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El aire de Nueva York me entra
delicioso por la ventana. Cuando vengo a Manhattan me siento libre. El ambiente
cosmopolita, lleno de personas de diversas nacionalidades y culturas, me
permite descansar de la atmósfera monótona que respiro en Filadelfia.

Huston Ripley toma el ´Brooklyn Bridge´
y acelera por uno de sus carriles. La estructura metálica tiene más de un siglo
y sigue siendo imponente. Kata Mejía pierde su mirada por la ventana. Me acaba
de contar que está esperando un niño. Lo van a llamar Huston Camilo. Al decirlo,
sus ojos brillaron de felicidad. Contrastan con la tristeza que muestra al
hablar de Camilo Mejía Restrepo, su hermano, secuestrado y asesinado por las
FARC en 2006.

Han pasado cuatro años, pero su
familia aún vive la desolación de su pérdida. La mastica en silencio porque no
hay nada más que hacer. Cuando a ti te matan a alguien se te rompe algo por
dentro, algo que nada puede enmendar.

Tomamos  la oreja que pasa bajo el ´Brooklyn Queens
Expressway´, bajamos por Adams Street, recorremos algunas otras calles de
´Brooklyn Heights´ y nos parqueamos frente a la puerta que lleva a la galería A.I.R.
en Front Street. Ayudamos a subir la mesa, algunos repollos, la lana, la aguja de
tejer y demás implementos que Kata va a usar en su ´performance´. Nos
despedimos de Huston, quien tiene que hacer una vuelta, y Kata y yo entramos al
restaurante “Café Bar”. Me siento en una mesa y la espero mientras se lava las
manos. Vuelve, se sirve un vaso de agua, toma un sorbo, posa una mano sobre la
otra y me mira.

–¿Puedo hacerte unas preguntas para
incluirlas en la crónica?

–Claro –responde entrelazando los
dedos.

–¿Cuál es la filosofía del
performance?

–Cuando pasa algo que cambia tu vida
y quieres volver el tiempo, te encuentras con la impotencia de que ya no hay
nada que se pueda hacer. No se puede deshacer el daño–. Escribo su respuesta en
mi libreta–. Va de la mano con esa sensación de querer deshacer lo hecho. En la
religión católica hay una metáfora de una gallina a la que despluman: en ese
caso la mujer chismosa quiere dañarle la reputación a alguien y tiene que
desplumar la gallina.

–¿Cómo te surgió la idea de
´Mending´?

–Pensé en una forma artística de
cómo representarlo y volver de la desintegración a la unidad y armonía. Ahí surgió
el repollo como una metáfora. La acción de coser es otra forma de reconstruir y
volver a juntar las partes –dice plegando una mano contra la otra–. La hoja de
repollo en la cara simboliza el poner el alma en la cara. Quiere decir que yo
soy parte del mismo repollo. No soy un agente externo, sino que estamos hechos
de la misma materia. “Polvo eres y en polvo te convertirás”.

Levanto los ojos de mi libreta. –¿Cómo
ha afectado tu obra la muerte de tu hermano?

–Su destrucción me tocó y también me
destruyó. Por eso el título de la exposición: Enmendando.

–¿Enmendando algo que no se puede
enmendar?

–Exacto. Al final termino en diálogo
con el performance.

–¿Puedo tomarte una foto? –pregunto
cámara en mano.

Dibuja una leve sonrisa. La tomo.

Almorzamos unos sándwiches hablando
de algunas otras cosas. Su tristeza profunda es evidente. Le viene de adentro, de
su ser más íntimo.

El nacimiento y la muerte se tocan.
Marcan el principio y el fin de la vida. Ambos deberían ser eventos naturales,
si viviéramos en un mundo ideal. En el caso de Camilo Mejía Restrepo alguien
dio una orden criminal, alguien haló un gatillo. Una vida valiosa, tan valiosa
como la de todos los otros seres humanos, se perdió sin sentido. Cuando a uno
de los tuyos le pasa eso, caminas por la vida con desasosiego, una desilusión
que corroe tus músculos y llega hasta los huesos.

Subimos a la galería. Mientras Kata
se alista aprovecho para repasar su pasado en un libro de la exposición
“Feeling what no longer is”, que Serra Sabuncuoglu presenta como curadora en la
galería. Hace un par de semanas publiqué una crónica de su último performance
llamado “Healing”, realizado en el verano de 2009, en el que Kata mete el pelo
en un balde con tinta roja y deja trazos de “sangre” en las paredes y el piso
de la galería. Es uno más de una serie de montajes que ha tenido que hacer para
ir expiando la rabia que tiene atragantada. Nadie quiere que le maten al
hermano, ni al papá, ni al hijo. No hay razón que valga, mucho menos cuando es
por un motivo tan deleznable como el chantaje.

