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Los acordes de la guitarra se escuchaban magnificados por los enormes parlantes que daban contra nuestra tribuna a uno y otro lado. Varias luces focales de gran poder, provenientes de adelante, atrás, los costados, la tarima y de las dos grandes estructuras que pendían del techo, hacían brillar a Juanes en la oscuridad, al punto en que todo lo que veíamos era una figura resplandeciente, perdida en un marasmo de luces.

 

La cámara lo enfocó y pudimos verlo en las dos pantallas, frente al micrófono, con un pantalón y una camisa negra ceñida. Su guitarra se balanceaba de un lado a otro al ritmo de sus movimientos. Su pierna derecha se movía hacia arriba y abajo marcando el paso. En un acercamiento se vio su mano tocando las cuerdas de forma ágil, su boca contra el micrófono y sus ojos cerrados. Sus gestos marcados mostraban la pasión que le trasmitía a un público que gritaba emocionado. Ivonne lo mirada con ojos perdidos.

 

– ¡¿Como está Atlántic Cityyy?! –, preguntó en medio de la canción y el público le respondió con un grito agudo.

 

Luces azules y moradas, empezaron a dibujar el escenario a medida en que cantó otras canciones iniciales que abrían el concierto. Las figuras de los guitarristas y otros músicos aparecían entre ellas. El baterista golpeaba los tambores bajo una gran flor de metal, en la que múltiples reflectores llenaban el tablado con un juego de colores.

 

– Qué tal como canta ¿ah? –, dijo Ivonne.

 

Tocaron “Malagente” y Juanes caminó por una pasarela que se adentraba en medio del público. Luces rojas lo alumbraban hasta que llegó a una isla central en la que había otro micrófono. Cantó frente a personas emotivas que le agitaban banderas de Colombia. La canción se acabó y el recinto quedó en tinieblas. Chiflidos y gritos agudos se escucharon provenientes de todas partes.

 

– Esto está pasando ya, ahora, disfrutémoslo. Es aquí; ¡ya! – gritó, y el júbilo fue mayor.

 

El juego de colores continuó a medida en que cantó “La vida es un ratico” y algunas otras canciones de su nuevo álbum, que el público no se sabía bien.

 

El escenario se tornó amarillo y rojo, morado. Juanes iba y volvía hasta la isla central por la pasarela, chocando las manos de algunas personas a su paso. Sus gestos expresivos y movimientos eran seguidos por la cámara que continuaba mostrando su figura y rostro bañado.

 

– ¿Qué tal como suda? –, dijo Ivonne.

 

– Pues con todas esas luces encima –, le respondí.

 

– Yo ya había pasado por aquí y bueno, que maravilla volverlos a encontrar. Definitivamente hoy es un día bien, bien, pero bien especial, muchachos. Gracias por estar aquí –, dijo y empezó a cantar “No creo en el jamás”, una canción que habla de la necesidad de seguir soñando y pensando en que las cosas pueden ser posibles.

 

En aquel momento pensé en que todo el mundo quiere tener un ídolo y necesita tener un ídolo. Que Juanes representaba esa gran voz de todos que necesitaba salir a la superficie y gritar: ¡No más! No más secuestrados, no más violencia, no más actos de cobardía ni de lesa humanidad, no más ataques contra población civil, no más desolación, no más muerte.

 

– Ya vengo, voy a tomar fotos de cerca –, le dije a Ivonne y bajé. Bordeé el tumulto de personas paradas y caminé por el corredor central hasta quedar enfrente de la tarima central, en la que Juanes estaba a unos dos metros de distancia.

 

Luces amarillas que delineaban los extremos de los pétalos mecánicos, encendieron la gran flor de metal, que luego se tornó azul. La imagen de Juanes apareció en blanco y negro en la pantalla, en medio de una tira de bordes perforados con pequeños rectángulos, como los de un carrete de cine. Caminó de nuevo a la isla central en donde tomó el celular de una joven, le preguntó con quien estaba hablando, lo llevó a su oreja y dijo: – ¡Ey! Vamos a mandarle un saludo a Juliana muy fuerte.

 

La saludó, el público gritó entusiasmado, devolvió el celular, dio una especie de venia en la que inclinó el cuerpo hacia delante levantando el brazo derecho, se tapó la boca con la mano, subió el micrófono y dijo: – Que tiene una gripa la hijueputa -, o algo así que no alcancé a entender bien entre el fervor del público delirante. – ¿Quién dijo eso? –, preguntó al tiempo en que se agachó a chocar la palma de su mano con la de un asistente que sobresalía, la limpió en su pantalón a la altura de su muslo, la metió en el bolsillo y se dio media vuelta dándole una indicación a su grupo.

