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Hace unas semanas, una alumna me sorprendió en clase con un relato sobre lo que está ocurriendo en la isla de San Andrés, donde ella vive. Además del brote de violencia expuesto en su momento por los medios de comunicación, me contó cosas sorprendentes que pasan inadvertidas para la mayoría de nosotros.

Por ejemplo, me dijo que muchos de los habitantes del lugar se resisten a usar el casco cuando conducen una moto o bicicleta, porque dizque les da calor, que muchos carros circulan sin placa y muchos conductores conducen sin la debida licencia de conducción.

Le pedí a Michelle, mi alumna, que verificara bien estos datos para elaborar un reportaje en este sitio web y en la búsqueda se encontró con esta información: unos 8.000 vehículos, de los 24.000 que circulan en la isla, no tienen placas y, por supuesto, no pagan impuesto de circulación.

Es una especie de desconocimiento de las normas que también se manifiesta en otros hechos, como que algunos pescadores siguen haciendo sus faenas con arpón, pese a que su uso está prohibido por la Resolución 170 de marzo de 1998, expedida por la Corporación para el Desarrollo Sostenible de la isla.

Un caso similar ocurre en Cúcuta. El diario local La Opinión lanzó recientemente en su sitio web una sección llamada #NoSeaTanToche, que se ha convertido en una colección de fotos de personas violando las normas más elementales.

Un recorrido por esta sección permite ver tres personas en una moto sin sus respectivos cascos, autos mal parqueados, agentes de tránsito haciéndose los de la vista gorda, andenes invadidos, buses dejando a los pasajeros en la mitad de la vía…,en fin.

Los dos hechos llevan a preguntarse: ¿por qué en Colombia hacemos lo que nos da la gana? ¿Por qué no cumplimos las normas? ¿Por qué buscamos esa cultura del atajo de la que tanto nos advirtió Antanas Mockus?

En el caso de San Andrés, se podría decir en una primera respuesta que se trata de una evidente e histórica debilidad del Estado: solo hay 12 policías de tránsito para 27 kilómetros cuadrados; hace tan solo cuatro meses hay oficina para solicitar la licencia de conducción y el trámite de las placas es demorada porque toca hacerlo en Colombia continental.

Pero la respuesta a este comportamiento es mucho más amplia: en San Andrés, Cúcuta y en la mayoría de ciudades lo que se vive es algo que algunos sociólogos llaman la anomía cultural, es decir, cuando no tenemos respeto por las normas que hemos acordado en nuestra sociedad.

El escritor William Ospina en su más reciente libro, ‘Pa’ que se acabe la vaina’, asegura que uno de los principales líos de los colombianos es que no reconocen sus normas, porque consideran que estas son impuestas por una élite que no los representa o que estas no son fruto del consenso.

Esa anomia cultural o ese impulso de hacer “lo que nos da la gana” se acentúa mucho más con comportamientos que observamos esta semana: salir corriendo de un debate sin escuchar al adversario. O lo hemos visto en los últimos años con la salida del país de cuatro funcionarios para eludir el llamado a la justicia.

O lo vimos hace más de una década con un juicio político en el Congreso que solo sirvió para ocultar su crisis institucional y para justificar los graves nexos de una buena parte de la clase política con los carteles de la droga.

¿Que por qué hacemos lo que nos da la gana? Los ejemplos para explicarlo abundan, pero… ¿y las soluciones?

José Antonio Sánchez

@elmonosanchez

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Historias de mascotas, de la ciudad y de sus habitantes. ¡Cómo nos cambia la vida cuando una de estas pequeñas criaturas llega a casa! Con licencia para opinar de otros temas que no sean perros.

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2 Comentarios
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  1. No hay solución a la vista, excepto lo que “aconsejan” algunos foristas: “si no les gusta el país (o la ciudad), pues váyanse !!”, qué tal la perla? Pero, quizá tiene razón, no hay remedio contra un pueblo que no respeta nada ni a nadie, empezando, como dice el blogero, por sus más altas personalidades, como el finquero innombrable del Ubérrimo. Las autoridades son laxas, la ley no se cumple, quienes hacen las leyes son de los primeros en violarlas amparados en su investidura. Entonces, si, va a tocar irse y venir a esta jungla urbana tropical como si se tratara de unas vacaciones extremas, bajo estricta responsabilidad del viajero. Hay que ver a Bogotá, descuidada, insegura, violenta. Lo dijo un político tolimense: “Colombia, país de cafres”; sin remedio como en la novela de Antonio Caballero.

  2. i algunos de los Colombianos ha visto la película DIVERGENTE, (http://es.wikipedia.org/wiki/Divergente_(película) se dará cuenta de inmediato la similitud con la actualidad que se vive en este país, las facciones (roscas) y la intriga por poseer el poder por interés (cualquiera que sea) y NO POR EL VERDADERO ALTRUISMO Y SERVICIO A LOS MENOS FAVORECIDOS. Mientras tanto todos estamos comiendo cuento al uno o al otro y cada uno con su comité de aplausos, pero ninguno de los dirigentes hace la tarea para que nadie se acueste sin hambre, sin enfermedad y sin ignorancia, la VERDADERA REVOLUCION en este país egoísta. La constitución debería recoger el espíritu de UBUNTU, para ser enseñado en todo sistema educativo.

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