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671362_14262472_lz.jpgHay preguntas que uno hace aunque conozca o intuya la respuesta. Algunas se hacen por inercia (¿te cortaste el pelo?), otras por evitar el ridículo (este es el baño de mujeres, ¿verdad?) y otras porque hay dudas con las que es mejor no quedarse (¿segura no quieres venir?).

La historia de la última pregunta obvia que hice empezó hace 10 años, cuando dos amigas, un amigo y yo decidimos coger nuestros ahorros de toda la vida (que en esa época acumulaban 2 o 3 años de trabajo) y recorrer California en carro durante 3 meses. La tercera semana del viaje paramos en un pueblito con nombre de prócer mexicano en la costa central y una de mis amigas me presento a J, en cuya casa íbamos a pasar 2 noches. J es una mezcla de papá italiano y mamá Cherokee, con unos ojos negros como la noche y 2 días fueron suficientes para que empezáramos lo que todos pensamos que sería un romance vacacional. Cumplido ese plazo mis amigos empacaron sus cosas y siguieron, pero yo me quedé.

J había estudiado ingeniería eléctrica pero había decidido que no quería una vida complicada, así que trabajaba lo estrictamente necesario en un restaurante de sándwiches local. En las madrugadas se levantaba para ir al restaurante y volvía casi cuando estaba saliendo el sol, se metía en la cama oliendo a pan recién horneado (el mejor olor del mundo) y yo medio dormida medio despierta solo atinaba a pensar que era la persona más feliz del mundo. Por las tardes íbamos a la playa y después subíamos a una montañita a ver el atardecer, nos quedábamos a oír el ruido de las cigarras y bajábamos dando tumbos en la oscuridad y muertos de risa porque nunca fuimos lo suficientemente organizados como para llevar una linterna. Los fines de semana acampábamos en el bosque o en las montañas, y así pasó un mes hasta que yo quise volver a unirme al plan de mis amigos y lo convencí  de que viniera con nosotros.

El día que nos despedimos me dijo que quería volver a verme y un mes más tarde había cogido un vuelo de 8 horas y dos escalas para pasar Año Nuevo conmigo en el gélido invierno de la Costa Este de Estados Unidos, donde yo vivía en esa época. El 1 de enero empezamos al año profesándonos amor eterno y decidiendo que estábamos hechos el uno para el otro. Yo le dije que todo bien, pero que yo no quería pasar mis días en un pueblito perdido de la costa californiana mientras él horneaba pan en un restaurante de sándwiches, y decidimos irnos a San Francisco, una ciudad de verdad, en donde J empezaría a trabajar para poner a buen uso su complicadísimo diploma de ingeniería y yo dejaría mi vida nómada para finalmente echar raíces en alguna parte.

Pero el Servicio de Inmigración y Naturalización de Estados Unidos no estuvo tan de acuerdo con nuestro plan de “vivieron felices y comieron perdices”; mi visa expiró al cabo de un par de semanas y no hubo manera de renovarla, así que no tuve más opción que volver a Colombia, siempre con la idea de inventarnos un plan para que pudiera volver.

En los meses sucesivos el plan siguió adelante, J se mudó a San Francisco, consiguió un trabajo de verdad y empezó a buscar una casa para los dos, mientras yo hacía sesiones de fisioterapia en Bogotá para recuperarme de mi primer y último intento de esquiar, un deporte de estación para el que claramente mi cuerpo tropical nunca estuvo preparado.  A los 6 meses J fue a Bogotá; comimos ajiaco, subimos a Monserrate y le presenté a mis amigos. Esa visita nos dio energía para aguantar 6 meses más, jugando scrabble por internet cuando se nos acababan los temas para chatear, en una época en la que no había Whatsapp ni Skype y las citas en el MSN Messenger se planeaban por adelantado.

El siguiente Año Nuevo también lo pasamos juntos en la Costa Este, que parecía ser la mitad entre Bogotá y San Francisco, por lo menos en cuanto precios de pasajes de avión se refería. Hubo nuevas promesas de amor eterno, pero un poco más aguadas. Yo estaba cansada de estar sola, cansada de estar en Bogotá, cansada de estar sin él, cansada de tener un pasaporte colombiano que era el equivalente metafórico de la letra escarlata para las autoridades del país del Tío Sam. Él estaba cansado de estar planeando una vida para los dos y que yo nunca llegara, estaba cansado de no entender qué me detenía, por qué tardaba tanto (ah, la deliciosa ignorancia migratoria de los países primermundistas).

