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Había una vez un tipo que me encantaba. Qué mala forma de empezar una entrada, ya lo sé. Pero es que no supe cómo más decirlo sin dar demasiados detalles para que no pueda reconocerse.
El caso es que me encantaba (está bien, me encanta, pero no juzguen). Es un tipo inteligente, es divertido, es guapo y es un poquito desadaptado social, cosa que en mi lista puntúa altísimo… los desadaptados nos reconocemos en la calle sin necesidad de decir nada y yo no puedo evitar sentir más que simpatía por otros como yo. Es un club muy exclusivo, algunos de ustedes saben de lo que estoy hablando.
Nos gustaba la misma música, nos parecían chistosas las mismas cosas y en los juegos de mesa hacíamos las mismas trampas. No puedo decir que fuéramos realmente amigos, pero sí coincidíamos con alguna regularidad en planes que alguien más organizaba. A mí me gustó desde el minuto cero, soy así de primitiva, pero el tipo se demoró como 3 meses eternos en corresponder mis coqueteos; un perfecto desadaptado. En su defensa debo aclarar que yo coqueteo básicamente con el poder de mi mente; cuando creo que me estoy echando al agua, en la vida real lo único que estoy haciendo es cogiéndome el pelo, pero bueno, así soy, una desadaptada.
Por fin empezamos un mini romance que duró aproximadamente 72 horas (y estoy siendo muy generosa con el cálculo) porque al cabo de ese tiempo el tipo me echó. Así como lo oyen. Ya mandé mis papeles a Guinness para ver si me oficializan el récord. Yo creo que debió haberme visto la cara de estar pensando “este es un desadaptado, este es de los míos” porque decidió salirme con la típica historia de “no estoy listo para un compromiso” (en serio, cuando digo 72 horas creo que fueron más bien como 48) y “en este momento de mi vida quiero enfocarme en mi carrera” (¿salir con alguien y tener una carrera son excluyentes? Por eso es que me van tan mal en las relaciones, carajo, porque me va muy bien en el trabajo).
Hasta ahí normal, nada que una mujer de mi edad no haya oído ya setenta mil veces. Nada sorprendente, nada ofensivo, sólo la cadencia muy particular de la forma de hablar de este tipo que me iba arrullando mientras él daba sus explicaciones absurdas y yo me tomaba un café mirando pasar gente en la Gran Vía. Un poquito de risa, sí, porque me hablaba como si lleváramos saliendo 3 meses y quisiera dejarme, cuando en realidad era apenas el domingo de un affaire que había empezado el viernes.  
Desperté de mi letargo de café con leche cuando oí la palabra miedo. “¿Miedo qué perdona?, no te oí” y él contestó “Miedo a enamorarme”, y siguió su retahíla de razones por las que era mejor que no nos viéramos más. Pero yo me quedé clavada en lo del miedo.
A mí me dan miedo las arañas. Me dan tanto miedo que a veces sueño con arañas. Me dan tanto miedo que a veces sueño que sueño con arañas, y me despierto como en cascada de un sueño dentro del sueño y me toca revisar cada esquina de mi casa para asegurarme que realmente estoy despierta y no hay arañas.
Me dan miedo los aviones. Me dan tanto miedo los aviones que me empaco medio frasco de Valeriana cada vez que tengo subir a uno y la que va en piloto automático soy yo. Me dan tanto miedo los aviones que un par de veces entre dormida y despierta he levantado la mano en pleno vuelo para preguntarle a la azafata si puedo ir al baño, porque entre sueños de valeriana y Mareol no sé bien dónde estoy ni quién soy.
Me dan miedo muchas cosas: los tsunamis, la idea de catástrofes nucleares, la oscuridad y la muerte, sobre todo la muerte ajena. Le tengo pánico a la muerte de la gente a la que quiero.  Me da miedo quedarme sin trabajo, me dan miedo las enfermedades dolorosas o incurables, me da miedo el Alzehimer. Le tengo pánico al Alzheimer. Me da miedo el destierro, el olvido, la guerra, las bombas, las masacres, los fanáticos. Le tengo pánico a los fanáticos.
¿Pero enamorarme? No. El que diga que le tiene miedo al amor que se compre un diccionario, porque o no entiende lo que significa miedo, o no entiende lo que significa amor. Y al tipo del café con leche en la Gran Vía tuve ganas de decirle que no había necesidad de inventar miedos para justificar la ausencia de llamadas que estaba por venir, tuve ganas de decirle que su uso indiscriminado de palabras tan potentes como miedo y amor era ofensivo para todos los que compartimos su idioma, tuve ganas de decirle que a mí no me daba miedo enamorarme, sino pereza, física pereza enamorarme de él. Pero no dije nada, asentí con la cabeza y no hice nisiquiera el amago de buscar mi billetera cuando llegó la cuenta. Lo dejé que se fuera y me quedé ahí sentada, tomándome un relaxing cup of café con leche* y viendo pasar gente, reconociendo a los desadaptados y haciéndoles un guiño mental.
* Y como no quiero que ninguno de mis chistes se eche a perder por ser demasiado español, aquí está el discurso de la Alcaldesa de Madrid ante el Comité Olímpico Internacional. Si sufren de oso ajeno como yo y no son capaces de verlo completo,  pueden adelantar hasta el minuto 1:40.
En Twitter: @Soltérica
También estoy en Facebook y si me quieren seguir leyendo, tengo un libro: Estado Civil Soltérica.
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Me llamo Verónica, tengo más de 30 años (dejémoslo de ese tamaño, para no tener que ir actualizando esto) y sigo soltera. Soy alérgica al polen, a la aspirina y al atún. Me gustan los gatos, los perros y la gente que dice “salud” cuando alguien más estornuda.

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