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Después de mi semana desastrosa con J volví a España y pataleé un par de veces, pero si llamar al ex novio borracha a pedirle cacao nunca es buena idea, se podrán imaginar que con 9 horas de diferencia mis declaraciones etílicas de amor no eran desatinadas, sino lo siguiente. La verdad es que no sé por qué pataleaba, tal vez porque estaba acostumbrada a quererlo, aunque probablemente ya no lo quisiera. 

 
La vida, sin embargo, tiene un sistema educativo curioso y al cabo de un tiempo yo por fin entendí que ese no era el tipo que yo quería para mí. Yo quería el que olía a pan recién hecho y se sentaba en silencio conmigo a oír las cigarras al atardecer, pero era claro que ese ya no era J, así como probablemente yo ya no era la misma, porque el tiempo pasa para todos, así uno no se dé cuenta cuando se mira a sí mismo.
 
A J hay que reconocerle (todo hay que decirlo) que no sé cómo logró que un año o dos más tarde nos volviéramos amigos, algo que realmente nunca habíamos sido antes. Empezamos hablando de cosas neutras, como béisbol y fútbol americano, para terminar años después contándonos en detalle la pelea más reciente con el novio/a de turno. Y uno sabe que es realmente amigo del ex novio cuando puede hablar de estas cosas sin pestañear. De vez en cuando una llamada borracho un 1 de enero para decirme que Año Nuevo siempre le hacía pensar en mí, y de vez en cuando domingos de desparche en Skype hablando de “qué habría pasado si….”. Pero la verdad es que era todo muy inocente, pues la mayor parte del tiempo hablábamos de lo que hablan los amigos, es decir cada uno de sí mismo.
La semana pasada vi a J. Mi primo se casaba cerca a San Francisco y le propuse que me acompañara. Él aceptó y además me propuso que convirtiéramos mi viaje en unas vacaciones. Fuimos a tomar sopa al restaurante de la japonesa que a mí me gustaba, fuimos al estadio a ver un partido de béisbol, fuimos a acampar a un sitio al que finalmente no nos dejaron entrar (he dicho ya que nunca nos destacamos por ser organizados) y terminamos montando la carpa en un lago que se había secado y que por la noche se llenó de coyotes que aullaron hasta el amanecer, tomamos vino, hablamos de política, cantamos en el carro las canciones que antes nos desaburrían en los trancones, nos bañamos en un río helado justo antes de vestirnos para ir al matrimonio, … y en un momento dado yo no pude evitar sentirme un poco como Sandra Bullock en esa película en que le roban la vida. “Esta es mi vida” pensé, “o esta ha debido ser mi vida y yo me la estoy perdiendo”. La sensación de estar asistiendo a mi propia vida como espectadora duró 30 segundos, pero dejó la duda sembrada.
 
La semana terminó sin sobresaltos: una última mirada al Golden Gate, almuerzo en un restaurante mexicano, abrazo en el aeropuerto y ojalá que no pasen tantos años antes de que volvamos a vernos. Normal. Como amigos, normal. Yo tuve un poco de ganas de llorar pero eso no es síntoma de nada, yo lloro viendo comerciales de detergente. Para llegar a mi sala de espera tuve que pasar por la zona de comidas del aeropuerto y en alguna parte estaban horneando pan. Fue demasiado para mí, el olor activó mi neurona Sandra Bullock y tuve ganas de dejar todo tirado para volver corriendo al parqueadero a buscar a J y decirle…. no sé ni que le habría dicho. No tuve tiempo de planearlo porque, para variar, estuve a punto de que me dejara el avión. 
Lloré las 17 horas de vuelo, incluidas las escalas (para decirlo en jerga aeronáutica, lloré non-stop). Volví a mi casa sintiendo que no era mi casa, ni mis cosas mías, ni mi vida propia. ¿Qué me pasa? ¿Será que todavía lo quiero? ¿Puede ser posible seguir queriendo a alguien después de tanto tiempo de no verse? ¿Y si J se está sintiendo igual que yo? No, habría dicho algo. ¿Y si ninguno dijo nada porque pensó que el otro no se sentía igual? No soy capaz de decir nada. Pero y ¿si de verdad esa es mi vida y me la estoy perdiendo por no abrir la boca? Pero es que yo no estoy equipada para el rechazo, además esas cosas en las que dos personas sienten lo mismo pero nadie dice nada sólo pasan en las películas.
3 días de comerme las uñas y la perspectiva de no ser capaz nunca más de oler pan recién horneado sin preguntarme si estaba viviendo la vida equivocada finalmente me hicieron tomar la decisión de escribirle a J (sí, le escribí, no lo llamé. Una cosa es tener agallas y otra es no tener sentido de supervivencia), contarle lo que me había pasado y preguntarle directamente si todavía había una ventana de oportunidad para nosotros dos. 
La respuesta que se demoró 2 días eternos en llegar ya la conocía yo desde antes de hacer la pregunta. La respuesta fue no. Y no me importa, prefiero eso a haberme quedado con la duda.  Como diría uno de mis profesores de la universidad, el problema de preguntar es que uno se arriesga a que le contesten. Preguntar es, casi por definición, bajar la guardia, mostrarse vulnerable, dejar al descubierto la propia humanidad. Y algo inexplicable se activa dentro de uno cuando reconoce sus propias debilidades, algo así como un sentido de pertenencia a sí mismo.
Así que ahora que sé a ciencia cierta que mi ventana de oportunidad con J se cerró hace años, me parece que todo está en el lugar correcto: J en San Francisco, yo en Madrid y mi gato echado a mis pies. Esta es mi vida, y es la vida que debería estar viviendo. Todo está en su lugar, y me alegra haberlo comprobado, y me alegra sobre todo haber tenido la valentía de hacerlo, porque sí, hay preguntas que es mejor hacer aunque uno conozca la respuesta, y sí, el mundo es de los valientes, aunque no siempre ganemos.
En Twitter: @Solterica
También estoy en Facebook y si me quieren seguir leyendo, tengo un libro: Estado Civil Soltérica.
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Me llamo Verónica, tengo más de 30 años (dejémoslo de ese tamaño, para no tener que ir actualizando esto) y sigo soltera. Soy alérgica al polen, a la aspirina y al atún. Me gustan los gatos, los perros y la gente que dice “salud” cuando alguien más estornuda.

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