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Subimos los últimos escalones, llegando a un amplio hall de entrada en el que había varios agentes de seguridad y voluntarios dando indicaciones.

 

– Enciendan todos los aparatos electrónicos que tengan. Celulares, cámaras, Ipods -, dijo una joven supervisando que así fuera.

 

– Mierda, preciso cuando no tengo casi pila -, le dije a Dan.

 

Tres largas filas, se extendían frente a unas máquinas de rayos X y tres puertas detectoras de metales, en las que guardias vestidos con prendas negras, guantes y pistolas colgadas al cinto, inspeccionaban de forma minuciosa a cada uno de los asistentes que entraban al salón.

 

– Esto parece un aeropuerto. Por eso es que la gente llega a las cinco pero el evento no arranca sino hasta las siete, por toda la seguridad que hay -, comentó Dan.

 

– Y eso que éste es el evento más pequeño que Barack ha tenido en meses -, dijo una voluntaria que nos escuchó. Nos dejó pasar una vez que otra persona le dio la señal.

 

Caminamos sobre el elegante tapete hasta la mitad del hall de entrada, ubicándonos en una de las filas, desde donde podíamos ver a un guardia inspeccionando los zapatos de un asistente.

 

– Éste evento es interesante porque es para voluntarios. Vamos a ver cómo los motiva Obama –, le dije a Dan antes de que pasara bajo la puerta detectora de metales.

 

Deposité mi cámara encendida, el celular, las llaves, la billetera y las monedas sobre una mesa aledaña, esperé a que me lo indicaran y pasé. Un guardia me pasó otro detector por el cuerpo, que dejó salir un ruido electrónico cuando se acercó a mi pecho.

 

– ¿Qué tienes debajo de la camisa? – me preguntó.

 

– Nada, deben ser los botones que son de metal – respondí.

 

Volvió a acercarla por encima de ellos y me dejó pasar. Alcancé a Dan que me estaba esperando cerca de unas grandes puertas de madera, y entramos a un largo salón en el que tres columnas de asientos de aluminio con tapices de tela, se extendían en hileras desde adelante hacia atrás. Caminamos con rapidez llegando hacia la parte de adelante, en la que nos sentamos en la fila 10, bastante cerca de la tarima.

 

– Quedamos muy bien ubicados -, dijo Dan emocionado. ¿Cuantas sillas crees que haya en todo el sitio? -, preguntó.

 

– Unas mil o algo así -, respondí detallando el salón de paredes pintadas de color crema con acabados en madera clara, que decoraban el alto salón de techo curvo. Una joven mujer afro-americana de falda y blazer oscuro se sentó a mi lado, aplaudiendo con las palmas de las manos al ver el tablado cerca.

 

– Esto va a ser demorado -, dijo Dan mirando el largo salón con las cientos de sillas vacías. Sabes que la imagen de los Estados Unidos ha mejorado en el mundo ahora que Barack y Hillary se proyectan como serios candidatos. Pasó de un veinte por ciento a un treinta por ciento de aceptación – comentó entusiasmado.

 

Voy a aprovechar para llamar a mi papá y contarle que estoy aquí – le dije. Saqué la tarjeta telefónica, el celular y marqué a Bogotá.

 

– Estoy sentado en la fila 10 para ver a Barack Obama –, le comenté cuando contestó.

 

– ¡Ah sí! Yo estoy ahora mismo leyendo el principio de su libro The Audacity of Hope. Voy en una parte en la que Obama dice que admira mucho a Robert Byrd. Un senador que fue zapatero y luego trabajó en un astillero en el que se construían los barcos de la II Guerra Mundial. Según Barack él lo ha influenciado en su formación política.

 

– ¿Qué más has leído que te parezca interesante?

 

– Cuando Barack estuvo con su mujer en Kenia, la tierra de sus ancestros, se decepcionó mucho al darse cuenta de que su propia familia se entrometía en sus asuntos. Dice que en los Estados Unidos existe un gran sentido de libertad. La gente respeta la vida y las cuestiones de los demás. Me parece que Barack tiene mucho carisma y que es un hombre que defiende mucho los principios. También escribió que cuando era joven, le fastidiaba que su abuelo le reclamara por devolverle el carro sin gasolina o por no sacarle todas las gotas a la caja de leche, antes de botarla a la caneca. Dice que con los años se ha dado cuenta de lo importante que eran todas esas enseñanzas de su abuelo.

 

Me iba a contar algo más, pero un joven voluntario con saco a rayas tomó el micrófono y empezó a animar a las personas, agradeciéndole a los diferentes grupos de voluntarios de Filadelfia. Colgué en la mitad de los aplausos mientras el salón se iba llenando.