 

– Hijueputa, dijo, hijueputa. Oiga voy a llamar a mi papá, llave -, gritó un tipo a mi lado entre los chiflidos que se escuchaban por todos lados.

 

Juanes se ajustó un micrófono en el oído y empezó a cantar “Para tu amor”, al tiempo en que algunas personas lo acompañaban. Luces azules y rojas aparecían como manchas en la oscuridad, mientras que el público aplaudía al ritmo de la canción y lo acompañaba en la letra.

 

Se devolvió a la tarima principal en la que sobresalían los pétalos de la flor amarilla de seis puntas. Cantó “La paga” y cabó ante un nuevo juego de colores en el que la flor se tornó morada. Caminó de nuevo por la pasarela, ante las cámaras de los espectadores que lo enfocaban sacándole fotos o haciéndole videos, mientras se acercó al punto en el que yo estaba y empezó a apretar las manos de varias personas del público. Cuando la canción se acabó tomó una bandera de Colombia que una de las personas le pasó, la llevó por detrás de sus hombros y estiró sus puntas extendiéndola hacia los lados. Permaneció un instante así, con los colores amarillo, azul y rojo de fondo en contraste con su camisa negra. Tomé una foto y lo capturé abriendo la boca hacia un lado. Se la devolvió al dueño, regresó corriendo hacia la tarima principal, recogió su guitarra, se la colgó y se paró frente al micrófono.

 

– Hay muchas formas de dedicar una canción. A veces es bueno y a veces es malo. ¡Ey! Te dedico esa canción. ¡Pilas! –, dijo estirando su brazo. El público se rió. – O también puedo decir: Ey… te dedico esa canción –, dijo de forma suave moviendo el antebrazo y mostrando la palma de su mano. Las mujeres a mi lado gritaron. – ¿Si o no?; o: ¡Ey! Te dedico esa canción –, dijo en tono resentido manoteando con desdén. El público rió de nuevo. – Depende, ¿sí o no?, éste caso es así, como… bien romántico. Quiero dedicar esta canción a todas las hermosas mujeres que están aquí en la casa esta noche -, un grito generalizado se escucho, – y sin ustedes no podríamos vivir, muchísimas gracias -, dijo retirándose hacia atrás, al tiempo en que el recinto quedó a oscura. Cantó “Gotas de agua dulce”, moviendo sus piernas hacia delante y atrás, y luego balanceando el cuerpo de un lado a otro con los brazos estirados a la altura de su pecho.

 

Tomé algunas otras fotos en las que intenté cuadrar mi cara con su figura en el fondo, hasta que una norteamericana que estaba con el novio, se acercó y me dijo que me la tomaba. Lo hizo y me la devolvió.

 

– Yo sé que estos días pasados han sido de mucha tensión y de sentimientos encontrados, pero tenemos que tener en cuenta, que tenemos que estar muy unidos, eee, een la adversidad, yyyy, me refiero a colombianos extendiendo un brazo a los ecuatorianos, a los venezolanos, a los nicaragüenses, mexicanos, República Dominicana, Argentina, – su entusiasmo fue subiendo, – Costa Rica, Bolivia, Cuba, Atlantic City, todos… Brasil, y construir una sola bandera, muchachos, que es la bandera de la paz, la única bandera que tenemos que tener. Con esa bandera, no importa la clase social, el partido político, la religión -, el público enloqueció, – lo único que importa, es que todos somos humanos y queeee –, dijo trastabillando -, vivimos en un mismo lugar, y que lo tenemos que cuidar, cuidándonos. Eso es lo que dice esta próxima canción.

 

– Hastaaa entoncesss… – gritó una mujer a mi lado.

 

Cantó con entusiasmo “Bandera de manos”, moviendo sus dedos de forma rápida sobre las cuerdas de la guitarra, antes de estirarla hacia arriba, volverla a bajar al instrumento y continuar tocando y mecerse hacia los lados. Las banderas de varios países del mundo aparecieron en la pantalla, al tiempo en que Juanes cantaba con entusiasmo. Intenté tomar varias fotografías en las que salía en un primer plano con la pantalla de fondo, retratando sus gestos expresivos.

 

Me devolví a mi tribuna al lado de Ivonne y Hernán.

 

– ¿Cómo te fue?

 

– Bien, pude tomar unas buenas fotos -, le respondí a Ivonne mostrándole algunas en la pantalla digital.

 

– Waauuuu, estabas super cerca -, comentó al tiempo en que Juanes anunció una nueva canción – … y de ahí viene, del caribe colombiano, muchachos, esta noche frenéticamente presente en la casa para bailarla bien -, dijo antes de que se escuchara el compás de un tambor sosegado de entrada y luego sonaran los acordes de guitarra al  ritmo del rock.

