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Las tribunas aparecían abarrotadas por espectadores animados a uno y otro lado del coliseo. Bordeamos un largo pasamanos que llevaba hasta el lado oeste, viendo el maderamen del escenario deportivo convertido en una arena política.

 

Un ancho corredor cubierto por un grueso tapete rojo, salía de una de las puertas del ala norte, delimitado por unas bardas de seguridad que conducían a una tarima central de color negro, en la que se apreciaba un micrófono ajustado en su soporte, y una butaca alta de madera con una botella de agua encima. El público rodeaba la barda que protegía el escenario, aunque aún había partes libres.

 

Caminamos hasta la tribuna oeste por la que bajamos por un pasillo entre espectadores que levantaban pancartas azules que decían: Hillary for President, en letras blancas sobre una franja azul con tres estrellas, que conectaba con tres líneas sinuosas, una blanca en medio de dos rojas. HillaryClinton.com, aparecía impreso en la parte inferior.

 

Llegamos hasta el piso de madera, acercándonos a dos metros de la tarima.

 

– Bacano éste puesto, guevón. Aquí la tenemos a nada -, dijo Camilo sonriente.

 

Una bella joven afro-americana con el pelo liso enrojecido, los labios delgados, traje oscuro de paño con saco y falda, bufanda aguamarina y cartera negra de cuero, vio la pantalla de su cámara e hizo cara de sorpresa, una rubia cargaba a su hija de unos tres años contra el hombro. La pequeña niña mulata, aferrada al cuello de su madre, alejó sus ojos al darse cuenta que le estaba tomando una foto.

 

En la tribuna, una joven muy sonriente de chaqueta verde y pelo castaño a la altura de sus hombros, sostenía un afiche que decía: PA ♥ Hillary. Arriba de ella, otra joven de raza blanca y camiseta de Hillary, sostenía uno que decía: This is Hillary Country, y una más, sostenía otro que decía: Hillary Rocks my World. Unos puestos más abajo, un joven rubio de ojos claros y jeans, lucía orgulloso una camiseta blanca en la que estaba escrito en marcador negro: BARACK THE VOTE. Muchas otras personas sostenían pancartas de letras amarillas en fondo azul, que decían: IUPAT for Hillary, 2008.

 

Le tomé varias fotos a la tribuna notando que había personas de raza negra, aunque predominaban mujeres y hombres blancos de todas las edades.

 

Enormes banderas de los Estados Unidos, con las 50 estrellas blancas entre el rectángulo azul y las franjas rojiblancas, pendían detrás de un tablero de basketball recogido hacia adelante y un tablero electrónico rojo empotrado a la pared, en el que estaba escrito TEMPLE de un lado y VISITORS del otro. A su lado, aparecía un pendón rojo que decía: Temple University, Mens Gymnastic National Champions, 1949, junto a otros que indicaban que la universidad había sido campeona nacional de fútbol en 1951 y 1952.

 

En la parte superior de la puerta por la que saldría la candidata, había una pancarta que decía: SOLUTIONS FOR AMERICA. Una alta cortina de tela azul, resguardaba la entrada como el telón de un teatro. A su lado, en una tribuna móvil, aparecían otros asistentes expectantes.

 

– En Pensilvania la cucha es fuerte. Vamos a ver qué va a decir -, comentó Camilo.

 

Detrás de nosotros, contra la otra pared del gimnasio, había un plataforma superior en la que aparecían infinidad de cámaras apuntando hacia el tablado. Del otro lado, bajo la tribuna este, se veía otra de unos quince metros de largo, plagada de cámaras de T.V. y puestos de noticieros, en los que se observaba gran movimiento. Reporteros y camarógrafos se alistaban para comentar la salida de Hillary.

 

El piso del coliseo se terminó de llenar a medida en que esperamos unos minutos más, contagiados por la alegría de los asistentes que gritaban ¡Hillary!, ¡Hillary!, !Hillary!, y el recinto se llenaba con el color de las pancartas que las personas levantaban sobre sus cabezas.

 

– ¿Cómo te parece Hillary? -, le pregunté a una mujer de pelo castaño y amplia sonrisa, quien se presentó con el nombre de Amber.

 

– Por ahora no me ha convencido -, respondió.

 

Cierta agitación se presencio frente a la alta cortina azul. La gritería y movimiento del público se acrecentó, al punto en que era difícil ver lo que ocurría. Levanté la cámara y empecé a tomar fotos del corredor, hasta que se hizo evidente que ya estaba ahí. Me empiné y pude ver su cabeza de pelo rubio corto.

 

Hillary se subió a la tarima y detallé que lucía un traje oscuro de dos piezas. Por debajo del blazer llevaba puesta una blusa rosada, que hacía juego con sus aretes de rubíes y un collar de grandes perlas. La acompañaba un hombre blanco de pelo grisáceo y fuerte calvicie en la corona de su cabeza, que lucía una camisa blanca, una corbata roja y un traje gris de paño en el que sobresalía un pin de Hillary en la solapa.