 

– Démosle la bienvenida a la persona encargada de coordinar a todos los grupos de voluntarios de Filadelfia – dijo. Una joven subió al escenario en medio de un fuerte aplauso.

 

Era una mujer mestiza de unos veinticinco años que lucía un saco blanco y unos jeans. Le agradeció a otros grupos que mencionaba en medio de más aplausos, hasta que su discurso adquirió un tono más político: – Lo que el resto del mundo debe entender, es que nuestro país no es perfecto. De hecho estamos lejos de serlo, pero tenemos gente buena y la capacidad de ayudarlo. No queremos que los demás sigan juzgando a los Estados Unidos y sus millones de ciudadanos, por las malas decisiones de una persona -, concluyó en medio del jubilo de los asistentes emotivos.

 

El voluntario de saco a rayas volvió a tomar el micrófono. Eché un vistazo a mí alrededor detallando a los asistentes. Frente a mi vi a una mujer afro-americana de unos cincuenta años con el pelo rasta, junto a otra de boina y saco verde. Al otro lado del corredor, un hombre blanco de unos cuarenta y cinco años, con fuertes entradas en la frente, se sentaba cruzando la pierna. Tras él, un hombre afro-americano de corbata de triángulos azules, camiseta amarilla y chaqueta de cuero negra, miraba la pantalla de su cámara. Detrás de nosotros hablaban dos amigos entre si, uno de raza blanca y pelo rubio, que lucía una chaqueta con el cuello de peluche, un mulato de amplia frente y boca prominente, que llevaba puesta una chaqueta habana y una camisa de polo anaranjada. Un joven de rasgos orientales, gafas rectangulares y pelo liso, que vestía una chaqueta de pana y un saco con los símbolos de alguna fraternidad universitaria, aparecía después de ellos.

 

– Todos tenemos un papel que jugar en estas elecciones. Nosotros somos el músculo que le puede dar a Barack el triunfo. No podemos perder un solo minuto, debemos trabajar en cada uno de los barrios y universidades para lograr que… –, paró un segundo cuando otra persona le indicó algo desde atrás. – Ya se está acercando el momento –, dijo y el auditorio se agitó. Algunas personas se levantaron de sus sillas y otras se movieron de forma inquieta esperando el instante en que Barack saliera.

 

El voluntario se bajó de la tarima y sonó la canción “We will rock you” de Queen. Un hombre blanco de edad, con un gorro café de veterano de guerra, empezó a bailar enfrente de su asiento moviendo la cadera hacia los lados. Varias personas a su lado se pararon a acompañarlo.

 

Una de las puertas de madera se entreabrió detrás de la tarima y el auditorio se levantó con pancartas azules de Barack Obama.

 

Una mujer de raza blanca salió de la puerta y caminó hacia el micrófono.

 

– Sí -, dijo señalándolas con la mano, – Barack está detrás de esas puertas –. La concurrencia aplaudió con júbilo y pude sentir que el torrente sanguíneo de todas aquellas personas se aceleró en ese momento. – Nos dijeron que no podíamos optar por la presidencia y aquí estamos – comentó. – Nos dijeron que los afro-americanos no se podían mezclar con los blancos, los latinos, los nativos-americanos, los asiáticos y aquí estamos todos mezclados. Nos dijeron que jamás llegaríamos lejos y mírenos dónde estamos. ¡Si se puede! ¡Si se puede! ¡Si se puede!…

 

– Yes we can! Yes we can! Yes we can!… – coreaban las personas con fuerza cuando la vimos bajar de la tarima. La puerta se abrió y la gente se paró de sus asientos visiblemente excitada. Me pareció verlo, pero el corredor se llenó de personas que nos taparon la vista y los asistentes que estaban delante de nosotros se pararon encima de sus asientos.

 

Espere la crónica: De cara a Barack Obama parte (III) muy pronto. Lea la crónica: De cara a Hillary Clinton en www.eltiempo.com/participacion/escarabajomayor

 

Vea más fotos en www.eduardobecharanavratilova.blogspot.com

 

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Mi nombre es Eduardo Bechara Navratilova. Escribo como acto liberador que me ayuda a escapar del mundo, así termine volviendo a él. Me sirve para entender mis propios actos, aunque admito que acabo con más preguntas que respuestas. Tengo defectos despreciables, que dejaré al lector descubrir por si mismo. Detesto los trancones, las modelos y hacer fila en los bancos. Me gusta el fútbol y la rumba, me gusta la gente que persiste. Tengo los títulos de derecho (1999) y literatura (2005) en la Universidad de los Andes. La novia del torero, Editorial La Serpiente Emplumada (2002) y Unos duermen, otros no, Editorial Escarabajo (2006), son mis dos novelas publicadas. No tengo un peso en el banco, pero me he recorrido medio mundo en viajes. El ser humano y su comportamiento son mi tema de fondo.

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