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Esta semana tuve un viaje de trabajo. La gente que dice que le encanta viajar por trabajo me sorprende. A mi no me divierte para nada. Para empezar, odio los aviones. Para seguir, normalmente estoy reunida todo el día, llego al hotel con electroencefalograma plano y caigo muerta en la cama. Las camas de los hoteles, eso si que me gusta, sobre todo porque no tengo que tenderlas yo. Pero aparte de eso, los viajes de trabajo son una mezcla de dos de las cosas que menos me gustan en el mundo: aviones y reuniones. Al final no conocí sino el aeropuerto, el hotel y el sitio donde fue la famosa reunión. Me habría dado lo mismo estar en Paipa que en Frankfurt.
 
Pues el caso es que esta semana tuve que viajar. Empezamos mal porque me tocó pegarme una madrugada infame. Salí de mi casa cuando todavía había borrachos en la calle pero ya no había policía, para que se hagan una idea. Las cosas empeoraron cuando al hacer el check-in la grandísima gansa insulsa de la aerolínea, en lugar de darme la salida de emergencia que yo muy diligentemente escogí hace una semana, me mandó en la fila 26. Cuando protesté y le mostré mi reserva impresa en donde decía que mi silla era la 12F y no la 26B me dijo que ella no sabía de donde había sacado yo ese papel (lo cual me recordó brevemente el chiste de las impresoras, ¿se lo saben?) pero que “el sistema” no tenía guardada mi reserva de asiento. El sistema. El-sis-te-ma. Si yo algún día pierdo el control y me inmolo será, sin duda alguna, porque alguien usó como excusa de algo “el sistema”. 
 
Cuando iba a subirme al avión la amable doncella (NOT) de la misma aerolínea me pidió identificación, así que le mostré mi tarjeta de residencia. Pero me dijo que no le valía, que tenía que mostrarle el pasaporte. Le expliqué que según el tratado Schengen mi identificación española es válida en todos los países que lo firmaron, pero ella insistió. ¿Quién nombró a las azafatas guardianas de las fronteras de Europa? me pregunto yo. Estuve tentada a googlear el Código Schengen para mostrarle el artículo, pero vi la cara de súplica del tipo que iba detrás de mí y simplemente le mostré el pasaporte.
 
– Un saludo muy especial a todo el personal de tierra de la aerolínea en cuestión, y una cordial sugerencia para la plana directiva: si van a darle a sus empleados facultadas de policía migratoria, vendría bien que empezaran por hacerles leer la ley-
Después de  mentarle la madre mentalmente (bueno y un par de veces en voz alta) a media aerolínea, por fin logré sentarme en mi puesto (en la fila 26, justo delante de los baños, como no). Para mi sorpresa se sentó a mi lado un tipo bastante agradable. Yo soy la típica a la que le tocan los bebés llorones, el gordo que ronca o un cristiano evangelizador. Pero no, esta vez me tocó un tipo que aguantaba el patadón.
Como ya he dicho que solo se coquetear en mi mundo imaginario, hice ojitos de Minnie Mouse (eso es batir las pestañas muy rápido, muchas veces) hasta que el tipo captó mi mensaje telepático y empezó a hablarme.
5 minutos más tarde ya éramos como de toda la vida y “te cambio de puesto si me distraes durante el despegue”, y “no hace falta, si contigo al lado no quiero mirar por la ventana”, y toda suerte de cursilerías aeronáuticas.
Como si no estuviéramos a 30.000 pies de altura sino en el bar de la esquina, el tipo se ofreció a comprarme una copa que yo amablemente rechacé, y no porque sea muy decente, sino porque tomar trago me da unas ganas infinitas de fumar, y no poder fumar aumenta exponencialmente el estrés que me producen los aviones. En lugar de eso me compró una Coca Cola y un paquete de maní. Porque sí, ahora las aerolíneas no se contentan con sentarme donde les da la gana a pesar de haber reservado la salida de emergencia, además de todo, como si no hubiera pagado casi un salario mínimo mensual por este pasaje, me toca pagar por un miserable paquete de 50 gramos de maní triste.
Pero bueno, en este punto empecé a pensar que tal vez no era incompetencia de la línea aérea, sino destino. El destino había querido que el “sistema” no registrara mi reserva y me tocara en el puesto más incómodo del avión, pero sentada junto a este chico guapo que m compraba maní y gaseosa. Y es que, ¿no sería una historia buenísima par contarle a los hijos? Mientras hablábamos de cervecerías en Madrid y spots vacacionales en la Costa  Brava, yo empecé un proceso interno de sanar mis heridas con la aerolínea.  De repente esa vez que me perdieron la maleta en el principio de un viaje de 1 mes por 5 países (y que apareció 11 meses más tarde) dejó de parecerme tan grave. La vez que me cambiaron una conexión en un país para el que no tenía visa y viví un momento estilo Tom Hanks en La Terminal, ya no me parecía una pesadilla aeroportuaria. Todos esos vuelos retrasados, escalas eternas y paquetes de maní a 5 euros empezaron a diluirse, y  en cambio empezó a solidificarse la idea de casarse en un hangar, la ceremonia oficiada por un piloto y a la salida caminito de honor como en las películas gringas, solo que en lugar de soldados con espadas serían azafatas con el brazo levantado y los dedos en esa posición tan taaaan peculiar de “la aeronave cuenta como 8 salidas de emergencia: 2 en la parte delantera…..”
Sí, Elena y yo vamos mucho allá
¿Quién es Elena?
¿Cómo?
Dijiste Elena y yo, ¿quién es Elena?
Ah, mi esposa
Me di la vuelta, agradecí en silencio no haberle cedido mi asiento en la ventana, y por primera vez en diez largos años, dormí plácidamente en un avión sin ayuda de ningún fármaco.
Gracias por nada Iberia.
En Twitter: @Soltérica
También estoy en Facebook y si me quieren seguir leyendo, tengo un libro: Estado Civil Soltérica.
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Me llamo Verónica, tengo más de 30 años (dejémoslo de ese tamaño, para no tener que ir actualizando esto) y sigo soltera. Soy alérgica al polen, a la aspirina y al atún. Me gustan los gatos, los perros y la gente que dice “salud” cuando alguien más estornuda.

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