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Estúpidos Unidos, jamás serán vencidos

 

En mis largos 23 años de vida he conocido mucha gente estúpida. También, no pocas veces, me he dado la libertad de ser estúpido. Y sin duda, el lector también ha sido estúpido. Seamos francos: Negar nuestra estupidez es, en sí mismo, un acto estúpido. He concluido que la estupidez es también un estado inevitable. Pero no solo eso, es un estado que no siempre queremos evitar.

 

Así las cosas, y sumándome a tendencias contemporáneas como el embrace it, vengo en defensa de mi estupidez (y de la suya).

 

Un jugador peligrosamente estúpido

 

Este año inicié clases personalizadas de ajedrez. Es un deporte apasionante y para el que me reconozco completamente estúpido. Pero mi estupidez varias veces me ha jugado a favor. Seguramente, si le preguntan a mi entrenadora -y tal vez con unos whiskeys encima- podría definirme como un jugador peligrosamente estúpido.

 

Mis estupideces en ajedrez han sido calificadas objetivamente como genialidades (“!!” según chess.com). Mientras el algoritmo cree que estoy pensando 10 jugadas adelante, yo estoy acostado maldiciendo por haber metido mal un dedo. Otras veces, jugando despreocupado ignoro peligros y me vuelven un jugador sumamente rápido y agresivo, lo que me permite ganar (esto, jugando entre estúpidos).

En pandemia, cuando le enseñé a mis padres a jugar póker, en las primeras rondas ellos también fueron peligrosamente estúpidos. Yo no podía descifrar si no entendían que combinación de cartas tenían, si tenían una combinación ganadora o si estaban blufeando.

 

Considero el póker y el ajedrez instituciones al menos tan complejas como muchas en las que nos desempeñamos en nuestra cotidianidad. Trasladar el beneficio de sus estupideces a su vida laboral o social, no debería costarle mucho. Y si no lo logra, por favor pare de leer acá: usted no es lo suficientemente estúpido para este texto.

 

Warning: There is no free lunch.

 

Después de terminar mi primer semestre en la universidad, fui de vacaciones a mi ciudad natal. Allí, un compañero del colegio, al que nunca fui muy cercano, me invitó a almorzar. De ese almuerzo obtuve: 3 horas de clase sobre cómo invertir y ser mi propio jefe, un acercamiento al esquema Ponzi, pero sobre todo, un entendimiento de la famosa frase there is no free lunch.

 

Con la estupidez, pasa igual. Esta nos permite tomar riesgos con la tranquilidad de quién los ignora, pero como todo riesgo tiene un upside y un downside. Soy un defensor de la estupidez, pero uno responsable y debo advertirle los riesgos.

 

 

Una vez asumida la estupidez, jugado el riesgo, sí creo conveniente enfocarse en capitalizar el upside. Eso, por supuesto, no evitará que siga cometiendo estupideces. Pero, al menos, será usted un estúpido consciente.

 

Mi primo filosofo: El anti-estúpidos

 

Tengo un primo que admiro y aprecio. Lo considero inteligente, divertido y buena persona. Pero como no hay nadie perfecto, tristemente, es un anti-estúpidos de primera. Mientras él es un adicto a la fría precisión, yo disfruto de la cálida ambigüedad.[1]

 

A muchos les irrita la estupidez. Incluso yo, defensor y representante de los estúpidos, me encuentro con algunos estúpidos que ponen en duda mis más profundas convicciones. De hecho y, con humildad, reconozco que he pensado en la posibilidad de un mundo sin estupidez. Cuán equivocado estuve…

 

 

Estúpida belleza

 

A veces me dedico a contemplar con asombro la estupidez a mi alrededor. Es fascinante. Aunque a veces me cuesta, también me río de mis propias estupideces. Y es que al final, en la estupidez hay una particular belleza.

 

En 2020, se jugó un torneo de ajedrez que entregaba un millón de dólares en premios. Ese dinero, proviene por espectadores que de una u otra forma pagamos por ver (o comiéndonos 300 anuncios o pagando una boleta). Para ese momento, ya habían pasado más de 20 años desde que se inventó un algoritmo que podía jugar ajedrez a la perfección. Entonces, el espectáculo está en que sabemos que ninguno de los jugadores tendrá un desempeño perfecto: pagamos por ver cómo desafían su estupidez, o cómo la capitalizan.

 

Otro ejemplo de esta belleza la encuentro en las conversaciones vacías. A veces, me agobia la complejidad de todo y el remedio para ese sentimiento, suele ser hablar con mi estúpido de confianza, sobre cosas intrascendentes.

 

Embrace it

 

Hoy todos queremos ser ricos, bellos y genios. En este mundo lleno de estímulos falsos, es apenas normal sonrojarnos o sentir pena de nuestras estupideces. La humildad y el humor, son una formula necesaria en un mundo de estupidez y de estúpidos.

 

La pena ni el orgullo tienen cabida. Esto lo expresa a la perfección una conversación de una de mis caricaturas preferidas de niño:

 

Tío: Debes dejar ir tus sentimientos de vergüenza si quieres que la ira se vaya.

Sobrino: Pero yo no tengo ninguna vergüenza. Soy más orgulloso que nunca.

Tío: Príncipe Zuko, el orgullo no es lo opuesto a la pena, sino su fuente. La verdadera humildad es el único antídoto para la pena.

 

La estupidez de este texto

 

Mi madre con cierta ironía cariñosa, al leerle el texto, me dijo “qué texto tan estúpido”, mi novia me preguntó “¿para ti qué es la estupidez?” y un amigo cercano, con desconfianza, me preguntó “¿y quién es su estúpido de confianza?” Mi convicción, pareciera ser, me ha llevado a defender la estupidez mediante el ejemplo. Sin embargo, quiero asegurarme de capturar el upside.

 

La inspiración para este texto surgió del temor que tenemos al error, de la manía de aparentar perfección. De esas conversaciones en las que uno no entiende nada pero pretende entenderlo todo porque no quiere ser tenido por tonto, de los pretextos que inventamos cuando respondemos cosas ilógicas a preguntas sencillas. Busqué la definición de estúpido, es “necio, falto de inteligencia”. Tal vez, tememos errar porque podemos ser considerados estúpidos. El costo de ese absurdo y natural temor es muy alto: los errores suelen ser en sí mismos valiosos. Después de todo, no sólo los estúpidos erramos.

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Escritor y consultor. Estudió economía y derecho en la Universidad de los Andes.

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