Le quita las hojas a los repollos en
silencio y las apila sobre la mesa. Lo hace como si fuera un ritual. Está
deshojando a los vegetales como se desplumaría la gallina. De forma metafórica
recrea la destrucción de su hermano. Levanta la cara y me mira con ojos
profundos. Nadie más que ella sabe lo que está sintiendo.

Vuelvo al libro de la exposición. Serra
dice que Kata se vale de su agonía interior y la vuelve un evento público. Usa su
cuerpo, el espacio y los objetos que la rodean para canalizar el peso emocional
de su pérdida. “A través de sus gestos dicientes, la artista busca exorcizar el
dolor, pero revela el reto sin fin de enfrentar el vacío”. Más adelante, dice
que Kata ha utilizado el arte para procesar lo inconcebible y que eso ha
servido de catarsis. “A través de los años su trabajo puede ser interpretado
como las diferentes etapas del duelo”. En contraste con “Healing”, que es
silencioso, la artista ha expresado su rabia en trabajos como “Urban Rites”, un
´performance´ en el que estrella platos de porcelana en contra de la pared
acompañados de gritos agónicos, y en “Castigo”, donde golpea un blanco con un
cinturón hasta que el blanco queda destruido. Según Serra, Kata pretende una
retribución, pero la futilidad inherente a sus actos no le brinda consuelo.

A medida en que se acerca la hora el
lugar se va llenando de gente. Nos vamos tras bastidores y Huston la ayuda a arreglarse.
Kata luce un saco negro con cuello de tortuga y un pantalón del mismo color. Se
pone la hoja de repollo en la cara como si fuera una máscara. Sus ojos visibles
tras los pequeños orificios circulares. Su apariencia de ´mujer-repollo´ me
acuerda la imagen de un ´hombre-alga´ que de chico vi en la película de un
submarino. Supongo que así camina uno por el mundo cuando tiene el alma rota,
como un monstro errante que la sociedad estigmatiza. La gente se aleja de
aquellos que sienten dolor. Apartan la mirada porque mirar el dolor a la cara
nos perturba. Preferimos negarlo antes de enfrentar su traumatismo, dejarnos
llevar por una sensación que nos roba la energía. Es más fácil pintar bodegones
o paisajes maravillosos. Es más fácil ver la foto de una playa paradisíaca en
la que nos imaginamos bailando y enamorando a la persona de nuestras vidas, que
ver el retrato de una guerra, la pobreza o la inmundicia humana.

Salimos al cuarto central de la
galería. Serra nos saluda con un abrazo cálido e introduce “Mending” a los
asistentes. Kata se sienta tras la mesa. Luce como un fantasma contra el cuadro
Walking With Divided Heads Downwards
de la griega Sophia Petrides, en el que aparece una especie columpio infantil
que de lejos parece un demonio oriental con los dientes grandes. Toma la aguja para
tejer, le inserta la lana, toma una de las hojas del repollo y pasa la aguja
penetrando su centro. Toma otra hoja y hace lo mismo. La pliega contra la
anterior y vuelve a tomar otra. Le pasa la aguja por entre el medio, las
acomoda, sube el brazo para extender el hilo y sigue con la siguiente. Su
angustia es evidente. Sus movimientos rápidos exponen su urgencia por arreglar
el repollo, llevarlo a su estado anterior lo antes posible. ¿No es eso lo que
todos hacemos cuando algo se rompe? Intentar volver el tiempo atrás. Eludir ese
momento en el que algo o alguien dejo de existir. Rehusarnos a aceptar su
pérdida porque hace un minuto estaba ahí, en nuestras manos, incidiendo en el mundo
con su existencia. Respiraba y amaba, era un ser sexuado y sexuante, un ser consciente
y susceptible. Alguien capaz de entender que le están quitando la vida sin
sentido. Y en una vuelta de ruleta se convierte en éter, transfiriéndonos el
dolor crónico de una mutilación.

Kata sigue tejiendo las hojas. A
medida en que las apila su angustia crece. El público la mira con rostros de
gestos torcidos, como quien tuerce la boca ante algo que le fastidia. Qué
bonito mostrarle el sufrimiento a la gente, decirle: ¡Hey, sí, acá! ¡Mírenme!
Pueden ver lo que estoy sufriendo. Soy parte de este mundo así no esté bailando
en una playa en Brasil, Ibiza o las Bahamas, soy parte de este mundo así no me
ría sino llore, soy parte de este mundo cruel y despiadado que les estoy
mostrando a la cara. ¡Mírenme! ¡Aún estoy viva! Puedo respirar y puedo
procrear: cargo un bebé en mi vientre.