Cada uno volvió a su casa más enamorado, pero más desilusionado. Yo, tengo que decirlo, empecé a perder la fe. Y cuando uno abre esa puerta por ahí empieza a salir todo lo demás. Detrás de la fe salieron la paciencia y la esperanza, el compromiso y las ganas. Pero nunca el amor. Aunque entiendo que amor sin todas esas cosas es un poco como tener una casa con techo y sin paredes.

Entre cartas de presentación, ensayos de motivación, traducciones juramentadas y toda suerte de documentos absurdos que me pedían las universidades en Estados Unidos para poder siquiera soñar con una beca que hiciera posible empacar mis maletas para ir a reunirme con J, llegó un día, casi sin buscarla, una beca para estudiar en España. Y a España me vine, sin mirar para atrás, sin preguntar mucho por qué si yo me empeñaba en ir para un lado, la vida intolerante me llevaba para otro. Pero en ese punto cualquier cosa era mejor que quedarme quieta donde estaba, siempre con las maletas a medio hacer, siempre sintiéndome de paso en una ciudad en la que no me reconocía y que correspondía la antipatía que yo sentía por ella con una hostilidad sin par.

Llevaba tanto tiempo planeando la huída de mi ciudad natal que en menos de dos días tenía todo listo. Le anuncié a J sin ninguna clase de adjetivos que me mudaba a España y no fue sino hasta bien entrado el avión en cielos de nadie sobre el Atlántico que caí en cuenta de lo que estaba haciendo. Me estaba yendo, sí, pero ¿para dónde? y ¿a qué? y ¿con quién?

Contra todos los pronósticos, mi relación con J subsistía, aunque ahora que miro hacia atrás me parece que esos meses fueron como esos edificios que demuelen con bombas, solo que en cámara lenta. La diferencia de 9 horas hacía casi imposible tener una conversación en tiempo real, y el planeta comenzó a hacerse más ancho, como si la antípoda de Madrid fuera San Francisco y no Nueva Zelanda.

Mi primer verano en España fui, como no, a San Francisco. Casi dos años después de la última vez que había visto a J, el tipo que me recibió en el aeropuerto no se parecía en nada al tipo del que yo me había enamorado. Era hosco, distante, irritable y nuestra relación se parecía más a la de dos parientes que no se soportan pero que se hacen buena cara por evitar la confrontación.

 Fue una semana infernal, en la que no cruzamos casi ni una palabra, hasta que una mañana mientras yo me lavaba los dientes vi por el espejo que mi miraba con cara de impaciencia. Lo miré y levanté los hombros como diciendo ¿qué pasa? Aunque sabía perfectamente qué era lo que pasaba.

Él, qué oportuno, decidió entonces decirme que ya no quería seguir conmigo y que el día que yo me había venido para España él se había dado cuenta que tenía que dejar de esperarme, cosa que en efecto, había hecho. Me mató de ira que me hubiera hecho coger 17 horas de avión para decirme lo que los dos ya sabíamos, cuando una llamada telefónica habría bastado. Empecé a reclamarle furiosa y al ver su cara de desconcierto entendí que llevaba vociferando cinco minutos en español (que no era el idioma oficial de nuestra relación) y con la boca llena de espuma como un animal rabioso. Una bestia rabiosa latina. La frustración de tener que traducir, y por ende editar, todo lo que me pasaba por la cabeza, sumada a que necesitaba urgentemente escupir esa amalgama de babas, Colgate y lágrimas, no me dejó mas opción que encerrarme en el baño a llorar. Salí a los 15 minutos con cara de “aquí no ha pasado nada” y los ojos como si hubiera fumado crack, y pasamos los 3 días que quedaban como absolutos desconocidos que por azares del destino tienen que dormir en una misma cama.

“¿Qué pasa?” era una pregunta obvia. Pero yo tenía que hacerla.

(Continuará la próxima semana)

En Twitter: @Solterica

También estoy en Facebook y si me quieren seguir leyendo, tengo un libro: Estado Civil Soltérica.

 

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Me llamo Verónica, tengo más de 30 años (dejémoslo de ese tamaño, para no tener que ir actualizando esto) y sigo soltera. Soy alérgica al polen, a la aspirina y al atún. Me gustan los gatos, los perros y la gente que dice “salud” cuando alguien más estornuda.

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