 

– Es Edward Rendell, el gobernador de Pensilvania -, me dijo Amber.

 

Un hombre de raza negra con un traje oscuro de rayas verticales delgadas, camisa blanca y corbata gris, que llevaba gafas y un candado bien recortado rodeando su boca sonriente, fue el tercero en subir.

 

– Ese es Michael Nutter, el alcalde de Filadelfia -, me indicó.

 

Hillary saludaba hacia una y otra tribuna con el pulgar de su mano derecha pegado al resto de la palma, en un movimiento de brazo que no era ni muy largo ni muy corto. Sonreía mostrando sus dientes superiores.

 

Rendell tomo el micrófono, lo acercó a su boca y dijo: – Quien hubiera creído que las cosas se darían para que nosotros aquí, en nuestro propio Estado, le cambiemos el curso a estas elecciones.

 

Habló durante unos cinco minutos, acentuando la importancia de Pensilvania frente a las elecciones del partido demócrata el próximo 20 de abril, y le pasó el micrófono a Nutter, quien advirtió el momento histórico que se avecinaba en Filadelfia.

 

Hilary, aplaudía y sonreía cada vez que el público se emocionaba. Una vez que Nutter acabó su breve discurso, los abrazó, pasó la mano por el borde de su sien y asumió una postura más sosegada. Llevó el micrófono a su boca sosteniéndolo entre su puño derecho y saludó en medio de la gritería.

 

– Está es mi casa –, dijo y el público gritó. – Por eso entiendo que debemos poner a Filadelfia y a Pensilvania en el lugar histórico que le pertenece, como el Estado industrial que siempre ha sido. Eso no se va a lograr votando por los otros candidatos que son de otras partes, sino por mí que soy de aquí y entiendo que nuestro Estado necesita volver a tener la inversión que los gobiernos anteriores le han quitado. Debemos reforzar las políticas en puntos fundamentales como la educación, que ha demostrado tener tantas fallas. Nuestro país no puede seguir así, de espaldas a los niños -, dijo levantando su brazo izquierdo, en el que pude ver su índice prolongado apuntando al vacío.

 

– Si llego a ser la presidenta -, dijo cambiando de tono, – les prometo que en menos de sesenta días de posesionada, tenemos a todas nuestras tropas fuera de Irak y de vuelta en los Estados Unidos. McCaine dice que si llega a ganar, mantendrá a las tropas allá y que si por él fuera, deberían estar sesenta años más. ¿Cómo les parece eso?

 

– ¡Buuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu! -, se escuchó de forma generalizada entre la concurrencia.

 

Cambió de dirección y caminó por el tablado de cara a la tribuna oeste. Si los irakies no quieren agradecernos por haberlos liberado, eso ya es cosa de ellos. Estados Unidos debe volver a alinearse con el resto del mundo. En Latinoamerica, Europa, Asia y el Medio Oriente, gozamos de muy poca simpatía porque hemos estado en contravía de la dirección adonde van los otros.

 

Volvió a darle la cara a la tribuna este y dijo: – Nuestro país no arranca de cero sino de un puntaje negativo, luego del desprestigio que nos deja George Bush. Tenemos que trabajar muy duro en recuperar nuestra reputación y volver a ser líderes en el contexto mundial. Si se necesitó un Clinton para limpiar los estragos de un Bush, se necesita de otro Clinton para limpiar los estragos del otro Bush.

 

El público gritó y aplaudió animado.

 

– Si tuviéramos a Henry Ford enfrente y le preguntáramos qué cambios ve con respecto al mundo de hace 80 años, nos diría que en su época no existían satélites, ni computadores, ni Internet, ni todo un universo digital y electrónico que hoy tenemos, pero si abriera el capó de un carro, se impresionaría al ver que el motor de combustión aún sigue funcionando después de tantos años. Ya es hora de cambiar estos motores contaminantes. Si en los sesentas nos propusimos llevar un hombre a la luna y lo pusimos allá, ahora nos vamos a enfocar en producir medios alternativos de energía.

 

Nuevos aplausos y gritos de ánimo se escucharon.

 

– Vamos a trabajar sin descanso en desarrollar nuevos combustibles que sean amigos del medio ambiente. No podemos seguir dependiendo de los países productores de petróleo así como lo venimos haciendo, en beneficio de unos pocos como la familia Bush.

 

Se escucharon gritos, chiflidos y aplausos.

 

– Cómo te está pareciendo -, le pregunté a Amber.

 

– Me han gustado algunas cosas que ha dicho -, respondió.

 

– Voy a llamar a mi papá -, le dije a Camilo. Saqué el celular de mi bolsillo y marqué los números de la tarjeta telefónica, esperé a que me diera las indicaciones, metí el pin y marqué a casa de mis papás en Bogotá.

 

– ¿Aló? -, contestó mi hermano.

 

– Danny, guevón, ¿imagínate a quién tengo a dos metros de distancia?