La vida y la muerte, una frente a la
otra. La angustia de vivir frente a la angustia de morir. La felicidad y la
tristeza como las caras de una moneda que en algún momento caerá en el lado de
la tristeza. Te caerá a ti y me caerá a mí.

Nadie escapa de eso. Kata pasa la
aguja por el tallo de otra hoja. La lana se le enreda. Extiende el brazo para
intentar desenredarlo. Puedo sentir su respiración acelerada por debajo de la
máscara, puedo imaginar su rostro y el momento en que la golpeó la noticia.

Le tomo unas fotos. Serra se las
toma del otro lado con su super-cámara. Vuelvo a mi libreta de apuntes, intento
describir la forma en que va tejiendo el repollo, en que sostiene las hojas
apiladas en su mano y da una nueva puntada intentando no perder tiempo, está
obstinada en enmendar el repollo.

Romper algo es fácil. Basta un
movimiento mal hecho, un gesto, una actitud o una palabra. Puedes durar siglos
construyendo una ciudad y verla caer en un instante; basta la detonación de una
bomba. El mundo es un cuerpo endeble en la inmensidad de un universo
desconocido. El hombre ha tardado milenios en evolucionar, ha sufrido el karma
de la existencia, el flagelo del hambre, la condena de la peste, ha pasado por
catástrofes apocalípticas, se ha visto destruido y vuelto a renacer. Hemos
vencido el temor de lo desconocido, construido ciudades con cimientos que
parecen desafiar al tiempo, hemos vencido enfermedades salvajes, pero aún así,
desconociendo las enseñanzas de la historia, nos enfrentamos a eso que más
tememos: a ese lobo hobbesiano que aún aúlla en nosotros mismos.

¡Maldita sea! Cuando entenderemos
que hierro con hierro deja sangre y desolación, que el que a hierro mata a hierro
muere y que de hierro en hierro los ríos de un país se van llenando de sangre. De
la muerte no queda sino dolor. ¿Acaso es tan difícil saber que nuestro peor
enemigo somos nosotros mismos?

Kata teje una y otra hoja. Sus
movimientos son erráticos. A medida en que las acumula se le va volviendo
difícil sostener el repollo. Lo sostiene con el brazo izquierdo, lo cuida. Toma
una nueva hoja, la pone sobre el cuerpo amorfo, acomoda la aguja, la hunde y la
cruza de un lado a otro. Hala el hilo de forma metódica para coserla con el
resto del repollo. Una de las hojas se cae. Otra cuelga del hilo. Toma una
nueva hoja y la atraviesa con la aguja.

Un niño con una chupeta entra a la
galería, la mira con los ojos bien abiertos. Saca el dulce de su boca, arruga
el borde de sus ojos, baja sus párpados y deja caer sus brazos. Su lenguaje
corporal cambió en un instante, no estoy seguro que sepa lo que está viendo
(las demás galerías están abiertas y la gente entra y sale del lugar), pero es
evidente que la imagen lo choca, nadie tiene que decirle que es el
´performance´ de una artista colombiana que perdió a su hermano a manos de la guerrilla,
para que él entienda la angustia y desolación que habita en la persona que está
detrás de la máscara.

Kata sostiene el repollo con
esfuerzo, lo recoge contra su pecho, pone una nueva hoja, la teje. Vuelve a tejer
otra hoja. Teje otra y otra más, hasta que el repollo se vuelve muy pesado y lo
pone sobre la mesa. Lo acomoda de nuevo y lo vuelve a aprisionar contra su
pecho. Le pone una nueva hoja, la teje. Trata al cuerpo amorfo como a un bebe
al que cuida y quiere alimentar. Como a una criatura que no responde a sus
cuidados, un cuerpo inerte y sin vida. Intenta consolarlo, no dejarlo ir, se
niega a aceptar que nada volverá a su estado anterior, en el que el repollo
tenía tallo y sus hojas estaban sujetas de forma intrínseca desde su gestación.

El hilo se enreda como metáfora de
lo difícil que resulta volver a unir lo que se ha destruido. Algunas hojas caen
al piso. Lo sube con dificultad. Kata luce como una mamá desesperada que lucha
por sostener a su hijo o a su hermano menor, el hermano que se rehúsa a dejar
ir.

El repollo se hace inmanejable y pone
la gran masa de hojas entrelazadas en la mesa. Toma la que tiene sobre la cara,
la desprende de las hebillas, la posa sobre el repollo amorfo y la teje. ¿Qué
querrá decir esto? ¿Parte de ella muere con el repollo? ¿Querrá decir que se ha
quitado la máscara y está abierta a seguir adelante? El bebé que va a nacer, su
hija Annabelle y su esposo la necesitan.

