. Gracias por la aclarción en cuanto al blog y sus entradas. Las partituras muy interesantes sobretodo la última con todos esos posibles instrumentistas. Valdría la pena agregar que la mecánica cuántica se basa en los conceptos de probabilidad y en la estadística en general, además hoy en día la física tiene esa concepción, donde prima es más que la determinación, los promedios ( promedios de choques de moléculas que en última instancia aportan a una presión determinada y así por el estilo), teorías ligadas a la estadística matemática.

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