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Pelos
Las relación que tenemos las mujeres con el pelo es complicada. Recuerdo que cuando estaba chiquita, me sentaba en las piernas de mis tías y sentía que algo me lastimaba. Cuando por fin le pregunté a una de ellas qué era eso, me dijo “pelos”, yo le volví a preguntar “¿por qué pelos si somos niñas?” y ella me respondió que cuando creciera iba a tener pelos en las piernas como todas. Desde ese día recé todas las noches para que alguien hiciera un milagro y no me salieran pelos. La verdad no sé a quién le recé ni quién me habrá parado bolas (depronto hice un pacto sin darme cuenta) pero el caso es que mi deseo se cumplió y nunca me salieron pelos en los brazos ni en las piernas. 

Fui una persona feliz durante muchos años, hasta que cuando tenía 17 años hice un trabajo para el colegio que implicaba el uso de escarcha. Al terminar mi linda manualidad, terminé con las piernas llenas de la sustancia tornasol y no era capaz de quitármela. Como no tenía pelos, pensé (estúpidamente) que si me pasaba una cuchilla iba a poder quitarme la escarcha sin consecuencia alguna. Esa secuencia de acciones terminó en que meses después vi con terror cómo salían unos cinco pelos en mis pantorrillas y fue odio a primera vista.

Ahora, años después, sé que si alguien me mira las piernas no los va a alcanzar a ver y que tal vez es un desperdicio de plata mandármelos a quitar, pero siento que no puedo vivir con esos pelos ahí. Son poquitos, delgaditos y hay uno cada 20 cm de pantorrila, pero apenas los veo salir voy y me los quito. Pueden hacer parte de mi cuerpo, pero no los quiero. Depilarse, como muchas de las cosas relacionadas con la feminidad, implica que alteremos nuestras presentaciones naturales (en este caso, mis estúpidos cinco pelos) para llegar a una versión suave y delicada que muchos podrían considerar artificial. 

En 2011, hicieron un estudio en la Universidad de Indiana para ver cómo había ido cambiando la norma cultural de quitarse los pelos. Los investigadores tuvieron la tarea (dificilísima, me imagino) de analizar fotos de Playboy desde 1953 hasta 2007 y descubrieron que el vello púbico empezó a reducirse en los años 70 y desapareció por completo a finales de los 2000. No se ha llegado a un acuerdo definitivo de por qué ocurrió ese cambio social de un momento a otro. La aparición de los bikinis, el deseo de volver a la infancia, la búsqueda de higiene, la cultura pop, las revistas de mujeres, Brasil y el porno son algunas de las causas a las que se les ha intentando responsabilizar por esta tendencia. 

Pero Jill Burke, profesora de arte del Renacimiento italiano en la Universidad de Edimburgo, dice que esa presión de ir contra la naturaleza se puede remontar hasta hace al menos medio siglo. En una entrada de su blog, Burke se pregunta si los desnudos renacentistas pudieron haber influido en la imagen que las mujeres tenían de sus cuerpos. Al final (spoiler), concluye que esos desnudos no eran simplemente celebraciones de la humanidad u homenajes a un pasado perdido, sino la popularización de nociones muy estrechas de lo que era atractivo en una sociedad en la que, para las mujeres, la belleza era su moneda cultural.

En esa entrada del blog, Jill Burke menciona los “libros de los secretos”, que eran más o menos manuales de consejos caseros y cosméticos (escritos por Marthas Stewarts del siglo XVI). Entre las recetas secretas que se pueden leer en estos libros existen varias para cremas depilatorias hechas en casa. Una de las fórmulas más interesantes que leí para hacer una Veet del Renacimiento consistía en echarse arsénico y cal viva en la piel. Se le recomendaba a la señorita que se lavara la piel apenas sintiera un ligero ardor (que, digo yo, eran sus nervios muriendo). Esto, además de ser un poco traumático, sugiere que tal vez la depilación no es una tendencia tan reciente y los responsables son más antiguos.  
 
Así ser lampiña se haya puesto de moda hace 40 años o hace 500, la gente siempre va a tener opiniones muy radicales sobre si las mujeres deberían depilarse con cera, afeitarse o hacerse tratamientos láser. A mí la verdad me da mucha jartera la cantaleta de “si te depilas es porque estás oprimida bajo el yugo patriarcal que es perpetuado por los medios de comunicación”; pero es igualmente aburridora la cantaleta opuesta de “si no te depilas no eres mujer y todos los hombres vomitarán encima de tus pelos”. Y aunque es poco probable que se vayan a poner de acuerdo, creo que sí es importante saber cuáles son los riesgos que se corren y cuáles medidas podrían tomarse si uno decide acabar con cualquier indicio de pelo en su cuerpo.

Lo primero que hay que tener claro es que los pelos tienen un propósito; sirven como almohada contra fricciones que pueden causar abrasiones en la piel y como protección contra las bacterias. Aunque la depilación ha logrado cosas maravillosas, como poner en peligro de extinción a las ladillas (criaturas involucradas en una de las enfermedades sexuales más contagiosas), también puede llegar a crear problemas de salud.

En un artículo escrito por un doctor leí que la depilación irrita e e inflama los folículos capilares dejando heridas abiertas (aunque sean de tamaño microscópico). Esa irritación, combinada con un ambiente húmedo, crea un lindo lugar para que patógenos bacterianos, como estreptococos y estafilococos, armen un hogar. Paré de leer al leer que cuando eso pasa el resultado pueden ser forúnculos o abscesos en los folículos capilares. 

Mi propósito no es que se desanimen y salgan con antorchas a la calle a quemar todos los sitios en los que hacen depilación, sino que estén informadas sobre los procedimientos a los que se someten. Como muchos aspectos de la feminidad, todo se resume a que hagan las cosas con las que se sienten cómodas y que se joda el resto. Aunque con prácticas como esta que están tan arraigadas en nuestra concepción de lo que es femenino, se vuelve difícil hacer de cuenta que todo es realmente una elección tomada sin presión.

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La ilustración que abre este post es de Camila Villegas. Pueden entrar a ver esa y muchísimas más en su Fan Page de Facebook: CamilaAlreves 
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En Twitter: @JulianaAbaunza
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PERFIL
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Soy estudiante de Comunicación Social en la Pontificia Universidad Javeriana. Estoy obsesionada con el pelo y con la ropa; generalmente le ayudo a mis amigos a escoger cómo cortarse el pelo y qué ropa comprar, por eso creo que puedo servirle a usted si no tiene idea de qué hacerse en la cabeza, qué ponerse encima o cómo arreglar algo de su clóset que haya dañado.

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