Respira con rostro adusto, los ojos
puestos sobre la masa amorfa. Luce impertérrita, circunspecta. Apoya los brazos
sobre el repollo y exhala un lamento profundo. Deja pasar unos instantes, se
levanta del asiento, se para al lado del escritorio, baja la cabeza y se retira
del auditorio en silencio.

Las personas del público se miran
unas a otras como si acabaran de presenciar un evento intenso y sublime.

–Lo sentí como algo muy poderoso –dice
un hombre en silla de ruedas.

–Kata ayudó a criar a su hermano. Lo
sostenía en sus brazos cuando era un bebé  –le explica Huston.

Vuelvo tras bastidores. Kata quita
el resto de las hebillas de su pelo. Sus ojos están tristes pero deja escapar
una leve sonrisa.

–Kata, eso fue muy intenso.

–Nunca es lo que uno planea –dice
levantando sus cejas–. Siempre intervienen elementos nuevos que la enriquecen.

–Las cosas son lo que terminan
siendo en su momento.

Salimos al salón y Huston me presenta
a su tía y a sus hermanos. Uno de ellos es el hombre de la silla de ruedas. Se
llama Tim Ripley. Me preguntan qué voy a hacer y me invitan al restaurante “The
River Café”.

Salimos a Front Street y bajamos por
la calle alumbrada. Es de noche pero la presencia del verano deja sentir su
calor. Algunas personas en prendas ligeras caminan hacia los bares de “Brooklyn
Heights”. Van a tomar un trago, a escuchar música y comer algo. Hacen parte de
la vida, de esta vida que por ahora tenemos.

Es cierto lo que Kata dijo. Ella termina
en dialogo con el ´performance´ al sostener en sus brazos a un ser ilusorio, un
hombre que ya no existe. Lo que se ha destruido, destruido está. Puedes
intentar enmendarlo con pegante y puedes coser la herida. La cicatriz permanecerá
en tu piel por siempre. Puedes pedir perdón mil veces, llorar y desdoblarte en
rezos. Puedes dar vueltas en la cama, darte golpes contra la pared, sacarte la
carne con las uñas, arrepentirte y recriminarte por siempre: lo que se ha
destruido, destruido está.

Bajamos por Main Street, una calle estrecha
y salimos a Water Street. Las luces de los rascacielos se reflejan en las aguas
calmadas del ´East River´. El contorno del distrito financiero de Manhattan se
ve sublime. Algunos otros jóvenes caminan hacia los bares recién reconstruidos
que solían ser bodegas. Un grupo bebe cerveza en una de las mesas.

Todos hemos pasado por rupturas: un
amigo perdido, un amor que se fue, una muerte. Todas esas pérdidas hacen parte
de la vida. Pero una pérdida se diferencia de otra si se da o no de forma
violenta. Cuando a ti te tocan los acontecimientos de verdad y cambian el curso
de tu vida, las cicatrices te marcan para siempre. Mis abuelos paternos
salieron del Líbano alejándose de las persecuciones religiosas ejercidas por
musulmanes a católicos. Mi mamá escapó de la Checoslovaquia comunista con su
papá y madrastra, y yo siempre he sentido que hay algo roto en nuestra historia.
Ella dejó atrás al país que la vio crecer, a su gente, a su propia madre,
Milada Hávlova. Ese rompimiento que sientes cuando tus ancestros huyeron de un
lugar, cruza tu existencia. No importa el tiempo y el lugar, cualquier persona
a la que le toque huir de su país de origen sentirá el peso de una ruptura
ancestral. Los cristianos que huyen de los musulmanes, los musulmanes que huyen
de los cristianos, los refugiados que huyen de tiranías de extrema izquierda o
extrema derecha, los desplazados por la violencia colombiana o los que han
tenido que huir al extranjero al ser víctimas de amenazas, en algún punto deben
volver a sus lugares de origen para cerrar las heridas y reconectarse con su
propia historia.

Kata camina de la mano con Huston.
Su rostro es sereno y su actitud sosegada. Supongo que el ´performance´ la entristece
porque la retrotrae de forma vívida al recuerdo de su hermano, la pérdida que
tanto la atormenta. Una vida no es como un florero que se puede enmendar con
pegante. ¿Qué le puedes decir a alguien que ha perdido a su hermano así? ¿Qué
le puedes decir a los familiares y amigos de todos aquellos que han perdido a
sus allegados en el conflicto interno colombiano o en todos aquellos conflictos
inexplicables alrededor del mundo? Como mínimo: que sus asesinos enfrentarán un
juicio y serán castigados por sus actos. Nadie tiene derecho a quitarle la vida
a otro. Si te pasa, sientes un vacío que te invade como parásito maldito. Claro
que la vida sigue, y hay que seguir adelante para no terminar convertidos en
estatuas de sal.

