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Yo soy de tierra fría. Nací y me crié en Bogotá, “La Nevera” como le
dicen con sorna en el resto del país. Sin embargo nada lo prepara a uno para el
invierno en un país con estaciones, y eso que admito que el invierno en
Madrid es bastante moderado. Pero sobre todo, nada lo prepara a uno
para la experiencia sobrecogedora y  dramática de tener gripa en
invierno. Viviendo lejos de la mamá. En una ciudad donde no hay domicilios.
Horror.

Precisamente porque conozco de primera mano la barbaridad
del famosisísmo virus de la influenza (la gripa común, hablando claro y pronto) es que al primer asomo de chiflón helado yo empiezo un
programa intensivo de dopaje que escandalizaría al más libertino de los
jueces deportivos del Tour de Francia. Mi coctel molotov invernal
incluye altísimas dosis de vitamina C, sumplementos de zinc, yogures
probióticos, jalea real vitaminada, y cantidades navegables de té verde.
Gracias a este carnaval naturista puedo decir que pasé el 2012 invicta,
pero “como de eso tan bueno no dan tanto”, el 2013 me recibió deseando
que la profecía maya hubiera sido cierta y mi triste vida no se hubiera
extendido mas allá de diciembre de 2012.
Todo empezó un lunes. Dolor en los huesos y
carraspera en la garganta. Aumenté la dosis de vitamina C. El martes
sinusitis. Doble ración de jalea real. Miércoles de pecho congestionado.
Vaporizaciones con aceite de tea tree. Jueves de malestar general.
Ibuprofeno y paracetamol, para que no se diga después que no tengo fé en
la medicina occidental y que mi enfoque de tratamiento no es
holístico. Viernes de “de verdad no puedo con mi alma”. Dristan ultra
super mega plus y salida de la oficina temprano, de verdad no puedo con
mi alma. Sábado de fiebre delirante. Que alguien me de una droga de
verdad, que estos brebajes de herbolario no sirven para nada.
En mi delirio febril grité a los cuatro vientos que todo estaba a punto de colapsar porque yo no recordaba más de 4 decimales de Pi. Sí,
de Pi. Como en 3,1416. Pi. Yo soy abogada, lo saben. Y me dedico a la
comunicación. También lo saben, ¿no? ¿Qué neurona dormida desde la
adolescencia habrá despertado la fiebre para hacerme pensar en Pi? Lo
juro que no pienso en eso desde que en el colegio intentaron sin éxito
enseñarme trigonometría. Pero el sábado parecía que el futuro del mundo
dependía de ello  y yo, buena comunicadora como soy, estaba comprometida
con mi misión evangélico-matemática.
El domingo me desperté aturdida y desorientada entre
mi cama tibia. Qué asco. Con un hambre sobrenatural después de casi no
haber comido en 4 días, así que a falta de domicilios no me quedó más
remedio que buscar fuerzas y suplementos vitamínicos para lograr la
misión imposible de salir a comprar comida. Y así de paso le compraba
comida al gato que llevaba en huelga de hambre 3 días pidiendo por mi liberación de las garras griposas de mi enemigo invisible. Es que mi gato es muy solidario.
También es que se le había acabado la comida. Pero sobre todo es que es
muy solidario. Gato activista.
Una pastilla de Redoxón en medio vaso de agua más tarde, había conseguido la energía suficiente para ponerme el abrigo encima de la pijama y caminar hasta el Carrefour de mi barrio, arrastrándome a comprar pasta instantánea y concentrado para gato. Sí, en pijama. Qué me importa, acá no me conoce nadie y además esto es Europa. Lo que para unos es pijama para otros puede ser Jean Paul Gautier, y quién me va a decir que no. O miren la última colección de Maison Martin Margiela para H&M.
Mientras hacía la fila en la caja curioseaba lo que llevaban los demás y trataba de imaginarme cómo serían sus vidas, un viejo hábito para pasar el tiempo y mantener a raya mi impaciencia. Esa chica comprando tomates y albahaca de verdad debe ser la típica que tiene organizados los libros por colores. Y además está maquillada un domingo. Ya me cae mal. Esa viejita comprando carne para desmechar va a invitar a los nietos a almorzar. Su casa debe oler a pelotas de naftalina y su sala debe estar decorada con gobelinos. Ese tipo comprando vino a las 11AM un domingo aguanta una rumbita… Y justo cuando estaba a punto de empezar a hacerle ojitos al tipo del vino me vi reflejada en el vidrio de los congelados. En pijama, con abrigo y sin bañarme. Mejor me quedo aquí quietica. Qué  cerca estuve de pasar la vergüenza de mi vida.
Pagué mi concentrado de gato, mi bolsita de pasta y un chocolate que me di de premio por haber sido tan valiente en mi enfermedad. No pedí bolsa porque un gato activista merece una madre ecológica. Salí caminando y comiéndome el chocolate que la calefacción del Carrefour ya había empezado a derretir. Y entonces sucedió. Un paso a la calle y estrellón monumental porque mis gafas de domingo (que no son las mismas cool que uso para trabajar) tienen un punto muerto que limita mi visión periférica. Ramen y Friskies al suelo, el chocolate a la boca para liberar las manos y levantar la vista para encontrarme a mi exnovio y su nueva esposa, a quien yo había atropellado con 3 kilos de concentrado felino. Abrí la boca untada de chocolate y solté un madrazo que tuvo tiempo de ir a rebotar a la Puerta de Alcalá y volver en forma de eco a retumbarme en los oídos tapados de mocos.
Por qué, vida pútrida. Por qué no se acabó el mundo el 21 de diciembre. Malditos Mayas calcetos. Por qué no me morí de la fiebre, o por qué no me morí chiquita. Por qué tuve que venir al Carrefour en pijama. Por qué no esperé a llegar a mi casa para empezar a comerme ese chocolate. Por qué no me puse por lo menos las gafas bonitas. Por qué. Por qué. 
Volví a mi casa caminando erguida y con la frente en alto, con el honor y el orgullo de los que hemos estado cara a cara con la muerte y hemos vivido para contarlo. Y no me refiero a la gripa.
En Twitter: @Solterica
También estoy en Facebook y si me quieren seguir leyendo, tengo un libro: Estado Civil Soltérica.
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Me llamo Verónica, tengo más de 30 años (dejémoslo de ese tamaño, para no tener que ir actualizando esto) y sigo soltera. Soy alérgica al polen, a la aspirina y al atún. Me gustan los gatos, los perros y la gente que dice “salud” cuando alguien más estornuda.

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