 

– Las imágenes que van a ver son de… – dijo el nombre pero no entendí. – Él ha estado durante más de diez años, fotografiando víctimas de minas alrededor del mundo, por supuesto incluyendo Colombia. En una visita que tuve, hace más o menos dos años, a un municipio pequeñito que se llama Cocorna, en Antioquia, después de haber encontrado y haber escuchado las historias de estos sobrevivientes de víctimas de minas, nace esta canción -, comentó al tiempo en que salía la imagen de seis minas quiebrapatas en la pantalla, tres arriba y tres abajo, seguida por la de una prótesis.

 

Empezó a cantar “Minas piedras” mientras se mostraban imágenes de niños y hombres con las piernas amputadas, algunos sonriendo, otros no, tomas cercanas de sus gestos tristes y cuerpos mutilados por un conflicto añejo y desgastado, pensé, en el medio de la tristeza que la letra despertó.

 

– Juanes es el Bono colombiano -, dijo Ivonne.

 

– Yo te iba a decir lo mismo.

 

Las fotos de rostros de niños, jóvenes, hombres y ancianos, en su mayoría campesinos, mezcladas con las de las minas y prótesis continuaron, hasta que la canción se acabó, en medio de un ambiente general de melancolía, en el que se hacía evidente el cambio de ánimo del público.

 

– Gracias por compartir éste tipo de canciones que vienen del corazón –, agradeció después.

 

– Ellos siempre tienen ese miedo. Yo estuve en el concierto de U2 con el temor de que lo político pudiera opacar lo musical, pero no. Fue espectacular –, comentó Ivonne.

 

– Como latinoamericanos, es muy importante que podamos respetar las múltiples ideas. Eso es un poco lo que dice esta canción -, dijo Juanes y cantó “No creo en el jamás”, en la que se alude a los secuestrados de la guerra.

 

– ¿!Cómo están los ánimos!? -, gritó. El público le respondió animado. Se movió hacia el lado derecho de la tarima, llevó el micrófono a su boca y gritó cantando: – Samannnttttaaaa, Samannnttttaaaa, Samannnttttaaaa…

 

– Samanta es la hija – dijo Ivonne.

 

Samannnttttaaaa, Samannnttttaaaa, gracias por existir… Un aplauso para Samanta que está aquí –, dijo botándole un beso con la mano.

 

– Es coqueto –, dijo Ivonne sorprendida.

 

– Es famoso.

 

Canto “La Rebelión” de Joe Arroyo, y la mayoría de personas se pararon a bailar. En las pantallas apareció la bandera de Colombia con el símbolo de la paz resaltado. Luego se vio el emblema blanco sobre un fondo negro.

 

– Quisiera abrazarlos fuerte, fuerte. Estos momentos se quedan en mi memoria y mi corazón. Con esta canción nos vamos a despedir, ¡papá! –, dijo antes de que sonara la camisa negra. Se movió hacia el lado izquierdo del escenario y luego volvió al lado derecho, en donde extendió el micrófono sobre el público. – Un momento, un momento –, dijo parando la canción: – ¡Vamos a cantar con gueeeeevvvvvvooooooossssssssssss!

 

 

Lea la parte (I) y (II) de la crónica Concierto de paz: Juanes Campeón, en www.eltiempo.com/participacion/escarabajomayor

 

Vea más fotos en www.eduardobecharanavratilova.blogspot.com

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PERFIL
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Mi nombre es Eduardo Bechara Navratilova. Escribo como acto liberador que me ayuda a escapar del mundo, así termine volviendo a él. Me sirve para entender mis propios actos, aunque admito que acabo con más preguntas que respuestas. Tengo defectos despreciables, que dejaré al lector descubrir por si mismo. Detesto los trancones, las modelos y hacer fila en los bancos. Me gusta el fútbol y la rumba, me gusta la gente que persiste. Tengo los títulos de derecho (1999) y literatura (2005) en la Universidad de los Andes. La novia del torero, Editorial La Serpiente Emplumada (2002) y Unos duermen, otros no, Editorial Escarabajo (2006), son mis dos novelas publicadas. No tengo un peso en el banco, pero me he recorrido medio mundo en viajes. El ser humano y su comportamiento son mi tema de fondo.

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5 Comentarios
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  1. Seguro que el que escribió este ultimo comentario es mamerto. Juanes si es un ídolo y su tarea es reconocida así haya gente que no lo quiera y no le guste.
    ——–

  2. La cámara lo enfocó y pudimos verlo en las dos pantallas,frente al microfono con una camisa y un pantalon negro y sus ojos cerrados y lo miraron con ojos perdidos

  3. enriquevallejoo

    Esto es lo que necesita el país. Es una demostración de lo que queremos para el futuro de nuestros hijos. Por que sera tan difícil de entender que el trabajo es lo único que lleva al progreso.

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