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Si usted es mujer me va a entender: ¿Le ha pasado alguna vez que se viste de una forma con la que se siente cómoda pero cuando se encuentra con un tipo éste le dice: “¿por qué te pusiste eso?”?. Si usted, en cambio, es un hombre también me va a entender: ¿Le ha pasado que ve en la calle a una mujer atractiva pero que por su forma de vestir exuda el sex appeal de una caja de cartón? En muchos casos la respuesta a estas preguntas será sí y vendrá acompañada de una curiosidad de saber por qué las mujeres escogemos prendas que, en lugar de atraer, repelen a los hombres.
Se supone que la ropa que una persona decide ponerse le da identidad. Todos buscamos llamar la atención de alguna forma y diferenciarnos, y la ropa es una de las maneras con que lo logramos. Incluso si usted es de esas personas que dice “no me importa la moda, me pongo lo primero que encuentro” cae dentro de mi afirmación: el hecho de ponerse cualquier harapo dice mucho de usted, más de lo que cree.
Resulta, además, que a las mujeres -por alguna razón biológica, cultural, social o no sé por qué- la ropa nos importa mucho. Así usted sea la más despreocupada y relajada de todas, por lo menos una vez en su vida se ha estresado pensando qué ponerse. Pero, ¿por qué nos estresamos? ¿Por qué nos preocupamos? En fin, ¿por qué gastamos minutos, e incluso horas, de nuestro tiempo paradas frente a un montón de prendas, analizándolas con rigor?
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No soy la primera persona que se ha preguntado esto; de hecho, hay estudios (tal vez me los estoy inventando) sobre el papel de la ropa femenina y el efecto que ésta tiene tanto en las mujeres como en las personas que las rodean, principalmente en las de sexo masculino. El efecto aturdidor que tiene una prenda de vestir femenina sobre los hombres es algo recurrente; el revelador movimiento del vestido blanco de Marilyn Monroe, la aparición del bikini, la mini falda, las medias veladas, los tacones y un sinnúmero de prendas han tenido y siguen teniendo consecuencias no sólo psicológicas sino fisiológicas en los hombres.
Sería entonces muy fácil concluir que las mujeres nos vestimos para que los hombres nos miren. Pero vuelvo a las situaciones que planteé al principio: si las mujeres, supuestamente, nos vestimos para atraer a los hombres, ¿cómo se explica que tantas usemos prendas que a los hombres les parecen detestables? La explicación está en que las mujeres no nos vestimos para los hombres sino para las demás mujeres y, principalmente, para nosotras mismas. Ese no-me-importa-no-levantar es una decisión de independencia ante los cánones de belleza que determinan que para ser atractiva una mujer debe usar ropa ajustada, corta o reveladora.
Quiero aclarar primero que cuando me refiero a “los hombres” estoy generalizando por propósitos que sirven a este blog; entonces, cuando digo “a los hombres no les gustan las hombreras” o “a los hombres no les gustan las plataformas” no me refiero particularmente a usted sino a su género y a sus gustos o disgustos colectivos.
Dejando ya claro que no nos vestimos para los hombres, haré énfasis en una clase de mujeres que, a la hora de vestir, se concentran más en el estilo y la moda que en atraer hombres. Me refiero a mujeres que en lugar de escoger un pantalón, una camiseta y unos tenis, prefieren arriesgarse y jugar con la ropa porque realmente poco o nada les importa si lo que se ponen será un imán para conseguir pareja. Estoy segura  de que ha visto alguna mujer así: una que usa vestidos que parecen manteles, que no teme combinar cuadros con rayas, que se pone pantalones sacados de un harem, que usa botas más masculinas que las de un obrero, que usa camisas talla XL así sea muy delgada, que tiene un abrigo de plumas o un chaleco de piel gigante, que se pone un pantalón hasta el ombligo y lo combina con una cartera en la que cabrían todas sus pertenencias y las de sus conocidos.
Este es el estilo que repele a los hombres y su base es el exceso. Siempre hemos escuchado que “menos es más”, pero para estas mujeres más es más cerdo. Más que una forma de vestir es un estilo de vida por el que cada vez más mujeres optan. Uno de mis blogs favoritos se llama Man Repeller y es una idea que le surgió a una gringa como una especie de desahogo por el hecho de que su amor por la moda y las prendas extravagantes estuvieran resultando en una reducción alarmante en la cantidad de hombres que atraía.
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Hace poco hablaba con una amiga que es una exponente de este peculiar estilo y me dijo “prefiero cambiar todo mi potencial reproductivo por un par de plataformas de Miu Miu”. Justo en ese momento pasaba al lado de nosotras una joven que llevaba puesto un jean descaderado y una camisa pegada que dejaba ver una porción de su planísimo abdomen. A medida que la joven pasaba, noté que todos los hombres que estaban a menos de 20 metros a la redonda la estaban mirando con la boca abierta mientras se codeaban. Le pregunté a mi amiga si al caminar la miraban así y me respondió “¿Con esas jetas de lujuria? No. A mí los que me miran lo hacen para criticar mi ropa -preguntándose por qué me puse lo que me puse- o para analizarla como si fuera algo que nunca hubieran visto”.
Pensé, entonces, en la soledad que puede acarrear un modo independiente de ver la vida y la moda pero luego caí en cuenta que, así como algunos hombres voltean a mirar instantáneamente a una voluptuosa y poco vestida mujer pero se desencantan al notar su falta de coeficiente intelectual, otros pueden superar el hecho de que un enorme abrigo de plumas les recuerde a algún personaje de Plaza Sésamo y se fijen en la mujer que hay debajo de tantas capas de tela.
Ilustraciones por: Camila Villegas (Vía Flickr)
En Twitter: @JulianaAbaunza
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Soy estudiante de Comunicación Social en la Pontificia Universidad Javeriana. Estoy obsesionada con el pelo y con la ropa; generalmente le ayudo a mis amigos a escoger cómo cortarse el pelo y qué ropa comprar, por eso creo que puedo servirle a usted si no tiene idea de qué hacerse en la cabeza, qué ponerse encima o cómo arreglar algo de su clóset que haya dañado.

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