Inflo mis pulmones con el aire
fresco que viene del río. Es una linda noche. La gente habla animada en los
cafés, es verano, el verano que por fin llegó después de un invierno muy frío.
El panorama del distrito financiero de Manhattan iluminado bajo el cielo oscuro
me parece fascinante. Imagino cómo se vería hace nueve años cuando se erigían
las torres gemelas a lo alto. ¿Qué puedes decirle a alguien que perdió a un
hermano, o un padre, o un hijo en el atentado del once de septiembre? ¿Por qué
nos hemos dedicado a matarnos los unos a los otros? Cuesta trabajo creer que
vivimos en un mundo civilizado. Si así fuera, aceptaríamos nuestras diferencias
y nos toleraríamos. El mundo pensó que al término de la guerra fría vendría un
nuevo orden mundial, uno menos caótico y errático. Nada de eso es cierto. El
mundo dejó atrás una disputa ideológica (que Colombia se niega a terminar), y
le dio paso a una guerra santa en la que orientales odian a occidentales y
viceversa. Podemos tener grandes adelantos tecnológicos, científicos, filosóficos
y artísticos, pero seguimos desconociendo una realidad tangible: todos somos
iguales.

El tráfico que transita sobre el
´Brooklyn Bridge´ produce un resoplido continuo. Pasamos por debajo de su
estructura y apreciamos sus pilares en piedra. Se extienden a lo alto
exhibiendo su arquitectura modernista de arcos y cables de hierro tensados. El
puente ya existía cuando mi papá vivió cerca de aquí en ´Bay Ridge´ en los años
cuarentas. Un día volvió del colegio Saint Anthem´s con su hermano Nemesio y
les dijeron que su papá había muerto. Papá tenía nueve años, su hermano diez,
el más chico, Omar, tenía cuatro. Cerca de aquí, en el cementerio de Queens,
está enterrado mi abuelo José Bechara. En enero, cuando papá vino a Nueva York,
le dije que fuéramos a visitar la tumba del abuelo. Se negó. No dio
explicaciones. Pude ver en su mirada que el dolor es demasiado fuerte.

Cada uno de nosotros carga a cuestas
sus propias pérdidas y rupturas. Yo por mi parte me iré a vivir a la República
Checa. Hacerlo me devolverá el sosiego histórico, intentará reparar una ruptura
que mi mamá, mis hermanos y yo cargamos. Kata golpea blancos hasta destruirlos,
tira platos contra la pared, grita de forma descontrolada, hace líneas sangrientas
con su pelo, intenta remendar un repollo que no puede ser regresado a su estado
anterior. Nada vuelve a ser igual. No se enmiendan las fisuras que abrieron un
abismo en la existencia.

 

 

 

Vea fotos
en: www.eduardobecharanavratilova.blogspot.com

www.eduardobechara.com

escarabajomayor@gmail.com

 

Lea la
crónica: ´Healing´ – Performance de Kata Mejía – Por: Eduardo Bechara
Navratilova, en:

 

http://www.eltiempo.com/blogs/el_tablero/2010/05/healing-performance-de-kata-me.php

 

Vea fotos
de la crónica: ´Healing´ – Performance de Kata Mejía – Por: Eduardo Bechara
Navratilova, en:

 

http://eduardobecharanavratilova.blogspot.com/2010_05_01_archive.html

 

 

Ver más de
la obra de Kata Mejía en: www.katamejia.com

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PERFIL
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Mi nombre es Eduardo Bechara Navratilova. Escribo como acto liberador que me ayuda a escapar del mundo, así termine volviendo a él. Me sirve para entender mis propios actos, aunque admito que acabo con más preguntas que respuestas. Tengo defectos despreciables, que dejaré al lector descubrir por si mismo. Detesto los trancones, las modelos y hacer fila en los bancos. Me gusta el fútbol y la rumba, me gusta la gente que persiste. Tengo los títulos de derecho (1999) y literatura (2005) en la Universidad de los Andes. La novia del torero, Editorial La Serpiente Emplumada (2002) y Unos duermen, otros no, Editorial Escarabajo (2006), son mis dos novelas publicadas. No tengo un peso en el banco, pero me he recorrido medio mundo en viajes. El ser humano y su comportamiento son mi tema de fondo.

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