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La coyuntura actual parece demostrar con una evidencia irrefutable la crisis de legitimidad por la que atraviesa Estados Unidos, quien será uno de los grandes perdedores con la pandemia del coronavirus. El desgaste de su credibilidad venía siendo evidente desde que, a comienzos de siglo, se lanzaron las aventuras militares en Asia Central y en Oriente Medio con efectos devastadores sobre la seguridad regional e internacional. Atrás quedó el discurso práctico y revolucionario de Bill Clinton que había combinado el poder duro en los Balcanes Occidentales logrando la pacificación yugoslava (aunque con vacíos inocultables) y el poder blando para sentar a la mesa a palestinos e israelíes, enemigos irreconciliables, pero que gracias a la mediación de Washington lograron mínimos que parecerían hoy en día ser la clave de cualquier proceso de paz futuro. Algunas de estas ideas fueron retomadas por Barack Obama, quien logró avances sustanciales para convencer a Irán de aceptar un acuerdo nuclear, inédito y que representó un progreso sustancial luego de años de bloqueos, denuncias y amenazas mutuas. De igual forma, su arrojada visión y la decisión de restablecer las relaciones diplomáticas con Cuba significaron una sorpresa para aquellos que simplificaban la política exterior de Estados Unidos y consideraban que al margen de quien resultara elegido presidente, el derrotero del imperialismo norteamericano sería constante. Dicho de otro modo, Clinton y Obama mostraron que Washington podían modificar su postura frente a temas sensibles.

Ahora bien, la llegada de Donald Trump y sus posturas controvertidas en temas como los derechos humanos, el evidente retroceso respecto de Cuba y Venezuela apelando a discursos propios de la Guerra Fría, el castigo infundamentado a Irán y su desafiante idea de reconocer a Israel el territorio del Golán y Jerusalén como su capital, revivieron la idea de una hegemonía estadounidense en detrimento de valores globales, algunos de ellos reivindicados por gobiernos anteriores, pero siempre como excepciones parentéticas y no como tendencias mayores.

Pero nada atenta tanto contra la imagen de Estados Unidos en el mundo, como la pandemia del coronavirus y la forma cómo ha desnudado las dificultades de su modelo social y económico para hacer frente a la crisis. A diferencia de los Estados europeos e incluso de algunos latinoamericanos que han insistido en la intervención del mercado en la economía por lo que pueden intervenir más fácilmente, en Estados Unidos ha prevalecido la idea de su reducción a cualquier precio.  En el pasado reciente, el descrédito de Estados Unidos se explicaba más por razones morales que prácticas. El problema con invadir Afganistán, Irak o promover la intervención de la OTAN en Libia residía en la idea discutible de que de forma unilateral un Estado pueda decidir cuándo se interrumpe la soberanía de otro acudiendo peligrosamente a argumento típicos del neohumanitarismo. Esta postura atentó no solo contra la soberanía de varios Estados, sino que debilitó significativamente el llamado “deber de injerencia” promovido inicialmente por Mario Bettati y Bernard Kouchner, pero desestimado por su aplicación alejada de sus pretensiones iniciales.  Aun con toda la polémica, esas intervenciones, las sanciones sobre terceros y posturas tan polémicas como las relativas a Israel, Cuba o Venezuela, traducían una influencia superlativa.

No obstante, la actual pandemia desnuda la poca utilidad de los atributos de poder en los que se basa la capacidad de incidencia de Washington. Su triunfo sobre la Unión Soviética nunca supuso el final de comunismo ni del socialismo, sino que terminó reconformando a la izquierda alrededor de proyectos progresistas que, mientras avanzaba la Globalización, advertían sobre la necesidad de no acabar con la intervención del Estado en el mercado. La llegada de gobiernos progresistas a América Latina a comienzos de siglo y las manifestaciones ciudadanas de indignación por políticas de ajuste en buena parte de Europa, como en otras latitudes del mundo, mostraban ya el potencial de un progresismo cada vez más separado de los partidos políticos y en cuyas reivindicaciones sobresalientes siempre apareció la disidencia frente a la hegemonía estadounidense y las lógicas neoliberales que se imponían alrededor del mundo. La llegada de la pandemia con un potencial destructor inédito desde la posguerra hará profunda mella en la influencia de Estados Unidos en el mundo y significará la entrada en una nueva fase de las relaciones internacionales, donde la multipolaridad será cada vez evidente como inevitable. 

@mauricio181212

mauricio.jaramilloJ@urosario.edu.co

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Profesor de Estudios de América y Latina y el Caribe e Introducción a las Relaciones Internacionales en la Universidad del Rosario. Doctor en Ciencia Política de la Universidad de Toulouse I.

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  1. Un buen análisis, aunque no comparto las conclusiones. El progresismo es socialismo blando, de imponer con elecciones y sostener con dictadura al estilo que dictaminó en los 90s el Foro de Sao Paulo, ya que las aventuras militares de Fidel en Latinoamérica no fructificaron como lo esperaba y su apoyo de la URSS desapareció; simplemente, establecieron un colonialismo basado en aprovechar las maquinarias de propaganda pasiva a través de los esquemas de comunicación pedagógica y posteriormente de las redes descentralizadas para oponerse a cualquier establishment que les bloqueara el acceso al poder absoluto, como ha ocurrido en los principales satélites cubanos con constituciones blandas o hechas a la medida. Lo que hay n es un avance del progresismo ni una caída de Washington, que aún domina el mercado cambiario; lo que hay es un vacío de influencia que los chinos no podrán capitalizar debido al masivo descrédito y ostracismo que sufrirán debido a las pandemias que han arrojado sobre el planeta en los últimos 20 años.

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