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Yo me creo paisa, así de sencillo, soy una paisa de Bogotá. Amo y añoro mi ciudad 2600 metros más cerca de las estrellas, la extraño y no veo la hora de volver a vivir en su caos, pero también, siento un cariño especial por la capital antioqueña que me ha acogido durante casi dos años. ¿Por qué digo tantas cursilerías juntas?, muy sencillo, a mi me gusta la versión del himno antioqueño que la gobernación hizo para el bicentenario y estoy dispuesta a defenderlo. ¿No tienen idea de qué hablo?, no se preocupen, entiendo que estar al tanto de temas tan importantes como el bebé real no les deja tiempo para himnos, bicentenarios y demás nimiedades.

 

El pasado domingo 11 de agosto durante el cierre de La feria de las flores, se estrenó una versión del himno antioqueño hecha por Juan Valencia, integrante de Puerto Candelaria, que involucra nueve ritmos diferentes característicos del pluralismo étnico de las regiones del departamento. El himno está acompañado por un video basado en el mismo concepto, del cuál sólo puedo decir que me resulta conmovedor, ya que mis conocimientos sobre la imagen sirven únicamente para volver calvas a mis amigas en Photoshop.

Están quienes gustan del himno y quienes consideran que esa versión es más bien una aversión. Entre los indignados hay de todo, desde el ignorante que dice que al arreglo “le faltan trompetas para que suene a himno” hasta los más grandes eruditos que acuden a argumentos teóricos y académicos, alegando desafinación y falta de desarrollo en las ideas musicales. -No se preocupen, ni yo entiendo bien de que habla esa gente-. Los inconformes tienen dos argumentos recurrentes, que en mi parecer, no podrían estar más equivocados:

1. El himno es un símbolo y los símbolos no pueden modificarse sin permiso del Congreso o sin haber hecho una consulta previa como mínimo.

Comencemos porque nadie ha cambiado el himno de Antioquia, la gobernación quiso hacer una versión conmemorativa con motivo del los doscientos años de independencia de la región, en los actos oficiales, en el estadio y en las asambleas  departamentales se seguirá escuchando el himno tradicional. Es como la Coca Cola y la Coca cola de vainilla, o el Gatorade y el Gatorade Black, o la Pepsi y la Pepsi azul de navidad, en fin, ustedes ya entendieron.
 
Por otro lado, la música compuesta por el maestro payanés Gonzalo Vidal -adoptado por Medellín desde muy pequeño- no fue modificada en ningún momento . La tonalidad, la armonía y la melodía se conservan intactas y “El canto del antioqueño”, poema de Epifanio Mejía que  corresponde a la letra, también se mantiene ileso. En ese orden de ideas, no habría nada que consultar o tramitar con el Congreso porque el himno tradicional no ha sido alterado, simplemente, cambió su instrumentación.

2. No suena a himno.

Un himno no es necesariamente una marcha. Los himnos pueden ser cantos religiosos y de alabanza como La Marsellesa, marchas como el himno de Colombia, músicas tradicionales y folclóricas como el himno de Japón, piezas operáticas como el del Salvador o fanfarrias como el de los Emiratos Árabes.
 
Suponer que si no está escrito en forma de marcha está mal concebido es un error muy frecuente, culpo a los himnos de los países que se independizaron sobre 1800 por ello, pues tal parece que esa era la moda de ese entonces en Latinoamérica. También culpo al desconocimiento del colombiano promedio, cuya lógica dice que si el himno de su país es una marcha, todos los himnos deben ser marchas, esa misma lógica de tres pesos que le hizo pensar que tenía el segundo himno más bello del mundo y armar una pataleta ridícula cuando salió entre los más feos de los Juegos Olímpicos en el 2012.

A riesgo de sonar como mi abuela, los símbolos patrios se han ido volviendo obsoletos para las nuevas generaciones, los intereses han cambiado y a nadie dice nada el escudo de los gorros frigios. El himno por supuesto no se salva, se encuentra lejos de celebrar ideales nacionalistas o de tocar fibras sensibles en quién lo oye. La nueva versión del himno antioqueño es una apuesta para generar identificación, es mucho más fácil que un niño que vive en las comunas se identifique con el himno que suena a hip hop, a que lo haga con la marcha de siempre, o que los urabeños – apuesto a que ustedes no tenían idea de que Urabá era parte de Antioquia-, se conmuevan más con la estrofa en vallenato que con el platillo marcial.
 
El problema con el himno, no es la embera que se desafinó al principio, los niños que no están bien ensamblados o las trompetas con sonido nasal, mucho menos es el arreglo con ritmos tradicionales o la forma en que se conectan unos con otros, el problema es el mismo problema de siempre, es el complejo de inferioridad que tenemos los colombianos con todo lo de nos identifica. Nos resulta vergonzoso tomar aguardiente y no vodka, comer sancocho y no Ratatouille o usar carriel y no bolso Prada. Lo más irónico, es que el vodka es el aguardiente de los rusos, el Ratatouille es el sancocho de los franceses, y el bolso Prada es el carriel de los italianos, y a ellos, no les da pena.

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Pianista con maestría y títulos inútiles. Amante de los gatos, los tacones y el color morado. Bogotana, medio paisa, con anhelos de mar, pasiones de salsa y nostalgias de sabana. Ha hecho colaboraciones para el El Espectador y las revistas Diners, Cronopio y Cerosetenta.

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