 

– No sé, guevón, dime.

 

– Alguien muy importante en Estados Unidos en este momento.

 

– ¡Guevón! ¿Barak?

 

Tuve que agacharme para no molestar a las personas a mi lado. Me contó que papá no estaba, antes de que una nueva gritería me dificultara hablar con él. Me despedí y colgué.

 

– La crisis económica en la que nos deja éste actual gobierno es un resultado de muchos factores… –, comentó Hillary.

 

– Voy a llamar a mi mamá -, le dije a Camilo.

 

– Espere y la llama después, guevón; se está perdiendo lo que la cucha está diciendo.

 

– La gracia es ahora -, le respondí.

 

Marque a su oficina y esperé a que atendieran.

 

– No te creo, ¿dónde estás? -, preguntó cuando le conté.

 

– En la universidad.

 

– ¿Qué está diciendo?

 

– Que si llega a quedar presidente saca a los soldados de Irak.

 

Le conté otras cosas mientras veía a Hillary acompañando su discurso con el moviendo de su brazo izquierdo, al tiempo en que enfrentaba una y otra tribuna. Colgué en medio de una nueva gritería. Saqué algunas fotos en las que se veían sus gestos y caras expresivas de ojos vivaces. Tomó la botella de agua, la destapó, puso un poco en un vaso de vidrio y tomó un sorbo. Peinó un mechón de su frente con la mano y continuó.

 

– No podemos seguir viviendo en un país en el que hay intereses tan altos en los préstamos para la educación. Debemos suavizar estos intereses para que todo el mundo tenga acceso a estudiar en las universidades; me gusta preguntarles a los estudiantes lo que pagan por sus intereses anuales, quiero que me lo digan ya mismo dijo mirando hacia el público.

 

– 13 -, gritó una voz desde la tribuna.

 

– 13 -, repitió Hillary Clinton.

 

– 17 -, gritó otra.

 

– 17 -, repitió ella.

 

– 23.

 

– 23 -, repitió de nuevo.

 

– 26 -, dijo un hombre parado a mi lado.

 

– Donde está, donde está -, preguntó Hillary apuntando con su brazo estirado a donde estábamos. Apreté el disparador de mi cámara tomándole una foto. La vi en la pantalla digital señalando hacia nosotros.

 

– Mira esta foto – le dije a Amber.

 

– Mándamela por Internet porfa -, me dijo sacando una tarjeta de la universidad que tenía su correo electrónico.

 

– ¿Ya te ha ido convenciendo? -, le pregunté.

 

– Un poco más -, respondió.

 

– ¿Quieres que te tome una foto con ella?

 

– Sí -. Sonrió y le hice un primer plano con Hillary de fondo, poco antes de que se despidiera entre un fuerte aplauso.

 

– Interesantes las políticas de la cucha -, dijo Camilo mientras caminábamos hacia una de las puertas de salida.

 

– Deme un segundo -, le dije al ver una escalera de dos escalones en la que me subí a fotografiarla, mientras saludaba a algunas personas de la concurrencia.

 

– Ese banco es del camarógrafo -, dijo Camilo señalando a un hombre de barba con una cámara de T.V. sobre el hombro. Lo miré.

 

– Úsala por ahora -, comentó.

 

Aproveché mi lugar de privilegio, tomándole fotos a Nutter y luego a Hillary, quien venía saludando gente custodiada por varios guardaespaldas a su alrededor. Cuando iba a pasar por enfrente, el camarógrafo reclamó su lugar y me bajé. Levanté la cámara sobre un par de periodistas y empecé a disparar sin descanso, hasta que una foto captó mi atención. Aparecía con la aboca abierta, las cejas subidas, los párpados redondos y los ojos azules dirigidos hacia delante en un gesto de sorpresa. Sujetaba un marcador negro con ambas manos.

 

– Mira la foto que tomé -, le mostré a un fotógrafo parado a mi lado.

 

– Oye, podrías vendérsela a un periódico por unos mil Dólares.

 

– La quiero para mi Blog -, le respondí.

 

 

Vea más fotos en www.eduardobecharanavratilova.blogspot.com

 

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Mi nombre es Eduardo Bechara Navratilova. Escribo como acto liberador que me ayuda a escapar del mundo, así termine volviendo a él. Me sirve para entender mis propios actos, aunque admito que acabo con más preguntas que respuestas. Tengo defectos despreciables, que dejaré al lector descubrir por si mismo. Detesto los trancones, las modelos y hacer fila en los bancos. Me gusta el fútbol y la rumba, me gusta la gente que persiste. Tengo los títulos de derecho (1999) y literatura (2005) en la Universidad de los Andes. La novia del torero, Editorial La Serpiente Emplumada (2002) y Unos duermen, otros no, Editorial Escarabajo (2006), son mis dos novelas publicadas. No tengo un peso en el banco, pero me he recorrido medio mundo en viajes. El ser humano y su comportamiento son mi tema de fondo.

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